Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 9 de abril de 2014

Un rompecabezas nada más


por Pep

Despacio, despacio me matas mientras buscas los lugares precisos del momento. De frente, de frente te tengo y es entonces cuando nada importa y poco nos inquieta lo que pase alrededor nuestro.

Tu mano extendida, como quien presenta una invitación cortésmente, extendida buscando la mía, y una vez que se encuentran tu boca ya está cerca, cerca de la tuya, cerca de sentir tu respiración, cerca de sentir tus besos, cerca de probar tu boca, tu lengua, tus besos; esos besos que te delatan, que me incitan, que me llenan y me dejan con ganas de más, siempre más.

Y es entonces cuando nos quitamos la ropa, y mis manos ya no tiemblan y tus manos ya no temen. Me pegas a ti y puedo sentir lo excitado que te encuentras, y sientes en mi pecho las ganas que provocas. Y queda el cuerpo expuesto a la vista, la ropa en el piso, en el tocador, en la silla, en el sillón… Hemos dejado en el piso el camino recorrido para llegar hasta tenernos de frente y desnudos. No hay frío ni calor, sólo estamos los dos, solos también; hasta las sombras se han ido.

Y pudo ser un evento programado, pero nunca seguimos los pasos ni las órdenes, así de testarudos somos, así de bien nos entendemos. De pie y de frente, ya sin ropa, mi mano se encuentra con tu sexo y entonces juego: juego con tus ganas juego con tus deseos, juego con lo que te hace vulnerable y te gusta… Tú, tú buscas los rincones en donde tus dedos puedan entrar. Quieres hacerme blanco fácil de tus impulsos de tenerme así de cerca, así de natural, y los hallas, y los metes y me tienes, literal, en tus manos, pero yo busco tenerte en algo más, en mi boca, por ejemplo.

Y sigue la lucha de tus demonios complacidos por los míos, y los besos no paran, no queremos que acaben; y tus manos en mi cuello, en la espalda, en el pecho, en las nalgas, tus manos recorren mi cuerpo y quieren más, y yo también. Entonces decides que es el momento en el que tus manos sitúen mi cabeza a la altura de la situación. Bajo poco a poco mientras un camino de besos te recorre el pecho hasta llegar debajo de tu ombligo; “una cuarta más abajo del ombligo”, diría el buen Armando Palomas. Y qué razón tiene, pues es justo “una cuarta más abajo del ombligo” en donde encuentro lo que tanto te gusta y lo que disfruto.

Y sientes cómo siento lo que entra y sale de mi boca, lo que te gusta sentir, lo que te gusta que haga, y es lo que más disfruto, pues si tú eres el que más siente y disfruta, yo me entretengo con el placer que me da el dar placer con la boca, con la lengua, con nuestras ganas.

Y disfrutas y disfruto, de eso se trata, de amarnos y amarnos, con una m al principio; de disfrutar el cuerpo que desnudo aprecias y aprietas, de que no tengamos pudor, de que las normas de lo social no nos impidan llegar al momento especial de tal evento. Me detienes, nos recostamos un poco y seguimos con la boca, la lengua y tu excitación. Es indescriptible lo que siento cada que te contraes al meterlo en mi boca, es incomparable lo que veo cuando levanto la cara, es magnífico lo que tus ojos dicen que estás sintiendo.  

Y viene el momento en el que empieza la función, se abre el telón y con él mis piernas; me coloco de una manera que ambos disfrutemos, pero yo controlo, y te gusta lo que ves, y te gusta lo que hago, pero más disfrutas lo que grito.

Seguimos así hasta que llega el momento de desconectarse, ese momento en el que tu sonrisa confirma lo que siento al tenerte dentro, ese orgasmo impredecible, incluso hasta tierno; y es justo esa ternura la que nos demuestra que hay algo, algo que no se explica, que no se cuestiona, pero que nos hace sentir y pensar, esa ternura de mi edad y esa galantería de la tuya, pero al final no importan las edades, ni los orígenes, importa el tenerte así, el que me tengas ahí, arriba, moviéndome, gritando, sintiendo y, ¿por qué no?, queriendo siempre más.

Entonces el momento de que termines se hace presente. De espaldas a ti ya estoy, empiezas a moverte de manera precisa, y el momento se acerca y lo siento en tus manos, en tus movimientos, en tu respiración, y es lo que me gusta, que sepamos lo que ambos queremos, incluso cuando no lo digamos.

Es parte de lo que implica ser el complemento perfecto, y me atrevo a decir “complemento perfecto” porque no tenemos términos ni condiciones, no hay contratos; lo único que nos tiene ahí es el sentirnos bien, acompañarnos cuando las cosas están difíciles, “querernos” con nuestros tiempos y espacios, con nuestras platicas e incluso con nuestros líos amorosos.

Y llegas y (te) viniste, y me siento bien, porque podrás tener todo y podrán darte mil cosas más, pero esos momentos nadie los iguala, nadie no los quita, nadie los reemplaza. Entonces ya recostados y más relajados hablamos, nos miramos, no decimos nada, sólo risas, las manos inquietas aún, y hablamos, como si nada, como amigos, como si nadie nos esperara.

Y es el momento en que ves de pies a cabeza (literal) mi cuerpo bocabajo, dices que soy pequeña, yo creo que eres más alto de lo que crees. El tema es cualquier niñería que se nos ocurra: hablamos como dos amigos que se encuentran en la calle, que se saludan con un beso en la mejilla, por decir mucho, que se sonríen y que en los ojos se delata el trato.

Llega el momento de salir, de vestirnos, de dejar esos momentos para un café, para una llamada, para un mensaje. Te levantas, me obligas a hacerlo, levanto el camino de ropa que hemos dejado en el cuarto; las piezas de un rompecabezas empiezan a acomodarse, pero siempre faltan dos, las dos piezas para que el cuadro quede completo, formado por todo lo que nos hace, lo que nos tiene y lo que nos completa.

Pero deberán esperar esas piezas, no tenemos prisa ni términos que cumplir, así de libres, así de locos, así de bien estamos.

Salimos juntos. En la calle nos despedimos como dos amigos que se encontraron, la despedida viene acompañada de un beso en la mejilla y una sonrisa indiscreta. No hablaremos en días, semanas quizá, pero es lo perfecto de una amistad a la que a veces le sobra la ropa y le faltan tiempos, es lo inusual de un rompecabezas al que siempre le faltan las mismas dos piezas.



jueves, 12 de diciembre de 2013

Imperfección

por Amethyst

Marcela caminó entre los pasillos de la tienda un poco más relajada y un tanto pensativa. Ya había reunido en el carrito todo lo que necesitaba para la despensa, sin embargo sabia que le sobraría un poco de dinero, el cual no quería gastar en más “calorías” o en ofertas engañosas de productos que no necesitaba. Se desvió del pasillo de carnes frías y del de galletas y chocolates, caminó deliberadamente por el pasillo de bebés; la ropita y los pañales no le llamarían para nada la atención y sí la conducirían a los de la ropa para “dama”.

Sus ojos se agrandaron cuando descubrió que todos los calzones y sostenes eran de color rojo, amarillo y dorado; un golpecito en el corazón que retumbo hasta su estomago le recordó que estaban próximas las fiestas de fin de año. ¿Cómo lo pudo haber olvidado? Pero si apenas estamos en los primeros días de noviembre.

Desilusionada por comprar algo bonito empezó a descolgar uno y otro para revisarlo. De hecho ya no tenía ganas de comprar ropa, “pero esto duraría toda la temporada, de aquí hasta que termine el año”, pensó para sí, Entonces por qué no comprar algo, por qué no seguirle la corriente a todos, por qué no estar feliz de ponerse “rojo en la Navidad y amarillo en año nuevo”. ¡Qué flojera! Sonrió burlonamente y replico: “lo haría si alguien los admirara y me los quitara”.

Un timbre discreto de su celular la sacó de sus pensamientos perversos, era el número de su madre que ya le había llamado seis veces en una hora de estar en la tienda. Apresuró el paso y buscó la fila menos saturada. Aun cuando quiso poner atención a la empleada en toda la letanía de preguntas que le emitió “¿encontró lo que buscaba?, ¿desea hacer una recarga?, ¿redondea sus centavos?”, se limitó a contestar “no”, pagó rápidamente y tomó las bolsas para dirigirse a su auto. El celular sonó nuevamente y esta vez contestó irritada a la llamada.

Sintió un gran alivio cuando introdujo la llave en la puerta de su apartamento, al fin podría comer algo y descansar antes de volver al trabajo. Con el rabillo del ojo se percató que la vecina de enfrente había colgado ¡ya! una corona con muñequitos y escarchas brillantes con la frase cursi de ¡let it snow! Nuevamente sintió el movimiento del estómago, una especie de cólico repulsivo con un toque de intolerancia.

Puso música como todas las veces que comía, le agradaba disfrutar cada bocado de comida; en realidad se sentía plena y a salvo en ese lugar donde cada detalle, cada mueble, cada utensilio había sido cuidadosamente seleccionado por ella. El trabajo en la Secretaría de Hacienda le había redituado esas comodidades que no cualquiera podía darse; sabía que había vendido su alma a ese empleo, cada día desde muy temprano la absorbía, tres horas para comer y otra vez hasta muy entrada la noche regresaba a su refugio.

Cansada de dar explicaciones de su estado civil “sola”, se limitaba a contestar: simplemente no existe el hombre perfecto para mí. Ya algunas de sus primas y familiares cercanos le habían llamado lesbiana en varias ocasiones, pero eso no le importaba, sabía que la envidiaban y por lo mismo evitaba tener contacto familiar alguno, incluyendo a su madre, que pensaba casi igual. 

El hombre perfecto no existía, aquél a quien amaba era tan imperfecto como la  vida, como la sociedad, como la Navidad. Vivía en cada latido de su corazón, inundaba cada pensamiento en la mente de Marcela, respiraba por cada poro de su piel, cada acción de todos y cada uno de los días del año eran en torno a él.

Y es que era imposible no amar a alguien así, lo había esperado durante tanto, lo había buscado en cada rincón que visitaba. Cuando se conocieron fue un choque de trenes, desde la primera vez que se miraron no dejaron de hacerlo con la misma pasión y deseo siempre. Decidió amarlo porque aquel hombre que pertenecía a una familia, que tenía hijos y una esposa amorosa le desnudaba el alma con sólo mirarla. Sólo él la ponía nerviosa con aquellos ojos claritos como la miel, profundos y seductores, que la hacían perder el aliento.

Tuvieron contacto dos veces por semana durante un año, él proveía los materiales de papelería a la secretaría, con ella tenía que ver lo de los pedidos y recepciones de dichos materiales. La relación comercial permitió que intercambiaran sus historias de vida, ambas rutinarias y vacías, ambos esclavos del capitalismo y la simulación de sentimientos, siempre bajo la mirada atónita de quienes no entendían el porqué de las carcajadas de Marcela con ese hombre. Ella que siempre había demostrado una pulcritud y seriedad inamovible. Nunca se vieron fuera del trabajo, había llamadas, mensajes, promesas y miradas, sobre todo miradas.

Cuando lo removieron del trabajo, Marcela lo buscó desesperada, le mandó miles de mensajes diciéndole que no le importaba que estuviera casado, que… le entregaba su vida. Nunca hubo respuesta.

Es Navidad, se escuchan las risas alegres, la música guapachosa que nunca ponen los del 303 porque ellos compran en “Zara”, pero hoy se lo permiten porque es “Navidad”. Hay que estar alegres, en el teléfono hay cantidad de llamadas de la madre de Marcela. Ni loca iría a cenar con su familia,

Acostada con las luces apagadas, una copa de vino tinto en la mano derecha y la otra acariciando su cabello, suspira, se imagina cómo será la cena de navidad de Enrique; el recuerdo de esos ojos que la seguían cuando ella caminaba hacia el escritorio contiguo, el roce de sus manos cuando intercambiaban documentos, el beso rápido sin cerrar los ojos para ver cuando alguien viniera, todo eso que ella habría escogido minuciosamente para tener una relación.

Hace frio, sin embargo Marcela decide quitarse el fino vestido que compró hace tiempo para una conferencia, lleva los calzones y el sostén rojos que compró; se mira en el espejo, le agrada lo que ve: es una silueta delgada bien proporcionada.


Se acaricia las piernas y luego su cabello, se toca los pezones y lleva su mano a la vagina que esta húmeda y ansiosa de que esa mano fuese de Enrique.  Los movimientos suaves y sensuales le llevan a un orgasmo único. Entre sollozos y gemidos pronuncia un solo nombre. El cansancio y también las varias copas de vino que tomó la llevan a la cama; duerme profundamente y no alcanza a escuchar el teléfono que insistentemente llama, un mensaje aparece en la pantalla: “Feliz Navidad”.

miércoles, 14 de agosto de 2013

De penes y vaginas

Por: Mister Bastard.

Un pene y una vagina son las armas más poderosas y perfectamente compuestas y servibles que el mundo conozca. El miembro y el orificio han sido perfectamente creados (no sé por quién y me importa una verga), que, sin importar los tamaños de ambos, embonan a la perfección, y aunque cada cual tiene sus funciones, cuando éstos se juntan, el resultado, en la mayoría de los casos, es un orgasmo, expresión máxima de placer corporal.

Si alguien te viene con la chingadera de que no hay mejor orgasmo que el que provoca una droga intravenosa, mándale a la mierda, si no es intracorporal no es orgasmo.

Se dice que la vagina es el motor del mundo (más allá de la banalidad estúpida del dinero), pues en ese caso el pene es la palanca que permite que el engranaje del motor del planeta genere el movimiento. No puede haber una consecuencia sin una causa, y es la vagina la consecuencia del pene, lo mismo que su causa. Ambos se sirven para sí mismo y para con el otro.

Aunque en cuestión de formas son tan dispares, el pito y la panocha (o llámele como guste) representan lo mismo y sirven para lo mismo, no por nada la una sangra y el otro eyacula casi con la misma frecuencia.

Si, occidentalmente hablando, el pene fue hecho para dar placer y la vagina para recibirlo, de la misma forma el pene puede recibirlo y la vagina darlo, dependiendo siempre de la posición en la que ambos se encuentren, y en el contexto en el que los cuerpos poseedores se desenvuelvan.

Por ello, cuando una religión reprime el uso de estas armas como mero instrumento de placer, personal o compartido, se niega en principio la naturaleza de la virtud humana, mas no así su generación (una vida), lo mismo que sucedería recriminarle al árbol por ser árbol y no por los frutos que de él provienen.

No inmiscuirnos en el debate de la sexualidad del vocablo, de las expresiones y modismo de cierta región del mundo, nos permite la valiosa libertad de utilizar a la verga y a la panocha como mejor se nos plazca, como instrumentos de tortura y sumisión, como armas en la batalla a muerte llamada sexo, tal vez como figuras literarias o retóricas, o bien como necesarias acotaciones de sensibilidad humana.

Así, una expresión como la ya anteriormente mencionada, “me vale verga”, puede ser sustituida sin reparo por un “me vale pucha”; y en lugar de invitar al otro vulgarmente a que nos mame el pito, podríamos invitarlo a chuparnos la pucha. “Chúpame la pucha, tremendo hijo de puta”; dicha expresión no tendría porqué causarnos conflicto de género.

Al fin y al cabo, se use dentro de la expresión literaria o no, el pene y la vagina tienen un fin único e inamovible: la generación de la vida.

Y, perdónenme aquellos que pregonen las ideas homosexuales, pero nunca un pene y un pene podrán dar vida, ni un pene y un ano (aunque también embonen) podrán germinar un ser; mucho menos (no se alarmen, mis amadas lesbianas) una vagina y una vagina, con el ir y venir de los fluidos, concebirán a un nuevo miembro de la familia humana. De dildos mejor ni hablamos.

Ya que si lo que dentro de sus putas mentes retorcidas es una idea de genocidio mundial, y de esa forma detener el viraje de la rueda de la evolución y mantenimiento de la raza humana, pues continúen con sus actos lésbicos y homosexuales, que para eso existe la libertad y no soy quién para recriminarles algo.

Por ello, después de terminar este petulante examen de consciencia, vayan al baño o ahí mismo en sus pupitres bájense los pantalones y observen con belleza aquello que les cuelga o no entre las piernas, y sin reparo mastúrbense como quien se siente orgulloso de su cuerpo, eyaculen al de a lado o eyaculen sobre los símbolos espirituales que prohíben el placer de la carne.

Si tienen alguien con quien hacerlo, cójanse y disfruten de los dos cuerpos que ahora les pertenecen. Además de admirar el culo o las tetas de esa mujer, o los brazos y el abdomen de ese hombre, admiren su pito, su vagina. “Qué rica vagina te cargas”, “qué buen pito te cuelga”, y diriman diferencias existenciales con tan sabias pero simples expresiones.

Una vagina sirve para promover campañas de esterilización y detección de enfermedades (aplausos), sí, pero también sirve para orinar, para menstruar, para recibir un pene real o falso, una lengua, un dedo, una botella rota, una escoba, un zapato o un balón de futbol americano. Por ese orificio entra un puño y también puede salir un recién nacido.

Un pene sirve para promover campañas de esterilización y detección de enfermedades (aplausos), también para orinar, eyacular, para pintar… y ya. Ni pedo, punto para la pucha.

Pero no se trata aquí de ventilar frustraciones sexuales que por siglos han venido arrastrando los hombres y mujeres de todas las épocas; ni un pito es mejor que una panocha, ni una vulva es mejor que un falo. Así, los dos son igual de valiosos e importantes.

Pelear por ello es tan nefasto como lo es un falso orgasmo o un orgasmo de un cura masturbándose o teniendo sexo con un infante. A la mierda, esos penes no sirven, no deben salir de sus braguetas, y en dado caso de que así fuere, sólo deberían salir para ser guillotinados. Lo mismo una vagina que viola, porque las hay, y no deberíamos sorprendernos, aunque sí deberíamos juzgarlo, señalarlos y atrapar a esos hijos de puta, para luego penderles fuego y exhibirlos en las plazas.

En fin… si tienes un pene o una vagina (o extraordinariamente ambos), disfruta tu cuerpo, sólo tienes uno para darle en la madre de la forma en que tú gustes, sea con masturbaciones continuas, sea con sexo salvaje y sado, o simple y sencillamente arruinándolo ahí sentado viendo televisión.

Es tu puto problema, pero no olvides que si te lo digo es porque me pinche preocupa que haya más humanos matándose que cogiendo en este momento.