Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

Mostrando entradas con la etiqueta belleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta belleza. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de marzo de 2014

Linda

por PIG

Linda trabajaba en una oficina postal del centro de la ciudad. Era un sitio viejo, rancio, de esos que apestan a color sepia por lo aburrido de su estancia. Pero Linda, ella era la excepción, era el matiz vivo de todo lo medianamente muerto de aquel lugar.

Hacía honor a su nombre, eso era obvio para todos: un lindo rostro, una linda figura (tetas y nalgas duras y firmes), una mirada excitante; la mujer que todo jefe de área quiere llevarse a la cama como trofeo sexual. Y Linda estaba consciente de las erecciones que provocaba en la oficina, lo sabía y se aprovechaba de ello para hacer su trabajo a medias o pedir favores a cambio de sonrisas coquetas.

El contrato decía “Labores generales de oficina”, pero se dedicaba única y exclusivamente a pasar su lengua por los sobres que llegaban y que requerían ser enviados lo antes posible.

Esa lengua era un desperdicio consciente, todo mundo lo sabía; Linda fingía ignorarlo. El jefe la acechaba en busca de un descuido para llevarla a su “despacho” y “despacharla” como, por contrato, era su obligación.

Nadie sabía si alguien había tenido la fortuna de tener un romance o una aventura con ella; muchos se jactaban de haber pasado una noche en un hotel con Linda (falso); otros se creían los elegidos para el acto, pues en repetidas ocasiones recibían miradas insinuantes.

¿Una puta? Jamás, era el tesoro de la oficina a la que todos querían.

Un día, la puta… es decir, el tesoro de la oficina, recibió un paquete de sobres con sus respectivas cartas. Vamos, no era nada fuera de lo común: abrir el sobre, meter la carta, pasar la lengua por encima del pegamento seco y cerrar el sobre. Unas treinta o cuarenta veces.

Acabó exhausta, la lengua y ella, y concluyó la jornada. Un par de besos para dejar la llama prendida en más de uno de sus compañeros, la despedida cariñosa con el jefe y a la mierda el trabajo, al menos ese día.

Días después, Linda llegó, como siempre, tarde a la oficina, pero su rostro no era el de todas las mañanas, el que denotaba belleza y juventud, maquillaje caro y cero imperfecciones: tenía un rostro enfermo, pálido, sucio quizá.

La preocupación (interesada) no se hizo esperar por parte de los hombres del servicio postal. La idea de tomar la mañana libre para llevar a Linda a su casa revoloteaba en la pinga de medio departamento.

¿Qué coño pasaba con ella? El único con autorización para preguntar sin verse como un interesado en busca de sexo casual (aunque así fuese) era el jefe. Linda tenía una infección, pero con un día de descanso o dos sería suficiente, volvería a su rutina, dejando la estela de perfume a su paso y causando infidelidad de pensamiento en todos lados.

Un día, dos, tres, cinco. Linda no se reportaba. El jefe, preocupado porque su personal trabaja sin inspiración y porque, claro, también extrañaba verle las nalgas a la joven rubia, acudió a su departamento para saber qué había pasado con “su” trabajadora estrella y de paso, entre líneas, ofrecerle un aumento a cambio de favores carnales.

No, Linda estaba pudriéndose en vida, ya no era sexualmente atractiva, sus tetas y nalgas, que alguna vez fueron duras y firmes, ahora desaparecían bajo sus ropajes. Su bello rostro ya no estaba donde antes… su lengua, esa lengua que se antojaba toda sexo oral, estaba bastante hinchada, no le cabía en la boca, se desbordaba de forma asquerosa.

Algo había que hacer para que la obviedad sexual no fuera tan obvia. El jefe llamó a una ambulancia, la llevaron a la sala de urgencias y estuvo ahí durante un par de horas.

El parte médico: uno de esos sobres postales contenía huevecillos de cucaracha; al pasar su lengua sobre ellos, los huevecillos se incubaron y encontraron el alimento para desarrollarse a tope con la carne interna de su lengua. Grotesco.


Linda fue despedida antes de morir, así no tenían que pagar gastos médicos y todas esas cosas que el jefe tiene que pagar cuando uno de sus trabajadores se enferma o muere. Muerta ya no era sexualmente atractiva, nadie le lloró. Menos mal que fueron sobres de cartas y no pingas.

martes, 19 de febrero de 2013

Odio


por El Doctor Pluma

"All the love turned to Hate, the blade is in too deep and your repentance comes too late"

Hate - London After Midnight



De qué forma ovillar toda clase de pensamientos, aquéllos que resultan contradictorios entre sí y que no tienen razón de ser y que por ende carecen de una justificación de existencia.

No se puede privar a la mente de los impulsos vitales; aun cuando se trata de domarles igual que a una fiera, es imposible hacerlo. Todo cuanto existe dentro de los sentimientos humanos es condenable; la ignorancia (patrona de las acciones humanas) reina sobre toda las cosas, no obstante execra aquello que reconoce como aterrador, lúdico, pueril, sin sentido.

Y qué decir de los dioses de barro que caminan a ciegas, con un puñal en una mano y el crucifijo en la otra, los que esperan el momento idóneo para asestar el golpe. Hipocresía, la obra maestra del ser humano, uno de los patrones de acción de éste, un mundo en llamas.

Ya no hay tiempo para la redención; las puertas del paraíso creado por el hombre están cerradas, al igual que las del infierno; vivirán y morirán en la tierra. Éste será, pues, su patíbulo y su purgatorio, no hay escapatoria.

Pero el ODIO… esa maldita palabra… el odio es acaso el sentimiento más limpio del que se tiene conocimiento, más limpio incluso que el amor y la tolerancia, que el respeto quizás, pero también es aquél que, por el derecho mismo de existencia, es inadmisible pues representa la conjunción de los sentimientos más viles.

 ¿A la vista de quién el odio es un "algo" negativo? Sólo la doble moral lo señala como una aberración, con sus monumentales reprimendas que lo mismo excomulgan que condenan, desechando así el deseo manifiesto de odiar.

Tal vez puedes odiar con fanatismo casi religioso, más de lo que puedes amar siquiera. Seguramente odias a alguien con mayor intensidad de lo que amas a tu propio Dios, tal vez eres un hipócrita escondido en un velo de maya que está próximo a caer. Entonces eres un mentiroso, pues el odio, y no lo que pregonas como “bueno”, es el móvil de tus acciones, el motivo por el cual sigues de pie.

Aunque sólo unos cuantos pueden odiar y estar orgullosos de hacerlo, otros en cambio reniegan hacerlo pues lo consideran anti ético, como si el amar no lo fuera también.

Tú... sé que has odiado, pero ahora lo niegas; crees que no lo sé, que no me di cuenta de la intensidad con la que odiabas en un pasado no muy lejano. Ahora te presentas con ese rostro lleno de sopor que se aferra a creer que nunca en su vida a deseado la muerte de alguien, ni ha ofendido, ni maldecido. 

Fue odio y sigue siendo odio, como el que Dios siente contra nosotros, como el que nosotros sentimos contra él. El odio dirige al mundo y las acciones del hombre, ya no más cuestiones materiales.

Es odio, nada más... lo que está aquí y allá, un sentimiento hilarante, alimentado por el rencor, por la rabia, la fobia, la malevolencia, la acritud, la antipatía, la animadversión, la hostilidad, la aversión y la repugnancia... por eso es que todos odian, nadie se escapa de la red...

Y yo -más que cualquier otro ser en este mundo- odio, odié y seguiré odiando... aquí y ahora odio de una forma inexplicable... los odio a ustedes, a los de ayer, a los de hoy y los de mañana... la odio a ella, te odio a ti.

martes, 29 de enero de 2013

Réquiem Purpura


por La Mort D'une Lune


Él bañó los cielos con su color purpura.

Deseó terminar con toda vida y mínima esperanza.

Así que de las manos la tomó y un beso como daga del cielo cayó; mirándola a ella fijamente con lágrimas de sal, el sonido estrepitoso del mar sus palabras ahogó. 

Ella, al no encontrar otra justificación de aquel pálido y helado adiós, la confusión y la ira a su mente llegó. 

La razón y conciencia de ambos se olvidó, unos centímetros caminó, fuerza tomó y al abismo lo empujó; sostenerse él no pudo, resbalando así sus pies por las húmedas rocas tan llenas de musgos.

Danzando demonios a su alrededor, y ella, por la torpeza cometida, llorando sobre sus rodillas, sus manos en posición mesiánica y un castigo esperando de ese cielo purpura, rompió en lágrimas al ver que aquel cuerpo del hombre flotaba y la corriente a horizontes solitarios llevaba.

Así que desesperada e hipnotizada por el canto de los demonios, fue incitada a tomar entre sus manos más muertas que vivas aquella daga que el cielo purpura escupió.

Dejó hundir delicadamente el cortaplumas, creando en su interior otro abismo donde desesperaciones, los últimos suspiros y la misma vida, se escurrían.

Los ángeles malditos cirios encendieron y los borrosos cielos tristemente réquiem especial tocaron.

La sangre derramada de ambos en el gélido mar de rojo coloreó. Al final Abaddon contó que por el precipicio caer la dejó. 

Es por eso que él siempre me llama e historias me cuenta, historias de más abismos.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Un viaje cualquiera


por El Doctor Pluma


La pareja aborda el transporte. La gente mira de reojo, nada nuevo, nada que llame mucho la atención, es simplemente una pareja más de las que tanto abundan en esta vida, sin adjetivos, sin palabras de más.

Más por mera tradición social, que por un gesto de caballerosidad, el hombre permite que ella pase, mientras él intenta completar el pasaje de ambos, cuenta con poca atención las monedas que trae en la mano, pregunta si es lo exacto y da media vuelta.

Ella, sonriente, como si jamás hubiera abordado un autobús junto a su pareja, pregunta a dónde quiere que se sienten. Con desatención el hombre responde “donde sea” y comienza a maldecir ese momento incómodo que le produce la estúpida pregunta de su amada.

Qué carajos importa dónde nos sentemos; como si hubiese una diferencia entre estar del lado izquierdo o del lado derecho del autobús.

Al sentarse, ella de inmediato voltea y le dibuja una sonrisa afectuosa y sincera; él, sin mucho afán de entrar en lo que considera el petulante intercambio de expresiones pasionales, la mira y de inmediato aleja su mirada hacia un punto cualquiera en el espacio.

Ella lo abraza, lo besa, o al menos lo intenta; él rehúye, lo único que desea en ese momento es que el viaje sea corto y lo menos soporífero posible.

La mujer intenta crear un ambiente de cordialidad, no quiere perder la oportunidad de demostrarle su cariño a ese hombre con quien se casó hace cinco años. De pronto hace una pregunta cuya respuesta se limita a un “sí” o un “no”. No hay tema de conversación, las palabras de la mujer no encuentran eco en los oídos sordos del hombre.

No obstante lo desdichada que puede sentirse una persona al ver reducida su esperanza de recepción afectuosa, ella se recuesta en él y respira profundamente, al tiempo que observa a través del ventanal, quebrado éste en uno de sus extremos por lo que parece ser un impacto de bala, producto, claro está, de algún asalto a mano armada, de los que tanto abundan en esta ciudad.

Pero ella no se preocupa tanto por ello, como por pasarla bien al lado del hombre que ama. Al fin y al cabo se trata de un escaparate de la tediosa rutina que los obliga a mirarse a diario más como compañeros, que como verdaderos amantes.

Los demás pasajeros duermen, otros escuchan con atención la música de fondo que invariablemente “ameniza” el viaje; otros platican, otros ven, otros leen; otros, como él, no hacen más que buscar un punto en el cual fijar su atención para no sentir la pesadez de abandonar el hogar exactamente el único día en que se puede descansar sin preocupaciones.

La mujer afanosamente busca los labios de su pareja, él evade, no es un beso lo que desea en estos momentos, de hecho no sabe lo que quiere, pero un beso, no, definitivamente no.

“¿Qué tienes?”, pregunta con un tono preocupante aquella mujer rechazada, sin reparar que aquella acción, en cualquier otra especie viva de este mundo, se paga con una reacción de indiferencia generalizada, que inexorablemente termina con toda clase de vínculo sentimental.

Pero ella lo ama, lo ama de verdad; además ha habido momentos más bochornosos que éste a lo largo de su relación, nada lo suficientemente preocupante para armar un drama en estos momentos.

A la pregunta de su amada, él, con una indiferencia que ya se vuelve más palpable, responde con un “nada” a secas. No pasa nada, absolutamente nada, tan no pasa nada que ni las palabras encuentran sentido en los labios de aquel hombre que alguna vez fue (o sigue siendo) el ejemplo de masculinidad que ella siempre buscó.

La mujer agota los intentos por comenzar ese estimulante juego de los besos y las caricias; su hombre no va a responder, no piensa ceder, para qué hacerlo… vaya, menuda pregunta.

Cansada, la mujer prefiere acomodarse en su asiento y cavilar, si puede, con el paso del autobús.

Y comienza así el exasperante ir y venir de ideas, plagadas todas ellas de interrogantes cuyas respuestas se refuerzan con la poca disponibilidad de él para, al menos, responder a aquel fiel y soberano gesto de humanidad que ha sido concedido a la quizá más erógena de las zonas del cuerpo: los labios.

Un beso, ¿qué tenían los labios de la mujer hace cinco años, que no tengan ahora?, ¿juventud, belleza, pasión, deseo, libertad? ¿Acaso ya no besa con amor como lo hacía cuando la relación encontró su punto de partida? ¿Y cómo sabrá él qué es besar con amor y qué no?, ¿será porque tiene un amante, o en más de una ocasión ha probado los labios de otra mujer?

Preguntas que viajan de prisa en la mente de la mujer y que se matizan y acentúan con el paisaje gris que se asoma, con aquellos árboles corroídos a punto de morir, con los lagos que se extinguen en medio de la contaminada ciudad y, peor aún, con el rostro indolente del hombre.

Voltea a verle, quiere encontrar sus ojos para con una sonrisa intentar de nuevo crear ese ambiente decoroso que toda pareja debería crear cuando se encuentran juntos.

Pero nada, no la mira, no la toca, seguramente ni siquiera la piensa; puede que por su mente pasen toda clase de pensamientos (fútbol, cerveza, trabajo, amigos, dinero, autos, fútiles excentricidad típicas de un hombre), menos el de ella, el de la mujer con quien hace cinco años se casó.

“Sé que no me quiere, pero al menos nunca me ha golpeado y hasta donde sé no me ha sido infiel”; ya con la dignidad desmoronada y esfumándose con el humo contaminante de aquel autobús, la mujer justifica el actuar de su hombre. Claro, podría ser peor, mas no lo es y por tanto ha de aguantar hasta llegar a donde deben de llegar.

Un último intento, por qué no, es mujer y puede permitirse el lujo de intentarlo una vez más, incluso a sabiendas de que el resultado  será el mismo. Y lo es.

Ahora viene la molestia de la mujer, demasiado tarde; él ha ganado suficiente terreno, que un dejo de enfado de ella no cambiará en absoluto la situación. Sólo resta esperar, cada cual en su mundo, a que la máquina de acero llegue a donde debe y la historia concluye.

El autobús se detiene, han llegado a donde era necesario (o no) llegar; el hombre estira un poco los brazos, se para de su asiento y espera a que la mujer haga lo propio para permitirle, más por mera tradición social, que por un gesto de caballerosidad, pasar primero.

El rostro de la mujer lo dice todo: otro viaje, como durante los últimos cinco años, plagado de displicencia por parte de él. El rostro del hombre… qué importa, ha llegado a su destino, mejor aprovechar la estancia porque, maldita sea, falta el viaje de regreso.

domingo, 5 de agosto de 2012

De ti

por El Doctor Pluma

Todo habría sido mejor si en lugar de sonreír y fingir tranquilidad, hubiéramos unido nuestras miradas y volverlas una sola para ya no mirar hacia otros horizontes.

Hubiese preferido saber tu historia antes que tu nombre, y probar tus labios antes que escuchar tu voz.

Mas las historias nunca conviven con los deseos, y no podemos disponer del rumbo de las cosas, por desgracia.

Ahora que sé que existes puedo dormir en paz y dejar mi nihilismo mental de lado, para volcarme hacia tu recuerdo cuantas veces sea necesario.

Al menos me basta con el recuerdo, gratuito y garantizado de por vida, pues es quizá lo único de cuanto puedo disponer ahora.

Ahora que estás ahí sé que puedo adjudicarte tu imagen de ayer que me duele en cada parte del alma, en cada latido, en cada suspiro, en cada ir y venir de las manecillas del reloj.

Qué sería de mí sin esa bocanada de sensaciones que anestesian los sentidos y someten a los demonios interiores para evitar una catástrofe generalizada.

Ahora tú eres la culpable de todo esto y tú tienes las fórmulas adecuadas para aminorar el encono que existe entre corazón y alma.

Demasiado tarde llegan las insolentes preguntas que a menudo rondan en la mente del ser humano; la presa se ha desbordado y no hay quién detenga la presión.

Pero observa con cuidado, he dejado de ver con los ojos y ahora te veo con el ama; he dejado las máscaras y los maquillajes y he optado por ser cual soy para verme en tu espejo y descifrar los códigos.

No sé en qué momento pasó, no sé cómo entré y francamente no quiero salir, amén de que dictes lo contrario.

Ayer vi pasar mi vida correr como el agua en el río salvaje; hoy la vida se detiene y espera la señal, para iniciar de nuevo, para enmendar errores, para vivir dos veces, en dos lugares distintos: aquí donde me encuentro varado y allá donde tú encuentras la zona de confort.

Tengo una razón de sobra para volver a abrir los ojos y mirar al horizonte, ahí donde puedo encontrar tu rostro dibujado, rostro que dicta, rostro que invita, rostro que llama, que pide, que alimenta, que siente.

Caminábamos sin la intención de encontrarnos, pero sabíamos que nos tendríamos que encontrar, y ahora es cuando caminamos juntos y caminamos sin rumbo fijo, pero de la mano al fin.

Y ahora llueven pensamientos fugaces que matizan las paredes de mi habitación donde está escrito aquel nombre cuyas cinco letras dan sentido a mi vida.

Por ello es que en la soledad de la vida retomo las palabras una vez utilizadas y valoro los momentos que he compartido a tu lado, mas valoraré los que están por venir, aquéllos que también se extrañan.

Sólo espero impaciente el momento en que el tono de tu voz resuene en éste mi único espacio donde puedo verte y no sentir ese nerviosismo galopante, al menos para sentirme un tanto más vivo de cuando te sabía sin siquiera conocerte.

No quiero dar un paso atrás, prefiero que seas tú la que dicte la sentencia final.

Ahora que ese nombre formará parte de mi glosario cotidiano, ahora que tu mirada me guiará cuando mis ojos se gasten entre la oscuridad, ahora puedo mostrar ese dejo de felicidad impaciente e impaciente espero la respuesta.

Ergo, ¿qué tan inherentes podemos ser el uno del otro?

martes, 24 de julio de 2012

Amor frío

por Pep

Hace seis meses que trabajo aquí y ella viene cada semana en busca de lo mismo; nunca he sido su proveedor de aquello que viene a buscar, pero me he percatado de lo que una mente tan perversa y discreta puede hacer.

Digo “ella” porque no quiero ponerle un nombre, no lo sé, debe tenerlo, pero el nombre no importa dentro de la historia que me dispongo a contarles, amigos míos: tal vez será más fácil que entiendan mi situación.

La primera vez que ocurrió la vi por la mañana, vino en busca de su siguiente víctima o su siguiente proveedor de placer.

Recuerdo que la vi mientras me dedicaba a limpiar ciertas cuestiones en mi empleo, un empleo tranquilo, “alejado” de las personas. Prácticamente estaba solo en un mundo ajeno al mío, pero era lo único a lo que podía aspirar. Regresando al tema que nos ocupa, ella llegó como buscando a alguien, como familiar de alguno de los que estaba siendo tendido en el suelo.

Observó detalle a detalle: la llegada, los familiares, las caras, y claro, lo más importante: el lugar en el que se quedaba él; un hombre de aproximadamente 28 años de edad, una pérdida muy joven y perfecta para las expectativas de ella.

Esa noche, de las primeras que trabajé, recuerdo que el lugar en el que permanecía el joven no estaba lejos de donde yo tenía que “dormir”. Escuché ciertos ruidos y, al salir, ahí estaba ella, buscando a su presa, escondida en la noche, cómplice de sus más oscuros secretos y deseos. Una pequeña fuga de luz me permitió verla, en el momento en que me decidí a caminar hacia ella, noté que algo sucedía.

Entonces me acerqué un poco para poder ver con más claridad y sí, ahí estaba ella, con su falda muy ajustada, una blusa blanca que dejaba ver un poco de intimidad y la mochila colgada al hombro. Esperé quieto. Sin que ella pudiera notar mi presencia y con la mirada fija, pude darme cuenta que había encontrado lo que buscaba, sí, amigos, ella buscaba ese cadáver en el cual pudiera mecerse para conseguir un poco de placer.

El joven de 28 años que esa misma tarde había sido llevado por sus familiares a aquel cementerio, fue desenterrado. Al abrir la caja su cuerpo se estremeció, rápidamente se colocó sobre él, levantó su falda y con ciertos movimientos fue entregándose al placer. Comentario al margen, a mí también me invadía esa euforia característica de libido humano.

Esa chica, su ropa, sus muslos descubiertos, sus caderas  moviéndose al compás de la noche; empezó a gemir y yo a excitarme cada vez más. Decidí no decir nada y dedicarme a ver, si ella gozaba y yo tenía una erección indescriptible, no tenía más remedio que esperar a que ella o mi miembro optaran por detener la marcha; alguno de los dos tenía que ceder.

La chica se descubrió un poco el pecho, pude ver  la excitación en sus pezones, pero ¿quién podría notar dicho acto a mitad de la noche, en medio de un cementerio?, ¿algún otro cadáver? Creo que eso era lo que menos nos importaba, nos desocupamos por momentos del mundo: ella seguía sobre el cuerpo sin vida del joven que recién había sido enterrado, y yo, con mi mente y cuerpo ocupándose  de otras cosas, procuraba no pensar, sin reparar en lo que podría ocurrir si alguien “nos” pillaba.

Estaba ahí parado en medio de tumbas y cadáveres viendo cómo una joven venía y tenía sexo con  los cuerpos que aún le servían, mientras yo me masturbaba y experimentaba una nueva sensación, necrovoyeurismo.

Al terminar de darse placer, la chica partió. Levantó su ropa interior, la colocó en su lugar, bajó la falda, dio media vuelta y se marchó. Yo, escondido entre tumbas, vi cómo se alejaba esa falda ajustada a sus caderas  y unas nalgas que podrían gustar a cualquiera, hasta a los muertos.

Permití que se fuera, total, a mí me pagan por cuidar que no se roben los cuerpos o sus pertenencias, no por vigilar que no tengan sexo con ellos.

Pasaron unos días y ella regresó en busca de alguna otra víctima, esta vez era alguien un poco mayor. El mismo procedimiento: llegar al lugar, quitarse la ropa debajo de la falda, abrir bien las piernas, sentarse lentamente y comenzar a moverse como si nadie más estuviera ahí; yo, mientras tanto, unas noches veía, otras sólo me percataba de que todo estuviera bien y otras, otras noches, como la de ayer, me quedaba a hacerle compañía en su disfrute total.

Ella arriba del cuerpo meneándose como nunca y yo masturbándome al ritmo de sus caderas; movimientos que se unen, cada cual por su lado, en un ir y venir.

Entonces pasó lo inimaginable: ella volteó y yo no supe qué hacer. Supuse que se enojaría, que me diría algo, pero no, todo lo contrario: me miró como haciéndome una invitación a terminar juntos esa noche; y con terminar juntos no me refiero a tener sexo ella y yo, me refiero a que al verme se excitó más y fue desabrochando todos los botones de su blusa, mientras jadeaba de placer y me miraba provocativa.

Yo no tuve más remedio que continuar con el arte sacro de la masturbación, imaginando que pasaba mi miembro erecto una y más veces por su cuerpo. Ella se despojó de toda prenda superior, sus pechos quedaron al descubierto y comenzó a tocarse.

Me miraba y yo, yo contenía las ganas de terminar por sucumbir ante los encantos y meterme en ella, y darle gusto a ese cuerpo ajeno, y hacer que ella sintiera más que a un simple pedazo de carne muerta.

Al final ambos terminamos casi al mismo tiempo, ella se levantó de golpe, colocó esa tela suave y fina que cubre su bello sexo en su lugar, ajustóse la falda y su blusa, que habían sido retiradas para poder admirar mejor su figura acechada por la noche.

Se fue rápidamente, no hubo contacto de ningún tipo, excepto visual. Nunca imaginé lo que este horrible trabajo podría dejarme, pero sé que verla una que otra vez por semana hacia que valiera la pena ser velador de un cementerio.

Así pasé gran parte de mis días aquí, siempre supe que a esa mujer jamás la tocaría, o no estando vivo.

Esa chica, “la de las nalgas frías”, la que busca los sexos masculinos tiesos y pálidos, apunto de ser enterrados bajo tierra. Ésa su tarea, brindar el último suspiro de placer y, con sus movimientos, paralizar a los vivos y revivir a los muertos; lástima que mi mano tenga que ser siempre la que reciba las ganas de meterme entre sus piernas.

No sé si fue algo que deseé tanto, pero un día, uno de tantos, ella terminó de hacer lo suyo, y vino a mí. En ese momento deseaba tanto llevarla contra la pared, abrir sus piernas y meterme lentamente en su cuerpo, pero no, a cambio recibí otro tipo de favor: su lengua recorrió cada centímetro de mi  sexo; parecía que la felación no tendría fin, y yo que no tenía problema con ello.

Cuando quise hacer mi parte, ella me detuvo, me dijo que no le gustaba hacerlo con vivos y se fue, dejándome ahí parado y con más ganas que nunca de penetrarla. En fin, supuse que jamás tendríamos un contacto más allá de lo que habíamos tenido ya.

Los días siguieron así, nunca pude acercarme más de lo permitido; ella viniendo en busca de placer con los muertos y yo muriendo por no poder copular con ella, aunque fuera una vez.

Desde entonces espero la hora de partir de este mundo, en el que sé que no le haré falta a nadie, pero una vez estando muerto, seré más útil.

Tal vez no pueda sentirlo de la misma manera, pero saber que por fin podré estar entre las piernas de “la de las nalgas frías” me hace sentir mejor. Por eso espero paciente, porque por esa mujer, ese cuerpo y esos atributos podría morir ahora y disfrutar mañana.

lunes, 30 de abril de 2012

El hombre que creía estar enamorado

por El Doctor Pluma

Si alguna vez te has detenido a escucharme, sabrás entonces que mis comunes denominadores son la demencia y las obsesiones. Tú, en tu mediana figura e interminable discurso, formas parte del grupo selecto segundo; no recordar que formas partes del segundo… irónicamente te hace formar parte del primero. Demencia y obsesión concebidas ambas en el significado de tu nombre.

El amor… esa palabra, palabra cuyas cuatro letras corresponden a la misma cantidad de clavos que debieron ser colocados en la cruz; cuatro son las palabras que componen la palabra odio. Cuatro manos cuando logramos juntarnos lo suficiente, cuatro ojos que se convierten en un solo si nos permitimos reducir el espacio entre tu cuerpo y el mío.

Ahora que miro cómo tu sombra se desvanece y la manera en que tu voz se vuelve tan ajena, qué otra cosa puedo hacer sino permanecer en vilo hasta que el sueño me arranque de la tierra; insuficiente consuelo el mío dado que acallar en el terreno de las ideas me obliga irremediablemente a volver a ti.

Y por más que evite no tomar en cuenta las señales que el camino recorrido me permite, debo reconocerme aquí, cayendo de rodillas, limpiando mis lágrimas con el viento, desperdiciando horas y horas en vano.

De mi garganta cercenada nacen gritos que aluden a tu nombre, con la intención desesperanzada de que eleves la vela y dirijas el barco hacia tu puerto más cercano.

Demencia cual animal que olvida el nombre de su presa; demencia que desconoce el sabor de los días  e ignora la diferencia entre la vida y la muerte; demencia y olvido las primeras palabras tuyas que me indicaban que todo de principio estaba perdido.

Obsesión… que la agonía del aliento manifieste cuán necesaria es tu presencia justo cuando el corazón se niega a continuar con su fastidioso ir y venir. Mírame aquí varado en medio del mundo que abruptamente gira, donde las aves susurran ambigüedades, donde el sol pide un poco de calma, donde el mar se desborda… observando en silencio el cielo en busca de tu nombre, ora detrás de las nubes, ora detrás del arcoíris, ora alejado del mundo.

Dónde puede encontrar más significado la palabra amor que en este trecho perdido de vida, trecho del cual se desprenden imágenes imborrables. Amor, amor el tuyo, amor el mío; amor el que se congela con el calor y se deshace con el frío; amor mitad demencia, mitad obsesión; amor, tú.

El monstruo de cuatro letras que amenaza con cernir su reino sobre la carne débil; el cirio que finge estar a punto de apagarse; las cuatro líneas de la rosa del viento; el tesoro único que pretende mantenerse adosado al alma para siempre, el tesoro del que seremos despojados tan pronto llegue el verdugo y nos llame a dar el paso hacia el patíbulo.

Como si se pudiera elegir en el amor; no hay reglas claras, ni recetas específicas. Como si fuese tan sincero el corazón para creerse petulantemente fuerte. En el amor la moneda tiene dos caras, pero miles de justificaciones; se mira, luego se observa; se oye y luego se escucha; se siente y más tarde se lamenta.

El amor se piensa, bebe y se fuma y se huele y se vomita; se sufre, se sangra; se penetra, se escupe, se vive, se muere; el amor se ama. El amor y sus cuatro muros que se ciernen cual prisión que te prohíbe pensar, respirar, beber, fumar, oler, vomitar, sufrir, sangrar, penetrar, escupir, vivir, morir; las cuatro dagas del amor que te impiden amar.

Dime, pues, si en tus labios habré de pronunciar la única palabra a la cual me remiten tus ojos y tu boca y tu cuerpo y tu pelo, y de la que echo mano cada vez que mis palabras faltan y tus oídos expectantes buscan justificación.

Eres tú o el amor lo que estoy buscando; busco el amor en ti o te busco en medio de los cuatro pilares que detienen al mundo, que se derrumban sobre mí y me llaman a pedirle respuestas al vacío.

Y la demencia y la obsesión, bajo la etiqueta de tu nombre, tu apellido y la huella de tu pulgar, componen un total absoluto. El castillo cuya bandera lleva, sí, esas cuatro letras. Total el conjunto de dos corazones, total las almas venidas a una sola; total el sol y las mañanas, y el inicio de tus días y el fin de los míos. Total parcial: te quiero. Total general: te amo.

Ahora camino por esta senda, deteniéndome en cada una de las chozas a donde pudiese guarecerse de las miradas obsesivas el nombre que por obligación te han conferido. Cierro los ojos y echo un vistazo (una de mis obsesiones) a cada una de las ventanas que conforman el abanico de fotografías.

No eres tú la que llora, no eres tú la que grita, ni eres tú la que se aferra a vivir en una escena repetida por miles en este mundo. Al fondo de esa vieja habitación (una de mis demencias) te encuentro escribiendo, dejando residuos de ti en cada una de las líneas que conforman las letras que ahora empiezan a tomar sentido.

Puede que no te vea pero te siento y siento tu mirada, y puedo verte desangrando, borrando la tercera letra para empezar de nuevo. Te detienes y, vieja demencia, has olvidado la parte primordial de la magia que enarbola tan fatídico conjunto de letras:

Las primeras dos te corresponden a ti y las últimas dos a mí; se trata de un puente que no puede sostenerse sólo de un lado. No hay ingeniero que se haya atrevido a montar semejante obra con un solo apoyo. Puedo entonces abrir lo ojos e intentar dar el salto a donde me invitas a saltar; atravesar las ventanas y desgarrar mi piel para construir la palabra contigo.

Hagamos, pues, el amor juntos: erige lo que te corresponde que yo me encargo del resto. Intenta darle nuevo sentido a la frase y dale una segunda oportunidad al sol. Dejemos que la demencia se encargue de aislarnos del mundo; orillemos a los corazones y a las almas a la incesante obsesión de sentirse cerca.

El amor… el juego en el que está prohibido jugar a la libre elección; amor que no consiste en elegir de entre el catalogo de miradas y sonrisas, amor porque nadie elige a quién va a amar, amor falso al que le corresponde el mote de mentira, absoluta mentira. Amor el que viene cual lluvia sin previo aviso, como la muerte, como el deseo, como la lujuria y como la soledad; amor que viene y se queda a acampar, amor que toma sus cosas y se marcha con la inconsciente idea de que tendrá que volver algún día.

Amor y las cuatro palabras que conforman el menester de la humanidad: amor-vida; amor-acto; amor-afán; amor-aire; amor-alas; amor-reír; amor-tuve; amor-loco; amor-humo; amor-luna; amor-vilo; amor-bobo; amor-toma; amor-bebe; amor-dice; amor-hace; amor-ateo; amor-rico; amor-tu/yo; amor-amar; amor-solo; amor-todo; amor-nada.


Amor el que respiro y el que se ahoga con la ausencia de tus palabras escritas en la tierra; amor el que se funde con las lágrimas que se niegan a salir; amor con las veintisiete letras del abecedario, amor por cada estrella del universo, por cada latido del corazón, por cada suspiro, por cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo de la historia; amor porque te amo… y te amo porque no sos mía.

lunes, 6 de febrero de 2012

Como una ola de mar


Por: Ekary

Si de ti he bebido hasta la última gota, si con cada luna nueva has de acompañarme en mi velo eterno, formando parte de la robusta estadía, ahí donde los muebles viejos se han llenado de polvo milenario, partículas que rodean la alcoba y las rosas marchitas son la tumba de mis anhelos. Sí, creo que te querré ahí.

Sobre aquella mesa de buen roble he escrito mis memorias a lo largo de los años, me he abrumado con la enorme soledad con la que son plasmadas, sólo he sido espectadora de una interminable existencia de la humanidad. Su ciclo vital se renueva, pero aun así siguen cometiendo errores, creo que su extinción no sería suficiente para limpiar verdaderamente el mundo como se necesita, porque al final siempre existirá algún testigo sobreviviente de las desgracias, como suele ser el ímpetu del humano, ¿comprendes lo que trato de decir?

Cada paso que había dado antes de conocerte era perturbador, era inusual lo que acontecería, la rutina nocturna me apetecía simplemente en un área de mi cuerpo, pero más allá, mis deseos estaban insatisfechos, me atrevo a confesar que éstos ni siquiera gozaban de una forma, sólo mi infortunio desesperado me llevaría a dibujarlos en un lienzo ubicado en mi imaginación, -sí, admito que es grande y que muchas cosas me sorprenden aún- de haber perdido esa capacidad seguramente sería menos humana.

Una tarde, una muy oscura la recuerdo, estabas ahí mirando hacia la nada, no entendía por qué, si teniendo un hermoso paisaje frente a tus ojos, ellos se limitaban a fijarse en el profundo lago que se visualizaba metros adelante. La brisa movía mis cabellos, sin pensarlo me coloqué detrás de ti, no muy cerca pero lo suficiente para conocerte mejor. Tardaste en darte cuenta de mi estancia; sin embargo, una vez hecho el acto las miradas se fijaron inquisitivamente.

Entendimos los mensajes que nuestras miradas lanzaban, los pliegos de aquel vestido de terciopelo azul que cubrían mi tímida anatomía no te distrajeron lo suficiente de mi rostro, te clavaste en las ondas que adornaban en mi cabello con cada soplo del aire, era eso y lo delicado de mi aspecto lo que más te conmovió, te diste cuenta, no era común encontrarte a alguien así en aquel lugar.

Mis manos pronto rozaron tus mejillas, jugué con mis dedos acariciándote los labios, quisiste responder pero te sorprendió sentirme tan fría que lo hiciste de nuevo, me asombró ver cómo te acostumbrabas tan pronto.

Fue así que decidiste seguirme a la oscuridad que la noche marcaba sin pautas, no fue necesario llevarte de la mano, estabas prendido de mí como un niño con un helado derretido, y yo disfrutaba tu compañía como ningún otro placer. Poco fue lo que estuvimos, pero el suficiente para reconocer que la humanidad en realidad estaba viva, más allá de los latidos que sus corazones precipitados lanzaban.

Es por eso que me embargó la pena al descubrir lo frágil de tu mortalidad, sabía que tu belleza no sería eterna, al menos no en aquel momento ni en ningún otro porque la naturaleza se encargaría de llevarse lo que es suyo y al final terminarías siendo parte del suelo por el que posan mis pasos. Tenía miedo de aquel momento indeseado, te había poseído como posee el mar a los peces, habías naufragado y las sirenas te llevaron a salvo dentro de una enorme concha y tú eras la perla, la más hermosa, la que más  brillaba en el fondo del océano.

Entonces los cánticos de aquellas mortíferas criaturas te silenciaron para sumergirte en un sueño profundo, eterno, donde resplandecerías por siempre, y al final te llevarían conmigo, al destino que habías elegido desde que me mostraste el camino de mis deseos. Lo supe desde tu primera caricia: poseerte más allá de tu vitalidad, conservar no sólo el recuerdo de tus memorias, conservarte a ti, así como tú me conservarás en lo profundo de tus sueños, navegando por mares desconocidos, explorando sus tesoros escondidos sin tener que compartirlos.

Así fue mi querido amante como te convertiste en mi adoración e irremediablemente me debatí contra mi propia naturaleza por seguir tus pasos, tras intentos fallidos logré acercarme más a ti, a seguir tu sueño, me embarqué en un balsa para alcanzarte y remaré hasta que consigamos nuestro objetivo, ahí donde los sueños son perecederos, sin miedo a las marcas de la edad, sin discapacidades, ahí donde todo inicia y donde todo deberá culminar eternamente.

Sólo así nos volveremos a encontrar, en nuevos mares donde hemos de naufragar, donde las sirenas nos invoquen con sus cantos y permanezcamos a lado de Tritón cuidando nuestro nadar. Hasta entonces velaremos en la misma habitación, que comienza a iluminarse con la salida del sol.