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"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."
"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."
"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."
"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."
"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."
"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."
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Fotografía tomada de: http://www.vice.com/pt/read/no-olho-do-furacao/109379 , tomada por Débora Lopes.
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e
camino a la Ciudad delos Libros, recuerdo aquel sentimiento de asombro y
desasosiego que reino en mí el día que
visite por primera vez aquel lugar (ésta es la segunda vez que voy). Desasosiego
me provocó imaginar el cómo pudieron haber vivido entre tantos libros José Luis
Martínez, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis; y el trabajo
de mantenimiento que les pudo haber exigido. De ellos fueron las bibliotecas
personales que ahora ahí quedaron instaladas, en el edificio de la antigua
Ciudadela. El diseño de cada una de las bibliotecas es bastante agradable (me
gustaría decir maravilloso, pero no quiero crear expectativas demasiado
grandes).
Al salir del metro Balderas,
el que se encuentra más cerca, olvido que hay dos puertas de entrada y termino yendo por el camino más largo y
peligroso. Me pregunto cuál habrá sido la razón que hizo que se olvidaran –entre
ellos el sádico de Calderón, quien formo
parte del proyecto– de la seguridad de los alrededores.
Esta vez entro a ver el acervo
de José Luis Martínez, la primera vez pasé al de Alí Chumacero. Por medio de
unas letras de presentación me entero que fue un diplomático, escritor,
académico que logró reunir 70 mil volúmenes, de los cuales muchos fueron colecciones
completas de suplementos, revistas, libros…Ya
me tomaré el tiempo para conocerlo más a fondo, pienso. A lo mejor en un futuro próximo busque un libro de él.
Paso más de media hora viendo los títulos, hasta
que llego a una sección donde encuentro varios números de las revistas de La Universidad de México,Tierra Adentro,
Proceso…
Regreso a la entrada, donde se encuentra la encargada de los préstamos y le
mencionó lo que deseo revisar: «El
número 1 y el 47 de la revista Tierra Adentro,
por favor», le digo de la manera más amable que puedo y le doy las gracias. Me
los da y se voltea indiferente; parece de esas secretarias del gobierno que
siempre están molestas… Reconsidero:quizá sólo tuvo un mal día.
«Tierra adentro, otoño de 1974, no.1, publicación trimestral», dice
en la portada. Y más adelante el objetivo con el que nació: «iniciar una
efectiva descentralización de las actividades artísticas y culturales»…Tengo
que mencionar la sorpresa que causó en mí descubrir que lleva casi 39 años de
existencia esta revista dedicada a la literatura… Hojas adelante, un
articulista, llamado nada más ni nada menos que Mario Benedetti, habla sobre «la literatura latinoamericana, las relaciones entre el individuo y el
paisaje» y la manera cómo han cambiado (menciona libros de Gabriel García
Márquez, Onetti, Rulfo); artículo que,
desde mi punto de vista, no pasa de ser sólo curioso.
En el número 47, ya en el año de 1990, hay un
cambio radical en el formato y la tipografía –el estilo de las letras–. ¡Una
exquisitez para ver los cambios en el diseño editorial! En este número me
entero del origen del nombre: «El maestro Sandoval (Víctor Sandoval
[1929-2013], uno de los fundadores) recordó un verso del celebérrimo poema de
López Velarde escrito en 1916: Yo tuve,
en tierra adentro, una novia muy pobre/ ojos inusitados de sulfato de cobre(…). “Tierra adentro” es un término castizo
que se refiere al interior. Según el Pequeño Larousse significa “lejos de la
costa”. Sandoval pensó que podía identificarse con el centro del país», lugar
en donde se quería empezar a difundir las
actividades “culturales y artísticas”.
¿Por qué las bibliotecas no
tienen turnos nocturnos?… Compraría un par de cafés, los tomaría afuera y
pasaría la noche revisando más revistas…Pero no: son las 6 de la tarde y me
mencionan que tienen que cerrar. Aprovecho que estoy cerca para pasar al centro
de la ciudad, compro el número 181, el más reciente a la venta (abril-mayo
2013), de Tierra Adentro.
Al llegar a casa, prendo la cafetera y miro el desorden de revistas
y libros, que no son nada comparados con los de Ciudadela. Mientras escucho el ruido
del agua y el vapor salir, regresa el desasosiego que ya había mencionado. ¡Maldición! Tengo que ordenar este caos.
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al
vez, habrá muchísimos que duden del más
razonable fin del mundo que será el lunes 13 de noviembre de 1899… Este
cataclismo terrible será el choque del Mundo con un cometa…”
Este texto anónimo podía leerse, por aquella
misma fecha, en una hoja volante acompañada de la siguiente imagen hecha por el
grabador José Guadalupe Posada (1852-1913).
Más de un siglo ha pasado de aquella publicación
y quién diría que, después de tanto tiempo, ciertas cuestiones poco cambiarían:
el año pasado se pronosticaba, “con sustento” de los mayas, nuestro propio fin
del mundo. Somos hijos de la desmemoria.
Por fortuna hay objetos o personajes que se
niegan al olvido. Tal es el caso de las imágenes de Posada: cada 2 de noviembre
(“Día de Muertos” en México), retornan
las calaveras por él hechas para adornar con papel china las ofrendas,
acompañar las “Calaveras Literarias” o en los carteles de ciertos eventos.
Y no se diga de la Calavera Garbancera que desde
hace muchos años forma parte de la iconografía mexicana. Sin embargo, ni esta
imagen –mejor conocida como “La Catrina” gracias a Diego Rivera y su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda
Central- ha ayudado a que el nombre de su creador sea reconocido entre los
mismos mexicanos.
José
Guadalupe Posada: Transmisor
(hasta el 16 de junio de 2013 en el
Munal) es una de las exposiciones en la Ciudad de México dedicada a difundir
la importancia de este artista; ahí
podemos encontrar, aparte de su grabados, una recopilación de piezas de otros
creadores que fueron influenciados por las ilustraciones de Posada, entre ellos
David Alfaro Siqueiros y José Clemente
Orozco. Además de un video, El fusilado
de hoy 2013 de Saner, que vale la pena presenciar por la singularidad del proyecto,
el que no tiene nada que ver con lo que se está acostumbrado a encontrar en los
museos (está realizado con acrílico, aerosol y video
mapping – es decir, la proyección de imágenes en superficies inanimadas
para dar la ilusión de movimiento).
Lamento que tengamos que esperar los festejos de
los aniversarios en números cerrados para “valorar” a los artistas… Y escribo valorar
entre comillas porque casi nunca es un valor real: el encanto sólo dura un par
de meses después de la exposición. Ya verán que por estas fechas del siguiente año
serán pocos los que recuerden el nombre de Posada. A cambio, brotarán, hasta por debajo de las
piedras, “conocedores” de la obra de
Octavio Paz (se festejarán 100 años de su natalicio)… Aunque tenga un gran
respeto por el premio Nobel y a veces me agraden las actividades que se
realizan para las conmemoraciones… “!Dios nos libre de esnobismos!”… Ahora que
si esto va a hacer que alguien se introduzca en su pensamiento, ¡bienvenido sea!
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N
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uando se trata de columnas, no nos podemos quejar: en
los periódicos que se imprimen en México, hay de todo y para todos. Algunas de ellas dan la impresión de ser imprescindibles.
De
entrada está Lorenzo Meyer, el historiador que cada jueves en el periódico REFORMA refresca nuestra memoria y nos menciona las similitudes (que a veces son
verdaderos actos de mimetismo) que hay entre los sucesos políticos actuales y
los de décadas pasadas. Es difícil que
alguien más sea capaz de entrar así en tales profundidades de la historia.
Jorge
Volpi, Jesús Silva-Herzog Márquez, Enrique Krauze, también pueden ser
leídos en REFORMA; no obstante, ya he escuchado que no a todos les agradan
las cargas ideológicas de sus escritos.
En
El País hay por montones. Mario
Vargas Llosa y su “Piedra de Toque” nos deleitan los domingos de cada quince
días, más si el tema es literatura. Pero ¡cuidado con la bilis!, ya que cuando abarca
la política, a costa de su ideología, es capaz de decir terribles sandeces, propias
de alguien que cree entender el estado de un país sólo por leer los diarios.
En
el mismo periódico, al final del
suplemento dominical, Javier Marías cuestiona los vicios de algunos políticos,
empresarios, de la gente que tiene el poder, en especial de los que están
relacionados con España (sin embargo, esto no es impedimento para comprenderlo,
porque los vicios que padecen los nuestros son los mismos, tal vez hasta peores). Lo grandioso es que lo hace con
un lenguaje y pensamiento que muy pocos tienen.
Cambiando
de publicación, imaginen los contenidos
de unos textos que fueron titulados
así: “Si yo fuera papa” o “Para leer hay que leer”. Pues ya lo ha
hecho, y de maravilla, David Toscana, quien deja de lado los pesimismos, los que suelen
caracterizar a quienes se dedican a este
género periodístico, para criticar, de una forma sutil e imaginativa, casi cualquier cosa. Sus párrafos son, desde
mi punto de vista, pequeñas joyitas literarias que salen todos los sábados en
el suplemento cultural “Laberinto” de Milenio.
Si
lo que a uno le gusta es el arte, y en
particular la pintura, se puede frecuentar a Teresa del Conde todos los martes; si lo que se prefiere son las películas no comerciales, Carlos Bonfil las analiza
y da opiniones muy buenas todos los domingos. Ambos en La Jornada.
Tenemos para elegir. Y no dudo que muchos de ustedes
ya tengan a sus predilectos, pero si no, no está demás darle un vistazo a
algunos de los aquí mencionados.
Esperemos
que en cincuenta años, cuando la mayoría de ellos ya no publique, puesto que
casi todos ellos rebasan el medio siglo de edad, no decaiga la calidad de quien
se dedica a las letras, para que no nos sintamos con tanta nostalgia de estas
fechas como para decir: «¿Te acuerdas
cuando los periódicos aún se imprimían, y que se necesitaba ser un buen
escritor para tener una columna?», a lo que una voz ronca contestará: «No exageres, si también publicaban a Guadalupe
Loaeza, Hugo García Michel, Carlos Loret de Mola…»
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