Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 29 de enero de 2014

One of these days

by P.I.G.

Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.

Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.

Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que el caso ha originado.

Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su esquelético cuerpo.

Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada, está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.

El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario; incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan fúnebre protocolo.

Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.

La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.

La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del juez; piden al verdugo iniciar las descargas.

El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.

Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o su verdugo, nadie.

Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor sorpresivamente le aterroriza.

Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver? La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte que se encuentra encadenado en la silla.  

Los minutos se hacen horas y las horas días, días en vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?

Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con la fría pieza inerte.

Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.

¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá  Dios a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión? No.

Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.

Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá, y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado, aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de descargas.

Uno de estos días

by P.I.G.

Hace días que la calle luce desolada, en ella se puede sentir la penumbra y un ambiente poco común. Huele a muerte, incluso el color amarillento que dibuja el panorama lo corrobora. Las nubes cubren el cielo y lo tiñen con delgadas líneas grises; el horizonte no está demasiado lejos.

Esta tarde los fieles acudirán a la iglesia para venerar a su Dios crucificado, entrarán con la firme intención de purificar su alma; saldrán con un cargo de conciencia que les obligará a regresar una y otra vez hasta que por fin sean redimidos.

Ahí adentro todo es rezos y plegarias, a las afueras de la casa de Dios la vida corre aceleradamente, se vuelca en interminable dolor y sufrimiento. El viento se detiene, las aves no vuelan, sólo reina el silencio y la agonía.

Los restos abatidos por una batalla perdida nunca más ofrecerán diezmo. Frente a la entrada principal una mujer yace muerta con el vientre abierto, luciendo los intestinos y la asquerosa grasa corpórea, como si se tratase de una exposición. Cerca de ella, a unos cuantos metros, bajo una enorme piedra, un feto.

La escena es brutal. Las luces que forman la cruz de la capilla se reflejan en el charco de tibia sangre que cubre el asfalto, el hilo recorre los escalones de la escalera hasta llegar al jardín. Las manos se elevan al cielo pidiendo redención, el agua bendita cae sobre la cabeza de los pecadores; el padre pide por el alma de los mortales. El cuerpo inerte de la mujer se encuentra desecho, las marcas de los golpes se aprecian inmediatamente; imposible reconocerle pues el rostro está deformado, la carne se desprende de éste. Los ojos parecen a punto de reventar, la mandíbula está completamente dislocada, al igual que la nariz.

Quizá se trató de un intento de violación, pues la ropa fue desprendida, mas no hay semen ni alguna señal que compruebe dicha hipótesis. Los senos ensangrentados de la mujer llaman la atención como lo hicieron en vida. El hombre colgado en la cruz mira a sus hijos, sólo siente lástima por ellos, también les espera un funesto destino. Las hostias son tragadas, el cuerpo de Dios es devorado; sabe a carne humana, a sufrimiento, a pena.

El que debía ser el próximo ser en mirar la luz fue sacado de las entrañas de su madre y asesinado antes de nacer. Conoció el dolor sin haber pronunciado palabra alguna, sin haber respirado el contaminado aire de la ciudad, sin haber probado el trago amargo de la vida. Su frágil cuerpo fue aplastado por una roca una tarde en la que el grueso de la sociedad se arrodilla frente a un ser inexplicablemente omnipotente.

El culpable del sangriento homicidio hizo la señal de la cruz después de guardar la filosa arma entre sus ropajes; será aislado en una cárcel con barrotes de hormigón, pero ésa es otra historia.


La paz del señor esté con todos ustedes y que les permita olvidar que allá afuera una mujer ha sido brutalmente asesinada por un ser que, al igual que todos, busca vengarse de los asesinos de su Dios. La ceremonia ha terminado, para los fieles, para ella, para él.

lunes, 6 de enero de 2014

Fumigadores

Abro el periódico y veo que en la sección de oportunos hay quienes ofrecen sus servicios para fumigar y acabar con toda clase de plagas como cucarachas, arañas, chinches, ratas o serpientes (¿quién coño tiene una plaga de serpientes en casa?).

Me llama la atención que nadie ofrezca sus servicios para exterminar seres humanos. Y si alguien lo ha hecho seguro, o lo tildaron de un asqueroso desequilibrado que pagó un espacio en la prensa sólo para demostrarle al mundo el repudio que le tiene a la raza humana, o la policía dio con él y tuvo que tragarse sus argumentos afirmando que se trataba de una simple broma universitaria.

Se ofrecen servicios de fumigación de seres humanos. Precios accesibles. Viajamos al interior de la república. Resultados garantizados. Si no se convence le regresamos su dinero, pero se queda con los cuerpos.

Señor, requiero sus servicios en la calle tal, número tal, sí, puerta color tal; es cosa seria. Tengo cuatro hijos malagradecidos, un esposo ebrio, una suegra nefasta y un cuñado indecente. ¿Cuánto? La última vez no cobraban tanto, maldita crisis. Claro, ¿a qué hora puede venir? No, está bien si se lleva los cuerpos, me daría asco tener que tirarlos yo misma a la basura. ¿Paquete? No, sólo los quiero muertos, eso es todo. Sí, lo había hecho antes; es la cuarta ocasión que pido sus servicios, por algo le estoy hablando a usted, maldita sea. Claro, tengo mis facturas. ¿Precio especial por Navidad y cliente frecuente? Gracias, no esperaba menos. Ok, ok, ok. Gracias, acá lo espero.

El anuncio destacaría de entre los demás, el salario de quien realizara la labor sería de los más competitivos en el mercado. Crearíamos universidades para que los futuros fumigadores de humanos tuvieran una especialidad y no fueran simples asesinos sin certificados ni estudios.

Claro, seríamos los primeros en el mundo en impulsar una forma de ganarse la vida quitándosela a los demás, pero todo bajo la premisa de la legalidad. Crearíamos juzgados en los que discutiríamos el derecho que todos tendríamos para mandar a fumigar a quienes nos rodean.

Porque seguramente a cualquier hijo de puta se le ocurriría jodernos la existencia y mandarnos a matar con el señor fumigador, y nosotros, en nuestra defensa lo mandaríamos a matar con nuestro fumigador de confianza. ¿A quién se le daría el beneficio inicial?

Habría infomerciales en la TV anunciando productos infalibles para convertirse en un fumigador. No pague esos costosos servicios de fumigación que impactan en su bolsillo, pero no acaban con el problema. Porque usted lo pidió, como lo vio en Auschwitz, marca Muéranse Todos pone al alcance de su mano el poderoso Zyklon-B, capaz de matar al ser humano más aguerrido. Si llama en los próximos minutos, se llevará “completamente gratis” el manual de cómo armar una cámara de gas desde la comodidad se su hogar. Será la sensación del barrio.

Se reducirían los índices de criminalidad, pues al ladrón se lo llevaría la chingada tan pronto cometiera el crimen. Nuestra seguridad no dependería tanto de los policías y el ejército, como de los fumigadores. Se encargarían de exterminar las plagas de nuestra sociedad.

Oh, sería un lindo país y todo sería tan asquerosamente lindo que nos uniríamos en contra de los fumigadores como las ratas se unen para chingar la estabilidad de un hogar.

Nos convertiríamos en los perseguidos y tendríamos como enemigo a los fumigado-perseguidores. En pocas palabras, todo valdría madre y seguiría igual que antes.


Cierro el periódico y volteo a ver a todos esperando que nadie haya escuchado mis pensamientos. Este mundo miserable está lleno de locos que podrían robarme mis ideas y hacerlas realidad.

viernes, 3 de enero de 2014

La carestía

Por: Azi/d/

El precio del amor está por las nubes hoy en día, la mayoría de los humanos –incluidos tú y yo, sí- no podemos permitírnoslo y la gente lista sabe que cualquier oferta barata sólo puede ser una falsificación. Así que relájate, somos listos, nosotros no estamos comprando amor, lo nuestro es rebajar la cuota de la soledad.

Así de perra codiciosa es la vida: si no quieres o puedes comprarle su producto maravilla aún debes pagar un precio, no es el mismo para todos, entre menos sufres la soledad menos te cuesta. Uno podría llegar a vivir sin pagar y ser feliz, pero nuestra condición humana hace que apenas el costo llega a cero, corramos a comprar por cuotas el tan publicitado amor; y cuando ese momento me llegue no te compraré a ti –ni tú a mí, hay que admitirlo-. Pero no te ofendas, cariño, mi honestidad es más valiosa y lo mejor que tengo para darte, por eso te lo digo.

No te ofendas, todavía te quiero desde las entrañas, aun así eres y serás mi mejor espejo, teñido de plata, ojitos fulgurantes de luz de luna llena y cuarto menguante a la vez; aun así te quiero desde la pelvis, con mis huesos todos y los músculos y cartílagos que traen pegados; aun así te ofrezco mis nervios enteros en un racimo, en un manojo fresco, recién cortado, con mi piel a modo de celofán; aun así te me cuelas por la nariz y te me vuelves oxígeno; aun así compartiría los gastos contigo. Aún quiero que te quedes.

Es que en estos tiempos todo está tan caro e inaccesible, y mi soledad trae intereses acumulados, quédate y verás, nos conocerás, te reconocerás también, sé que tienes experiencia en tratar con esto; ya te lo decía, eres mi mejor espejo, un reflejo luminoso.

Lo que me gusta mayormente es que podemos estar solos, por eso te quiero a ti, me gusta estar solo contigo. Por eso quiero probar un sistema, esta es la propuesta: juntamos todo en una cuenta y la pagamos juntos, cada quien su parte, pero así entre los dos, tal vez, cada desembolso será menor al anterior.

Pero no quiero que te confundas, cariño, recuerda que eres lista, nosotros no estamos comprando amor, ya caerás en esa trampa, primero hay que pagar las deudas, reducir costos; por eso ayúdame, para eso ayúdate conmigo, junto a mí, quédate acá.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Tío Ramón

por Mister Bastard

A menudo el ser humano realiza acciones sin pensar en sus consecuencias, de eso estoy seguro. Mi tío Ramón es el botón de muestra de dicha teoría. Sólo actúa, no se detiene a meditar las cosas. No sé qué tan sano pueda ser, pero le ha resultado medianamente favorable, eso creemos todos, eso cree él también. No está muerto y eso es, para él, una absoluta ganancia.

Siempre que nos reunimos en familia encuentra el momento adecuado para recordar esa experiencia, por todos conocida, cuando navajeó a un sujeto en la calle. Conocemos de memoria la historia, pero siempre, sobre todo si hay visitas, agrega nuevos elementos justificando que no los había mencionado antes porque no sabe qué tantas bolas puede tener la familia para guardar el secreto.

En fin. Cada que tenemos la oportunidad de reunirnos es casi una obligación escuchar la historia. “Maldita sea, que no soy cualquier hijo de puta que habla; siéntate y hazme caso”, es el argumento del tío Ramón cuando por mero instinto tratas de abandonar la mesa so pretexto de ir al baño.

Conozco el cuento como las vocales: un día iba caminando por la calle y sintió la necesidad de sonarse la nariz. No llevaba mucho papel, pero aun así logró, según, su cometido. Necio como sólo él, sentía que un moco se le asomaba, así que pidió a un transeúnte -un estudiante de secundaria por lo que se veía, según su atuendo- que verificara si en verdad no había un moco fuera de lugar en su rostro.

El joven concentró su mirada en la nariz del tío Ramón y negó con la cabeza. “Mira bien, no quiero hacer el ridículo”, pidió con rigor el hermano de mamá. Ya con un poco de nerviosismo el joven volvió a negar, y sin más el tío Ramón clavó su navaja en el vientre del pobre chico.

“Maldita sea, claro que tenía un moco. ¿Por qué no se atrevió a decirme que sí? Un moco, hijo, un puto moco le costó la vida. Si hubiera dicho que sí, que ese moco se asomaba con descaro por mi nariz, nada de eso hubiera pasado, pero esos jóvenes de secundaria, creen que pueden engañar a la gente sólo porque van por la vida con su maldita mirada inocente”.

Y vaya que era inocente el chico. No la debía, empezaba a temerla y se topó con la muerte.

El tío Ramón describía su acción con tal detalle, que parecía estar más orgulloso de ello que todo cuanto había hecho a lo largo de su vida, aunque en realidad no había hecho mucho.

“Deberían haber visto su rostro. El tipo ese seguramente nunca había sentido tal clase de dolor y ahora que yo le daba la oportunidad de experimentarlo le resultaba difícil asimilarlo”.

El cuerpo no resistió la embestida, cayó, se desmoronó en el piso y quedó tendido nadie sabe cuánto tiempo. Más tarde la noticia comenzó a circular por el vecindario e incluso algún periódico despistado le brindó un par de líneas en las notas rápidas.

Se creía famoso. Para mí era un cerdo cualquiera. Incluso trataba de no creerle, eso le molestaba más que cualquier otra cosa. “Tú podrías haber sido el chico de secundaria”, pero no lo era y seguía vivo y estorbándole en la mesa.

“Lo volvería a hacer, sólo que mi esposa ha guardado muy bien mi navaja y no pienso comprar otra. Pero si tuviera de nuevo esa bella arma blanca de corte inglés en mis manos, saldría a la calle sin mucho papel y buscaría a quién preguntarle si tengo mocos en la nariz”.


Qué gran mierda, así solemos ser los seres humanos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

De placeres

por Mister Bastard

No sé por qué tanta gente insiste en buscar el lugar más fino para tomar un trago, el de mayor renombre, el que esté mejor calificado por las revistuchas de moda, o al que de vez en vez, en sus ratos de ociosidad, suelen visitar los faranduleros que critican el sabor de las bebidas que saben exactamente igual a como saben en otros lados “más de su onda”. El chiste es mamonear.

Cuando el hígado exige una bebida, sea la que ésta sea, cualquier lugar es bueno, lo mismo uno de cinco estrellas o uno con fama de acabar con la vida (en el sentido figurado y literal) de sus visitantes.

Ya entrados en calor, una copa vale lo mismo en el putero, en la cantina de clasebajeros o en los lugares más exclusivos del país, el resultado es el mismo. El valor agregado, entonces, deja de ser la parafernalia que rodea el sitio y lo es más el baño con el que cuenta la taberna.

Si lo hay, uno medianamente limpio, si no con papel al menos sí con agua, es un plus que alivia tanto el alma como el desaguar los litros y litros de cerveza que uno pueda ser capaz de consumir.

Si no lo hay, el problema inicia desde el momento mismo en que uno reconoce que su vejiga no es tan resistente como pareciera, muy a pesar de la fama de ebrio empedernido con la que se cuente.

Y es que a últimas uno puede orinar en la pared exterior del lugar (si se es mujer, el problema es aún mayor) o bien puede hacer uso de la siempre efectiva botella de litro y medio que tantos favores puede hacer. Se rellena, se desrellena, según sea el caso.

Pero ¿y cagar? ¿Qué hacer si no hay una letrina donde puedas, ya no tranquilamente, pero sí al menos confiado, evacuar tanto como tu cuerpo, sumido en whisky, te lo permita?

La fiesta sigue, los tragos y las botanas no dejan de correr, pero es tu intestino el que te pide a gritos liberar presión. Puedes beber cantidades industriales de alcohol y pedirle a tu organismo de la manera más seria que te permita un par de horas sin tener que pararte a orinar. Pero no le puedes pedir a tu organismo que mantenga la caca alejada de tu mente sin que te estorbe.

Cuando el vandalismo estomacal comienza, el lugar, lujoso o inmerso en absoluta podredumbre, da lo mismo. Sí, es un error pensar que en un cinco estrellas no va a haber un retrete de mármol con un sujeto que corta los pedazos de papel por ti, aunque si sabes que vas a visitar un lugar de esos te previenes y cagas en casa, o te aguantas las ganas y te das el lujo de defecar como todo un líder diplomático en una reunión élite del G-20.

Lo que menos esperas es que en un lugar donde sólo existen mingitorios y para los que un inodoro es cosa de otro mundo, el deseo de defecar se vuelva una necesidad cuasi espiritual.

Pongamos la situación fácil: conoces el rumbo, sabes dónde puedes encontrar un baño público (muy público) que a altas horas de la noche te preste sus servicios, sin clavarte el diente con el precio y en el cual puedas desahogar garnachas, botana, alcohol fermentado, etc, etc, etc.

Pero  ¿si no?, ¿si se trata de un lugar en el que apenas y te atreves a asomar la cabeza a esas horas? ¿Vas a pedirle a los dueños que te dejen usar “su baño”, exclusivo para ellos”, en el que nadie salvo sus propietarios han posado sus tiernos traseros porque es “su baño” construido sólo para que ellos caguen?

¿Qué hacer? Tampoco te vas a atrever a cagarte en los pantalones y fingir que se trató de uno más de tus actos inconscientes cuando tomas más de lo debido, ésa ya lo te la van a creer.


Francamente no sabría responder. Lo ideal es, muy a pesar de los planes que tengas, pasar a tu baño, tomarte unos cuantos minutos y cagar. Situaciones como ésa pueden ocurrir en cualquier momento, pero no dejes que la caca arruine la fiesta.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La noche anterior a la caída

por El Doctor Pluma

¿Dónde están escondidos los secretos de la vida, dónde buscas las respuestas que insistentemente mantienes apartadas en el vacío…?

Las lágrimas al caer se transforman en mil cristales que destilan sufrimiento y dolor, que rompen con la estabilidad de tu corazón que se niega a fallecer…

El camino es otro, muy diferente, difícil de transitar, y no obstante es la única alternativa que te queda; ya no hay más…

¿Quién escuchó las palabras que jamás mencionaste?, ¿quién se dio cuenta de tu dolor antes del parto, antes de perder todo por nada…?
  
Aquello que ves son los mundos que jamás conocerás, los rostros que no mirarás y las mieles de una vida feliz de la que has sido privada por capricho divino…
  
Ahí están, postrados frente a ti, los muros que no te atreverás a saltar, por desidia o por miedo, o simplemente por lo senil de tu rostro…

¿A dónde se dirigen las aves que sigues tristemente con tu mirada y que, al parpadear, se pierden en el infinito…?
  
Las estrellas brillan equivocadamente en tu cielo, otras ni siquiera se dignan a brillar; ya es muy tarde y no vale la pena hacerlo, menos por ti…


El pasado de Cristo nadie lo olvida, el tuyo lo olvidaron hace tiempo, tal vez antes de que nacieras; tú misma no lo recuerdas, no te importa…
  
Ni esa cruz, ni esa hoz, ni esa morbosa forma de mirar la sangre pueden hacerte cambiar y dejar de ser nada frente a los demás…

No muestres tus senos desnudos, el mundo está cansado del mismo espectáculo, ha visto todo cuanto existe, aunque no ha visto más allá…
  
Camina a través de los océanos, rebosando infidelidad, decadencia y algo de aquella belleza que antes se impregnaba en tu piel fehacientemente…
  
Permítele a las agujas penetrar los claveles, a los clavos atravesar la carne sin dolor, a los niños llorar en los vientres antes de perecer…

Cierra las alas y deja de volar, cierra los ojos y no veas más, pues es mejor así, antes de que te des cuenta de lo que ha ocurrido…

Haz un último esfuerzo por dar vida, tensa tus músculos y respira tan sólo una vez, sólo una vez en tu vida hazlo sin sufrir…


No, no lo hagas, prefiero descansar y no vivir. Sólo deja de hacerlo antes de que el llanto se asome y termine por corromper mi alma, antes de que niegue que no se trata de un sueño, antes de que deseche lo que has hecho y me olvide de ti… antes de que mire tu rostro por primera y por última vez.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La Sonrisa de la Muerte

por Lila Aurora

Cualquiera en “El salto” se hubiera alegrado sobremanera ante la repentina muerte de Don Federico Tovar, dueño de la única tienda de abarrotes en el pueblo. Apenas se supo del hallazgo del cadáver, la noticia corrió como pólvora encendida; todos acudieron a observarlo, parecía como si quisieran que esto no fuera cierto. Ni siquiera sus hijos, que nunca reconoció, se alegraron del hecho.

A todos invadían sentimientos encontrados, era el hombre más odiado, pero también el más solicitado. Robusto, con el pelo cano, apenas unas patas de gallo enmarcaban sus ojos; burlón, grosero , a todas las preguntas o solicitudes tenía siempre una respuesta sarcástica, pero no, nadie dijo una palabra, una maldición o una sonrisa discreta que se tradujera en “qué bueno que se lo llevó la chingada”.

Pasaron sólo unos momentos cuando entre el enjambre de gente el juez del pueblo llegó para dar testimonio del hecho; el padrecito por supuesto ya estaba echando agua bendita y prendiendo unas veladoras, doña Lupita Caballero, la enchiladera del pueblo, era la única que de vez en cuando entre sollozos fingidos decía: “¿ora sí que vamos a hacer?”.

La semana pasada se había festejado, el “doce”, la fiesta de la virgencita, todavía estaban los festones de flores de plástico y los juegos mecánicos no se terminaban de recoger. El juez ordenó que lo trasladaran a la oficina del juzgado, ya que el médico forense llegaría hasta mañana y encima de todo hacía un pinche frio que ni para qué velarlo en la intemperie.

La tienda de “Don Fede”, como le decían todos, era una especie de salón de juego, cantina y verdulería; por las tardes solía sentarse en una mesa de fierro de “la corona”, barajeaba sus viejas y sucias cartas, hasta que llegaran sus oponentes. Le hacían el juego a sabiendas de que él siempre ganaba; a cambio tendrían varias rondas de mezcal gratis, insultos y escupitajos en la cara.

Si se le daba la gana, castigaba a quien perdía, haciéndolo beber sin parar toda la botella de mezcal mientras él reía escandalosamente, o tenía la osadía de disparar balazos en los pies a quien le había hecho trampa según él. Todas las tardes era lo mismo, excepto aquellas en que se fingía enfermo y mandaba llamar a Marinita la enfermera. Ella ya sabía, Don Fede se bajaba los pantalones, se acostaba y justo cuando le enterraría la aguja en la nalga, el se volteaba, la jalaba y la obligaba a tener relaciones sexuales; a cambio Marinita recibía una canasta con víveres y un manojo de billetes arrugados que extraía de una lata de “sal de uvas picot”.

Tenía nueve hijos, no con Marinita, por supuesto, todos eran producto de su abuso y del capricho que en su momento se presentó; nunca los reconoció porque alegaba que él no podía tener hijos, que le querían ver la cara de tarugo. Su difunta esposa, Doña Georgina, no se los había dado, mismo por lo que un día se quitó la vida tomándose un montón de vidrios. A diario la insultaba por no poder embarazarse; muchas veces la dejó afuera de su casa con el puro camisón, aun cuando estuviera lloviendo.

Nunca aceptaba ser padrino de nadie, anteponía su alcurnia, alegaba que no podía rebajarse a decirse compadre con un indio “pata rajada”, mucho menos “a pisar los chiqueros donde viven”. No obstante, el día del festejo mandaba “algo”, para que “mataran su hambre” decía; eso sí, se los recordaba cada que los veía.

“Si no les hubiera mandado esos refrescos y esa comida, ¿qué hubieran hecho?” Y soltaba la carcajada estruendosa, los dejaba sin palabras.

Pero bien, terminemos con la historia de este gandalla. ¿Quién se habría atrevido a darle tan terrible muerte? Nadie, él solo se ahorco, fue sarcástico hasta consigo mismo, una risa diabólica se podía ver en sus labios. La sorpresa fue mayúscula cuando encontraron una carta póstuma y la leyó el cura ante todos:

“Me voy con mi pecho rebosante de alegría. He comido, he bailado, he tomado y disfrutado cuanto se me ha dado en gana, pero también me he cansado de tanta mediocridad, de tanta hipocresía, me he cansado de humillar y no recibir reclamos, me he cansado de golpear y no recibir un solo rasguño; los he maldecido y sobajado con las peores injurias a todos y nadie se ha atrevido ni siquiera a mirarme de frente.

Me voy consciente de que su hambre es mucha, de que su cobardía es inagotable, pero me voy con la miserable esperanza de que un día me odien y se atrevan a vencer no sólo el hambre de sus estómagos, sino el hambre de su podrida alma. Comprueben lo feliz que soy de morir, no habrá rictus de dolor en mi cara, verán qué hermosa sonrisa puede producir un hecho que con valentía es decidido. Sin embargo dispongan de todo lo que dejo…”.


Se fueron retirando uno a uno de los habitantes del pueblo, el cadáver quedó solo, como también sarcásticamente lo habría deseado Don Federico; nadie dijo nada, morían de vergüenza.

martes, 16 de abril de 2013

A chingar, a chingar que el mundo se va acabar


por  B. Varglez 

Desde que el hombre existe sobre la faz de la tierra, ha visto el modo de ponerse en la madre solo, es algo en lo que el ser humano no necesita ayuda; siempre busca el modo de acabar con él y con todo lo que le rodea. Tenemos ese sentido de superioridad que nos da tal vez el poder del habla y el raciocinio, con el cual a veces dejamos mucho que desear, pues nos comportamos como verdaderas bestias de siete cabezas descritas en las fantasías griegas más maravillosas.  

Todo lo que se encuentre a nuestro paso y nos estorbe, la solución es arrancarlo de raíz. Uno de tantos ejemplos es la mancha urbana en este país y en muchos otros que cada día crece y crece más, secando lagos, acabando con bosques, áreas de reserva natural y santuarios, para crear enormes complejos habitacionales que en su mayoría carecen de áreas verdes, de agua potable, espacios reducidos mal diseñados donde si metes el closet, te tienes que salir tú, y de pilón mal hechos pues ocupan materiales baratos.

Otra forma que el ser humano ha encontrado para darse en la torre al paso de los años, ha sido a través de las guerras. La Primer Guerra Mundial, donde murieron más de nueve millones de combatientes a causa de la lucha por el poder, por el territorio y por el imperialismo europeo. Ni qué decir de la Segunda Guerra Mundial, donde la humanidad quedó marcada y no me refiero al punto de vista de devastación, me refiero a que nos tenemos que seguir recetando las secuelas del “holoca$h” (como dice un conocido), porque a raíz de ese hecho muchos transformaron el odio, el miedo y la tristeza en redituables ganancias.  

Y ya en el tema de las guerras, qué tal el chiste coreano, donde la novedad no es que las dos coreas estén en pleito, llevan años haciendo su show; el problema generalmente en estos meses es el desarrollo de prácticas militares que Corea del Sur lleva a cabo en conjunto con EU, y Corea del Norte protesta porque las ve como amenazas y reacciona ante esto.

La novedad en este momento es el grado de tensión diplomática generado por lo regular provocada por los “güeros”, que, como acostumbran, tiran la piedra y esconden la mano; aparte de que pues sí hay modo de hacerla de pedo, porque la distancia entre las dos coreas -para darles una idea- es como la que existe entre Jalisco y Vallarta, o sea, nada, y pues qué tal que en una de esas acaben salpicados con un misil de prueba. 

Un detallito más es el terrorismo, donde, como en la guerra, se llevan de paso a personas que ni al caso, a ciudadanos de a pie como ustedes, como yo. El caso más reciente lo vimos ayer lunes con las explosiones en la Maratón de Boston, dejando un par de muertos y como 60 heridos, ¿y todo por qué?, para darle sus estate quieto a un país que se siente el dueño y juez del mundo, Estados Unidos de Norteamérica.

¿Quién fue? ¡Uta madre!, sepa la chingada, son los más odiados del planeta, así que no falta quien les quiera dar una de cal por las que van de arena; el pedo: como siempre, los que ni la deben, ni la temen.  

Es así como el planeta tierra ve en su día a día cómo nosotros, el mayor depredador de la historia, acabamos, como he dicho, con todo aquello que tenga vida. Las armas ya ahora no son solamente pistolas, cuernos de chivo, metralletas, cañones, etcétera, no, ahora hasta bacteriológicas creadas con productos tóxicos o incluso organismos vivos, con la finalidad de matar, "discapacitar" o incluso quién no nos dice hasta llegar a la mutación por muy fantasioso que esto llegará a sonar.  

Tal vez algunos de ustedes, mis estimados, han visto The Walking Dead. Lo aceptó, suena a peyote y una mega-jalada eso del apocalipsis zombie, aunque dándole una analizada, el menos de los problemas, como la misma serie nos deja claro (y que por ello me intereso), son los mentados zombies, a los cuales se les mata hasta de un trompón bien dado en la cabeza; el mayor problema que la humanidad tiene aun en esos momentos de terror, desesperación y muerte es, ¿adivinen quién?, la misma humanidad.  

No se la perdonan unos a otros y terminan matándose por el territorio, por la comida, por el agua, por el poder, y regresaremos a lo que en un principio fue la creación del mundo como lo conocemos, donde el hombre era bárbaro… y aun no ha dejado de serlo, sólo cambió el taparrabos por traje y corbata. Lo vemos hasta en algo tan simple y tonto como en el Metro, donde unos a otros se avientan por ganar un asiento. 

Parece que no podemos entender y aprender de las tragedias que la historia universal nos presenta, seguimos cometiendo los mismos errores. Por eso cuando la tierra se revela ante nosotros con sismos, inundaciones, explosión de volcanes, entre otros cocteles, resultados del calentamiento global, no queda más que aceptar que tiene toda la razón en hacerlo.

Nosotros somos los que hemos alimentado ese dragón que terminará tragándonos y eructándonos, porque vaya que le estamos cayendo de empacho, y merecido lo tenemos.   

jueves, 28 de marzo de 2013

La Cécité

Por: La Mort D'une Lune.

Censuraron el paisaje de mis ojos, de esos que podía mirar tan palpablemente, ahora  no distingo ni los colores de los aromas, ni la presencia tan simple de un ángel o un demonio. Es como vivir en una profunda ceguedad, en la cual los sonidos astrales de las esferas estelares te guían y guían tus pies, y ese tintineo casi imperceptible e invisible para los oídos se hace cada vez presente. La Dama de Plata me intercepta de inmediato con ese canto tan suyo, sentada cada noche en ese mismo lugar esperando a que le mire.

Si censuraron mis ojos, ya paisajes no puedo ver, pero aun así puedo ver y sentir con mis oídos, pues son la segunda ventana de mi alma. Podré vivir sin ver, pero ¿dejar de escuchar los cantos astrales? Si fuere así tal vez la vida monótona me sepa a nada.

El sonido del silencio besa mis oídos, puedo desde aquí, sentada encima de la nada, apreciar que hay cierta armonía en ese silencio que no se compara con ningún paisaje que mis ojos hayan apreciado alguna vez jamás; puedo escuchar lo divino de la Falsedad y la Mentira que de las personas discurren como agua, ese sonido tan agridulce y fascinante que de alguna manera seduce y se convierte en hostilidad y amargo que alimenta a los despechados.

Nada, nada tan tranquilo como el escuchar las flores ondeándose y bailando al compás del viento….mismo viento que se lleva las palabras y promesas de eternidad e ilusión  que un día se aferraron y echaron raíces, raíces débiles.

Nada como el sonido mudo y aterrador de una desconfianza que crece primero desde las paredes de los pensamientos que las mismas personas crean para martirio de sí mismos, y que a la vez intentan desechar.

He aprendido a escuchar el corazón perturbado de dos estatuas amándose y odiándose y probablemente sea aquél su único romance antes de que sean destruidas por el paso del tiempo o por las manos del hombre; pero también puedo escuchar los gemidos aterradores de las enfermedades que anidan las personas en sus entrañas, mientras ellas mismas, pacíficamente, sin darse cuenta de nada, se disponen a disfrutar lo poco que les queda de vida y lentamente va llegando la desesperanza y un lecho con mortajas frías.

Si he perdido la vista, no puedo apreciar ni los paisajes, ni la belleza de los colores, ni las flores… a cambio puedo percibir los sonidos mudos que el mundo deja fluir delicadamente; así puedo entender en silencio, el devenir de las cosas, realidad que no puedo cambiar casi nunca, o que simplemente tengo que aceptar tal cual y dejar que venga a mí.

Así que no me arrepiento de ser una persona ciega a la cual le arrebataron la dicha de ver, porque aún puedo ver con mis oídos.

martes, 12 de marzo de 2013

Enfermedades que matan


Por: Martín Soares.

La semana pasada mi exmujer me telefoneó. Era sábado en la tarde, veía la televisión, cuando escuché el teléfono sonar. No me gusta atender las llamadas, por lo regular dejo que pique y repique el teléfono hasta que se cansen. Está ocasión no se cansaron.

Al levantar la bocina me sorprendió escuchar su voz. Me saludó con un “hola, Martín”, como si el tiempo no hubiera pasado, como si se hubiera ido por la mañana al trabajo. Con esa misma confianza le respondí, total, la conozco de muchos años y sus últimas aventuras ya me tienen sin mucho cuidado.

Luego del saludo, de inmediato soltó el porqué de la llamada. Su novio la había mandado al carajo. A mí no me importa su vida actual y no sabía por qué me hablaba. Nunca le conté de mis aventuras amorosas, ni siquiera la busqué para felicitarla el día de su cumpleaños o navidad o año nuevo. Nuestra relación se terminó y se terminó. Aunque un par de veces nos vimos para tener sexo.

Cuando la conocí, alrededor de los dieciocho años, el sólo hecho de verla me ponía la tranca dura. Desde esa edad comenzamos nuestras aventuras sexuales. Lo hicimos en todos los lugares que visitamos. En cada rincón de la casa de su madre, de mi madre y luego en la nuestra. Sin investigar posiciones sexuales, practicábamos un gran repertorio. El sexo fue lo mejor del matrimonio. Estábamos hechos para eso.

Cuando me anunció que se iba con otra persona no tuve tiempo de sentirme mal. Realmente siempre he evitado tener tiempo para preocuparme por tonterías. El amor es una mal con el cual el hombre debe convivir para crecer. Exactamente igual que las enfermedades.

Después de contarme su reciente rompimiento, comenzó a rememorar nuestra vida pasada. Extrañaba, supuestamente, muchísimas cosas. Los desayunos en la cama, la güeva dominguera, los viajes al pueblo de su abuela, las visitas a casa de mi madre. Casualmente estos mismos tópicos los había esgrimido cuando se fue, esas visitas, esos días de flojera la tenían harta. Ella quería conocer el mundo, y compartir el tiempo con un sedentario no le satisfacía.

La escuché por respeto y porque le tengo un gran aprecio. Me ayudó mucho en los momentos difíciles y compartir un pedazo de vida con otra persona siempre genera ese sentimiento. Sólo asentía a sus remembranzas, no aumentaba más datos porque sabía, muy dentro de mí, hacia dónde iba.

Veinte minutos después del soliloquio llegó a inquirir sobre mi presente. Le comenté que todo seguía igual. Que no soy un hombre interesante. Que no intento modificar muchos mis hábitos. Que mis amigos seguían ahí y mi trabajo y mi familia, en general mi vida estaba igual. También, de manera indirecta, me preguntó si tenía alguna relación sentimental. Le dije la verdad.

No había vuelto a enamorarme después de ella. A quién le gusta enfermarse una y otra vez, sólo a un masoquista. El amor, repito, es una enfermedad que forzosamente debemos experimentar al menos una vez en la vida. Depende de nosotros si deseamos continuar cayendo en lo mismo una y otra vez o cuidarnos para no pisar el terreno de las dolencias crónicas.

Me gusta el enamoramiento. La gripa antes de la pulmonía. En éste es posible disfrutar la vida sin preocupación, sólo con precaución. Se va a tientas buscando el placer de caer rendido a la cama, de soñar que el día de mañana será mejor a base de un beso, de un poco de sexo; de los antibióticos para no llegar al punto máximo de la enfermedad. Lo que pase después es responsabilidad de cada uno.

Mi exesposa me dijo que seguía siendo el mismo lindo y raro sujeto. Tenía ganas de verme para platicar con una taza de café y un par de cigarros. Le comenté que la siguiente semana tendría un día libre. No saldría con los amigos ni iría con mi madre. Acordamos que llegaría a mi casa a las ocho de la noche para ese café.

Le colgué y continué haciendo mis cosas. Vi la televisión otro rato más y luego me dispuse a salir a caminar un poco por el parque. En ese recorrido entendí que mi exesposa estaba desesperada. Me buscaba para encontrar un poco de consuelo… de sexo. No me podría negar a su decisión ya que siempre tuvimos excelentes momentos en la cama.

Los dos estamos hechos para el sexo. Nos entregábamos de una manera especial y única que con otras parejas, al menos yo, nunca he logrado alcanzar. Lo mejor será disfrutar el momento que se avecina. Tomarla como una enferma que va en busca de un remedio. También necesito un poco de medicina contra esta vida que cada vez me patea los cojones con mayor fuerza. Nos encamaremos y esperaremos el resultado. Nunca está de más sudar un poco para aliviar el maltrecho organismo.   

miércoles, 6 de marzo de 2013

Bragas rojas


por P.I.G.

Odio las bragas rojas, las detesto, podría decir que hasta ronchas me salen en la piel cuando estoy cerca de ella, y, créanme, no es casual ni gratuito mi desprecio a ese color.

Por principio de cuentas, y para que no empiecen a formarse ideas desequilibradas, debo dejar en claro que no tengo nada en contra de la ropa interior femenina, al contrario; es más, podría tolerar, con sus considerables reservas, un sostén rojo… al fin y al cabo lo que cubre (o trata de ocultar) no es sino el primer alimento de todo ser humano, y francamente los senos de una mujer me son imprescindibles hasta cierto punto; no así lo que cubre (o trata de ocultar aún más) una braga.

Y es que ya lo decía el primer diálogo de la gran Taxidermia: “la vagina mueve el mundo”; la vagina le da movimiento y suerte a este apuntodeextinguirse planeta, y por ello una braga bien podría considerarse la puerta de entrada a este apuntodeextinguirse planeta, es la llave que echa a andar el motor con el cual el apuntodeextinguirse mundo es capaz de moverse.

Pero una ropa interior, justo en ese lugar, color rojo, es por principio de cuentas un "detente y piénsalo dos veces". Llámenle manía, fijación, anti-fetiche, carencia de raciocinio sexual, lo que sea, pero la vida me ha colmado de tan malas experiencias con las bragas rojas (quizá a ello se deba mi repulsión), que toda clase de momentos sexuales se desploman tan pronto hurgo debajo del pantalón de una mujer y me encuentro… ¡oh, Dios santo!... con ellas, las jodidas bragas de color rojo.

Y vaya que el destino te jode cuando así se lo propone, pues en mi vida me he topado con muchas de ellas, aunque al decirlo se me tilde de presuntuoso, lo cual en mi estado ya me importa un carajo.

La primera vez que vi un calzón femenino rojo fue cuando niño, en la casa de mis tías; calzones rojos por todos lados: en el tendedero, en las llaves de las regaderas, sobre la mesa, en la tabla de planchar, ¡arriba del televisor, puta madre!, o en la cama perfectamente doblados y bien acomodados, eso sí, al lado del bra rojo, que, repito, ni me viene ni me va.

Pensar en los viajes que mis tías hacían para surtirse de una línea completa de trusas rojas, me hacía pensar en sus rostros degenerados al observarlos en el aparador, al medírselos sobre la ropa frente al espejo, al comprarlos y, una vez en casa, sin descaro alguno, ponérselos para ver “qué tal quedan”, situación que, estoy seguro queda de manifiesto, a más de uno dejaría perplejo.

Esas cuatro situaciones me tocó vivirlas, las primeras dos porque acompañé a las hermanas de mi padre de compras a una boutique exclusivamente para mujeres, y las segundas dos porque (la aversión siempre va acompañada del morbo) se me ocurrió asomarme justo cuando se las medían en su habitación. Sí, lo sé, tan pronto asomé la vista aprendí la lección.

A partir de aquel momento el rojo dejó de ser un color significativo para mí; no representaba el amor, ni el respeto, la abundancia o el erotismo, sino la sangre, pero no la sangre de las banderas, ni esa sangre que abunda en el mundo gore, no… sino la sangre de la feminidad...

Mi primer contacto sexual (a los pocos años de edad, para no entrar en detalles), además de todo lo aparatoso que pudo ser, se vio eclipsado por una eyaculación obligada, por una cuasi violación de la niñera y por ese maldito calzón rojo (grande como un mantel de comedor), que si bien no dejó de pasar a segundo término (porque lo importante era mi inmediata entrada a las filas de los no vírgenes), sí provocó que más que recordarla con beneplácito, la recordara con tristeza y aversión… o con nostalgia infantil tal vez.

Conforme fui creciendo, mi hostilidad no hizo más que crecer, ora porque las vecinas colgaban sus ropajes interiores a la luz del mundo en la azotea de sus casas, como si de izar una bandera se tratase; ora porque mis compañeros de escuela decían que quien utilizaba bragas rojas era para evitar que “esos días” se evidenciaran con manchitas incómodas; ora porque la maestra de Historia de México llevaba bajo sus sábanas en forma de falda unos horribles calzones rojo carmesí, que no me pregunten cómo es que alcancé a ver en más de una ocasión.

Al pasar los años me topé con que en Navidad y Año Nuevo las personas acostumbraban hacerse de unos buenos calzones rojos, dizque para atraer la abundancia con el año entrante o sólo para hacerle segunda y juego a las flores de Noche Buena.

Imaginarme que en esas fiestas más de uno de mi familia portaba orgulloso su trusa, comprada horas antes con absoluta desesperación en el tianguis, me obligaba a abandonar la reunión y encerrarme en el baño o en mi habitación, eso sí, con unas cubas y los cigarrillos de papá ilegalmente adquiridos… era un rebelde medianamente pendejo, pues.

Muchas de las novias a las que tanto quise, dejé de querer al enterarme que al menos entre su colección de calzoncitos había un incómodo color rojo. Ni modo, era una manía obsesiva que no dejaba de causarme conflictos cuasi existenciales.

Al entrar en el mundo del alcohol y las drogas agresivas y los días de jüerga consecutivos, conocí a muchas mujeres, de las cuales no tengo malos recuerdos. Tal vez el alcohol y las sustancias nocivas desprendieron poco a poco esa hostilidad mía hacia tan peculiar complemento femenino, no sé.

Pero como nada dura para siempre, ni las drogas, ni el dinero, ni el olor de los hoteles, había que ingeniárselas para seguir la diversión sin dar marcha atrás. Mis dotes improvisados de amante me permitieron hacerme de una enriquecida lista de admiradoras que cambiaban el sexo por unas cuantas dosis de pastillas que seguramente los médicos y las dependientas de farmacias comerciales conocían a la perfección. Es cuestión de decir que se trata de drogas europeas o asiáticas y traerlas siempre en bolsas de plástico metalizado; todo lo ilegal viene en bolsas de plástico metalizado, sino vean los condones.

Dada mi repulsión por las trusas rojas, me vi en la necesidad de buscar mujeres ahí donde sabes que jamás una mujer puede utilizar calzones rojos: en los hospitales y escuelas de enfermería. Claro, sabes que ni por dinero lo harían a menos que quieran evidenciar el color de su ropa interior, y esas situaciones, hombre, se deben aprovechar al máximo.

Conciertos de rock, antros, bares, puteros, funerales, iglesias, retiros, partidos de futbol, óperas, teatros, cines, etcétera, etcétera, etcétera, completamente descartados. Prefería perderme la oportunidad de dormir acompañado, antes que encontrarme con ese vomitivo color en medio de las piernas de mi acompañante.

Mi escasa buena suerte (como muchas cosas que escasean en mi vida) terminó cuando me topé con una mujer, que al principio parecía serlo, con calzones rojos. El elevado nivel de anfetaminas me impidió hacer uso de mis facultades al cien por ciento, por lo que una vez entrados en calor no me importó toparme con una braga roja, muy roja… mierda, es que en verdad era roja.

Al tratar de ir más allá de lo que alcanzaba a ver, debajo de la cremallera me topé con un miembro descomunal, con proporciones nada humanas, muy bien disimulado, eso sí, por la liga que lo mantenía fijo al cuerpo, lo que en un principio me impidió advertirlo a distancia.

El trauma fue tal que las drogas perdieron su efecto para posteriormente bajarme de la nube y hacerme entrar en razón nuevamente y toparme con esa estampa desagradable, no el miembro descomunal (que, insisto, vaya que lo era), sino con el calzón rojo… rojo como la sangre que recorría aceleradamente mi cuerpo y me subía a la cabeza, inyectaba mis ojos y me llenaba de ira.

Lo que ocurrió con la mujer (que no era) sólo lo sabe quien encontró el cuerpo casi desfallecido por lo golpes que le propiné, lo mismo con las armas que a mi paso encontré, que con mis propias manos… 

El trauma volvió, se metió en mí, me hizo recordar mi odio hacia el rojo en la ropa interior femenina; volvieron a mi mente mis tías en el espejo, las niñas con rojos calzones, la niñera depravada, la bandera comunista, cuya hoz y martillo fueron bordadas sobre una braga roja… ja ja ja no tanto, pero nada más faltaba.

Desde entonces no he vuelto a saber de las drogas, ni del alcohol, ni de las mujeres por temor a encontrarme con mi rival. He buscado ayuda profesional, y ni el señor psicólogo, ni el sacerdote, ni el rabino, ni los chamanes de la sierra han podido arrancarme esa repulsión.

Ahora pues estoy aquí en la habitación que me corresponde en este hospital; no es una galantería, pero las paredes acolchonadas vaya que son suaves como la piel de una ninfa. He procurado hacer un espacio entre ellos para que, tú sabes, necesidades fisionómicas. 

Es lindo estar aquí, aislado de ese puto mundo que cada vez huele peor… lo único malo de mi estancia aquí es cuando viene esa gorda y asquerosa enfermera que me alimenta y que (sé que lo hace muy a propósito) siempre usa tanga roja.