viernes, 12 de abril de 2013

Esencia infinita


Por: Israel Martínez Angulo. 

No pude estar ahí, no lo hice, yo estaba divirtiéndome, tal vez estaba riendo en el momento más vulnerable de tu existencia sin siquiera saber por lo que estabas pasando abuela. De inmediato regresa a mi mente la imagen de mi madre y el sufrimiento por el que pudo pasar en el momento en el que le dieron la noticia de tu fallecimiento. ¿Qué hizo, lloró, gritó, cayó al piso?… Ya desde hace un tiempo me había hecho a la idea de estar a su lado cuando nos dieran la noticia de tu partida, al ver la condición física que tenías abuela, esa debilidad que azota a cualquier persona de 94 años de existencia, realmente sabía que en cualquier momento sonaría el teléfono comunicando la amarga nueva y mi madre reaccionaría de forma inusual.

Mujer de gran coraje, capaz de enderezar un mundo, una realidad… a una familia. Te extrañaré mucho abuela, tus ojos azules, aquella mirada tan dulce muestra de ternura y fiel respaldo de miles de causas, de cientos de ideas, de problemas y alegrías, de vida y de muerte. Una historia tan rica como la de una figura pública o héroe nacional. Yo sólo puedo decir que quien es capaz de sobrevivir durante 93 años con el coraje de un león y la templanza siempre de una madre preocupada por su familia, es ejemplo a seguir. Tú al ser abuela, bisabuela e incluso tatarabuela, siempre mostraste un cariño de madre para todos tus allegados, siempre serás mi abuela siempre en unión familiar.

Al enterarme de tu muerte sentí un dolor inmenso en mi alma, de inmediato me puse a meditar el porqué tu ausencia detonaba tantos sentimientos,  y  llegué a la conclusión de que indirectamente eres la culpable de mi existencia, madre de mi madre, creaste una familia y afortunadamente soy  parte de ella.  A mis 25 años, tengo el fiel objetivo de algún día portar tanta calidad humana como la tuviste durante casi un siglo de vida, no sé si algún día llegaré a ser pilar fundamental en el desarrollo de una familia y sus costumbres como tu abuela o mi madre, sí, mi madre, aquella persona quien me dio la vida, tu hija, abuela Lola ¡Mi madre! Fue lo que me preocupó en primera instancia y es que para mi madre, tú, abuela Lola lo eras todo.

En fin, pasaron sólo dos días y mi arrepentimiento por no poder estar a tu lado en el momento de tu partida abuela mía comenzaba a causar estragos en mi paz mental y bienestar físico, simplemente no me había enterado y sabía en parte que no era mi culpa, sin embargo no podía tolerarlo más. Y es que la única verdad se refleja en el hecho: Yo estaba disfrutando de unas, por qué no, merecidas vacaciones con mi novia en Michoacán, para ser más exactos, estaba en el rancho de los abuelos de Ana que en paz descansen. Acompañados con su familia, pasábamos momentos de esos que son invaluables para un hombre por su delicada tranquilidad y esencia palpable, incluso respirable. Pero bueno algún día escribiré sobre dicho paraíso en Marabatio, lugar donde  hubieras sido feliz al visitarlo abuelita Lola.

Por tal razón, no pude estar a tu lado mi Lola, por eso y por la falta de señal telefónica no pude saber de ti en el momento adecuado, por tal motivo simplemente te fallé, pero lo mejor estaría por venir, ya que, al ser el tercer día de un mundo sin tu existencia pasó lo que mi alma y espíritu pedía a gritos.  Un sueño, ahí tu aparecerías abuela mía, sin embargo para encontrarte dentro de mi sueño tendría que pasar por un largo camino donde se pondría a prueba mi valor.

Yo me encontraba en los alrededores de tu hogar, a mi vista podía ver el humo que despedían las casas en llamas, madera cayendo, gente gritando la cual nunca pude ver claramente, sólo pude divisar a tres personas, eran hombres muy altos quienes paseaban a tres fieras, animales demoníacos parecidos a los perros, dos de esas bestias tenían la fisonomía de un perro pero con un aterrador lado diabólico, con sus patas llenas de sangre y su hocico feroz, me ladraban con miras a devorarme. Ese no era un problema, el verdadero lío se centraba en el tercer animal al cual lo llevaban con una correa reforzada de cadenas y un collar de púas muy al estilo de los perros de peleas, aquella criatura causó el peor miedo que había sentido dentro de un sueño y tal vez en la vida misma. El  cuerpo de la criatura era el de un humano con cabeza de perro, un humano en proporciones bárbaras, con cicatrices avasalladoras para mis sentidos… En definitiva esa criatura iba por mí, los tres hombres quienes llevaban a las tres criaturas siempre parecieron secundarios, podían causar más problemas aquellos demonios que las siluetas humanas.

Para poder llegar hasta mi abuela era necesario poder cruzar el territorio invadido por aquellos demonios, mi peor fobia en la vida he de reconocerlo, son los perros y en este sueño crucial, para volverte a ver abuela, tenía que pasar por un lado, de aquellas figuras repulsivas e inconscientemente sabía que era un sueño pero también sabía que si no aprovechaba esa oportunidad, jamás volvería a verte en el mundo real y me refiero al momento de despertar, todo se comenzaba a convertir en un sueño real, estaba consciente de que estaba dormido y también de que, de llegar a tu casa, podría verte por una última vez.

Por fin me decidí, comencé a correr lo más rápido que podía, jamás me había esforzado tanto por correr, mis piernas empezaron a moverse con tanta velocidad que mis músculos se contrajeron al nivel de causar un dolor agudo llegando a un éxtasis en el que con un brinco logré saltar a los demonios los cuales de inmediato comenzaron a perseguirme, yo jamás voltee a verlos, sólo seguí imprimiendo más y más fuerza al grado de distorsionar mi realidad en colores irreconocibles, mi cuerpo comenzaba a acostumbrarse a la velocidad inverosímil, entendí que era un sueño y sin más me dispuse a llegar a mi destino, no podía perder más tiempo, eso sí  es que existe el tiempo en los sueños.

Al fin llegué, la puerta estaba abierta, al entrar a la casa todo parecía diferente, el ambiente parecía estar más tranquilo que nunca, las paredes, blancas todas, parecían brillar más que nunca, estaba en la misma casa de siempre con dimensiones más grandes de momento irreconocible, parecía que el espacio era infinito ante los amplios muros techos y pisos blancos, tampoco habían muebles, como si todo se hubiera ido. Al fondo sólo estaba el gran comedor, aquel mueble que presenció tantas cenas, pláticas y vivencias durante tantos años. Las sillas no estaban, sólo estaba la silla donde tu abuela acostumbrabas sentarte en las cenas navideñas y en ella estabas sentada mi hermosa viejecita, con tus ojos cerrados y tus manos recargadas en la madera, reposando con una gran calma.

Sin darme cuenta mi madre apareció en el sueño frente a nosotros, su rostro demostraba gran calma, en su mirada se reflejaba la tristeza de haberte perdido, a quien le dio la vida, ella no dejaba de verte abuela, de hecho no podíamos dejar de verte mi Lola. Un movimiento brusco por parte tuya hizo que mis bellos se pararan de punta, un miedo profundo invadió mi cuerpo, de inmediato mi mirada se postró sobre mi madre y en ese momento mi sueño comenzó a ser el más real que había tenido en toda mi irreal vida ya que al estar sin vida comenzaste a moverte y de inmediato empecé a escuchar la voz de mi madre, lo más impresionante fue que comencé a entender todas las palabras que ella decía, tanto que las recuerdo para plasmarlas en este texto, nunca había tenido una plática tan real en un sueño.

Durante la plática le pregunté a mi madre ¿por qué tu movimiento? A lo que ella respondió con mucha tranquilidad que se trataban de movimientos involuntarios, aquellos espasmos y movimientos involuntarios post mortem que presentan los difuntos, sin embargo un segundo movimiento más que involuntario sacudió tu cuerpo abuela mía, fue cuando entendí todo, esto se trataba de un sueño y tenía que aprovecharlo, así que tomé tus manos y comencé a hablarte. Primero te pedí disculpas por no haber podido estar a tu lado en tus últimos momentos de vida y en tu velorio, lo hacíamos con lágrimas, mi voz se quebrantaba como la de un niño cuando comete alguna travesura y terminan por regañarle de inmediato tú me dijiste que no tenía porque disculparme, que tú estabas perfectamente bien, que se sentías paz en tu ser, me dijiste que estuviera en paz conmigo mismo.

Por último, y como fue costumbre durante toda tu vida, me preguntaste si yo estaba bien, a lo que te contesté… Si abuela, de hecho estoy aprendiendo a vivir estando bien. En ese momento me di cuenta que no volvería a verte, que esa plática breve pero valiosa me había hecho ver que tú, abuela mía estabas en paz y por fin mi angustia de no haberte acompañado desapareció gracias a ti abuela. Lo último que recuerdo de aquél sueño fueron mis lágrimas que se derramaban sobre tus brazos.

Hoy, luego de haber pasado dos semanas sin ti me puedo dar cuenta de que jamás me harás falta ya que si pudimos encontrarnos en un sueño, nos podremos encontrar por la infinidad.

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