Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 29 de enero de 2014

One of these days

by P.I.G.

Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.

Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.

Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que el caso ha originado.

Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su esquelético cuerpo.

Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada, está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.

El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario; incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan fúnebre protocolo.

Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.

La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.

La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del juez; piden al verdugo iniciar las descargas.

El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.

Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o su verdugo, nadie.

Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor sorpresivamente le aterroriza.

Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver? La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte que se encuentra encadenado en la silla.  

Los minutos se hacen horas y las horas días, días en vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?

Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con la fría pieza inerte.

Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.

¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá  Dios a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión? No.

Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.

Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá, y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado, aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de descargas.

lunes, 26 de agosto de 2013

Calma y paz

por P.I.G.


Antes de ocupar el que ahora es mi cuerpo y antes de postrar mis pies a donde en este momento se encuentran, fui otra persona, tan distinta, ambivalente, contraria quizá. Era una maldita resonancia extraviada, demorada, que evitaba llegar a la primer meta trazada.
  
              En ese entonces existía en mí un odio irracional, pero, según yo, bien fundamentado, hacia los negros, homosexuales, inmigrantes, judíos, gitanos, a las personas externas, a los que habitaban detrás de mis pupilas, a todos en general. 

  Era un rencoroso victorioso de las guerras del hombre.

      Me sentía pleno, supremo, eterno. En mi interior se movía la cólera y la ira, y eran esas “cualidades” las que me mantenían con los ojos siempre abiertos, siempre alerta, guías que me movían entre las sombras, aguijones que penetraban y me hacían responder la agresión.

Pasó el tiempo y los menesteres irracionales de la mente trastornaron y trastocaron mi panorama, lo ampliaron y le dieron más color a la imagen grisácea y tenue que se dibujaba en los años atrás. El cambio de paradigma típico de una película con anunciado final feliz.

                      Voltee a ver a todos lados, el mundo se postraba ante mí con todo su esplendor, bello (si lo es). Un dejo de alegría y todo como si nada. Y reproché mis noches en las que el odio no permitía conciliar el sueño. Traté en vano de olvidar, de renegar mi pasado, y cambié los símbolos de furia por los de placer y calma. Borré los tatuajes y los transformé en nueva piel.

Y ahora que he vuelto a reencontrar, si no la paz al menos sí la calma y la indiferencia para con los demás, siento que el mundo se me mueve de un lado para el otro y no me deja respirar con la misma facilidad con que lo hacía antes. Es una droga posesiva que se mete sin permiso por cada uno de los poros y quema por dentro, más que el dolor del alma, más que los besos que nunca serán.

Es complejo de explicar dado que el equilibrio creí haberlo conseguido haciendo uso de una mezcla de circunstancias que rodean siempre y de una manera perturbadora e incansable, la vida. Pero el equilibrio no llega, parece haberse esfumado, y no encuentro justificación ni sentido a una vida rotundamente antipersonal e inhumana, una puta antivida.

Qué hacer, pues, con el latir del corazón, qué hacer con el aliento que penetra hasta el más recóndito y escondido lugar de nuestros pulmones.

Debería existir un término medio para una situación así, donde lo uno no afectara lo otro y, por el contrario, se retroalimentaran, como el frío del calor, o el gozo del sufrimiento, o ese instante de bienestar cuando se ve interrumpido por los reveses que la vida se encarga de propinarte sólo para recordarte que sigues vivo y que mientras ocupes un lugar en este mundo también te toca un golpe en el culo de vez en vez.

¿Y si comenzara por odiarme a mí y de esa forma estar en absoluto trance que me permita acabar con ese desesperante estruendo que manipula a su antojo las señales de mi mente y me señala a dónde debo virar y en qué dirección debo caminar y qué tan poco o mucho debo sentir?

¿O debería, mejor aún, odiar a todos, a hombres y mujeres, niños y adultos, negros y blancos, judíos y gentiles, a los changos y también a los lobos, a los leones, a las aves, y de igual forma odiar a los peces, a los insectos, los gusanos, roedores, a las pulgas, o a las lombrices que corroen los intestinos de los seres humanos?

¿Por qué no odiar el polvo, la luz, el sonido, la sangre, la mierda, la saliva, el bello púbico, el sudor, el sexo, el viento, el agua, la calma y la paz? 

¿Y si odiara todo, hasta escribir estas líneas que no reflejan si no en absoluto en desequilibrio mental que carece de siquiera un parte médico coherente?

Tal vez entonces lleguemos (nosotros, los todos que nos encontramos reunidos aquí, entre los órganos, esqueleto, músculos y grasa) a un estado de inconsciencia, estado de nítida y coherente inconsciencia, que nos haya permitido conservar ese odio desenfrenado que previamente se descargó, y así, tan rápido como empezó, en este momento habría concluido la guerra interna de una detestable envoltura de carne.



lunes, 5 de agosto de 2013

Un buen sabor de boca (II/II)

Comencé a divagar y a viajar a través de años de vida arrojada abruptamente a un charco de lodo. El inicio de la relación, amor puro, desenfrenado, sin preocupaciones, sin necesidades que no fueran las naturalmente sexuales. Ir, venir, conocer gente, conocer mundo, conocer la desesperación que provoca un condón roto, una vez, dos, diez, casi todas las veces que fornicamos. Mierda, nunca he sido bueno para colocar correctamente un condón.

Y ya. Era lo único que podía recordar. Mi relación con ella se resumía en eso. ¿Entonces por qué coños no era tan sencillo olvidarla? La pregunta me dio vueltas alrededor de una hora, hasta que caí en cuenta que lo que estaba haciendo era precisamente con la intención de no pensar en la respuesta y lanzar todo, junto con ella misma, por la borda.

Segundo día. Qué puta madre estaba pensando. Desde el inicio sabía que no lo lograría, pero envalentonado por mi carga de adrenalina entré al ruedo, sin capote, sin armadura, descalzo, sin muchos cigarrillos, sin toro, ni público.

El alcohol era suficiente para la recta final. Mi hígado era el que parecía inservible. Orinaba despacio, el ardor me tambaleaba; el hedor del orín acumulado me distorsionaba el escenario. Más de una vez mojé mi mano pero evité a toda costa el contacto con el agua. Si ya estaba tomándola con licor, sería un descaro lavarme después de orinar o, peor aún, tomar una ducha.

Era un despojo de ser, un cretino. Apestaba a perdición. Pero lo estaba logrando. Si en aquel momento hubiese habido un espejo, seguramente al verme reflejado en él habría caído en un llanto inconsolable. Pero ni en el agua me reflejaba, ni el agua se atrevía a dibujar sobre su superficie mi estampa, raquítica, deplorable.

Me levanté, o eso intenté, y caí como plomo sobre el piso lleno de ceniza, polvo y sudor seco y una serie de sustancias que preferí no averiguar exactamente qué eran. Llevaba horas en la misma posición, sólo me levantaba para orinar, desacomodar un poco más los muebles y de vuelta a mis cincuenta centímetros cuadrados de estancia.

Con el ánimo fulminado y con el lívido en cero, decidí masturbarme. Mano izquierda, miembro de fuera, imposible. Era un genio con mi mano derecha, era muy hábil, orgasmo seguro, pero estaba aún convaleciente de los azotes sádicos que le había propinado un día anterior.

Si tan sólo estuviera ella… no, tendría que levantarme, hablar, explicarle todo el embrollo, excusarme y pedir permiso para ir al baño, lavarme las manos, vaciar mi bebida y hacerme el derrotado, una vez más, frente a ella.

Un día, sólo un día más. Bendito sea el señor que siempre tuve esa manía de apagar los cigarros antes de que se consumieran por completo. Fumé lo que alcancé a rescatar de las colillas, fumé el filtro, y sólo porque la naturaleza sigue tan imperfecta como siempre, pues habría fumado de mis dedos si fuera posible.

Era una locura demencial. Ya no era el efecto del chupe, no era mi intestino retorciéndose de hambre, era el cansancio, del cuerpo, de la mente, del alma. Necesitaba cerrar los ojos, descansarlos un poco. Si lo hacía caería en los brazos de la puta de Morfeo y mi misión habría valido un pinche carajo.

“Se me acabó la fuerza de mi mano derecha”, se acabaron los cigarrillos, el alcohol, el deseo de alimentarme. Era necesario salir y buscar un poco de dinero para comprar más vino. Tarea difícil en una ciudad llena de cámaras de vigilancia, un big brother pequeño y de tercer mundo. Y en estas condiciones hasta las cucarachas huirían de mí antes de siquiera poder acercarme lo suficiente para pescarlas, quemarlas  un poco con mi encendedor y masticarlas para sacarle provecho a su carne tostada.

Regresé a mi habitación, cual atleta que no ha logrado hacerse de una medalla en los juegos olímpicos. Perfume con agua, cloro con agua, orines con agua, agua con agua. Estaba perdido.

Si cambiaba el menú terminaría por abortar la misión. Entre la meta y yo había una brecha de ocho horas. Podía lograrlo, sólo era cuestión de mantenerme despierto, ocupado, fumando, bebiendo y pensando en ella, así el recuerdo y el desprecio hacia su persona avivaría mi escondida voluntad y me empujaría a culminar mis tres días de estupidez.

Fumé (o intenté hacerlo) los restos de periódico, fumé las revistas, los libros, el papel higiénico, parte de un calcetín. No, era imposible, tarde o temprano se secaría mi garganta y me vería en la necesidad de beber algo para calmar la sequedad. Y si bebía agua explotaría y moriría al instante. Y morir no era una salida, quería olvidarla, pero no joder mi vida por completo sólo porque nunca me supe poner correctamente un condón. No era humano hacer eso.

Mordí mi mano izquierda y me encontré con unas uñas largas, delgadas, mugrosas, llenas de no sé qué tanta basura, listas para devorarse. Al menos mi hambre dejaría de ser un problema. ¿Beber? Recordé aquel experimento con un can, que al mostrarle comida de inmediato comenzaba a salivar. No la vi, pero la pensé (la comida), pensé en todo lo que en ese momento sería capaz de tragar: filetes de pescados, cortes de carne, chatarra china, pastelillos, tortas, tacos, hamburguesas, pizzas, un coño, unas piernas.

Eureka, comencé a salivar como nunca y la saliva surgió sin gran problema. Otro problema resuelto. Ahora era cuestión de esperar, gastar unas cuantas horas y dejar que el estado de podredumbre llegara para sentirme miserable y empezar a olvidar.

Después de trituradas mis uñas hasta el límite y succionada hasta la última gota de saliva, y una vez pasadas las horas necesarias para concluir mi campaña de tres días, decidí dar por concluida la labor.

Froté mis manos sobre mi rostro y logré como pude incorporarme. Todo me daba vueltas. Mi cuerpo estaba inservible, ni escupir podía, ni parpadear normalmente, ni pensar; hablar hubiera sido algo extraordinario en ese momento.

Salí de la habitación, apestoso, devastado, con las piernas temblando. La decadencia estaba presente, me inundaba, me abrazaba, me tocaba los huevos. Era ése el momento que estaba esperando, pero ahí, parado frente a mi puerta, el recuerdo de aquella bastarda vino y me inundó. Puedo asegurar que, no me crean, tuve una erección, pero tal vez fue mi imaginación.

Mierda y mil veces mierda. Si mi misión hubiese tenido éxito no habría escrito todo esto. No la olvidé, estuve dos semanas internado en el hospital luego del jueguito ese de beber y olvidar; saliendo del sanatorio me casé con ella.

Ya no bebo, ni fumo; orino y desaguo el escusado como dios manda; las moscas me dan nauseas. Pero sigo, a estas alturas del partido, sin saberme poner un condón correctamente.  

sábado, 20 de abril de 2013

Plato fuerte


por P.I.G.

Cuando comenzamos la relación le prometí que la llevaría a conocer a mis cerdos que viven en aquella granja alejada de la ciudad donde acostumbraba  ir a descansar de la rutina.

Cuando terminó la relación, aunque en pedazos, conoció de cerca a mis cerdos, y puedo asegurar que aún en estos momentos su cuerpo sigue enclavado en los intestinos de mis mascotas, ocho mascotas para ser exactos.

No pueden recriminarme que no cumplí mi promesa. Se conocieron tan de cerca y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que mis cerdos disfrutaron de ella; les cayó bien mi ahora ex mujer.

Podría presumirles que la nuestra fue una relación monumental, llena de altibajos como todas las que conozco, pero tan disfrutable como el mejor de los orgasmos.

Compartíamos gustos, tendencias, fantasías. Pero había una diferencia que marcó el rumbo de la relación y la llevó al peor de los desenlaces: ella quería un auto, una lujosa casa en una zona “bien”, rodeada de gente de elevada alcurnia que la hicieran sentirse en un cuento de hadas. Quería una vida, pues.

Yo sólo quería tener lo suficiente para vivir bien, para comer, para beber, para tener tiempo de disfrutar del amanecer y no maldecirlo cada que saltara de mi cama para ir al trabajo.

Se empeñó tanto en hacerme cambiar de parecer, que día a día cambiaba las técnicas tan suyas para convencerme de que lo que estaba haciendo con mi vida, y de paso con la de ella, terminaría en una completa mierda.

Con sus acciones cutres y con mi determinación cuasi militar de no moverme de lugar, supe que mi diagnóstico era sencillo: no tenía remedio.

Si la maté fue por la simpe razón de que me había engañado, sí, como lo han leído, me engañó con un joven bonachón de su universidad, un hombre inteligente, guapo, extremadamente carismático, con dinero, con buen porte, bueno mozo, seguramente con buen futuro y además de todo un demócrata a ultranza, una puta intelectual, pues. Y si supieran cómo me cagan las putas intelectuales.

Sé que al ochenta por ciento de las mujeres les encantan los tipos así, ¿pero a ella?, no, a ella no le gustaban esa clase de productos comerciales que se venden por montones en escaparates. Tan es así que me amaba, y sé que me amaba porque nunca me lo decía, pero siempre lo hacía saber.

¿Qué por qué diablos me engañó entonces?, porque, muy ensimismada en su anhelo de hacerme cambiar, quiso poner a prueba mis celos. Y sépanse todos que quizá soy el hombre menos celoso de este mundo. Es más, y lo digo seriamente, pude haber tolerado ese acto de infidelidad (porque en realidad eso es lo que fue), pues entiendo que el ser humano lleva esa partícula de infidelidad clavada muy en el fondo del trasero, o del corazón, o del cerebro, o del alma, o en los putos riñones, o en los testículos de mierda, y no soy nadie para juzgar eso.

¿Qué por qué putas la maté entonces?, porque se atrevió a decir que él era mejor en la cama, y no, señores, en eso puedo asegurarles que se equivocaba. Y ella estaba consciente de su mentira atroz, pero, sólo por joderme la existencia, o quizá para engrosar la lista de razones para matarla, aseguraba casi con lágrimas en los ojos que era cierto.

Lo único que se me ocurrió fue comprobarlo, y no porque dudara de mis habilidades, si no para tener pruebas suficientes para recriminarle a mi ahora ex mujer que el macarra de trajes finos no podía llegar a excitar ni siquiera a una ninfómana. No fui a violarle, por supuesto, ni mucho menos. Simple: busqué, abordé, intimidé, emborraché y luego pregunté a las mujeres que, una vez metidas hasta el hoyo de drogas, caían en sus redes. Y no, como temía, no era un gran amante.

Cuando mi ex mujer se enteró de lo que había hecho, cayó en cuenta de que mi moral no tenía muchos fundamentos para defenderse. Tomó sus cosas y se fue de la casa. Y estúvole presumiendo a su familia, amigos, nuevos amantes y comunidad en general que yo era un patán, un desagradecido, un mal esposo; si hubiésemos tenido un hijo bien podría haber sido un mal padre (eso decía ella); era un mal ejemplo para el país, un alcohólico, un drogadicto, un mujeriego, un sexualmente precoz, un leproso, un maldito traidor, un terrorista y desertor de las filas rojas de la KGB. En fin, merecía la muerte.

¿Cómo me enteré de todo ello? Sus primas, mis nuevas amantes en ese entonces, se esforzaron en endulzar las palabras que de la boca de mi ahora ex mujer salieron tan pronto llegó a casa de su madre. Dulce o amargo, me enteré de la verdad que soslayaba por todos los rincones donde se paraba. Pero no fue por eso que la maté.

Y tampoco fue por envidia, aunque después de que mis cerdos devoraron su cuerpecito de modelo telenovelesca, pude comprender que los cerdos comemos los despojos del mundo, mientras que las clases sociales “avanzadas”, las que van por arriba de la pirámide y a las que les toca ir sentados en el transporte, siempre se alimentan bien, hasta el hartazgo, hasta que la palabra gula cobre sentido. La envidiaba, pues, porque comía mejor que yo…

Seré sincero. La maté porque era fea*, y cuando la cité para que conociera, ya sin relación de por medio, a mis mascotas, me maldije por haber desaprovechado tantas noches a su lado y no haber  tenido el arrojo épico de tomar un cuchillo y matarle en esos momentos.

Es que era fea, muy fea, y no es que tenga algo contra las feas o los feos, me da igual su existencia, pero ella, oh mierda, era mi mujer, algo tenía que hacer con ella, ¿no?

*Tomado de la canción de Eyaculación Post-Mortem 

martes, 16 de abril de 2013

A chingar, a chingar que el mundo se va acabar


por  B. Varglez 

Desde que el hombre existe sobre la faz de la tierra, ha visto el modo de ponerse en la madre solo, es algo en lo que el ser humano no necesita ayuda; siempre busca el modo de acabar con él y con todo lo que le rodea. Tenemos ese sentido de superioridad que nos da tal vez el poder del habla y el raciocinio, con el cual a veces dejamos mucho que desear, pues nos comportamos como verdaderas bestias de siete cabezas descritas en las fantasías griegas más maravillosas.  

Todo lo que se encuentre a nuestro paso y nos estorbe, la solución es arrancarlo de raíz. Uno de tantos ejemplos es la mancha urbana en este país y en muchos otros que cada día crece y crece más, secando lagos, acabando con bosques, áreas de reserva natural y santuarios, para crear enormes complejos habitacionales que en su mayoría carecen de áreas verdes, de agua potable, espacios reducidos mal diseñados donde si metes el closet, te tienes que salir tú, y de pilón mal hechos pues ocupan materiales baratos.

Otra forma que el ser humano ha encontrado para darse en la torre al paso de los años, ha sido a través de las guerras. La Primer Guerra Mundial, donde murieron más de nueve millones de combatientes a causa de la lucha por el poder, por el territorio y por el imperialismo europeo. Ni qué decir de la Segunda Guerra Mundial, donde la humanidad quedó marcada y no me refiero al punto de vista de devastación, me refiero a que nos tenemos que seguir recetando las secuelas del “holoca$h” (como dice un conocido), porque a raíz de ese hecho muchos transformaron el odio, el miedo y la tristeza en redituables ganancias.  

Y ya en el tema de las guerras, qué tal el chiste coreano, donde la novedad no es que las dos coreas estén en pleito, llevan años haciendo su show; el problema generalmente en estos meses es el desarrollo de prácticas militares que Corea del Sur lleva a cabo en conjunto con EU, y Corea del Norte protesta porque las ve como amenazas y reacciona ante esto.

La novedad en este momento es el grado de tensión diplomática generado por lo regular provocada por los “güeros”, que, como acostumbran, tiran la piedra y esconden la mano; aparte de que pues sí hay modo de hacerla de pedo, porque la distancia entre las dos coreas -para darles una idea- es como la que existe entre Jalisco y Vallarta, o sea, nada, y pues qué tal que en una de esas acaben salpicados con un misil de prueba. 

Un detallito más es el terrorismo, donde, como en la guerra, se llevan de paso a personas que ni al caso, a ciudadanos de a pie como ustedes, como yo. El caso más reciente lo vimos ayer lunes con las explosiones en la Maratón de Boston, dejando un par de muertos y como 60 heridos, ¿y todo por qué?, para darle sus estate quieto a un país que se siente el dueño y juez del mundo, Estados Unidos de Norteamérica.

¿Quién fue? ¡Uta madre!, sepa la chingada, son los más odiados del planeta, así que no falta quien les quiera dar una de cal por las que van de arena; el pedo: como siempre, los que ni la deben, ni la temen.  

Es así como el planeta tierra ve en su día a día cómo nosotros, el mayor depredador de la historia, acabamos, como he dicho, con todo aquello que tenga vida. Las armas ya ahora no son solamente pistolas, cuernos de chivo, metralletas, cañones, etcétera, no, ahora hasta bacteriológicas creadas con productos tóxicos o incluso organismos vivos, con la finalidad de matar, "discapacitar" o incluso quién no nos dice hasta llegar a la mutación por muy fantasioso que esto llegará a sonar.  

Tal vez algunos de ustedes, mis estimados, han visto The Walking Dead. Lo aceptó, suena a peyote y una mega-jalada eso del apocalipsis zombie, aunque dándole una analizada, el menos de los problemas, como la misma serie nos deja claro (y que por ello me intereso), son los mentados zombies, a los cuales se les mata hasta de un trompón bien dado en la cabeza; el mayor problema que la humanidad tiene aun en esos momentos de terror, desesperación y muerte es, ¿adivinen quién?, la misma humanidad.  

No se la perdonan unos a otros y terminan matándose por el territorio, por la comida, por el agua, por el poder, y regresaremos a lo que en un principio fue la creación del mundo como lo conocemos, donde el hombre era bárbaro… y aun no ha dejado de serlo, sólo cambió el taparrabos por traje y corbata. Lo vemos hasta en algo tan simple y tonto como en el Metro, donde unos a otros se avientan por ganar un asiento. 

Parece que no podemos entender y aprender de las tragedias que la historia universal nos presenta, seguimos cometiendo los mismos errores. Por eso cuando la tierra se revela ante nosotros con sismos, inundaciones, explosión de volcanes, entre otros cocteles, resultados del calentamiento global, no queda más que aceptar que tiene toda la razón en hacerlo.

Nosotros somos los que hemos alimentado ese dragón que terminará tragándonos y eructándonos, porque vaya que le estamos cayendo de empacho, y merecido lo tenemos.   

lunes, 11 de febrero de 2013

Herejía fraternal


por P.I.G.


Hubo un momento en mi vida en el que fui un gran hombre, padre de familia, honrado, un ciudadano plenamente dedicado a su trabajo, a su hogar y a las más estrictas responsabilidades que una vida normal exige. ¿Dije normal? Muy normal para ser precisos.

En la vida caminaba con mis prioridades prendidas a la piel: el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos. Mi mirada estaba centrada de lleno solamente en ello, en nada más; no había distracciones, no tenía porqué haberlas.

Parecía un caballo cuya mirada no pudiese ampliar su mirada hacia los lados, sólo hacia el frente. No necesitaba más, no era necesario más. ¿Feliz? Pero quién lo es en este mundo.

Quizá para muchos fui un hombre ejemplar, ejemplar en exceso, como sólo una persona de una naturaleza tan burda puede serlo; aunque en esos instantes ya estaba un tanto harto de aquella situación, inconscientemente tal vez, pues no hacía nada en absoluto para cambiar mi forma de ser. Usted sabe, conformismo que se disfraza de confort y que obliga al ser humano a dejar de hacer a cambio de no perder todo cuanto se tiene.

Un día, ese día menos esperado en el que te levantas, te cepillas los dientes, te aseas, desayunas, das las gracias por todo lo que dios te ha socorrido y sigues caminando, sin cuestionar, por el monótono camino de la vida… ese día, señores -y he ahí una frase petulante, por todos recurrida- los colores de mi existencia se invirtieron y con ello todo cambió.

Perdí el gusto por el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos, perdí el gusto por aquel ir y venir que hasta entonces me había mantenido satisfecho, si la palabra cabe en este engranaje de conceptos cuyo significado no explica el sentir de un ser humano “aburrido” de todo.

Opté, como lo hace la oveja que detesta seguir al rebaño, salir de ese círculo que, incansablemente y sin quejas, había recorrido una y otra vez, día y noche, con hambre o sin ella, con lágrimas en los ojos o con una sonrisa dibujada en los labios; inmerso en la invencible tristeza o inundado por dentro de esa felicidad que se alcanza rara vez en la vida.

Colgué en el guardarropa aquel viejo y hediondo traje de hombre responsable, y opté por el de cínico, sin vergüenza y despilfarrador.

No me di cuenta de aquel cambio, hasta el momento justo en que la primera bocanada de aire, aire impuro y atroz que secó de una bocanada mis pulmones, me hizo reparar en el suelo que ahora pisaba, uno donde caminar dolía y donde el fin, lejano él, no parecía muy prometedor.

Lo extraño era que mi vida, muy a pesar de lo que venía, continuaba lo suficientemente normal como para no alterarse. ¿He vuelto a decir normal? Vaya palabra, se usa cuando no se sabe explicar aquello rutinario, repetitivo, enfermizo, patético y paulatinamente muriente.

Ustedes deben conocer mejor que nadie el concepto, seguro lo usan tanto como aquellos anteojos que nos les permiten ver más allá de lo que tienen enfrente, asquerosas sanguijuelas…

Bien, al verme al espejo, miraba a aquél que, sin mucho esfuerzo, devino en alguien todavía peor, más libre, sí, pero más enfermo y conformista.

Tal vez quería ser como él, con su semblante macabro que denotaba absoluta despreocupación, pero, era cierto, ése no era yo; él era un hombre que había invadido la intimidad de mi hogar, y fornicaba explosivamente con mi mujer, y besaba con indiferencia las mejillas de mis hijos, y hacía todo cuanto estaba a su alcance para corroer desde los cimientos el castillo que con esfuerzo “yo” había construido.

Y qué si no volvía a ser el hombre responsable que siempre tenía una respuesta para todo, qué si ya no era más el padre ejemplar, el amante perfecto, el trabajador por excelencia y el ciudadano que todo mundo aspiraba a ser.

Lo deseaba, deseaba a ese hombre quizá con una vulgaridad inexplicable.

Había vivido mucho tiempo así sin darme cuenta que en realidad nada de lo que había hecho era lo que en verdad quería hacer.

Sabía que esa nueva vida no era en absoluto lo que hace algunos años consideraba como una vida plena; mentiría si les dijese que no ansiaba, más que otra cosa, retornar en el tiempo y volver a ser quien era antes, pero ese yo me gustaba más que cualquier otro yo que hubiese conocido nunca.

Por esa razón, señoras y señores, maté a mi mujer, por esa razón me ofrecí para bañar a mis hijos y ahogarlos en la bañera, con un poco de miedo y asco (claro, no soy un asesino), pero eso sí, sin mucho reparo.

¿Quieren saber la verdad?

No, nadie opuso resistencia; yo era el padre, el esposo, el señor de la casa, el ejemplo de la familia. Un cuchillo en mi mano no espantaría a nadie; hundir las cabezas de mis hijos en agua hirviendo… por favor, creyeron que se trataba sencillamente de un juego.

Sus cuerpos eran frágiles, livianos, tan livianos como cuando salieron a flote, hinchados ellos de tanta agua que ya entonces corría dentro de sus pulmones; eran como los peces que suben a la superficie del mar cuando, después de hacerlo en innumerables ocasiones, se han cansado de nadar.

A mi mujer, sencillo, le partí el vientre en dos y esperé a que dejara de sangrar para ir a tomar la cena. No quería correr el riesgo de que despertase y arruinase mi último alimento de aquel día.

Después de ocultar los cuerpos de mis hijos, y de colocar en una cómoda posición el de mi mujer en nuestra cama (no pensarán que pese a todo iba a dormir solo), ocupé mi tiempo en vaciar aquella cantina que jamás pensé poder siquiera abrir; no era un hombre que acostumbrara a beber en casa, menos aún con la familia presente, pero, señoría, estaban muertos, ya no había a quién explicarle la razón de por qué no se debía beber y por qué no había que fumar, o inyectarse sustancias nocivas, o…

Una noche -otra frase recurrente en los absurdos cuentos de ficción- repentinamente me invadió el arrepentimiento, y creí que después de todo lo que había hecho con mi vida, con mi familia, seguía siendo un ser humano, lo supe porque sentía y me dolía en lo más profundo su pérdida.

Luego caí en cuenta que era ésa la primera reacción de mi nueva forma de vivir. Uno sabe cuando ha cometido un error, en ese momento lo supe y lo agradecí a dios, porque cometer errores a veces resulta divertido, si hay sangre y cuerpos hinchados de por medio.

Lo lamento, señores. No supe hasta qué altura logré volar sin poner los pies en la tierra un solo segundo. Sólo sé que fue mucho tiempo.

Cuando el cuerpo de mi esposa comenzó a descomponerse y por ende resultaba imposible dormir a su lado, cuando la sangre del piso había cicatrizado lo suficiente, cuando el cuchillo que utilicé se oxidó al grado que no podía cortar pan para el desayuno con él, en este entonces fue cuando decidí matar (ya era una asesino en aquel entonces) al individuo extraño del espejo.

¿Cuántas víctimas? Fueron 16 exactamente, mujeres y niños todos ellas. Puedo detenerme a detallar cada uno de los asesinatos, si usted quiere…

Entiendo… Pues después de todo ello había envejecido y antes de que me fuese arrancada la vida de forma arbitraria, quería darme el gusto de arrebatármela yo mismo antes que alguien más… claro, hasta que ustedes, desgraciados infelices, llegaron a mi puerta y evitaron mi suicidio.

Ya que preguntaron insistentemente, he ahí la razón de por qué debería recibir como sentencia la horca o la silla eléctrica. Pero dudo que ustedes, hipócritas de mierda, quieran hacerlo.

Su señoría, es cuanto respecto a mi vida; puede hacer de ella lo que le complazca.

martes, 29 de enero de 2013

Réquiem Purpura


por La Mort D'une Lune


Él bañó los cielos con su color purpura.

Deseó terminar con toda vida y mínima esperanza.

Así que de las manos la tomó y un beso como daga del cielo cayó; mirándola a ella fijamente con lágrimas de sal, el sonido estrepitoso del mar sus palabras ahogó. 

Ella, al no encontrar otra justificación de aquel pálido y helado adiós, la confusión y la ira a su mente llegó. 

La razón y conciencia de ambos se olvidó, unos centímetros caminó, fuerza tomó y al abismo lo empujó; sostenerse él no pudo, resbalando así sus pies por las húmedas rocas tan llenas de musgos.

Danzando demonios a su alrededor, y ella, por la torpeza cometida, llorando sobre sus rodillas, sus manos en posición mesiánica y un castigo esperando de ese cielo purpura, rompió en lágrimas al ver que aquel cuerpo del hombre flotaba y la corriente a horizontes solitarios llevaba.

Así que desesperada e hipnotizada por el canto de los demonios, fue incitada a tomar entre sus manos más muertas que vivas aquella daga que el cielo purpura escupió.

Dejó hundir delicadamente el cortaplumas, creando en su interior otro abismo donde desesperaciones, los últimos suspiros y la misma vida, se escurrían.

Los ángeles malditos cirios encendieron y los borrosos cielos tristemente réquiem especial tocaron.

La sangre derramada de ambos en el gélido mar de rojo coloreó. Al final Abaddon contó que por el precipicio caer la dejó. 

Es por eso que él siempre me llama e historias me cuenta, historias de más abismos.

martes, 22 de enero de 2013

Conflictos humanos


por P.I.G.

Verenice (V): Oye, ¿estás bien?
Eduardo (E): Lo siento, me perdí por un segundo; es sólo que no puedo dejar de pensar de qué color es tu brasier.
V: ¿Qué diablos estás diciendo?
E: Lo siento… lo que pasa es que no me he sentido bien últimamente.
V: ¿No te sientes bien?, ¿te pido que me cuentes de tus problemas y lo único en lo que piensas es en el color de mi brasier?
E: Y el de tu tanga también.
V: Eres un pinche cerdo, Eduardo. ¿Qué te ocurre? Te noto tan cambiado. Antes eras más cariñoso, más detallista, más atento; ahora sólo piensas en sexo y en drogarnos y ver ese cine asqueroso con el que logras erecciones que conmigo casi nunca.
E: Oye, no te pongas así. Es que… vamos, quería hacerte una pregunta.
V: ¿De verdad? ¿Cuál?
E: ¿Quieres ser mi novia?
V: ¿Tu novia? Cabrón, llevamos tres años de novios, no jodas.
E: Lo sé, lo sé, nada más quería emocionarme como la primera vez que lo pregunté.
V: ¿En verdad te emocionó preguntarme si quería ser tu novia?
E: No hablaba de ti, pero ése no es el punto. Es que… hace mucho que no hacemos el amor.
V: Y dale, pinche Lalo; te digo que no sales de entre mis piernas y extrañas “hacer el amor”.
E: Pues nunca hemos hecho el amor… digo, casi…
V: ¿Nunca, cabrón?, ¿o sea que sólo ha sido sexo y ya?
E: Me refería a que hace mucho… hace mucho que no lo hacemos más bien. ¿Te gustaría ir por un helado y de paso dar una visita al hotel donde…?
V: Hotel, madres, pinche Lalo. En serio que no te entiendo. Me hablas para decirme que salgamos y luego vienes con esta sarta de pendejadas…
E: ¡Ey! Bájale a las palabrotas, no estás hablando con cualquier güey.
V: Pues pareciera que sí estoy hablando con cualquier güey, no te comportas como mi novio.
E: Lo sé…
V: ¿Qué sabes?
E: ¿Qué?
V: Eduardo, puta madre, deja de mirar mi pecho.
E: Disculpa. Entonces, bueno… sabes que te quiero, ¿verdad?
V: Creo que no.
E: Pues te lo estoy diciendo, deberías creerme.
V: Ya no puedo creerte, mis amigas dicen que…
E: Tus amigas son unas putas.
V: Oye, ¿cuál es tu problema con mis amigas?
E: Pues son unas putas, me di cuenta de ello en la fiesta de Erika; no dejaban de mirarme lascivamente.
V: Güey, todo mundo sabe que tú fuiste quien intentó besar a Elba.
E: Da igual.
V: No da igual, Eduardo, me pones en ridículo y ahora todos saben la clase persona que eres.
E: ¡Pues que chinguen a su madre! Me importa una mierda el concepto que tengan de mí, tú sabes que no es cierto.
V: Tal vez sí tengan razón.
E: ¿En verdad lo crees? ¿Crees que soy como dicen que soy?
V: Puede que sí.
E: No te culpo. Oye, vamos a comer, me muero de hambre.
V: Oye, esto es cosa seria, preocúpate por un segundo por tu relación, Eduardo.
E: Me preocupo por mi relación teniendo la brillante idea de ir a comer.
V: ¿Esa es una brillante idea?
E: ¿Tienes una mejor, Ve-re-ni-ce?
V: Sí, que te vayas a la mierda.
E: Mmm… pero que conste que te dije que fuéramos a comer.
V: Cabrón, a ti no te importa nada, ni la relación, ni yo…
E: Claro que me importas y quiero estar cog… quiero estar bien contigo, pero es que no sé qué me está pasando.
V: Pues es que dime, ¿qué sientes, qué piensas, qué crees que te pueda estar pasando?
E: No sé, no importa. ¿Vamos o no a comer?
V: ¡Vete al diablo!
E: Oye, no es para tanto. Mira, no puedo pensar con el estómago vacío, pero quiero dejar las cosas en claro y quiero estar bien contigo.
V: Eres un cínico, Eduardo, lárgate a comer y déjame sola.
E: Perfecto, pero promete que me esperarás.
V: ¿Qué?, ¿esperarte?
E: Oye, no tardo, de verdad.
V: Púdrete, no quiero volverte a ver.
E: Verenice, amor, tranquila. Mira, te seré sincero, no sabes por la clase de cosas que he pasado estos últimos días y no es fácil vivir así.
V: ¿Así cómo?, ¿sin sexo, sin pornografía, sin drogas ni alcohol?
E: Y sin comer.
V: Eres un patán, ¿sabes?
E: Pues no lo sabía, pero ahora lo sé ya que mi novia me lo dice.
V: Ya no soy tu novia, Eduardo, terminamos. No puedo seguir con esta farsa, me lastima, me cansa.
E: Por favor, sólo bromeaba. Sabes que en el fondo de tus… en el fondo te amo más que nadie.
V: No puedo creerte, ya no es como antes cuando…
E: Ya lo sé, ya lo sé; pero, mira, se puede solucionar.
V: ¿Ah sí? Cómo según tú.
E: Oye… ¿no traes ropa interior?
V: Maldito imbécil, no se puede hablar contigo seriamente. Me largo y no quiero verte jamás.
E: No, Verenice, espera… ¿quieres casarte conmigo?
V: ¿Casarme? Después de todo lo que has dicho, ¿quieres casarte conmigo?
E: En verdad no tanto, pero pues hay posibilidades de que obtenga un mejor trabajo si me caso.
V: Qué estupideces estás diciendo.
E: De verdad, lo presiento. Bueno, en verdad lo leí en mi horóscopo.
V: Dios, eres petulante.
E: Eso lo sé, pero por un momento lo había olvidado... Gracias… gracias por recordármelo y hundirme todavía más.
V: Oye, lo siento, no quería hacerte sentir mal. Tal vez sí estás pasando por algo realmente grave y necesites ayuda, Eduardo.
E: Lo que necesito es comer…
V: Hijo de puta.
E: Oye, no te metas con mi madre.
V: Si tu madre fuera puta, créeme que tendría más principios que tú.
E: ¡Pues es lo que he intentado decirte todo este tiempo!
V: ¿Qué?, ¿que tu madre… es una… puta?
E: No, que no tengo principios ja ja. ¿Vamos a comer ahora sí?
V: Púdrete.
E: Está bien. Yo voy a comer, tú haz lo que quieras. Te veo en casa.
V: ¿Cuál casa? No vivimos juntos en una maldita casa.
E: Obvio no, te veo en tu casa en la noche para cenar.
V: Bastardo hijo de…
E: Te amo, yo igual te amo, Verenice.

domingo, 30 de diciembre de 2012

La generación del fin del mundo


por P.I.G.

Somos la generación del fin del mundo. Estamos acostumbrados a los anuncios publicitarios de que pronto, muy pronto, el mundo se inundará de lava y las guirnaldas de fuego corroerán todo a su paso, terminando de una vez por todas con la existencia del ser humano.

Somos la generación del pesimismo, ésa que ya no compra lo que ve en la TV, pues lo encuentra repetitivo, absurdo, inmerso en una serie de patrañas de las que es mejor escapar antes que caer en ese delirante sistema del consumismo; como si el fin de la raza humana fuera un producto más que se pudiere encontrar en los estantes del supermercado.

Dudamos que el fin esté marcado por una fecha en particular del calendario del hombre. Pensamos que el final se contrajo hace mucho tiempo y que, como muchas cosas en este mundo, ha venido acentuándose con el paso del tiempo tan sólo para hacer menos agónica la caída de un imperio que se ha caracterizado por todo menos por la razón.

Para qué, entonces, darle la vuelta a una tuerca, si ese mero acto no traerá las consecuencias que se pretenden; para qué virar en direcciones opuestas si las líneas de aquello que el hombre, por natural cobardía, llama destino están más que trazadas. Luego entonces caemos en cuenta que alejarse del rebaño es sólo un gesto de valentía y rebelión, que con el paso de los días será olvidado.

La nuestra es una visión pragmática, donde lo que se hace no está en absoluto relacionada con lo que se logra, pues sobrados son los casos en la historia donde los actos del hombre han sido enterrados por aquellos quienes no ven en ellos más que simples gritos de desesperación que jamás encontraron eco.

Preguntamos nosotros si el tener un buen trabajo, una casa, un auto, una familia y un salario considerable es la moneda que nos corresponde a cambio de vender parte de nuestro tiempo a una labor que jamás comprenderemos exactamente para qué sirve.

Si seguimos caminando al lado de esta putrefacta sociedad es con el único objetivo de buscar esa ración de oxigeno que por derecho nato nos corresponde, mas no para aspirar a los puestos codiciados por el ancho de la sociedad.

Formar parte de la jerarquía social no nos inspira en lo absoluto, para qué si lo que buscan ellos, la felicidad, maquilada y prefabricada por las grandes esferas comerciales, no nos satisfacen en lo absoluto.

Nuestro perfil, bajo, silencioso, desterrado y proscrito, ha dejado ver su lado más salvaje y por lo mismo más perpetuo, ése que, sin buscarlo, se queda tatuado en el disgusto de la sociedad, ése que sobrevive a modas, catálogos, temporadas, estaciones, edades…

La felicidad, pues, para gente como nosotros no se busca en los stands de las grandes tiendas comerciales, ni en los indecentes escaparates mercantiles que encuentran la belleza de la mujer en la cantidad de maquillaje que arroje sobre su rostro, o que miden la caballerosidad de un hombre por el precio del traje que porta en las cenas de gala.

Somos la generación del fin del mundo que ha sobrevivido los holocaustos más brutales, aquéllos que, sin armas biológicas, ni bombas nucleares, ha visto cómo el hombre, por el hombre mismo, ha sumergido su rostro en el lodo tan sólo para aspirar a una vida que, siendo en exceso sinceros, ni siquiera merece, pues quién de los que pueden llegar a comprendernos puede arrojar la primera piedra y decir que tiene pendiente como pago la felicidad absoluta por el resto de su vida.

Nosotros ya no creemos en los viejos cuentos de la princesa encantada y del príncipe azul, en los finales de telenovela. En los días que corren apresuradamente, el “fueron felices para siempre” ha sido sustituido por el “y sobrevivieron hasta el final del día”.

Somos la generación de las ideas libres, de las acciones emancipadas, de las palabras entrecortadas por los nudos que a menudo ahogan nuestra voz para concluir las frases; llámese tristeza, melancolía, impotencia, pulcritud o demencia; o puede que se deba acaso a la contaminación de las fábricas del hombre que nuestra garganta poco a poco pierde la energía de hace algunos ayeres.

Pero la pluma, más grande y destructiva que cualquier arma creada por el ser humano, último reducto de quienes se rodean de las amenazantes cuatro paredes, es quizás nuestra única forma de encontrar insurrección… insurrección, el único derecho que nos queda a estas alturas del partido.

Quizá no se nos sea permitido apreciar de cerca y en primera fila el final irreversible de éste, el mundo del hombre, pero  aseguramos, con la misma complacencia que las letras exigen, que se nos recordará como aquellos que intentamos hasta el cansancio no un cambio, que hecho comprado es que los cambios son elementos netamente individuales, si no una renovación de aires, y que por ello mismo fuimos, cada quien en su respectivo tiempo, desterrados de la vida “común y corriente” del hombre.

Henos aquí, entonces, las filas más obstinadas y fieles de la generación del fin del mundo, las que soltamos displicentes una lágrima sincera porque el mundo, una vez más, contó aquel chiste banal de que esta vez  iba en serio, de que el final del mundo, tardío pero seguro, llegaría…

Somos esa generación que lamenta que el fin de esta vida, por desgracia, obligada y mecánicamente reflexionada, nunca llegó. Y por ello lanzamos, a quien sea éste dirigido, el más obstinado de los reclamos que una generación, la nuestra, a diario ahoga en el límite de las posibilidades.