Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 29 de enero de 2014

One of these days

by P.I.G.

Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.

Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.

Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que el caso ha originado.

Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su esquelético cuerpo.

Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada, está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.

El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario; incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan fúnebre protocolo.

Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.

La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.

La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del juez; piden al verdugo iniciar las descargas.

El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.

Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o su verdugo, nadie.

Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor sorpresivamente le aterroriza.

Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver? La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte que se encuentra encadenado en la silla.  

Los minutos se hacen horas y las horas días, días en vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?

Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con la fría pieza inerte.

Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.

¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá  Dios a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión? No.

Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.

Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá, y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado, aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de descargas.

Uno de estos días

by P.I.G.

Hace días que la calle luce desolada, en ella se puede sentir la penumbra y un ambiente poco común. Huele a muerte, incluso el color amarillento que dibuja el panorama lo corrobora. Las nubes cubren el cielo y lo tiñen con delgadas líneas grises; el horizonte no está demasiado lejos.

Esta tarde los fieles acudirán a la iglesia para venerar a su Dios crucificado, entrarán con la firme intención de purificar su alma; saldrán con un cargo de conciencia que les obligará a regresar una y otra vez hasta que por fin sean redimidos.

Ahí adentro todo es rezos y plegarias, a las afueras de la casa de Dios la vida corre aceleradamente, se vuelca en interminable dolor y sufrimiento. El viento se detiene, las aves no vuelan, sólo reina el silencio y la agonía.

Los restos abatidos por una batalla perdida nunca más ofrecerán diezmo. Frente a la entrada principal una mujer yace muerta con el vientre abierto, luciendo los intestinos y la asquerosa grasa corpórea, como si se tratase de una exposición. Cerca de ella, a unos cuantos metros, bajo una enorme piedra, un feto.

La escena es brutal. Las luces que forman la cruz de la capilla se reflejan en el charco de tibia sangre que cubre el asfalto, el hilo recorre los escalones de la escalera hasta llegar al jardín. Las manos se elevan al cielo pidiendo redención, el agua bendita cae sobre la cabeza de los pecadores; el padre pide por el alma de los mortales. El cuerpo inerte de la mujer se encuentra desecho, las marcas de los golpes se aprecian inmediatamente; imposible reconocerle pues el rostro está deformado, la carne se desprende de éste. Los ojos parecen a punto de reventar, la mandíbula está completamente dislocada, al igual que la nariz.

Quizá se trató de un intento de violación, pues la ropa fue desprendida, mas no hay semen ni alguna señal que compruebe dicha hipótesis. Los senos ensangrentados de la mujer llaman la atención como lo hicieron en vida. El hombre colgado en la cruz mira a sus hijos, sólo siente lástima por ellos, también les espera un funesto destino. Las hostias son tragadas, el cuerpo de Dios es devorado; sabe a carne humana, a sufrimiento, a pena.

El que debía ser el próximo ser en mirar la luz fue sacado de las entrañas de su madre y asesinado antes de nacer. Conoció el dolor sin haber pronunciado palabra alguna, sin haber respirado el contaminado aire de la ciudad, sin haber probado el trago amargo de la vida. Su frágil cuerpo fue aplastado por una roca una tarde en la que el grueso de la sociedad se arrodilla frente a un ser inexplicablemente omnipotente.

El culpable del sangriento homicidio hizo la señal de la cruz después de guardar la filosa arma entre sus ropajes; será aislado en una cárcel con barrotes de hormigón, pero ésa es otra historia.


La paz del señor esté con todos ustedes y que les permita olvidar que allá afuera una mujer ha sido brutalmente asesinada por un ser que, al igual que todos, busca vengarse de los asesinos de su Dios. La ceremonia ha terminado, para los fieles, para ella, para él.

lunes, 6 de enero de 2014

Fumigadores

Abro el periódico y veo que en la sección de oportunos hay quienes ofrecen sus servicios para fumigar y acabar con toda clase de plagas como cucarachas, arañas, chinches, ratas o serpientes (¿quién coño tiene una plaga de serpientes en casa?).

Me llama la atención que nadie ofrezca sus servicios para exterminar seres humanos. Y si alguien lo ha hecho seguro, o lo tildaron de un asqueroso desequilibrado que pagó un espacio en la prensa sólo para demostrarle al mundo el repudio que le tiene a la raza humana, o la policía dio con él y tuvo que tragarse sus argumentos afirmando que se trataba de una simple broma universitaria.

Se ofrecen servicios de fumigación de seres humanos. Precios accesibles. Viajamos al interior de la república. Resultados garantizados. Si no se convence le regresamos su dinero, pero se queda con los cuerpos.

Señor, requiero sus servicios en la calle tal, número tal, sí, puerta color tal; es cosa seria. Tengo cuatro hijos malagradecidos, un esposo ebrio, una suegra nefasta y un cuñado indecente. ¿Cuánto? La última vez no cobraban tanto, maldita crisis. Claro, ¿a qué hora puede venir? No, está bien si se lleva los cuerpos, me daría asco tener que tirarlos yo misma a la basura. ¿Paquete? No, sólo los quiero muertos, eso es todo. Sí, lo había hecho antes; es la cuarta ocasión que pido sus servicios, por algo le estoy hablando a usted, maldita sea. Claro, tengo mis facturas. ¿Precio especial por Navidad y cliente frecuente? Gracias, no esperaba menos. Ok, ok, ok. Gracias, acá lo espero.

El anuncio destacaría de entre los demás, el salario de quien realizara la labor sería de los más competitivos en el mercado. Crearíamos universidades para que los futuros fumigadores de humanos tuvieran una especialidad y no fueran simples asesinos sin certificados ni estudios.

Claro, seríamos los primeros en el mundo en impulsar una forma de ganarse la vida quitándosela a los demás, pero todo bajo la premisa de la legalidad. Crearíamos juzgados en los que discutiríamos el derecho que todos tendríamos para mandar a fumigar a quienes nos rodean.

Porque seguramente a cualquier hijo de puta se le ocurriría jodernos la existencia y mandarnos a matar con el señor fumigador, y nosotros, en nuestra defensa lo mandaríamos a matar con nuestro fumigador de confianza. ¿A quién se le daría el beneficio inicial?

Habría infomerciales en la TV anunciando productos infalibles para convertirse en un fumigador. No pague esos costosos servicios de fumigación que impactan en su bolsillo, pero no acaban con el problema. Porque usted lo pidió, como lo vio en Auschwitz, marca Muéranse Todos pone al alcance de su mano el poderoso Zyklon-B, capaz de matar al ser humano más aguerrido. Si llama en los próximos minutos, se llevará “completamente gratis” el manual de cómo armar una cámara de gas desde la comodidad se su hogar. Será la sensación del barrio.

Se reducirían los índices de criminalidad, pues al ladrón se lo llevaría la chingada tan pronto cometiera el crimen. Nuestra seguridad no dependería tanto de los policías y el ejército, como de los fumigadores. Se encargarían de exterminar las plagas de nuestra sociedad.

Oh, sería un lindo país y todo sería tan asquerosamente lindo que nos uniríamos en contra de los fumigadores como las ratas se unen para chingar la estabilidad de un hogar.

Nos convertiríamos en los perseguidos y tendríamos como enemigo a los fumigado-perseguidores. En pocas palabras, todo valdría madre y seguiría igual que antes.


Cierro el periódico y volteo a ver a todos esperando que nadie haya escuchado mis pensamientos. Este mundo miserable está lleno de locos que podrían robarme mis ideas y hacerlas realidad.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Tío Ramón

por Mister Bastard

A menudo el ser humano realiza acciones sin pensar en sus consecuencias, de eso estoy seguro. Mi tío Ramón es el botón de muestra de dicha teoría. Sólo actúa, no se detiene a meditar las cosas. No sé qué tan sano pueda ser, pero le ha resultado medianamente favorable, eso creemos todos, eso cree él también. No está muerto y eso es, para él, una absoluta ganancia.

Siempre que nos reunimos en familia encuentra el momento adecuado para recordar esa experiencia, por todos conocida, cuando navajeó a un sujeto en la calle. Conocemos de memoria la historia, pero siempre, sobre todo si hay visitas, agrega nuevos elementos justificando que no los había mencionado antes porque no sabe qué tantas bolas puede tener la familia para guardar el secreto.

En fin. Cada que tenemos la oportunidad de reunirnos es casi una obligación escuchar la historia. “Maldita sea, que no soy cualquier hijo de puta que habla; siéntate y hazme caso”, es el argumento del tío Ramón cuando por mero instinto tratas de abandonar la mesa so pretexto de ir al baño.

Conozco el cuento como las vocales: un día iba caminando por la calle y sintió la necesidad de sonarse la nariz. No llevaba mucho papel, pero aun así logró, según, su cometido. Necio como sólo él, sentía que un moco se le asomaba, así que pidió a un transeúnte -un estudiante de secundaria por lo que se veía, según su atuendo- que verificara si en verdad no había un moco fuera de lugar en su rostro.

El joven concentró su mirada en la nariz del tío Ramón y negó con la cabeza. “Mira bien, no quiero hacer el ridículo”, pidió con rigor el hermano de mamá. Ya con un poco de nerviosismo el joven volvió a negar, y sin más el tío Ramón clavó su navaja en el vientre del pobre chico.

“Maldita sea, claro que tenía un moco. ¿Por qué no se atrevió a decirme que sí? Un moco, hijo, un puto moco le costó la vida. Si hubiera dicho que sí, que ese moco se asomaba con descaro por mi nariz, nada de eso hubiera pasado, pero esos jóvenes de secundaria, creen que pueden engañar a la gente sólo porque van por la vida con su maldita mirada inocente”.

Y vaya que era inocente el chico. No la debía, empezaba a temerla y se topó con la muerte.

El tío Ramón describía su acción con tal detalle, que parecía estar más orgulloso de ello que todo cuanto había hecho a lo largo de su vida, aunque en realidad no había hecho mucho.

“Deberían haber visto su rostro. El tipo ese seguramente nunca había sentido tal clase de dolor y ahora que yo le daba la oportunidad de experimentarlo le resultaba difícil asimilarlo”.

El cuerpo no resistió la embestida, cayó, se desmoronó en el piso y quedó tendido nadie sabe cuánto tiempo. Más tarde la noticia comenzó a circular por el vecindario e incluso algún periódico despistado le brindó un par de líneas en las notas rápidas.

Se creía famoso. Para mí era un cerdo cualquiera. Incluso trataba de no creerle, eso le molestaba más que cualquier otra cosa. “Tú podrías haber sido el chico de secundaria”, pero no lo era y seguía vivo y estorbándole en la mesa.

“Lo volvería a hacer, sólo que mi esposa ha guardado muy bien mi navaja y no pienso comprar otra. Pero si tuviera de nuevo esa bella arma blanca de corte inglés en mis manos, saldría a la calle sin mucho papel y buscaría a quién preguntarle si tengo mocos en la nariz”.


Qué gran mierda, así solemos ser los seres humanos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La noche anterior a la caída

por El Doctor Pluma

¿Dónde están escondidos los secretos de la vida, dónde buscas las respuestas que insistentemente mantienes apartadas en el vacío…?

Las lágrimas al caer se transforman en mil cristales que destilan sufrimiento y dolor, que rompen con la estabilidad de tu corazón que se niega a fallecer…

El camino es otro, muy diferente, difícil de transitar, y no obstante es la única alternativa que te queda; ya no hay más…

¿Quién escuchó las palabras que jamás mencionaste?, ¿quién se dio cuenta de tu dolor antes del parto, antes de perder todo por nada…?
  
Aquello que ves son los mundos que jamás conocerás, los rostros que no mirarás y las mieles de una vida feliz de la que has sido privada por capricho divino…
  
Ahí están, postrados frente a ti, los muros que no te atreverás a saltar, por desidia o por miedo, o simplemente por lo senil de tu rostro…

¿A dónde se dirigen las aves que sigues tristemente con tu mirada y que, al parpadear, se pierden en el infinito…?
  
Las estrellas brillan equivocadamente en tu cielo, otras ni siquiera se dignan a brillar; ya es muy tarde y no vale la pena hacerlo, menos por ti…


El pasado de Cristo nadie lo olvida, el tuyo lo olvidaron hace tiempo, tal vez antes de que nacieras; tú misma no lo recuerdas, no te importa…
  
Ni esa cruz, ni esa hoz, ni esa morbosa forma de mirar la sangre pueden hacerte cambiar y dejar de ser nada frente a los demás…

No muestres tus senos desnudos, el mundo está cansado del mismo espectáculo, ha visto todo cuanto existe, aunque no ha visto más allá…
  
Camina a través de los océanos, rebosando infidelidad, decadencia y algo de aquella belleza que antes se impregnaba en tu piel fehacientemente…
  
Permítele a las agujas penetrar los claveles, a los clavos atravesar la carne sin dolor, a los niños llorar en los vientres antes de perecer…

Cierra las alas y deja de volar, cierra los ojos y no veas más, pues es mejor así, antes de que te des cuenta de lo que ha ocurrido…

Haz un último esfuerzo por dar vida, tensa tus músculos y respira tan sólo una vez, sólo una vez en tu vida hazlo sin sufrir…


No, no lo hagas, prefiero descansar y no vivir. Sólo deja de hacerlo antes de que el llanto se asome y termine por corromper mi alma, antes de que niegue que no se trata de un sueño, antes de que deseche lo que has hecho y me olvide de ti… antes de que mire tu rostro por primera y por última vez.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La Sonrisa de la Muerte

por Lila Aurora

Cualquiera en “El salto” se hubiera alegrado sobremanera ante la repentina muerte de Don Federico Tovar, dueño de la única tienda de abarrotes en el pueblo. Apenas se supo del hallazgo del cadáver, la noticia corrió como pólvora encendida; todos acudieron a observarlo, parecía como si quisieran que esto no fuera cierto. Ni siquiera sus hijos, que nunca reconoció, se alegraron del hecho.

A todos invadían sentimientos encontrados, era el hombre más odiado, pero también el más solicitado. Robusto, con el pelo cano, apenas unas patas de gallo enmarcaban sus ojos; burlón, grosero , a todas las preguntas o solicitudes tenía siempre una respuesta sarcástica, pero no, nadie dijo una palabra, una maldición o una sonrisa discreta que se tradujera en “qué bueno que se lo llevó la chingada”.

Pasaron sólo unos momentos cuando entre el enjambre de gente el juez del pueblo llegó para dar testimonio del hecho; el padrecito por supuesto ya estaba echando agua bendita y prendiendo unas veladoras, doña Lupita Caballero, la enchiladera del pueblo, era la única que de vez en cuando entre sollozos fingidos decía: “¿ora sí que vamos a hacer?”.

La semana pasada se había festejado, el “doce”, la fiesta de la virgencita, todavía estaban los festones de flores de plástico y los juegos mecánicos no se terminaban de recoger. El juez ordenó que lo trasladaran a la oficina del juzgado, ya que el médico forense llegaría hasta mañana y encima de todo hacía un pinche frio que ni para qué velarlo en la intemperie.

La tienda de “Don Fede”, como le decían todos, era una especie de salón de juego, cantina y verdulería; por las tardes solía sentarse en una mesa de fierro de “la corona”, barajeaba sus viejas y sucias cartas, hasta que llegaran sus oponentes. Le hacían el juego a sabiendas de que él siempre ganaba; a cambio tendrían varias rondas de mezcal gratis, insultos y escupitajos en la cara.

Si se le daba la gana, castigaba a quien perdía, haciéndolo beber sin parar toda la botella de mezcal mientras él reía escandalosamente, o tenía la osadía de disparar balazos en los pies a quien le había hecho trampa según él. Todas las tardes era lo mismo, excepto aquellas en que se fingía enfermo y mandaba llamar a Marinita la enfermera. Ella ya sabía, Don Fede se bajaba los pantalones, se acostaba y justo cuando le enterraría la aguja en la nalga, el se volteaba, la jalaba y la obligaba a tener relaciones sexuales; a cambio Marinita recibía una canasta con víveres y un manojo de billetes arrugados que extraía de una lata de “sal de uvas picot”.

Tenía nueve hijos, no con Marinita, por supuesto, todos eran producto de su abuso y del capricho que en su momento se presentó; nunca los reconoció porque alegaba que él no podía tener hijos, que le querían ver la cara de tarugo. Su difunta esposa, Doña Georgina, no se los había dado, mismo por lo que un día se quitó la vida tomándose un montón de vidrios. A diario la insultaba por no poder embarazarse; muchas veces la dejó afuera de su casa con el puro camisón, aun cuando estuviera lloviendo.

Nunca aceptaba ser padrino de nadie, anteponía su alcurnia, alegaba que no podía rebajarse a decirse compadre con un indio “pata rajada”, mucho menos “a pisar los chiqueros donde viven”. No obstante, el día del festejo mandaba “algo”, para que “mataran su hambre” decía; eso sí, se los recordaba cada que los veía.

“Si no les hubiera mandado esos refrescos y esa comida, ¿qué hubieran hecho?” Y soltaba la carcajada estruendosa, los dejaba sin palabras.

Pero bien, terminemos con la historia de este gandalla. ¿Quién se habría atrevido a darle tan terrible muerte? Nadie, él solo se ahorco, fue sarcástico hasta consigo mismo, una risa diabólica se podía ver en sus labios. La sorpresa fue mayúscula cuando encontraron una carta póstuma y la leyó el cura ante todos:

“Me voy con mi pecho rebosante de alegría. He comido, he bailado, he tomado y disfrutado cuanto se me ha dado en gana, pero también me he cansado de tanta mediocridad, de tanta hipocresía, me he cansado de humillar y no recibir reclamos, me he cansado de golpear y no recibir un solo rasguño; los he maldecido y sobajado con las peores injurias a todos y nadie se ha atrevido ni siquiera a mirarme de frente.

Me voy consciente de que su hambre es mucha, de que su cobardía es inagotable, pero me voy con la miserable esperanza de que un día me odien y se atrevan a vencer no sólo el hambre de sus estómagos, sino el hambre de su podrida alma. Comprueben lo feliz que soy de morir, no habrá rictus de dolor en mi cara, verán qué hermosa sonrisa puede producir un hecho que con valentía es decidido. Sin embargo dispongan de todo lo que dejo…”.


Se fueron retirando uno a uno de los habitantes del pueblo, el cadáver quedó solo, como también sarcásticamente lo habría deseado Don Federico; nadie dijo nada, morían de vergüenza.

Más que muerto

por Manuel Sandoval

El nacimiento estaba programado para semanas después, pero al recién concebido vástago le urgía nacer. Los médicos, tan positivos como siempre, no le daban mucho tiempo de vida. Si nacía bajo esas circunstancias lo más probable sería una vida vegetal o, en el mejor o peor de los casos, según se quiera ver, un mes de existencia y no más.

La madre entró al quirófano obligada por los dolores en el vientre. Pidió la ayuda de su dios y del doctor, que le pedía calmarse y mantenerse concentrada en lo que estaba a punto de hacer.

Recostó su pesado cuerpo en la camilla, colocó ambas manos a sus costados, apretó con fuerza las sábanas blancas y comenzó con esa titánica labor de parto que para ella era una experiencia tan nueva como la primera vez que tuvo sexo sin protección con el padre de aquél que estaba a punto de nacer.

Al abrir sus piernas por instrucciones del médico, recordó cómo, por instrucciones de su amado, había abierto las piernas para entregarse a una pasión obligada por los litros y litros de licor barato.

El dolor que implicaba expulsar a su hijo y los gritos irresponsables del doctor, le aterrizaron de nuevo a la realidad.

Respirar, pujar, comprimir la pelvis, como quien defeca pero bajo otras circunstancias; respirar, pujar, comprimir la pelvis y una y otra vez repetir esa rutina hasta que la tarea fuese completada.

Si sólo estuviera él ahí, tomándola de la mano y dándole palabras de aliento. Pero el muy miserable huyó después de que supo que ella estaba embarazada, consideró todo un error, un malentendido. Se alejó de su vida para siempre.

Para qué traer al mundo a un ser, si éste destacará por su imperfecta naturaleza, por la carencia marcada de su padre y por la inexperiencia de su madre. Para qué tanto empeño en pujar y comprimir la pelvis. Eso en la cabeza de la mujer.

En la cabeza del doctor sólo deambulaba la tediosa idea de hacer bien su trabajo, salir de la sala, dar la noticia a los familiares, cobrar el cheque, ir a cenar a un buen restaurante, llegar a su casa, hacer el amor con su esposa y dormir como quien carece de preocupaciones.

-Bien, ya lo veo venir; continúa, continúa así- dijo el doctor, y a su mente vino la escena de su amado debajo de ella, pidiéndole con la voz ahogada que no se tuviera, ya venía el orgasmo, lo único que importaba obtener esa noche.

La cabeza se asomó, luego una parte del cuerpo; de inmediato los doctores se abalanzaron y detectaron carencia de signos vitales. –Maldita sea, sigue pujando, estás asfixiando a tu bebé- gritó alguien en el quirófano.

Ella estaba exhausta, hizo un esfuerzo último pero no fue suficiente. Su bebé murió, estuvo vivo por escasos diez segundos o menos. Los doctores creían que duraría poco, pero eso era una grosería, y la culpable era esa mujer, inexperta, cuyo frágil cuerpo apenas y pudo soportar llevar a seis meses a cuestas a un ser humano que no quería desde el inicio.

La asistente del médico, su amante de los jueves, tan cínica como sólo ella, pensaba hacia sus adentros: al menos se ahorró tanta mierda de vida acá afuera; sin padre, ni madre. Duró poco y lo suficiente para saber que la vida es tan miserable, que si no hay quién esté dispuesto a empujarte y ayudarte un poco, estás jodido. Al fin y al cabo, desde que aquel sujeto logró su deseado orgasmo, el que sería hijo de ambos ya estaba más que muerto.

Leonora y la muerte

por Uchelo Gómez

Leonora tiene a la sazón 12 años, quizás su percepción de las cosas, de su entorno, de la vida y sobre todo de la muerte no es la de muchos adultos, fría y opaca, más bien triste; es para ella más lúdica y llena de fantasía, en momentos hasta folclórica. 

Lo digo porque a Leonora le ocupan cosas como dibujar, su clase de piano los viernes, la clase de ballet los jueves, jugar con sus amigas Sofía y Agnes los fines de semana, o ir al parque que está cerca de su casa donde van esas señoras gordas con cara de cerditos maquillados a pasear a sus perros todos los domingos.

Todo esto le gusta como a cualquier niña de 12 años de clase media alta que vive en la Colonia del Valle. Leonora, aparte de todo esto, encuentra un particular gusto por las cosas relacionadas con la muerte –como les había mencionado-, cosas raras y hasta ominosas (como esas muñecas de porcelana que abren los ojos como si estuvieran vivas) porque desde pequeña ha tenido una rara relación con la muerte.

Su pequeña perrita Chanela murió un día de una intoxicación cuando ella sólo tenía cuatro años; a los cinco murió su padre al parecer de cáncer de pulmón, del que se encontraba en fase terminal; a los ocho se enteró de la muerte de José María –su vecino del piso de abajo del edificio donde vivía-, quien murió ahogado en una alberca; y apenas hace un año se han marchado su abuela Constanza y un mes después su abuelo Emiliano.

Para Leonora, el estar tan cerca de la muerte desde pequeña fue triste; después se empezó a volver cotidiano, normal, convencionalmente normal.

Los coqueteos de la llamada “flaca” con Leonora la han hecho ver a ésta con naturalidad, hasta con algo de gusto. Todo el tiempo realiza dibujos de calaveras, seres extraños y panteones; tiene muñecas y juguetes que para muchos parecieran horribles, y tiene un par de libros que pide a su mamá le lea todas la noches, libros con relatos de Lovecraft, uno de Sthepen King y sobre todo de su amado Edgar Allan Poe.

Leonora es más normal de lo que se pudiera creer, con todo y este peculiar relato que les acabo de contar, porque, muy a nuestro pesar, la muerte forma parte de la vida y de un proceso natural, que para una niña de 12 años, de clase media alta y que vive en La del Valle, resulta serlo también; ella encuentra en este tema un pasatiempo y una forma muy sui generis de comprender la vida, sí, la vida, a base de regalarle su tiempo y sonrisas a la muerte.

martes, 18 de junio de 2013

Death Cult Devotion

por wOrLo_K.

Ser asesino hoy en día ya no es tan agradable como lo era antes.
P.I.G.

“El ser humano es asesino por naturaleza”. Oliver Stone no podría haberlo dicho de mejor forma en voz del actor de culto Woody Harrelson, cuya película (Natural Born Killers) refleja ese wild side que “todos” (sin excepción alguna) tienen dentro de sí. Bueno, tenemos.

La violencia, como el amor, el deseo, la sensibilidad, la tristeza o la alegría, es un componente nato en cada ser vivo; golpeamos de la misma forma en que abrazamos, besamos o acariciamos. Que a unos se les desarrolle esta característica más que a otros es punto y aparte.

Lo cierto es que la violencia, en todos sus terrenos, ofrece mucha tela de dónde cortar, y llegar al extremo de ese vasto océano que parece interminable resulta una empresa imposible. Por esta razón, un análisis exhaustivo de la situación no arrojaría otros resultados que los que seguramente ya se conocen… eso y que no soy ni psicólogo ni doctor en peritaje, ni criminólogo.

Pero vallamos al punto que nos compete: The white trash, Ed Gein y la fama del malvado.

El asesino serial enfrenta dos mundos que se ciernen sobre él como si se tratara de dos enormes muros que amenazan con asfixiarle: la opinión pública (en su mayoría el rebaño “puritanista” y conservador de la sociedad), y por otro lado el extenso mercado que ve en un serial killer al símbolo por excelencia de la rebeldía y la irreverencia.

Aceptémoslo, Charles Manson es ahora lo que el “Che” Guevara hace algunos años: un mero producto prefabricado y perfectamente digerible para las masas hambrientas de un ídolo, masas que, al no encontrar ni en los santos religiosos ni en las estrellitas futbolísticas o de la farándula un tótem icónico a quien seguir, han optado por los hombres más malvados del mundo. Además, Charles Manson no mató ni a una mosca, no entiendo porqué hay quienes se empecinan en señalarle como “el más mejor” de los asesinos.

Seguramente los desafortunados que murieron ahorcados en la soga o achicharrados en la silla eléctrica ahora han de estar pudriéndose en sus tumbas (si las tienen), al encontrarse con esta situación tan deplorable. Y no es para menos, cada día brotan de cualquier parte del mundo pequeñas sectitas que adoran a un William Pickton o a una Martina Zimmerman sólo por el hecho de que en su historial hay unos cuantos crímenes involuntarios.

Sad but true, al asesino serial no se le está tratando como debería, se le encasilla sin motivo; es un asesino por el hecho de cometer asesinatos, sólo por esa razón. ¿Dónde queda entonces esa parte más científica del individuo? Es más… ¿dónde queda la parte humana del asesino?, ¿dónde la dejan los detractores de estos cerdos de reserva?

Muchos (seguramente, querido lector, conoces a más de uno) se han llenado la boca con el argumento de que “el serial killer es chido, y entre más se sepa de mi gusto por ellos, más malo seré en mi círculo de niños malvados”. Por desgracia ese morbo es alimentado por las tiendas donde te puedes comprar tu remera de Ed Gein y creerte el heredero de su odio.

Con todo esto, el bad killer ya ha dejado de cumplir con su rol social (porque lo tiene, aunque no se crea), o en un sentido más amplio, ha sido obligado a dejarlo de hacer. Las grandes fábricas comerciales, entre las que se encuentra la cinematográfica, han hecho su parte poniendo todo su empeño. No os confundáis, las B-movies son otra cosa, of course.

La violencia en las películas de corte Hollywood es retratada como una bifurcación del comportamiento humano, como un algo raro que “desde luego no existe en la realidad”. Nada más falso que eso, el asesino lo es porque así es su naturaleza, porque es la respuesta a alguna clase de estimulo social, o simple y sencillamente porque no tiene otra cosa que hacer más que matar sin escrúpulos a quien se le ponga enfrente.

He ahí otra cuestión. En un análisis realizado al comportamiento del dios padre Marqués de Sade, se desprendieron dos clases de constituciones humanas: la del pervertido y la del perverso.

El pervertido, bien identificado, es aquél que actúa siempre bajo el impulso que le producen todas y cada una de sus filias. Un bored cualquier.

El comportamiento del perverso, por fortuna, es más complejo que la simple fascinación por el voyeur o el sexo con animales. El perverso, como el mismísimo Sade, es un ser hastiado de su entorno, cuya rutina le resulta execrable, motivo por el cual sus hábitos cotidianos cambian y se traducen en conductas poco comunes, relacionadas con gustos y placeres meramente personales.

Donato Bilancia, Joachim Kroll, Colin Pitchfork o Arthur Shawcross son (o fueron, según sea el caso) perversos que ansiaban de manera desesperada las sensaciones que una vida normal no podía proporcionarles. Y sus casos son justificables por el hecho de que el ser humano tiene comportamientos extraños, unos más que otros. En esa perspectiva, también es antinatural y vulgarmente enfermo ver la televisión todo el día, y hay quien lo hace con una entrega casi religiosa. ¿Alguna objeción?

El asesino, a través de los ojos de la ciencia, cuenta siempre con un perfil que varía en menor medida dependiendo del caso. Un padre abusivo, una madre alcohólica, golpes, agresiones, violaciones, encierro, comunes denominadores, pero no siempre es o debe ser así. No cuando lo que se hace es por simple instinto.

«Una linda pareja sale a caminar al parque por la noche, gozan de buena reputación entre sus conocidos; son inteligentes y amables, sin necesidades económicas y cuentan con una salud intachable. Dos semanas más tarde la policía encuentra en su apartamento restos de más de 15 victimas mujeres, todas ellas violadas y asesinadas (no siempre en ese orden) y la pareja es condenada a cadena perpetua en diferentes celdas. ¿Había algo malo en ellos, algo los obligó a cometer los homicidios? ¿Su estilo de vida tan austero les orillo a hacerlo? »

Quizá caiga en un error al afirmar que los actos del serial killer pueden ser justificados hasta cierto punto, pero de esta forma justifico también que alguien pinte, escriba, filme o fotografíe cualquier cosa por el hecho de que es su naturaleza ser pintor, cineasta, escritor o fotógrafo. Tarantino sabe que la violencia es a veces apetecible, por es hace lo que hace, y lo hace bien.

En palabras del buen P.I.G. “la única naturaleza inamovible, escrutable pero irrefutable del ser humano es ésa, la violenta”. Y en este punto entra el otro muro que asfixia al asesino: la reprobación por parte de aquellos ESTÚPIDOS (así, con mayúsculas) que niegan que el ser humano sea violento. Bull fuckin shit!

Hermanos del alma, hijos de algún asesino de la vieja guardia… todos somos asesinos por naturaleza, todos hicimos, hacemos o haremos algo semejante porque no podemos hacer otra cosa. Igual que los animales que matan para obtener alimento, nosotros también matamos para alimentar nuestra ira o nuestro ego. Igual que los lideres que exterminan a su pueblo o lo envían a una guerra donde de igual forma morirán, también nosotros asesinamos sistemáticamente a miles y miles a diario y ni nos damos cuenta.

Claro que existe una enorme diferencia entre Henry Lee y el Chapo Guzmán; el primero tiene una sutileza y una constante en su modus operandi, mientras que el segundo mata por matar, muy a lo pendejo, por meros intereses económicos, como lo hacen los asesinos de hoy, por dinero, por cuestiones políticas o ideológicas, o por cosas realmente banales… ¿Esa es su naturaleza o forma parte más bien de una conveniencia atroz?

¿O acaso han visto a unos serial killers de bandos contrarios asesinarse por unos cuantos metros de territorio o por unas pesos de más? Esos comportamientos en verdad son repugnantes y nada justificables.

Ante este hecho, querido lector, he de reconocer que también tengo a mis asesinos seriales favoritos y me encantan la B-movies y el cine gore, y de igual forma que David Alan Gore o Fred Waterfield, yo también he asesinado, bueno, tal vez no con la destreza, creatividad y sutileza con la que ellos… por desgracia.



24 de julio de 2010 

jueves, 23 de mayo de 2013

Distracciones al volante

Por: Gustavo Y.

Las sirenas de una ambulancia se pueden escuchar a lo lejos de la casa; el triste sonido del blues invade la habitación, y él está recostado sobre el sillón verde, único recuerdo de su madre que falleció hace ya dos años. La lluvia se pega a los vidrios de la ventana y a pesar de tantos sonidos logra escuchar la lluvia fuera. Nunca había estado tan solo. El único compañero es el cigarrillo que sostiene en su mano y estos ruidos tan normales en la ciudad.

Teme dormir temprano, no sabe por qué tiene miedo. El día fue bastante placentero hasta que salió de su trabajo, ya que cuando iba de regreso al hogar, por ir distraído, cambiándole de estación a la radio, atropelló a un perro que se atravesó en la avenida. Era un hombre atento al volante, nunca le había pasado esto, nunca se había distraído tanto como para perder de vista el camino, como para no ver a un animal que cruzaba la calle, y él, que tanto amaba a los animales. Trataba de justificar su miedo dándole un concepto de luto por aquella muerte, a eso atribuía su malestar.

Lo mejor era dormir lo más pronto posible. No esperaba visitas, no esperaba llamadas, no tenía trabajo que finalizar en casa, lo mejor era descansar. De pronto la puerta sonó, un fuerte golpe lo hizo levantarse y preguntarse quién era el sujeto que lo iba a molestar a tan altas horas de la noche; tal vez podría ser su vecina, siempre lo molestaba por una taza de café o por un cigarrillo, pretextos para poder platicar con él. Se encaminó hacia la puerta, la abrió y se percató de que nadie estaba frente a él, se asomó hacia los lados, tal vez un chiquillo estuviera haciendo una maldad, pero no vio a nadie. Su miedo creció o mejor dicho apareció.

Regresó al sillón y se recostó nuevamente, solamente deseaba terminar el cigarrillo que estaba a la mitad y escuchar la canción See see rider interpretada por Helen Humes. Miraba el humo que se deshacía en el aire y las mil figuras que podía crear en él. La puerta volvió a sonar a mitad de la canción; justamente antes de la ultima fumada que le quedaba al pitillo, enojado se apresuró hacia la puerta, estaba harto de su vecina y de los niños de la colonia, aunque pensó que a estas horas lo niños deberían estar dormidos. Se quedó detrás de la puerta y preguntó quién era, nadie le respondió, así que tuvo que abrirla nuevamente y vio una silueta de un hombre a lo lejos, por lo cual desde su posición le preguntó que si no había visto quién había tocado; el hombre no respondió, pero comenzó a caminar hacia él.

Se apresuró a cerrar la puerta. A este punto el miedo lo podía sentir en todo su cuerpo. Se recargó en ella e imploró que fuera un loco o una persona en estado de ebriedad. Cerró los ojos y poco a poco se sentó en el suelo, se tomó la cabeza con las manos; no podía creer esto, era una mala noche, sólo eso.

De pronto escuchó un ruido que venía de la sala, justamente donde estaba el sillón verde, un ruido que parecía ser de alguien que caminaba. Se dirigió apresuradamente hacia la habitación y se percató que era un hombre, estaba parado atrás del sillón; no le podía ver el rostro, estaba de espaldas a él, así que lo interrogó: quién eres, qué quieres. Nuevamente no escuchó respuesta, hasta que de pronto el sujeto se dio vuelta en un movimiento lento. Qué grande impresión se llevó al ver que la cara del sujeto estaba marcada por la huella de una llanta de automóvil, su rostro estaba deshecho, la sangre escurría de él.


Salió despavorido de la casa, su rostro se deformaba por el miedo, las lágrimas salían a chorros. No podía creer lo que había visto. Corrió tan aprisa, lo más rápido que podía, pero cuando volteaba veía al sujeto que caminaba hacia él; su caminar era más rápido, sentía que lo alcanzaba, pero de pronto, en un cruce de calles y cuando regresaba la vista al camino, se percató que una luz brillante se dirigía hacia él. Era un carro con un chofer distraído. Su miedo terminó ahí, con una cara deshecha por las llantas del automóvil, con un charco de sangre que rodeaba su frío cuerpo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Herejía fraternal


por P.I.G.


Hubo un momento en mi vida en el que fui un gran hombre, padre de familia, honrado, un ciudadano plenamente dedicado a su trabajo, a su hogar y a las más estrictas responsabilidades que una vida normal exige. ¿Dije normal? Muy normal para ser precisos.

En la vida caminaba con mis prioridades prendidas a la piel: el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos. Mi mirada estaba centrada de lleno solamente en ello, en nada más; no había distracciones, no tenía porqué haberlas.

Parecía un caballo cuya mirada no pudiese ampliar su mirada hacia los lados, sólo hacia el frente. No necesitaba más, no era necesario más. ¿Feliz? Pero quién lo es en este mundo.

Quizá para muchos fui un hombre ejemplar, ejemplar en exceso, como sólo una persona de una naturaleza tan burda puede serlo; aunque en esos instantes ya estaba un tanto harto de aquella situación, inconscientemente tal vez, pues no hacía nada en absoluto para cambiar mi forma de ser. Usted sabe, conformismo que se disfraza de confort y que obliga al ser humano a dejar de hacer a cambio de no perder todo cuanto se tiene.

Un día, ese día menos esperado en el que te levantas, te cepillas los dientes, te aseas, desayunas, das las gracias por todo lo que dios te ha socorrido y sigues caminando, sin cuestionar, por el monótono camino de la vida… ese día, señores -y he ahí una frase petulante, por todos recurrida- los colores de mi existencia se invirtieron y con ello todo cambió.

Perdí el gusto por el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos, perdí el gusto por aquel ir y venir que hasta entonces me había mantenido satisfecho, si la palabra cabe en este engranaje de conceptos cuyo significado no explica el sentir de un ser humano “aburrido” de todo.

Opté, como lo hace la oveja que detesta seguir al rebaño, salir de ese círculo que, incansablemente y sin quejas, había recorrido una y otra vez, día y noche, con hambre o sin ella, con lágrimas en los ojos o con una sonrisa dibujada en los labios; inmerso en la invencible tristeza o inundado por dentro de esa felicidad que se alcanza rara vez en la vida.

Colgué en el guardarropa aquel viejo y hediondo traje de hombre responsable, y opté por el de cínico, sin vergüenza y despilfarrador.

No me di cuenta de aquel cambio, hasta el momento justo en que la primera bocanada de aire, aire impuro y atroz que secó de una bocanada mis pulmones, me hizo reparar en el suelo que ahora pisaba, uno donde caminar dolía y donde el fin, lejano él, no parecía muy prometedor.

Lo extraño era que mi vida, muy a pesar de lo que venía, continuaba lo suficientemente normal como para no alterarse. ¿He vuelto a decir normal? Vaya palabra, se usa cuando no se sabe explicar aquello rutinario, repetitivo, enfermizo, patético y paulatinamente muriente.

Ustedes deben conocer mejor que nadie el concepto, seguro lo usan tanto como aquellos anteojos que nos les permiten ver más allá de lo que tienen enfrente, asquerosas sanguijuelas…

Bien, al verme al espejo, miraba a aquél que, sin mucho esfuerzo, devino en alguien todavía peor, más libre, sí, pero más enfermo y conformista.

Tal vez quería ser como él, con su semblante macabro que denotaba absoluta despreocupación, pero, era cierto, ése no era yo; él era un hombre que había invadido la intimidad de mi hogar, y fornicaba explosivamente con mi mujer, y besaba con indiferencia las mejillas de mis hijos, y hacía todo cuanto estaba a su alcance para corroer desde los cimientos el castillo que con esfuerzo “yo” había construido.

Y qué si no volvía a ser el hombre responsable que siempre tenía una respuesta para todo, qué si ya no era más el padre ejemplar, el amante perfecto, el trabajador por excelencia y el ciudadano que todo mundo aspiraba a ser.

Lo deseaba, deseaba a ese hombre quizá con una vulgaridad inexplicable.

Había vivido mucho tiempo así sin darme cuenta que en realidad nada de lo que había hecho era lo que en verdad quería hacer.

Sabía que esa nueva vida no era en absoluto lo que hace algunos años consideraba como una vida plena; mentiría si les dijese que no ansiaba, más que otra cosa, retornar en el tiempo y volver a ser quien era antes, pero ese yo me gustaba más que cualquier otro yo que hubiese conocido nunca.

Por esa razón, señoras y señores, maté a mi mujer, por esa razón me ofrecí para bañar a mis hijos y ahogarlos en la bañera, con un poco de miedo y asco (claro, no soy un asesino), pero eso sí, sin mucho reparo.

¿Quieren saber la verdad?

No, nadie opuso resistencia; yo era el padre, el esposo, el señor de la casa, el ejemplo de la familia. Un cuchillo en mi mano no espantaría a nadie; hundir las cabezas de mis hijos en agua hirviendo… por favor, creyeron que se trataba sencillamente de un juego.

Sus cuerpos eran frágiles, livianos, tan livianos como cuando salieron a flote, hinchados ellos de tanta agua que ya entonces corría dentro de sus pulmones; eran como los peces que suben a la superficie del mar cuando, después de hacerlo en innumerables ocasiones, se han cansado de nadar.

A mi mujer, sencillo, le partí el vientre en dos y esperé a que dejara de sangrar para ir a tomar la cena. No quería correr el riesgo de que despertase y arruinase mi último alimento de aquel día.

Después de ocultar los cuerpos de mis hijos, y de colocar en una cómoda posición el de mi mujer en nuestra cama (no pensarán que pese a todo iba a dormir solo), ocupé mi tiempo en vaciar aquella cantina que jamás pensé poder siquiera abrir; no era un hombre que acostumbrara a beber en casa, menos aún con la familia presente, pero, señoría, estaban muertos, ya no había a quién explicarle la razón de por qué no se debía beber y por qué no había que fumar, o inyectarse sustancias nocivas, o…

Una noche -otra frase recurrente en los absurdos cuentos de ficción- repentinamente me invadió el arrepentimiento, y creí que después de todo lo que había hecho con mi vida, con mi familia, seguía siendo un ser humano, lo supe porque sentía y me dolía en lo más profundo su pérdida.

Luego caí en cuenta que era ésa la primera reacción de mi nueva forma de vivir. Uno sabe cuando ha cometido un error, en ese momento lo supe y lo agradecí a dios, porque cometer errores a veces resulta divertido, si hay sangre y cuerpos hinchados de por medio.

Lo lamento, señores. No supe hasta qué altura logré volar sin poner los pies en la tierra un solo segundo. Sólo sé que fue mucho tiempo.

Cuando el cuerpo de mi esposa comenzó a descomponerse y por ende resultaba imposible dormir a su lado, cuando la sangre del piso había cicatrizado lo suficiente, cuando el cuchillo que utilicé se oxidó al grado que no podía cortar pan para el desayuno con él, en este entonces fue cuando decidí matar (ya era una asesino en aquel entonces) al individuo extraño del espejo.

¿Cuántas víctimas? Fueron 16 exactamente, mujeres y niños todos ellas. Puedo detenerme a detallar cada uno de los asesinatos, si usted quiere…

Entiendo… Pues después de todo ello había envejecido y antes de que me fuese arrancada la vida de forma arbitraria, quería darme el gusto de arrebatármela yo mismo antes que alguien más… claro, hasta que ustedes, desgraciados infelices, llegaron a mi puerta y evitaron mi suicidio.

Ya que preguntaron insistentemente, he ahí la razón de por qué debería recibir como sentencia la horca o la silla eléctrica. Pero dudo que ustedes, hipócritas de mierda, quieran hacerlo.

Su señoría, es cuanto respecto a mi vida; puede hacer de ella lo que le complazca.

domingo, 30 de diciembre de 2012

La generación del fin del mundo


por P.I.G.

Somos la generación del fin del mundo. Estamos acostumbrados a los anuncios publicitarios de que pronto, muy pronto, el mundo se inundará de lava y las guirnaldas de fuego corroerán todo a su paso, terminando de una vez por todas con la existencia del ser humano.

Somos la generación del pesimismo, ésa que ya no compra lo que ve en la TV, pues lo encuentra repetitivo, absurdo, inmerso en una serie de patrañas de las que es mejor escapar antes que caer en ese delirante sistema del consumismo; como si el fin de la raza humana fuera un producto más que se pudiere encontrar en los estantes del supermercado.

Dudamos que el fin esté marcado por una fecha en particular del calendario del hombre. Pensamos que el final se contrajo hace mucho tiempo y que, como muchas cosas en este mundo, ha venido acentuándose con el paso del tiempo tan sólo para hacer menos agónica la caída de un imperio que se ha caracterizado por todo menos por la razón.

Para qué, entonces, darle la vuelta a una tuerca, si ese mero acto no traerá las consecuencias que se pretenden; para qué virar en direcciones opuestas si las líneas de aquello que el hombre, por natural cobardía, llama destino están más que trazadas. Luego entonces caemos en cuenta que alejarse del rebaño es sólo un gesto de valentía y rebelión, que con el paso de los días será olvidado.

La nuestra es una visión pragmática, donde lo que se hace no está en absoluto relacionada con lo que se logra, pues sobrados son los casos en la historia donde los actos del hombre han sido enterrados por aquellos quienes no ven en ellos más que simples gritos de desesperación que jamás encontraron eco.

Preguntamos nosotros si el tener un buen trabajo, una casa, un auto, una familia y un salario considerable es la moneda que nos corresponde a cambio de vender parte de nuestro tiempo a una labor que jamás comprenderemos exactamente para qué sirve.

Si seguimos caminando al lado de esta putrefacta sociedad es con el único objetivo de buscar esa ración de oxigeno que por derecho nato nos corresponde, mas no para aspirar a los puestos codiciados por el ancho de la sociedad.

Formar parte de la jerarquía social no nos inspira en lo absoluto, para qué si lo que buscan ellos, la felicidad, maquilada y prefabricada por las grandes esferas comerciales, no nos satisfacen en lo absoluto.

Nuestro perfil, bajo, silencioso, desterrado y proscrito, ha dejado ver su lado más salvaje y por lo mismo más perpetuo, ése que, sin buscarlo, se queda tatuado en el disgusto de la sociedad, ése que sobrevive a modas, catálogos, temporadas, estaciones, edades…

La felicidad, pues, para gente como nosotros no se busca en los stands de las grandes tiendas comerciales, ni en los indecentes escaparates mercantiles que encuentran la belleza de la mujer en la cantidad de maquillaje que arroje sobre su rostro, o que miden la caballerosidad de un hombre por el precio del traje que porta en las cenas de gala.

Somos la generación del fin del mundo que ha sobrevivido los holocaustos más brutales, aquéllos que, sin armas biológicas, ni bombas nucleares, ha visto cómo el hombre, por el hombre mismo, ha sumergido su rostro en el lodo tan sólo para aspirar a una vida que, siendo en exceso sinceros, ni siquiera merece, pues quién de los que pueden llegar a comprendernos puede arrojar la primera piedra y decir que tiene pendiente como pago la felicidad absoluta por el resto de su vida.

Nosotros ya no creemos en los viejos cuentos de la princesa encantada y del príncipe azul, en los finales de telenovela. En los días que corren apresuradamente, el “fueron felices para siempre” ha sido sustituido por el “y sobrevivieron hasta el final del día”.

Somos la generación de las ideas libres, de las acciones emancipadas, de las palabras entrecortadas por los nudos que a menudo ahogan nuestra voz para concluir las frases; llámese tristeza, melancolía, impotencia, pulcritud o demencia; o puede que se deba acaso a la contaminación de las fábricas del hombre que nuestra garganta poco a poco pierde la energía de hace algunos ayeres.

Pero la pluma, más grande y destructiva que cualquier arma creada por el ser humano, último reducto de quienes se rodean de las amenazantes cuatro paredes, es quizás nuestra única forma de encontrar insurrección… insurrección, el único derecho que nos queda a estas alturas del partido.

Quizá no se nos sea permitido apreciar de cerca y en primera fila el final irreversible de éste, el mundo del hombre, pero  aseguramos, con la misma complacencia que las letras exigen, que se nos recordará como aquellos que intentamos hasta el cansancio no un cambio, que hecho comprado es que los cambios son elementos netamente individuales, si no una renovación de aires, y que por ello mismo fuimos, cada quien en su respectivo tiempo, desterrados de la vida “común y corriente” del hombre.

Henos aquí, entonces, las filas más obstinadas y fieles de la generación del fin del mundo, las que soltamos displicentes una lágrima sincera porque el mundo, una vez más, contó aquel chiste banal de que esta vez  iba en serio, de que el final del mundo, tardío pero seguro, llegaría…

Somos esa generación que lamenta que el fin de esta vida, por desgracia, obligada y mecánicamente reflexionada, nunca llegó. Y por ello lanzamos, a quien sea éste dirigido, el más obstinado de los reclamos que una generación, la nuestra, a diario ahoga en el límite de las posibilidades.