Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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lunes, 4 de noviembre de 2013

La Sonrisa de la Muerte

por Lila Aurora

Cualquiera en “El salto” se hubiera alegrado sobremanera ante la repentina muerte de Don Federico Tovar, dueño de la única tienda de abarrotes en el pueblo. Apenas se supo del hallazgo del cadáver, la noticia corrió como pólvora encendida; todos acudieron a observarlo, parecía como si quisieran que esto no fuera cierto. Ni siquiera sus hijos, que nunca reconoció, se alegraron del hecho.

A todos invadían sentimientos encontrados, era el hombre más odiado, pero también el más solicitado. Robusto, con el pelo cano, apenas unas patas de gallo enmarcaban sus ojos; burlón, grosero , a todas las preguntas o solicitudes tenía siempre una respuesta sarcástica, pero no, nadie dijo una palabra, una maldición o una sonrisa discreta que se tradujera en “qué bueno que se lo llevó la chingada”.

Pasaron sólo unos momentos cuando entre el enjambre de gente el juez del pueblo llegó para dar testimonio del hecho; el padrecito por supuesto ya estaba echando agua bendita y prendiendo unas veladoras, doña Lupita Caballero, la enchiladera del pueblo, era la única que de vez en cuando entre sollozos fingidos decía: “¿ora sí que vamos a hacer?”.

La semana pasada se había festejado, el “doce”, la fiesta de la virgencita, todavía estaban los festones de flores de plástico y los juegos mecánicos no se terminaban de recoger. El juez ordenó que lo trasladaran a la oficina del juzgado, ya que el médico forense llegaría hasta mañana y encima de todo hacía un pinche frio que ni para qué velarlo en la intemperie.

La tienda de “Don Fede”, como le decían todos, era una especie de salón de juego, cantina y verdulería; por las tardes solía sentarse en una mesa de fierro de “la corona”, barajeaba sus viejas y sucias cartas, hasta que llegaran sus oponentes. Le hacían el juego a sabiendas de que él siempre ganaba; a cambio tendrían varias rondas de mezcal gratis, insultos y escupitajos en la cara.

Si se le daba la gana, castigaba a quien perdía, haciéndolo beber sin parar toda la botella de mezcal mientras él reía escandalosamente, o tenía la osadía de disparar balazos en los pies a quien le había hecho trampa según él. Todas las tardes era lo mismo, excepto aquellas en que se fingía enfermo y mandaba llamar a Marinita la enfermera. Ella ya sabía, Don Fede se bajaba los pantalones, se acostaba y justo cuando le enterraría la aguja en la nalga, el se volteaba, la jalaba y la obligaba a tener relaciones sexuales; a cambio Marinita recibía una canasta con víveres y un manojo de billetes arrugados que extraía de una lata de “sal de uvas picot”.

Tenía nueve hijos, no con Marinita, por supuesto, todos eran producto de su abuso y del capricho que en su momento se presentó; nunca los reconoció porque alegaba que él no podía tener hijos, que le querían ver la cara de tarugo. Su difunta esposa, Doña Georgina, no se los había dado, mismo por lo que un día se quitó la vida tomándose un montón de vidrios. A diario la insultaba por no poder embarazarse; muchas veces la dejó afuera de su casa con el puro camisón, aun cuando estuviera lloviendo.

Nunca aceptaba ser padrino de nadie, anteponía su alcurnia, alegaba que no podía rebajarse a decirse compadre con un indio “pata rajada”, mucho menos “a pisar los chiqueros donde viven”. No obstante, el día del festejo mandaba “algo”, para que “mataran su hambre” decía; eso sí, se los recordaba cada que los veía.

“Si no les hubiera mandado esos refrescos y esa comida, ¿qué hubieran hecho?” Y soltaba la carcajada estruendosa, los dejaba sin palabras.

Pero bien, terminemos con la historia de este gandalla. ¿Quién se habría atrevido a darle tan terrible muerte? Nadie, él solo se ahorco, fue sarcástico hasta consigo mismo, una risa diabólica se podía ver en sus labios. La sorpresa fue mayúscula cuando encontraron una carta póstuma y la leyó el cura ante todos:

“Me voy con mi pecho rebosante de alegría. He comido, he bailado, he tomado y disfrutado cuanto se me ha dado en gana, pero también me he cansado de tanta mediocridad, de tanta hipocresía, me he cansado de humillar y no recibir reclamos, me he cansado de golpear y no recibir un solo rasguño; los he maldecido y sobajado con las peores injurias a todos y nadie se ha atrevido ni siquiera a mirarme de frente.

Me voy consciente de que su hambre es mucha, de que su cobardía es inagotable, pero me voy con la miserable esperanza de que un día me odien y se atrevan a vencer no sólo el hambre de sus estómagos, sino el hambre de su podrida alma. Comprueben lo feliz que soy de morir, no habrá rictus de dolor en mi cara, verán qué hermosa sonrisa puede producir un hecho que con valentía es decidido. Sin embargo dispongan de todo lo que dejo…”.


Se fueron retirando uno a uno de los habitantes del pueblo, el cadáver quedó solo, como también sarcásticamente lo habría deseado Don Federico; nadie dijo nada, morían de vergüenza.

Más que muerto

por Manuel Sandoval

El nacimiento estaba programado para semanas después, pero al recién concebido vástago le urgía nacer. Los médicos, tan positivos como siempre, no le daban mucho tiempo de vida. Si nacía bajo esas circunstancias lo más probable sería una vida vegetal o, en el mejor o peor de los casos, según se quiera ver, un mes de existencia y no más.

La madre entró al quirófano obligada por los dolores en el vientre. Pidió la ayuda de su dios y del doctor, que le pedía calmarse y mantenerse concentrada en lo que estaba a punto de hacer.

Recostó su pesado cuerpo en la camilla, colocó ambas manos a sus costados, apretó con fuerza las sábanas blancas y comenzó con esa titánica labor de parto que para ella era una experiencia tan nueva como la primera vez que tuvo sexo sin protección con el padre de aquél que estaba a punto de nacer.

Al abrir sus piernas por instrucciones del médico, recordó cómo, por instrucciones de su amado, había abierto las piernas para entregarse a una pasión obligada por los litros y litros de licor barato.

El dolor que implicaba expulsar a su hijo y los gritos irresponsables del doctor, le aterrizaron de nuevo a la realidad.

Respirar, pujar, comprimir la pelvis, como quien defeca pero bajo otras circunstancias; respirar, pujar, comprimir la pelvis y una y otra vez repetir esa rutina hasta que la tarea fuese completada.

Si sólo estuviera él ahí, tomándola de la mano y dándole palabras de aliento. Pero el muy miserable huyó después de que supo que ella estaba embarazada, consideró todo un error, un malentendido. Se alejó de su vida para siempre.

Para qué traer al mundo a un ser, si éste destacará por su imperfecta naturaleza, por la carencia marcada de su padre y por la inexperiencia de su madre. Para qué tanto empeño en pujar y comprimir la pelvis. Eso en la cabeza de la mujer.

En la cabeza del doctor sólo deambulaba la tediosa idea de hacer bien su trabajo, salir de la sala, dar la noticia a los familiares, cobrar el cheque, ir a cenar a un buen restaurante, llegar a su casa, hacer el amor con su esposa y dormir como quien carece de preocupaciones.

-Bien, ya lo veo venir; continúa, continúa así- dijo el doctor, y a su mente vino la escena de su amado debajo de ella, pidiéndole con la voz ahogada que no se tuviera, ya venía el orgasmo, lo único que importaba obtener esa noche.

La cabeza se asomó, luego una parte del cuerpo; de inmediato los doctores se abalanzaron y detectaron carencia de signos vitales. –Maldita sea, sigue pujando, estás asfixiando a tu bebé- gritó alguien en el quirófano.

Ella estaba exhausta, hizo un esfuerzo último pero no fue suficiente. Su bebé murió, estuvo vivo por escasos diez segundos o menos. Los doctores creían que duraría poco, pero eso era una grosería, y la culpable era esa mujer, inexperta, cuyo frágil cuerpo apenas y pudo soportar llevar a seis meses a cuestas a un ser humano que no quería desde el inicio.

La asistente del médico, su amante de los jueves, tan cínica como sólo ella, pensaba hacia sus adentros: al menos se ahorró tanta mierda de vida acá afuera; sin padre, ni madre. Duró poco y lo suficiente para saber que la vida es tan miserable, que si no hay quién esté dispuesto a empujarte y ayudarte un poco, estás jodido. Al fin y al cabo, desde que aquel sujeto logró su deseado orgasmo, el que sería hijo de ambos ya estaba más que muerto.

Leonora y la muerte

por Uchelo Gómez

Leonora tiene a la sazón 12 años, quizás su percepción de las cosas, de su entorno, de la vida y sobre todo de la muerte no es la de muchos adultos, fría y opaca, más bien triste; es para ella más lúdica y llena de fantasía, en momentos hasta folclórica. 

Lo digo porque a Leonora le ocupan cosas como dibujar, su clase de piano los viernes, la clase de ballet los jueves, jugar con sus amigas Sofía y Agnes los fines de semana, o ir al parque que está cerca de su casa donde van esas señoras gordas con cara de cerditos maquillados a pasear a sus perros todos los domingos.

Todo esto le gusta como a cualquier niña de 12 años de clase media alta que vive en la Colonia del Valle. Leonora, aparte de todo esto, encuentra un particular gusto por las cosas relacionadas con la muerte –como les había mencionado-, cosas raras y hasta ominosas (como esas muñecas de porcelana que abren los ojos como si estuvieran vivas) porque desde pequeña ha tenido una rara relación con la muerte.

Su pequeña perrita Chanela murió un día de una intoxicación cuando ella sólo tenía cuatro años; a los cinco murió su padre al parecer de cáncer de pulmón, del que se encontraba en fase terminal; a los ocho se enteró de la muerte de José María –su vecino del piso de abajo del edificio donde vivía-, quien murió ahogado en una alberca; y apenas hace un año se han marchado su abuela Constanza y un mes después su abuelo Emiliano.

Para Leonora, el estar tan cerca de la muerte desde pequeña fue triste; después se empezó a volver cotidiano, normal, convencionalmente normal.

Los coqueteos de la llamada “flaca” con Leonora la han hecho ver a ésta con naturalidad, hasta con algo de gusto. Todo el tiempo realiza dibujos de calaveras, seres extraños y panteones; tiene muñecas y juguetes que para muchos parecieran horribles, y tiene un par de libros que pide a su mamá le lea todas la noches, libros con relatos de Lovecraft, uno de Sthepen King y sobre todo de su amado Edgar Allan Poe.

Leonora es más normal de lo que se pudiera creer, con todo y este peculiar relato que les acabo de contar, porque, muy a nuestro pesar, la muerte forma parte de la vida y de un proceso natural, que para una niña de 12 años, de clase media alta y que vive en La del Valle, resulta serlo también; ella encuentra en este tema un pasatiempo y una forma muy sui generis de comprender la vida, sí, la vida, a base de regalarle su tiempo y sonrisas a la muerte.

jueves, 21 de marzo de 2013

De “lectores” presuntuosos



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Por:  Jesús Correa S.

as lecturas marcan parte de nuestra vida. Por eso es importante una buena elección de lo que leeremos, y también tomar en cuenta la influencia que tendrán la interpretación y el motivo por el cual decidamos hacerlo: si alguien no lee por gusto, sino por estatus, el camino es de entrada incorrecto.
Tarde o temprano todos nos encontramos con algunos personajes así, que, tan incómodos como suelen ser, intentan demostrarnos, hasta en los momentos más imprudentes, sus abigarrados conocimientos del mundo de las letras.
La noción de literatura de estos sujetos se limita a la memorización de los nombres de escritores, títulos y, por suerte, triviales sinopsis (no muy diferentes a las que vienen en la parte trasera de los libros).
Son los mismos que después de leer a Schopenhauer, les brota el espíritu misógino; o los que ven en la embriaguez de Bukowski, un ejemplo a seguir; puesto su pereza, descuido tal vez, no les permite profundizar en los textos.
Pero no entiendan mal: una plática sobre literatura puede ser respetable y exquisita, cuando los que están inmiscuidos en ella entienden que no se trata de una competencia para que salga a relucir quién “sabe” más (¡sí! Hay quien burdamente piensa que la cantidad de libros leídos determina la inteligencia). Una conversación sobre este tema debería ser, en realidad,  un momento para compartir descubrimientos, coincidencia y diferentes perspectivas.
Por desgracia lo mismo pasa con el cine, la música, la pintura…
De ellos no escuchará decir otra cosa que no sean clichés intelectualoides: «¡Detesto a Frida Kahlo!... ¡Es que sólo es famosa gracias a Diego Rivera!»; o  «!Detesto los libros de superación personal!»
Esto ha hecho que últimamente evite hablar sobre estos temas. Aunque no con todos, claro está, exceptuando a las personas que,  el tiempo me ha hecho saber, sienten un verdadero gusto por las artes. Siempre se agradece tener esta clase de amigos o colegas, los que no publican en Facebook las fotografías en baja resolución de pinturas que han visto en exposiciones a las que han asistido. Mucho menos pensar que tengan en la sección “Favoritos”, todo lo que han leído.
Se agradece puesto que… ¿A quién no le gusta tomarse una taza de café –un té o una cerveza- con esas personas que han sido marcadas por discos, cuadros, libros, obras de teatro, POR OTRAS PERSONAS; y no sólo por los nombres que nada nos dicen?