Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva
"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.
"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."
Jack Kerouac - Página oficial
"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."
H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt
"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."
Fernando Pessoa
"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."
Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva
"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."
Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.
"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."
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miércoles, 29 de enero de 2014
One of these days
by P.I.G.
Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana
prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que
sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una
iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete
meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.
Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una
habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de
la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar
normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos
lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.
Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla
y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que
el caso ha originado.
Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que
el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el
sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había
experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto
contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su
esquelético cuerpo.
Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la
que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo
donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada,
está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.
El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus
gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario;
incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan
fúnebre protocolo.
Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a
la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión
de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco
metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus
entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende
de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.
La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se
acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible
sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez
pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del
hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin
decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.
La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del
juez; piden al verdugo iniciar las descargas.
El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta
escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos
fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel
asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de
sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede
escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no
nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.
Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin
sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega
los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o
su verdugo, nadie.
Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que
considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado
por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor
sorpresivamente le aterroriza.
Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los
minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver?
La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte
que se encuentra encadenado en la silla.
Los minutos se hacen horas y las horas días, días en
vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?
Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez
otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que
poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con
la fría pieza inerte.
Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la
vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese
permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes
todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol
cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente
muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.
¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién
escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá Dios
a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión?
No.
Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la
vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma
de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del
agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás
recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.
Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue
respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá,
y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita
con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado,
aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues
nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de
descargas.
lunes, 26 de agosto de 2013
Calma y paz
por P.I.G.
Antes de ocupar el que ahora es mi cuerpo y antes de postrar mis pies a donde en este momento se encuentran, fui otra persona, tan distinta, ambivalente, contraria quizá. Era una maldita resonancia extraviada, demorada, que evitaba llegar a la primer meta trazada.
En ese entonces existía en mí un odio irracional, pero,
según yo, bien fundamentado, hacia los negros, homosexuales, inmigrantes,
judíos, gitanos, a las personas externas, a los que habitaban detrás de mis pupilas, a todos en general.
Era un rencoroso victorioso de las guerras del hombre.
Me sentía pleno, supremo, eterno. En mi interior se movía la
cólera y la ira, y eran esas “cualidades” las que me mantenían con los ojos siempre
abiertos, siempre alerta, guías que me movían entre las sombras, aguijones que penetraban y me hacían responder la agresión.
Pasó el tiempo y los menesteres irracionales de la mente
trastornaron y trastocaron mi panorama, lo ampliaron y le dieron más color a la
imagen grisácea y tenue que se dibujaba en los años atrás. El cambio de paradigma típico de una película con anunciado final feliz.
Voltee a ver a todos lados, el mundo se postraba ante mí con
todo su esplendor, bello (si lo es). Un dejo de alegría y todo como si nada. Y reproché mis noches en las que el odio no permitía
conciliar el sueño. Traté en vano de olvidar, de renegar mi pasado, y cambié los
símbolos de furia por los de placer y calma. Borré los tatuajes y los transformé en nueva piel.
Y ahora que
he vuelto a reencontrar, si no la paz al menos sí la calma y la indiferencia
para con los demás, siento que el mundo se me mueve de un lado para el otro y
no me deja respirar con la misma facilidad con que lo hacía antes. Es una droga posesiva que se mete sin permiso por cada uno de los poros y quema por dentro, más que el dolor del alma, más que los besos que nunca serán.
Es complejo
de explicar dado que el equilibrio creí haberlo conseguido haciendo uso de una
mezcla de circunstancias que rodean siempre y de una manera perturbadora e incansable, la vida. Pero el equilibrio no llega, parece haberse esfumado, y no encuentro justificación ni
sentido a una vida rotundamente antipersonal e inhumana, una puta antivida.
Qué hacer,
pues, con el latir del corazón, qué hacer con el aliento que penetra hasta el
más recóndito y escondido lugar de nuestros pulmones.
Debería
existir un término medio para una situación así, donde lo uno no afectara lo
otro y, por el contrario, se retroalimentaran, como el frío del calor, o el
gozo del sufrimiento, o ese instante de bienestar cuando se ve interrumpido por los reveses que la vida se encarga de propinarte sólo para recordarte que sigues vivo y que mientras ocupes un lugar en este mundo también te toca un golpe en el culo de vez en vez.
¿Y si
comenzara por odiarme a mí y de esa forma estar en absoluto trance que me permita acabar con ese desesperante estruendo que manipula a su antojo las señales de mi
mente y me señala a dónde debo virar y en qué dirección debo caminar y qué tan poco o mucho debo sentir?
¿O debería,
mejor aún, odiar a todos, a hombres y mujeres, niños y adultos, negros y blancos,
judíos y gentiles, a los changos y también a los lobos, a los leones, a las
aves, y de igual forma odiar a los peces, a los insectos, los gusanos,
roedores, a las pulgas, o a las lombrices que corroen los intestinos de los
seres humanos?
¿Por qué no
odiar el polvo, la luz, el sonido, la sangre, la mierda, la saliva, el bello
púbico, el sudor, el sexo, el viento, el agua, la calma y la paz?
¿Y si odiara
todo, hasta escribir estas líneas que no reflejan si no en absoluto en
desequilibrio mental que carece de siquiera un parte médico coherente?
Tal vez
entonces lleguemos (nosotros, los todos que nos encontramos reunidos aquí, entre los órganos, esqueleto, músculos y grasa) a un estado de inconsciencia, estado de nítida y coherente inconsciencia, que nos haya permitido
conservar ese odio desenfrenado que previamente se descargó, y así, tan rápido como empezó, en este momento
habría concluido la guerra interna de una detestable envoltura de carne.
lunes, 5 de agosto de 2013
Un buen sabor de boca (II/II)
Comencé a divagar y a viajar a través de años de vida
arrojada abruptamente a un charco de lodo. El inicio de la relación, amor puro,
desenfrenado, sin preocupaciones, sin necesidades que no fueran las naturalmente
sexuales. Ir, venir, conocer gente, conocer mundo, conocer la desesperación que
provoca un condón roto, una vez, dos, diez, casi todas las veces que
fornicamos. Mierda, nunca he sido bueno para colocar correctamente un condón.
Y ya. Era lo único que podía recordar. Mi relación con ella
se resumía en eso. ¿Entonces por qué coños no era tan sencillo olvidarla? La pregunta
me dio vueltas alrededor de una hora, hasta que caí en cuenta que lo que estaba
haciendo era precisamente con la intención de no pensar en la respuesta y
lanzar todo, junto con ella misma, por la borda.
Segundo día. Qué puta madre estaba pensando. Desde el inicio
sabía que no lo lograría, pero envalentonado por mi carga de adrenalina entré al
ruedo, sin capote, sin armadura, descalzo, sin muchos cigarrillos, sin toro, ni
público.
El alcohol era suficiente para la recta final. Mi hígado era
el que parecía inservible. Orinaba despacio, el ardor me tambaleaba; el hedor
del orín acumulado me distorsionaba el escenario. Más de una vez mojé mi mano
pero evité a toda costa el contacto con el agua. Si ya estaba tomándola con
licor, sería un descaro lavarme después de orinar o, peor aún, tomar una ducha.
Era un despojo de ser, un cretino. Apestaba a perdición. Pero lo
estaba logrando. Si en aquel momento hubiese habido un espejo, seguramente al verme
reflejado en él habría caído en un llanto inconsolable. Pero ni en el agua me
reflejaba, ni el agua se atrevía a dibujar sobre su superficie mi estampa,
raquítica, deplorable.
Me levanté, o eso intenté, y caí como plomo sobre el piso
lleno de ceniza, polvo y sudor seco y una serie de sustancias que preferí no
averiguar exactamente qué eran. Llevaba horas en la misma posición, sólo me
levantaba para orinar, desacomodar un poco más los muebles y de vuelta a mis
cincuenta centímetros cuadrados de estancia.
Con el ánimo fulminado y con el lívido en cero, decidí
masturbarme. Mano izquierda, miembro de fuera, imposible. Era un genio con mi
mano derecha, era muy hábil, orgasmo seguro, pero estaba aún convaleciente de
los azotes sádicos que le había propinado un día anterior.
Si tan sólo estuviera ella… no, tendría que levantarme, hablar,
explicarle todo el embrollo, excusarme y
pedir permiso para ir al baño, lavarme las manos, vaciar mi bebida y hacerme el
derrotado, una vez más, frente a ella.
Un día, sólo un día más. Bendito sea el señor que siempre
tuve esa manía de apagar los cigarros antes de que se consumieran por completo.
Fumé lo que alcancé a rescatar de las colillas, fumé el filtro, y sólo porque
la naturaleza sigue tan imperfecta como siempre, pues habría fumado de mis
dedos si fuera posible.
Era una locura demencial. Ya no era el efecto del chupe, no
era mi intestino retorciéndose de hambre, era el cansancio, del cuerpo, de la
mente, del alma. Necesitaba cerrar los ojos, descansarlos un poco. Si lo hacía
caería en los brazos de la puta de Morfeo y mi misión habría valido un pinche
carajo.
“Se me acabó la fuerza de mi mano derecha”, se acabaron los
cigarrillos, el alcohol, el deseo de alimentarme. Era necesario salir y buscar
un poco de dinero para comprar más vino. Tarea difícil en una ciudad llena de
cámaras de vigilancia, un big brother
pequeño y de tercer mundo. Y en estas condiciones hasta las cucarachas huirían
de mí antes de siquiera poder acercarme lo suficiente para pescarlas,
quemarlas un poco con mi encendedor y
masticarlas para sacarle provecho a su carne tostada.
Regresé a mi habitación, cual atleta que no ha logrado
hacerse de una medalla en los juegos olímpicos. Perfume con agua, cloro con
agua, orines con agua, agua con agua. Estaba perdido.
Si cambiaba el menú terminaría por abortar la misión. Entre
la meta y yo había una brecha de ocho horas. Podía lograrlo, sólo era cuestión
de mantenerme despierto, ocupado, fumando, bebiendo y pensando en ella, así el
recuerdo y el desprecio hacia su persona avivaría mi escondida voluntad y me
empujaría a culminar mis tres días de estupidez.
Fumé (o intenté hacerlo) los restos de periódico, fumé las
revistas, los libros, el papel higiénico, parte de un calcetín. No, era
imposible, tarde o temprano se secaría mi garganta y me vería en la necesidad
de beber algo para calmar la sequedad. Y si bebía agua explotaría y moriría al
instante. Y morir no era una salida, quería olvidarla, pero no joder mi vida
por completo sólo porque nunca me supe poner correctamente un condón. No era humano
hacer eso.
Mordí mi mano izquierda y me encontré con unas uñas largas,
delgadas, mugrosas, llenas de no sé qué tanta basura, listas para devorarse. Al
menos mi hambre dejaría de ser un problema. ¿Beber? Recordé aquel experimento
con un can, que al mostrarle comida de inmediato comenzaba a salivar. No la vi,
pero la pensé (la comida), pensé en todo lo que en ese momento sería capaz de
tragar: filetes de pescados, cortes de carne, chatarra china, pastelillos,
tortas, tacos, hamburguesas, pizzas, un coño, unas piernas.
Eureka, comencé a salivar como nunca y la saliva surgió sin
gran problema. Otro problema resuelto. Ahora era cuestión de esperar, gastar
unas cuantas horas y dejar que el estado de podredumbre llegara para sentirme
miserable y empezar a olvidar.
Después de trituradas mis uñas hasta el límite y succionada
hasta la última gota de saliva, y una vez pasadas las horas necesarias para
concluir mi campaña de tres días, decidí dar por concluida la labor.
Froté mis manos sobre mi rostro y logré como pude
incorporarme. Todo me daba vueltas. Mi cuerpo estaba inservible, ni escupir
podía, ni parpadear normalmente, ni pensar; hablar hubiera sido algo
extraordinario en ese momento.
Salí de la habitación, apestoso, devastado, con las piernas
temblando. La decadencia estaba presente, me inundaba, me abrazaba, me tocaba
los huevos. Era ése el momento que estaba esperando, pero ahí, parado frente a
mi puerta, el recuerdo de aquella bastarda vino y me inundó. Puedo asegurar que,
no me crean, tuve una erección, pero tal vez fue mi imaginación.
Mierda y mil veces mierda. Si mi misión hubiese tenido éxito
no habría escrito todo esto. No la olvidé, estuve dos semanas internado en el
hospital luego del jueguito ese de beber y olvidar; saliendo del sanatorio me
casé con ella.
Ya no bebo, ni fumo; orino y desaguo el escusado como dios
manda; las moscas me dan nauseas. Pero sigo, a estas alturas del partido, sin
saberme poner un condón correctamente.
sábado, 20 de abril de 2013
Plato fuerte
por P.I.G.
Cuando comenzamos la relación le prometí que la llevaría a
conocer a mis cerdos que viven en aquella granja alejada de la ciudad donde
acostumbraba ir a descansar de la
rutina.
Cuando terminó la relación, aunque en pedazos, conoció de
cerca a mis cerdos, y puedo asegurar que aún en estos momentos su cuerpo sigue
enclavado en los intestinos de mis mascotas, ocho mascotas para ser exactos.
No pueden recriminarme que no cumplí mi promesa. Se
conocieron tan de cerca y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que mis
cerdos disfrutaron de ella; les cayó bien mi ahora ex mujer.
Podría presumirles que la nuestra fue una relación
monumental, llena de altibajos como todas las que conozco, pero tan disfrutable
como el mejor de los orgasmos.
Compartíamos gustos, tendencias, fantasías. Pero había una
diferencia que marcó el rumbo de la relación y la llevó al peor de los
desenlaces: ella quería un auto, una lujosa casa en una zona “bien”, rodeada de
gente de elevada alcurnia que la hicieran sentirse en un cuento de hadas.
Quería una vida, pues.
Yo sólo quería tener lo suficiente para vivir bien, para
comer, para beber, para tener tiempo de disfrutar del amanecer y no maldecirlo
cada que saltara de mi cama para ir al trabajo.
Se empeñó tanto en hacerme cambiar de parecer, que día a día
cambiaba las técnicas tan suyas para convencerme de que lo que estaba haciendo
con mi vida, y de paso con la de ella, terminaría en una completa mierda.
Con sus acciones cutres y con mi determinación cuasi militar
de no moverme de lugar, supe que mi diagnóstico era sencillo: no tenía remedio.
Si la maté fue por la simpe razón de que me había engañado,
sí, como lo han leído, me engañó con un joven bonachón de su universidad, un
hombre inteligente, guapo, extremadamente carismático, con dinero, con buen
porte, bueno mozo, seguramente con buen futuro y además de todo un demócrata a
ultranza, una puta intelectual, pues. Y si supieran cómo me cagan las putas
intelectuales.
Sé que al ochenta por ciento de las mujeres les encantan los
tipos así, ¿pero a ella?, no, a ella no le gustaban esa clase de productos
comerciales que se venden por montones en escaparates. Tan es así que me amaba,
y sé que me amaba porque nunca me lo decía, pero siempre lo hacía saber.
¿Qué por qué diablos me engañó entonces?, porque, muy
ensimismada en su anhelo de hacerme cambiar, quiso poner a prueba mis celos. Y
sépanse todos que quizá soy el hombre menos celoso de este mundo. Es más, y lo
digo seriamente, pude haber tolerado ese acto de infidelidad (porque en
realidad eso es lo que fue), pues entiendo que el ser humano lleva esa
partícula de infidelidad clavada muy en el fondo del trasero, o del corazón, o
del cerebro, o del alma, o en los putos riñones, o en los testículos de mierda,
y no soy nadie para juzgar eso.
¿Qué por qué putas la maté entonces?, porque se atrevió a
decir que él era mejor en la cama, y no, señores, en eso puedo asegurarles que
se equivocaba. Y ella estaba consciente de su mentira atroz, pero, sólo por
joderme la existencia, o quizá para engrosar la lista de razones para matarla,
aseguraba casi con lágrimas en los ojos que era cierto.
Lo único que se me ocurrió fue comprobarlo, y no porque
dudara de mis habilidades, si no para tener pruebas suficientes para recriminarle
a mi ahora ex mujer que el macarra de trajes finos no podía llegar a excitar ni
siquiera a una ninfómana. No fui a violarle, por supuesto, ni mucho menos. Simple:
busqué, abordé, intimidé, emborraché y luego pregunté a las mujeres que, una
vez metidas hasta el hoyo de drogas, caían en sus redes. Y no, como temía, no
era un gran amante.
Cuando mi ex mujer se enteró de lo que había hecho, cayó en
cuenta de que mi moral no tenía muchos fundamentos para defenderse. Tomó sus
cosas y se fue de la casa. Y estúvole presumiendo a su familia, amigos, nuevos
amantes y comunidad en general que yo era un patán, un desagradecido, un mal
esposo; si hubiésemos tenido un hijo bien podría haber sido un mal padre (eso
decía ella); era un mal ejemplo para el país, un alcohólico, un drogadicto, un
mujeriego, un sexualmente precoz, un leproso, un maldito traidor, un terrorista
y desertor de las filas rojas de la KGB. En fin, merecía la muerte.
¿Cómo me enteré de todo ello? Sus primas, mis nuevas amantes
en ese entonces, se esforzaron en endulzar las palabras que de la boca de mi
ahora ex mujer salieron tan pronto llegó a casa de su madre. Dulce o amargo, me
enteré de la verdad que soslayaba por todos los rincones donde se paraba. Pero
no fue por eso que la maté.
Y tampoco fue por envidia, aunque después de que mis cerdos
devoraron su cuerpecito de modelo telenovelesca, pude comprender que los cerdos
comemos los despojos del mundo, mientras que las clases sociales “avanzadas”,
las que van por arriba de la pirámide y a las que les toca ir sentados en el
transporte, siempre se alimentan bien, hasta el hartazgo, hasta que la palabra
gula cobre sentido. La envidiaba, pues, porque comía mejor que yo…
Seré sincero. La maté porque era fea*, y cuando la cité para
que conociera, ya sin relación de por medio, a mis mascotas, me maldije por haber
desaprovechado tantas noches a su lado y no haber tenido el arrojo épico de tomar un cuchillo y
matarle en esos momentos.
Es que era fea, muy fea, y no es que tenga algo contra las
feas o los feos, me da igual su existencia, pero ella, oh mierda, era mi mujer,
algo tenía que hacer con ella, ¿no?
*Tomado de la canción de Eyaculación Post-Mortem
martes, 16 de abril de 2013
A chingar, a chingar que el mundo se va acabar
por B. Varglez
Desde
que el hombre existe sobre la faz de la tierra, ha
visto el modo de ponerse en la madre solo, es algo en lo que el ser humano no
necesita ayuda; siempre busca el modo de acabar con él y con todo lo que le
rodea. Tenemos ese sentido de superioridad que nos da tal vez el poder del
habla y el raciocinio, con el cual a veces dejamos mucho que desear, pues nos
comportamos como verdaderas bestias de siete cabezas descritas en las fantasías
griegas más maravillosas.
Todo
lo que se encuentre a nuestro paso y nos estorbe, la solución es arrancarlo de
raíz. Uno de tantos ejemplos es la mancha urbana en este país y en muchos otros
que cada día crece y crece más, secando lagos, acabando con bosques, áreas de
reserva natural y santuarios, para crear enormes complejos habitacionales que
en su mayoría carecen de áreas verdes, de agua potable, espacios reducidos mal
diseñados donde si metes el closet, te tienes que salir tú, y de pilón mal
hechos pues ocupan materiales baratos.
Otra forma que el ser humano ha encontrado para
darse en la torre al paso de los años, ha sido a través de las guerras. La
Primer Guerra Mundial, donde murieron más de nueve millones de combatientes a
causa de la lucha por el poder, por el territorio y por el imperialismo
europeo. Ni qué decir de la Segunda Guerra Mundial, donde la humanidad quedó
marcada y no me refiero al punto de vista de devastación, me refiero a que nos
tenemos que seguir recetando las secuelas del “holoca$h”
(como dice un conocido), porque a raíz de ese hecho muchos transformaron el
odio, el miedo y la tristeza en redituables ganancias.
Y
ya en el tema de las guerras, qué tal el chiste coreano, donde la novedad no es
que las dos coreas estén en pleito, llevan años haciendo su show; el problema
generalmente en estos meses es el desarrollo de prácticas militares que Corea
del Sur lleva a cabo en conjunto con EU, y Corea del Norte protesta porque las
ve como amenazas y reacciona ante esto.
La novedad en este momento es el grado de tensión
diplomática generado por lo regular provocada por los “güeros”, que, como
acostumbran, tiran la piedra y esconden la mano; aparte de que pues sí hay modo
de hacerla de pedo, porque la
distancia entre las dos coreas -para darles una idea- es como la que existe
entre Jalisco y Vallarta, o sea, nada, y pues qué tal que en una de esas acaben
salpicados con un misil de prueba.
Un
detallito más es el terrorismo, donde, como en la guerra, se llevan de paso a
personas que ni al caso, a ciudadanos de a pie como ustedes, como yo. El caso
más reciente lo vimos ayer lunes con las explosiones en la Maratón de Boston, dejando
un par de muertos y como 60 heridos, ¿y todo por qué?, para darle sus estate
quieto a un país que se siente el dueño y juez del mundo, Estados Unidos de
Norteamérica.
¿Quién fue? ¡Uta madre!, sepa la chingada, son los
más odiados del planeta, así que no falta quien les quiera dar una de cal por
las que van de arena; el pedo: como siempre, los que ni la deben, ni la temen.
Es
así como el planeta tierra ve en su día a día cómo nosotros, el mayor
depredador de la historia, acabamos, como he dicho, con todo aquello que tenga
vida. Las armas ya ahora no son solamente pistolas, cuernos de chivo,
metralletas, cañones, etcétera, no, ahora hasta bacteriológicas creadas con
productos tóxicos o incluso organismos vivos, con la finalidad de matar, "discapacitar" o
incluso quién no nos dice hasta llegar a la mutación por muy fantasioso que
esto llegará a sonar.
Tal
vez algunos de ustedes, mis estimados, han visto The Walking Dead.
Lo aceptó, suena a peyote
y una mega-jalada
eso del apocalipsis zombie,
aunque dándole una analizada, el menos de los problemas, como la misma serie nos deja claro (y que por ello me intereso), son los mentados zombies,
a los cuales se les mata hasta de un trompón bien dado en la cabeza; el mayor
problema que la humanidad tiene aun en esos momentos de terror, desesperación y
muerte es, ¿adivinen quién?, la misma humanidad.
No
se la perdonan unos a otros y terminan matándose por el territorio, por la
comida, por el agua, por el poder, y regresaremos a lo que en un principio fue
la creación del mundo como lo conocemos, donde el hombre era bárbaro… y aun no
ha dejado de serlo, sólo cambió el taparrabos por traje y corbata. Lo vemos
hasta en algo tan simple y tonto como en el Metro, donde unos a otros se
avientan por ganar un asiento.
Parece
que no podemos entender y aprender de las tragedias que la historia universal
nos presenta, seguimos cometiendo los mismos errores. Por eso cuando la tierra
se revela ante nosotros con sismos, inundaciones, explosión de volcanes, entre
otros cocteles, resultados del calentamiento global, no queda más que aceptar
que tiene toda la razón en hacerlo.
Nosotros somos los que hemos alimentado ese dragón
que terminará tragándonos y eructándonos, porque vaya que le estamos cayendo de
empacho, y merecido lo tenemos.
lunes, 11 de febrero de 2013
Herejía fraternal
por P.I.G.
Hubo un momento en mi vida en el que fui un gran hombre,
padre de familia, honrado, un ciudadano plenamente dedicado a su trabajo, a su
hogar y a las más estrictas responsabilidades que una vida normal exige. ¿Dije
normal? Muy normal para ser precisos.
En la vida caminaba con mis prioridades prendidas a la piel:
el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos. Mi mirada estaba centrada de
lleno solamente en ello, en nada más; no había distracciones, no tenía porqué
haberlas.
Parecía un caballo cuya mirada no pudiese ampliar su mirada
hacia los lados, sólo hacia el frente. No necesitaba más, no era necesario más.
¿Feliz? Pero quién lo es en este mundo.
Quizá para muchos fui un hombre ejemplar, ejemplar en
exceso, como sólo una persona de una naturaleza tan burda puede serlo; aunque
en esos instantes ya estaba un tanto harto de aquella situación,
inconscientemente tal vez, pues no hacía nada en absoluto para cambiar mi forma
de ser. Usted sabe, conformismo que se disfraza de confort y que obliga al ser
humano a dejar de hacer a cambio de no perder todo cuanto se tiene.
Un día, ese día menos esperado en el que te levantas, te
cepillas los dientes, te aseas, desayunas, das las gracias por todo lo que dios
te ha socorrido y sigues caminando, sin cuestionar, por el monótono camino de
la vida… ese día, señores -y he ahí una frase petulante, por todos recurrida-
los colores de mi existencia se invirtieron y con ello todo cambió.
Perdí el gusto por el trabajo, el estudio, mi esposa, mis
hijos, perdí el gusto por aquel ir y venir que hasta entonces me había
mantenido satisfecho, si la palabra cabe en este engranaje de conceptos cuyo
significado no explica el sentir de un ser humano “aburrido” de todo.
Opté, como lo hace la oveja que detesta seguir al rebaño,
salir de ese círculo que, incansablemente y sin quejas, había recorrido una y
otra vez, día y noche, con hambre o sin ella, con lágrimas en los ojos o con
una sonrisa dibujada en los labios; inmerso en la invencible tristeza o inundado
por dentro de esa felicidad que se alcanza rara vez en la vida.
Colgué en el guardarropa aquel viejo y hediondo traje de
hombre responsable, y opté por el de cínico, sin vergüenza y despilfarrador.
No me di cuenta de aquel cambio, hasta el momento justo en
que la primera bocanada de aire, aire impuro y atroz que secó de una bocanada
mis pulmones, me hizo reparar en el suelo que ahora pisaba, uno donde caminar
dolía y donde el fin, lejano él, no parecía muy prometedor.
Lo extraño era que mi vida, muy a pesar de lo que venía,
continuaba lo suficientemente normal como para no alterarse. ¿He vuelto a decir
normal? Vaya palabra, se usa cuando no se sabe explicar aquello rutinario,
repetitivo, enfermizo, patético y paulatinamente muriente.
Ustedes deben conocer mejor que nadie el concepto, seguro lo
usan tanto como aquellos anteojos que nos les permiten ver más allá de lo que
tienen enfrente, asquerosas sanguijuelas…
Bien, al verme al espejo, miraba a aquél que, sin mucho
esfuerzo, devino en alguien todavía peor, más libre, sí, pero más enfermo y
conformista.
Tal vez quería ser como él, con su semblante macabro que
denotaba absoluta despreocupación, pero, era cierto, ése no era yo; él era un
hombre que había invadido la intimidad de mi hogar, y fornicaba explosivamente
con mi mujer, y besaba con indiferencia las mejillas de mis hijos, y hacía todo
cuanto estaba a su alcance para corroer desde los cimientos el castillo que con
esfuerzo “yo” había construido.
Y qué si no volvía a ser el hombre responsable que siempre
tenía una respuesta para todo, qué si ya no era más el padre ejemplar, el
amante perfecto, el trabajador por excelencia y el ciudadano que todo mundo
aspiraba a ser.
Lo deseaba, deseaba a ese hombre quizá con una vulgaridad inexplicable.
Había vivido mucho tiempo así sin darme cuenta que en
realidad nada de lo que había hecho era lo que en verdad quería hacer.
Sabía que esa nueva vida no era en absoluto lo que hace
algunos años consideraba como una vida plena; mentiría si les dijese que no
ansiaba, más que otra cosa, retornar en el tiempo y volver a ser quien era
antes, pero ese yo me gustaba más que cualquier otro yo que hubiese conocido
nunca.
Por esa razón, señoras y señores, maté a mi mujer, por esa
razón me ofrecí para bañar a mis hijos y ahogarlos en la bañera, con un poco de
miedo y asco (claro, no soy un asesino), pero eso sí, sin mucho reparo.
¿Quieren saber la verdad?
No, nadie opuso resistencia; yo era el padre, el esposo, el
señor de la casa, el ejemplo de la familia. Un cuchillo en mi mano no
espantaría a nadie; hundir las cabezas de mis hijos en agua hirviendo… por
favor, creyeron que se trataba sencillamente de un juego.
Sus cuerpos eran frágiles, livianos, tan livianos como
cuando salieron a flote, hinchados ellos de tanta agua que ya entonces corría
dentro de sus pulmones; eran como los peces que suben a la superficie del mar
cuando, después de hacerlo en innumerables ocasiones, se han cansado de nadar.
A mi mujer, sencillo, le partí el vientre en dos y esperé a
que dejara de sangrar para ir a tomar la cena. No quería correr el riesgo de
que despertase y arruinase mi último alimento de aquel día.
Después de ocultar los cuerpos de mis hijos, y de colocar en
una cómoda posición el de mi mujer en nuestra cama (no pensarán que pese a todo
iba a dormir solo), ocupé mi tiempo en vaciar aquella cantina que jamás pensé
poder siquiera abrir; no era un hombre que acostumbrara a beber en casa, menos
aún con la familia presente, pero, señoría, estaban muertos, ya no había a
quién explicarle la razón de por qué no se debía beber y por qué no había que
fumar, o inyectarse sustancias nocivas, o…
Una noche -otra frase recurrente en los absurdos cuentos de
ficción- repentinamente me invadió el arrepentimiento, y creí que después de
todo lo que había hecho con mi vida, con mi familia, seguía siendo un ser
humano, lo supe porque sentía y me dolía en lo más profundo su pérdida.
Luego caí en cuenta que era ésa la primera reacción de mi
nueva forma de vivir. Uno sabe cuando ha cometido un error, en ese momento lo
supe y lo agradecí a dios, porque cometer errores a veces resulta divertido, si
hay sangre y cuerpos hinchados de por medio.
Lo lamento, señores. No supe hasta qué altura logré volar
sin poner los pies en la tierra un solo segundo. Sólo sé que fue mucho tiempo.
Cuando el cuerpo de mi esposa comenzó a descomponerse y por
ende resultaba imposible dormir a su lado, cuando la sangre del piso había
cicatrizado lo suficiente, cuando el cuchillo que utilicé se oxidó al grado que
no podía cortar pan para el desayuno con él, en este entonces fue cuando decidí
matar (ya era una asesino en aquel entonces) al individuo extraño del espejo.
¿Cuántas víctimas? Fueron 16 exactamente, mujeres y niños todos
ellas. Puedo detenerme a detallar cada uno de los asesinatos, si usted quiere…
Entiendo… Pues después de todo ello había envejecido y antes
de que me fuese arrancada la vida de forma arbitraria, quería darme el gusto de
arrebatármela yo mismo antes que alguien más… claro, hasta que ustedes,
desgraciados infelices, llegaron a mi puerta y evitaron mi suicidio.
Ya que preguntaron insistentemente, he ahí la razón de por qué
debería recibir como sentencia la horca o la silla eléctrica. Pero dudo que
ustedes, hipócritas de mierda, quieran hacerlo.
Su señoría, es cuanto respecto a mi vida; puede hacer de
ella lo que le complazca.
martes, 29 de enero de 2013
Réquiem Purpura
por La Mort D'une Lune
Él bañó los cielos con su color purpura.
Deseó terminar con toda vida y mínima esperanza.
Así que de las manos la tomó y un beso como daga del cielo cayó; mirándola
a ella fijamente con lágrimas de sal, el sonido estrepitoso del mar sus
palabras ahogó.
Ella, al no encontrar otra justificación de aquel pálido y helado adiós, la confusión y la ira a su mente llegó.
La razón y conciencia de ambos se olvidó, unos centímetros caminó, fuerza tomó y al abismo lo empujó; sostenerse él no pudo, resbalando así sus pies por las húmedas rocas tan llenas de musgos.
Ella, al no encontrar otra justificación de aquel pálido y helado adiós, la confusión y la ira a su mente llegó.
La razón y conciencia de ambos se olvidó, unos centímetros caminó, fuerza tomó y al abismo lo empujó; sostenerse él no pudo, resbalando así sus pies por las húmedas rocas tan llenas de musgos.
Danzando demonios a su alrededor, y ella, por la torpeza cometida, llorando
sobre sus rodillas, sus manos en posición mesiánica y un castigo esperando de
ese cielo purpura, rompió en lágrimas al ver que aquel cuerpo del hombre
flotaba y la corriente a horizontes solitarios llevaba.
Así que desesperada e hipnotizada por el canto de los demonios, fue incitada
a tomar entre sus manos más muertas que vivas aquella daga que el cielo purpura
escupió.
Dejó hundir delicadamente el cortaplumas, creando en su interior otro abismo donde desesperaciones, los últimos suspiros y la misma vida, se escurrían.
Dejó hundir delicadamente el cortaplumas, creando en su interior otro abismo donde desesperaciones, los últimos suspiros y la misma vida, se escurrían.
Los ángeles malditos cirios encendieron y los borrosos cielos tristemente
réquiem especial tocaron.
La sangre derramada de ambos en el gélido mar de rojo coloreó. Al final Abaddon contó que por el precipicio caer la dejó.
Es por eso que él siempre me llama e historias me cuenta, historias de más abismos.
Es por eso que él siempre me llama e historias me cuenta, historias de más abismos.
martes, 22 de enero de 2013
Conflictos humanos
por P.I.G.
Verenice (V): Oye, ¿estás bien?
Eduardo (E): Lo siento, me perdí por un segundo; es sólo que
no puedo dejar de pensar de qué color es tu brasier.
V: ¿Qué diablos estás diciendo?
E: Lo siento… lo que pasa es que no me he sentido bien últimamente.
V: ¿No te sientes bien?, ¿te pido que me cuentes de tus
problemas y lo único en lo que piensas es en el color de mi brasier?
E: Y el de tu tanga también.
V: Eres un pinche cerdo, Eduardo. ¿Qué te ocurre? Te noto
tan cambiado. Antes eras más cariñoso, más detallista, más atento; ahora sólo
piensas en sexo y en drogarnos y ver ese cine asqueroso con el que logras
erecciones que conmigo casi nunca.
E: Oye, no te pongas así. Es que… vamos, quería hacerte una
pregunta.
V: ¿De verdad? ¿Cuál?
E: ¿Quieres ser mi novia?
V: ¿Tu novia? Cabrón, llevamos tres años de novios, no
jodas.
E: Lo sé, lo sé, nada más quería emocionarme como la primera
vez que lo pregunté.
V: ¿En verdad te emocionó preguntarme si quería ser tu novia?
E: No hablaba de ti, pero ése no es el punto. Es que… hace
mucho que no hacemos el amor.
V: Y dale, pinche Lalo; te digo que no sales de entre mis
piernas y extrañas “hacer el amor”.
E: Pues nunca hemos hecho el amor… digo, casi…
V: ¿Nunca, cabrón?, ¿o sea que sólo ha sido sexo y ya?
E: Me refería a que hace mucho… hace mucho que no lo hacemos
más bien. ¿Te gustaría ir por un helado y de paso dar una visita al hotel
donde…?
V: Hotel, madres, pinche Lalo. En serio que no te entiendo.
Me hablas para decirme que salgamos y luego vienes con esta sarta de
pendejadas…
E: ¡Ey! Bájale a las palabrotas, no estás hablando con
cualquier güey.
V: Pues pareciera que sí estoy hablando con cualquier güey,
no te comportas como mi novio.
E: Lo sé…
V: ¿Qué sabes?
E: ¿Qué?
V: Eduardo, puta madre, deja de mirar mi pecho.
E: Disculpa. Entonces, bueno… sabes que te quiero, ¿verdad?
V: Creo que no.
E: Pues te lo estoy diciendo, deberías creerme.
V: Ya no puedo creerte, mis amigas dicen que…
E: Tus amigas son unas putas.
V: Oye, ¿cuál es tu problema con mis amigas?
E: Pues son unas putas, me di cuenta de ello en la fiesta de
Erika; no dejaban de mirarme lascivamente.
V: Güey, todo mundo sabe que tú fuiste quien intentó besar a
Elba.
E: Da igual.
V: No da igual, Eduardo, me pones en ridículo y ahora todos
saben la clase persona que eres.
E: ¡Pues que chinguen a su madre! Me importa una mierda el
concepto que tengan de mí, tú sabes que no es cierto.
V: Tal vez sí tengan razón.
E: ¿En verdad lo crees? ¿Crees que soy como dicen que soy?
V: Puede que sí.
E: No te culpo. Oye, vamos a comer, me muero de hambre.
V: Oye, esto es cosa seria, preocúpate por un segundo por tu
relación, Eduardo.
E: Me preocupo por mi relación teniendo la brillante idea de
ir a comer.
V: ¿Esa es una brillante idea?
E: ¿Tienes una mejor, Ve-re-ni-ce?
V: Sí, que te vayas a la mierda.
E: Mmm… pero que conste que te dije que fuéramos a comer.
V: Cabrón, a ti no te importa nada, ni la relación, ni yo…
E: Claro que me importas y quiero estar cog… quiero estar bien
contigo, pero es que no sé qué me está pasando.
V: Pues es que dime, ¿qué sientes, qué piensas, qué crees
que te pueda estar pasando?
E: No sé, no importa. ¿Vamos o no a comer?
V: ¡Vete al diablo!
E: Oye, no es para tanto. Mira, no puedo pensar con el
estómago vacío, pero quiero dejar las cosas en claro y quiero estar bien
contigo.
V: Eres un cínico, Eduardo, lárgate a comer y déjame sola.
E: Perfecto, pero promete que me esperarás.
V: ¿Qué?, ¿esperarte?
E: Oye, no tardo, de verdad.
V: Púdrete, no quiero volverte a ver.
E: Verenice, amor, tranquila. Mira, te seré sincero, no
sabes por la clase de cosas que he pasado estos últimos días y no es fácil
vivir así.
V: ¿Así cómo?, ¿sin sexo, sin pornografía, sin drogas ni
alcohol?
E: Y sin comer.
V: Eres un patán, ¿sabes?
E: Pues no lo sabía, pero ahora lo sé ya que mi novia me lo
dice.
V: Ya no soy tu novia, Eduardo, terminamos. No puedo seguir
con esta farsa, me lastima, me cansa.
E: Por favor, sólo bromeaba. Sabes que en el fondo de tus…
en el fondo te amo más que nadie.
V: No puedo creerte, ya no es como antes cuando…
E: Ya lo sé, ya lo sé; pero, mira, se puede solucionar.
V: ¿Ah sí? Cómo según tú.
E: Oye… ¿no traes ropa interior?
V: Maldito imbécil, no se puede hablar contigo seriamente.
Me largo y no quiero verte jamás.
E: No, Verenice, espera… ¿quieres casarte conmigo?
V: ¿Casarme? Después de todo lo que has dicho, ¿quieres
casarte conmigo?
E: En verdad no tanto, pero pues hay posibilidades de que
obtenga un mejor trabajo si me caso.
V: Qué estupideces estás diciendo.
E: De verdad, lo presiento. Bueno, en verdad lo leí en mi horóscopo.
V: Dios, eres petulante.
E: Eso lo sé, pero por un momento lo había olvidado...
Gracias… gracias por recordármelo y hundirme todavía más.
V: Oye, lo siento, no quería hacerte sentir mal. Tal vez sí
estás pasando por algo realmente grave y necesites ayuda, Eduardo.
E: Lo que necesito es comer…
V: Hijo de puta.
E: Oye, no te metas con mi madre.
V: Si tu madre fuera puta, créeme que tendría más principios
que tú.
E: ¡Pues es lo que he intentado decirte todo este tiempo!
V: ¿Qué?, ¿que tu madre… es una… puta?
E: No, que no tengo principios ja ja. ¿Vamos a comer ahora
sí?
V: Púdrete.
E: Está bien. Yo voy a comer, tú haz lo que quieras. Te veo
en casa.
V: ¿Cuál casa? No vivimos juntos en una maldita casa.
E: Obvio no, te veo en tu casa en la noche para cenar.
V: Bastardo hijo de…
E: Te amo, yo igual te amo, Verenice.
domingo, 30 de diciembre de 2012
La generación del fin del mundo
por P.I.G.
Somos la generación del fin del mundo. Estamos acostumbrados
a los anuncios publicitarios de que pronto, muy pronto, el mundo se inundará de
lava y las guirnaldas de fuego corroerán todo a su paso, terminando de una vez
por todas con la existencia del ser humano.
Somos la generación del pesimismo, ésa que ya no compra lo
que ve en la TV, pues lo encuentra repetitivo, absurdo, inmerso en una serie de
patrañas de las que es mejor escapar antes que caer en ese delirante sistema del
consumismo; como si el fin de la raza humana fuera un producto más que se pudiere
encontrar en los estantes del supermercado.
Dudamos que el fin esté marcado por una fecha en particular
del calendario del hombre. Pensamos que el final se contrajo hace mucho tiempo
y que, como muchas cosas en este mundo, ha venido acentuándose con el paso del
tiempo tan sólo para hacer menos agónica la caída de un imperio que se ha
caracterizado por todo menos por la razón.
Para qué, entonces, darle la vuelta a una tuerca, si ese
mero acto no traerá las consecuencias que se pretenden; para qué virar en
direcciones opuestas si las líneas de aquello que el hombre, por natural
cobardía, llama destino están más que trazadas. Luego entonces caemos en cuenta
que alejarse del rebaño es sólo un gesto de valentía y rebelión, que con el
paso de los días será olvidado.
La nuestra es una visión pragmática, donde lo que se hace no
está en absoluto relacionada con lo que se logra, pues sobrados son los casos
en la historia donde los actos del hombre han sido enterrados por aquellos
quienes no ven en ellos más que simples gritos de desesperación que jamás
encontraron eco.
Preguntamos nosotros si el tener un buen trabajo, una casa,
un auto, una familia y un salario considerable es la moneda que nos corresponde
a cambio de vender parte de nuestro tiempo a una labor que jamás comprenderemos
exactamente para qué sirve.
Si seguimos caminando al lado de esta putrefacta sociedad es
con el único objetivo de buscar esa ración de oxigeno que por derecho nato nos
corresponde, mas no para aspirar a los puestos codiciados por el ancho de la
sociedad.
Formar parte de la jerarquía social no nos inspira en lo
absoluto, para qué si lo que buscan ellos, la felicidad, maquilada y
prefabricada por las grandes esferas comerciales, no nos satisfacen en lo
absoluto.
Nuestro perfil, bajo, silencioso, desterrado y proscrito, ha
dejado ver su lado más salvaje y por lo mismo más perpetuo, ése que, sin
buscarlo, se queda tatuado en el disgusto de la sociedad, ése que sobrevive a
modas, catálogos, temporadas, estaciones, edades…
La felicidad, pues, para gente como nosotros no se busca en
los stands de las grandes tiendas comerciales, ni en los indecentes escaparates
mercantiles que encuentran la belleza de la mujer en la cantidad de maquillaje
que arroje sobre su rostro, o que miden la caballerosidad de un hombre por el
precio del traje que porta en las cenas de gala.
Somos la generación del fin del mundo que ha sobrevivido los
holocaustos más brutales, aquéllos que, sin armas biológicas, ni bombas nucleares,
ha visto cómo el hombre, por el hombre mismo, ha sumergido su rostro en el lodo
tan sólo para aspirar a una vida que, siendo en exceso sinceros, ni siquiera
merece, pues quién de los que pueden llegar a comprendernos puede arrojar la
primera piedra y decir que tiene pendiente como pago la felicidad absoluta por
el resto de su vida.
Nosotros ya no creemos en los viejos cuentos de la princesa
encantada y del príncipe azul, en los finales de telenovela. En los días que
corren apresuradamente, el “fueron felices para siempre” ha sido sustituido por
el “y sobrevivieron hasta el final del día”.
Somos la generación
de las ideas libres, de las acciones emancipadas, de las palabras entrecortadas
por los nudos que a menudo ahogan nuestra voz para concluir las frases; llámese
tristeza, melancolía, impotencia, pulcritud o demencia; o puede que se deba acaso
a la contaminación de las fábricas del hombre que nuestra garganta poco a poco
pierde la energía de hace algunos ayeres.
Pero la pluma, más grande y destructiva que cualquier arma
creada por el ser humano, último reducto de quienes se rodean de las
amenazantes cuatro paredes, es quizás nuestra única forma de encontrar
insurrección… insurrección, el único derecho que nos queda a estas alturas del
partido.
Quizá no se nos sea permitido apreciar de cerca y en primera
fila el final irreversible de éste, el mundo del hombre, pero aseguramos, con la misma complacencia que las
letras exigen, que se nos recordará como aquellos que intentamos hasta el
cansancio no un cambio, que hecho comprado es que los cambios son elementos
netamente individuales, si no una renovación de aires, y que por ello mismo
fuimos, cada quien en su respectivo tiempo, desterrados de la vida “común y
corriente” del hombre.
Henos aquí, entonces, las filas más obstinadas y fieles de la
generación del fin del mundo, las que soltamos displicentes una lágrima sincera
porque el mundo, una vez más, contó aquel chiste banal de que esta vez iba en serio, de que el final del mundo,
tardío pero seguro, llegaría…
Somos esa generación que lamenta que el fin de esta vida,
por desgracia, obligada y mecánicamente reflexionada, nunca llegó. Y por ello
lanzamos, a quien sea éste dirigido, el más obstinado de los reclamos que una
generación, la nuestra, a diario ahoga en el límite de las posibilidades.












