Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 9 de abril de 2014

Un rompecabezas nada más


por Pep

Despacio, despacio me matas mientras buscas los lugares precisos del momento. De frente, de frente te tengo y es entonces cuando nada importa y poco nos inquieta lo que pase alrededor nuestro.

Tu mano extendida, como quien presenta una invitación cortésmente, extendida buscando la mía, y una vez que se encuentran tu boca ya está cerca, cerca de la tuya, cerca de sentir tu respiración, cerca de sentir tus besos, cerca de probar tu boca, tu lengua, tus besos; esos besos que te delatan, que me incitan, que me llenan y me dejan con ganas de más, siempre más.

Y es entonces cuando nos quitamos la ropa, y mis manos ya no tiemblan y tus manos ya no temen. Me pegas a ti y puedo sentir lo excitado que te encuentras, y sientes en mi pecho las ganas que provocas. Y queda el cuerpo expuesto a la vista, la ropa en el piso, en el tocador, en la silla, en el sillón… Hemos dejado en el piso el camino recorrido para llegar hasta tenernos de frente y desnudos. No hay frío ni calor, sólo estamos los dos, solos también; hasta las sombras se han ido.

Y pudo ser un evento programado, pero nunca seguimos los pasos ni las órdenes, así de testarudos somos, así de bien nos entendemos. De pie y de frente, ya sin ropa, mi mano se encuentra con tu sexo y entonces juego: juego con tus ganas juego con tus deseos, juego con lo que te hace vulnerable y te gusta… Tú, tú buscas los rincones en donde tus dedos puedan entrar. Quieres hacerme blanco fácil de tus impulsos de tenerme así de cerca, así de natural, y los hallas, y los metes y me tienes, literal, en tus manos, pero yo busco tenerte en algo más, en mi boca, por ejemplo.

Y sigue la lucha de tus demonios complacidos por los míos, y los besos no paran, no queremos que acaben; y tus manos en mi cuello, en la espalda, en el pecho, en las nalgas, tus manos recorren mi cuerpo y quieren más, y yo también. Entonces decides que es el momento en el que tus manos sitúen mi cabeza a la altura de la situación. Bajo poco a poco mientras un camino de besos te recorre el pecho hasta llegar debajo de tu ombligo; “una cuarta más abajo del ombligo”, diría el buen Armando Palomas. Y qué razón tiene, pues es justo “una cuarta más abajo del ombligo” en donde encuentro lo que tanto te gusta y lo que disfruto.

Y sientes cómo siento lo que entra y sale de mi boca, lo que te gusta sentir, lo que te gusta que haga, y es lo que más disfruto, pues si tú eres el que más siente y disfruta, yo me entretengo con el placer que me da el dar placer con la boca, con la lengua, con nuestras ganas.

Y disfrutas y disfruto, de eso se trata, de amarnos y amarnos, con una m al principio; de disfrutar el cuerpo que desnudo aprecias y aprietas, de que no tengamos pudor, de que las normas de lo social no nos impidan llegar al momento especial de tal evento. Me detienes, nos recostamos un poco y seguimos con la boca, la lengua y tu excitación. Es indescriptible lo que siento cada que te contraes al meterlo en mi boca, es incomparable lo que veo cuando levanto la cara, es magnífico lo que tus ojos dicen que estás sintiendo.  

Y viene el momento en el que empieza la función, se abre el telón y con él mis piernas; me coloco de una manera que ambos disfrutemos, pero yo controlo, y te gusta lo que ves, y te gusta lo que hago, pero más disfrutas lo que grito.

Seguimos así hasta que llega el momento de desconectarse, ese momento en el que tu sonrisa confirma lo que siento al tenerte dentro, ese orgasmo impredecible, incluso hasta tierno; y es justo esa ternura la que nos demuestra que hay algo, algo que no se explica, que no se cuestiona, pero que nos hace sentir y pensar, esa ternura de mi edad y esa galantería de la tuya, pero al final no importan las edades, ni los orígenes, importa el tenerte así, el que me tengas ahí, arriba, moviéndome, gritando, sintiendo y, ¿por qué no?, queriendo siempre más.

Entonces el momento de que termines se hace presente. De espaldas a ti ya estoy, empiezas a moverte de manera precisa, y el momento se acerca y lo siento en tus manos, en tus movimientos, en tu respiración, y es lo que me gusta, que sepamos lo que ambos queremos, incluso cuando no lo digamos.

Es parte de lo que implica ser el complemento perfecto, y me atrevo a decir “complemento perfecto” porque no tenemos términos ni condiciones, no hay contratos; lo único que nos tiene ahí es el sentirnos bien, acompañarnos cuando las cosas están difíciles, “querernos” con nuestros tiempos y espacios, con nuestras platicas e incluso con nuestros líos amorosos.

Y llegas y (te) viniste, y me siento bien, porque podrás tener todo y podrán darte mil cosas más, pero esos momentos nadie los iguala, nadie no los quita, nadie los reemplaza. Entonces ya recostados y más relajados hablamos, nos miramos, no decimos nada, sólo risas, las manos inquietas aún, y hablamos, como si nada, como amigos, como si nadie nos esperara.

Y es el momento en que ves de pies a cabeza (literal) mi cuerpo bocabajo, dices que soy pequeña, yo creo que eres más alto de lo que crees. El tema es cualquier niñería que se nos ocurra: hablamos como dos amigos que se encuentran en la calle, que se saludan con un beso en la mejilla, por decir mucho, que se sonríen y que en los ojos se delata el trato.

Llega el momento de salir, de vestirnos, de dejar esos momentos para un café, para una llamada, para un mensaje. Te levantas, me obligas a hacerlo, levanto el camino de ropa que hemos dejado en el cuarto; las piezas de un rompecabezas empiezan a acomodarse, pero siempre faltan dos, las dos piezas para que el cuadro quede completo, formado por todo lo que nos hace, lo que nos tiene y lo que nos completa.

Pero deberán esperar esas piezas, no tenemos prisa ni términos que cumplir, así de libres, así de locos, así de bien estamos.

Salimos juntos. En la calle nos despedimos como dos amigos que se encontraron, la despedida viene acompañada de un beso en la mejilla y una sonrisa indiscreta. No hablaremos en días, semanas quizá, pero es lo perfecto de una amistad a la que a veces le sobra la ropa y le faltan tiempos, es lo inusual de un rompecabezas al que siempre le faltan las mismas dos piezas.



lunes, 10 de marzo de 2014

Linda

por PIG

Linda trabajaba en una oficina postal del centro de la ciudad. Era un sitio viejo, rancio, de esos que apestan a color sepia por lo aburrido de su estancia. Pero Linda, ella era la excepción, era el matiz vivo de todo lo medianamente muerto de aquel lugar.

Hacía honor a su nombre, eso era obvio para todos: un lindo rostro, una linda figura (tetas y nalgas duras y firmes), una mirada excitante; la mujer que todo jefe de área quiere llevarse a la cama como trofeo sexual. Y Linda estaba consciente de las erecciones que provocaba en la oficina, lo sabía y se aprovechaba de ello para hacer su trabajo a medias o pedir favores a cambio de sonrisas coquetas.

El contrato decía “Labores generales de oficina”, pero se dedicaba única y exclusivamente a pasar su lengua por los sobres que llegaban y que requerían ser enviados lo antes posible.

Esa lengua era un desperdicio consciente, todo mundo lo sabía; Linda fingía ignorarlo. El jefe la acechaba en busca de un descuido para llevarla a su “despacho” y “despacharla” como, por contrato, era su obligación.

Nadie sabía si alguien había tenido la fortuna de tener un romance o una aventura con ella; muchos se jactaban de haber pasado una noche en un hotel con Linda (falso); otros se creían los elegidos para el acto, pues en repetidas ocasiones recibían miradas insinuantes.

¿Una puta? Jamás, era el tesoro de la oficina a la que todos querían.

Un día, la puta… es decir, el tesoro de la oficina, recibió un paquete de sobres con sus respectivas cartas. Vamos, no era nada fuera de lo común: abrir el sobre, meter la carta, pasar la lengua por encima del pegamento seco y cerrar el sobre. Unas treinta o cuarenta veces.

Acabó exhausta, la lengua y ella, y concluyó la jornada. Un par de besos para dejar la llama prendida en más de uno de sus compañeros, la despedida cariñosa con el jefe y a la mierda el trabajo, al menos ese día.

Días después, Linda llegó, como siempre, tarde a la oficina, pero su rostro no era el de todas las mañanas, el que denotaba belleza y juventud, maquillaje caro y cero imperfecciones: tenía un rostro enfermo, pálido, sucio quizá.

La preocupación (interesada) no se hizo esperar por parte de los hombres del servicio postal. La idea de tomar la mañana libre para llevar a Linda a su casa revoloteaba en la pinga de medio departamento.

¿Qué coño pasaba con ella? El único con autorización para preguntar sin verse como un interesado en busca de sexo casual (aunque así fuese) era el jefe. Linda tenía una infección, pero con un día de descanso o dos sería suficiente, volvería a su rutina, dejando la estela de perfume a su paso y causando infidelidad de pensamiento en todos lados.

Un día, dos, tres, cinco. Linda no se reportaba. El jefe, preocupado porque su personal trabaja sin inspiración y porque, claro, también extrañaba verle las nalgas a la joven rubia, acudió a su departamento para saber qué había pasado con “su” trabajadora estrella y de paso, entre líneas, ofrecerle un aumento a cambio de favores carnales.

No, Linda estaba pudriéndose en vida, ya no era sexualmente atractiva, sus tetas y nalgas, que alguna vez fueron duras y firmes, ahora desaparecían bajo sus ropajes. Su bello rostro ya no estaba donde antes… su lengua, esa lengua que se antojaba toda sexo oral, estaba bastante hinchada, no le cabía en la boca, se desbordaba de forma asquerosa.

Algo había que hacer para que la obviedad sexual no fuera tan obvia. El jefe llamó a una ambulancia, la llevaron a la sala de urgencias y estuvo ahí durante un par de horas.

El parte médico: uno de esos sobres postales contenía huevecillos de cucaracha; al pasar su lengua sobre ellos, los huevecillos se incubaron y encontraron el alimento para desarrollarse a tope con la carne interna de su lengua. Grotesco.


Linda fue despedida antes de morir, así no tenían que pagar gastos médicos y todas esas cosas que el jefe tiene que pagar cuando uno de sus trabajadores se enferma o muere. Muerta ya no era sexualmente atractiva, nadie le lloró. Menos mal que fueron sobres de cartas y no pingas.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Imperfección

por Amethyst

Marcela caminó entre los pasillos de la tienda un poco más relajada y un tanto pensativa. Ya había reunido en el carrito todo lo que necesitaba para la despensa, sin embargo sabia que le sobraría un poco de dinero, el cual no quería gastar en más “calorías” o en ofertas engañosas de productos que no necesitaba. Se desvió del pasillo de carnes frías y del de galletas y chocolates, caminó deliberadamente por el pasillo de bebés; la ropita y los pañales no le llamarían para nada la atención y sí la conducirían a los de la ropa para “dama”.

Sus ojos se agrandaron cuando descubrió que todos los calzones y sostenes eran de color rojo, amarillo y dorado; un golpecito en el corazón que retumbo hasta su estomago le recordó que estaban próximas las fiestas de fin de año. ¿Cómo lo pudo haber olvidado? Pero si apenas estamos en los primeros días de noviembre.

Desilusionada por comprar algo bonito empezó a descolgar uno y otro para revisarlo. De hecho ya no tenía ganas de comprar ropa, “pero esto duraría toda la temporada, de aquí hasta que termine el año”, pensó para sí, Entonces por qué no comprar algo, por qué no seguirle la corriente a todos, por qué no estar feliz de ponerse “rojo en la Navidad y amarillo en año nuevo”. ¡Qué flojera! Sonrió burlonamente y replico: “lo haría si alguien los admirara y me los quitara”.

Un timbre discreto de su celular la sacó de sus pensamientos perversos, era el número de su madre que ya le había llamado seis veces en una hora de estar en la tienda. Apresuró el paso y buscó la fila menos saturada. Aun cuando quiso poner atención a la empleada en toda la letanía de preguntas que le emitió “¿encontró lo que buscaba?, ¿desea hacer una recarga?, ¿redondea sus centavos?”, se limitó a contestar “no”, pagó rápidamente y tomó las bolsas para dirigirse a su auto. El celular sonó nuevamente y esta vez contestó irritada a la llamada.

Sintió un gran alivio cuando introdujo la llave en la puerta de su apartamento, al fin podría comer algo y descansar antes de volver al trabajo. Con el rabillo del ojo se percató que la vecina de enfrente había colgado ¡ya! una corona con muñequitos y escarchas brillantes con la frase cursi de ¡let it snow! Nuevamente sintió el movimiento del estómago, una especie de cólico repulsivo con un toque de intolerancia.

Puso música como todas las veces que comía, le agradaba disfrutar cada bocado de comida; en realidad se sentía plena y a salvo en ese lugar donde cada detalle, cada mueble, cada utensilio había sido cuidadosamente seleccionado por ella. El trabajo en la Secretaría de Hacienda le había redituado esas comodidades que no cualquiera podía darse; sabía que había vendido su alma a ese empleo, cada día desde muy temprano la absorbía, tres horas para comer y otra vez hasta muy entrada la noche regresaba a su refugio.

Cansada de dar explicaciones de su estado civil “sola”, se limitaba a contestar: simplemente no existe el hombre perfecto para mí. Ya algunas de sus primas y familiares cercanos le habían llamado lesbiana en varias ocasiones, pero eso no le importaba, sabía que la envidiaban y por lo mismo evitaba tener contacto familiar alguno, incluyendo a su madre, que pensaba casi igual. 

El hombre perfecto no existía, aquél a quien amaba era tan imperfecto como la  vida, como la sociedad, como la Navidad. Vivía en cada latido de su corazón, inundaba cada pensamiento en la mente de Marcela, respiraba por cada poro de su piel, cada acción de todos y cada uno de los días del año eran en torno a él.

Y es que era imposible no amar a alguien así, lo había esperado durante tanto, lo había buscado en cada rincón que visitaba. Cuando se conocieron fue un choque de trenes, desde la primera vez que se miraron no dejaron de hacerlo con la misma pasión y deseo siempre. Decidió amarlo porque aquel hombre que pertenecía a una familia, que tenía hijos y una esposa amorosa le desnudaba el alma con sólo mirarla. Sólo él la ponía nerviosa con aquellos ojos claritos como la miel, profundos y seductores, que la hacían perder el aliento.

Tuvieron contacto dos veces por semana durante un año, él proveía los materiales de papelería a la secretaría, con ella tenía que ver lo de los pedidos y recepciones de dichos materiales. La relación comercial permitió que intercambiaran sus historias de vida, ambas rutinarias y vacías, ambos esclavos del capitalismo y la simulación de sentimientos, siempre bajo la mirada atónita de quienes no entendían el porqué de las carcajadas de Marcela con ese hombre. Ella que siempre había demostrado una pulcritud y seriedad inamovible. Nunca se vieron fuera del trabajo, había llamadas, mensajes, promesas y miradas, sobre todo miradas.

Cuando lo removieron del trabajo, Marcela lo buscó desesperada, le mandó miles de mensajes diciéndole que no le importaba que estuviera casado, que… le entregaba su vida. Nunca hubo respuesta.

Es Navidad, se escuchan las risas alegres, la música guapachosa que nunca ponen los del 303 porque ellos compran en “Zara”, pero hoy se lo permiten porque es “Navidad”. Hay que estar alegres, en el teléfono hay cantidad de llamadas de la madre de Marcela. Ni loca iría a cenar con su familia,

Acostada con las luces apagadas, una copa de vino tinto en la mano derecha y la otra acariciando su cabello, suspira, se imagina cómo será la cena de navidad de Enrique; el recuerdo de esos ojos que la seguían cuando ella caminaba hacia el escritorio contiguo, el roce de sus manos cuando intercambiaban documentos, el beso rápido sin cerrar los ojos para ver cuando alguien viniera, todo eso que ella habría escogido minuciosamente para tener una relación.

Hace frio, sin embargo Marcela decide quitarse el fino vestido que compró hace tiempo para una conferencia, lleva los calzones y el sostén rojos que compró; se mira en el espejo, le agrada lo que ve: es una silueta delgada bien proporcionada.


Se acaricia las piernas y luego su cabello, se toca los pezones y lleva su mano a la vagina que esta húmeda y ansiosa de que esa mano fuese de Enrique.  Los movimientos suaves y sensuales le llevan a un orgasmo único. Entre sollozos y gemidos pronuncia un solo nombre. El cansancio y también las varias copas de vino que tomó la llevan a la cama; duerme profundamente y no alcanza a escuchar el teléfono que insistentemente llama, un mensaje aparece en la pantalla: “Feliz Navidad”.

martes, 10 de diciembre de 2013

El sexo un placer de los mortales I

Por: B. Varglez.

Hoy no tengo ganas de mentarle su madre a Joel Ortega, ni continuar hablando mal del Sistema de Transporte Colectivo Metro, creo que muchos ya lo están haciendo y saben que cuentan conmigo para tomar cualquier medida a favor de partirle su madre a este idiota a pesar de las amenazas de que seremos llevados al bote por saltarnos un torniquete.

En otras cosas, hoy tengo ganas de separar un poco mi mente de los problemas mundanos (que son un chingo y que mientras no estemos todos en la misma sintonía y dispuestos a partir madres, nada cambiará). Hoy quiero perderlos en un mundo de sensaciones, en un mundo que a todos nos llama, que a todos nos gusta y que desde que lo descubrimos nuestra vida cambia ya que no se vuelve a ser el mismo o la misma.

Existen muchos placeres de los cuales un ser vivo puede disfrutar: comer, dormir, caminar; pero uno, el que es master de master y el que ni el mentado capitalismo nos puede arrebatar es el placer que nos da el sexo. El buen sexo nos cambia el ánimo, nos deja de buen humor y hasta logra que saquemos el estrés agolpado en nuestras venas.

Una buena cogida, como diría un conocido, es capaz de hacer que incluso se firmen tratados y acuerdos que pueden cambiar el rumbo de una nación, mover la economía europea, hacer que Enrique Peña Nieto diga y haga menos pendejadas... Ay, no, ahí sí me la jalé, eso ni naciendo siete veces este individuo pasaría... no es para tanto, me ganó la emoción del tema.

En fin, como les decía el sexo es un placer que cuando lo descubrimos no lo queremos dejar nunca, es como encontrar esa cajita de Pandora que abrimos y que cuando vemos todo lo que encierra nos hace nunca volverla a cerrar. La primera vez que tenemos un encuentro cuerpo a cuerpo es inolvidable y no por el hecho de el enamoramiento, esas son patrañas, lo que la hace inolvidable es la sensación que enchina nuestro cuerpo y el cúmulo de emociones que nos hace sentir el hecho de tener una piel ajena a la nuestra dejándose explorar por nuestras manos.

Sentir el olor del otro, los flujos del otro, la belleza de enredar piernas y brazos de tal modo que de dos sólo se perciba una figura con formas diversas. Pero el sexo va más allá de solamente abrir las piernas y penetrar. El sexo es disfrutar de un momento íntimo con alguien que nos despierta más allá que un “amor lindo”. No siempre el gran amor que nos traiga idiotas será el que nos dé lo mejor en la cama.

Porque el sexo mis estimados es ante todo pasión, entrega, delirio, fiebre de deseo todo agolpado en un momento y como dice el José José es arañar y besar y en mi opinión prefiero el deseo fugaz a la obligación permanente, por el hecho de que la “sociedad” establece que únicamente podemos coger con una persona porque somos bígamos (ay ajá), por eso hay tanto frustrado encasillado en el tránsito de esta ciudad o despacha boletos del metro con cara de amarguis.

No dudo que existan quienes sean felicidades teniendo pan con lo mismo a diario pero también como decía Juan Gabriel “hasta la belleza cansa” y a veces al patrón de la casa de tanto comer filete se le antojan unos frijoles de vez en vez. Sería tan bello este mundo si nos aceptáramos con lo que somos, si aceptáramos que de vez en cuando nuestra pareja tiene otras necesidades y hasta ser partícipe de ellas, de esos juegos sexuales que para muchos rayan en la desfachatez y la depravación, pero que si la pareja los aceptara seguro en este país habría menos divorcios y mucha gente satisfecha.

El campo sexual es muy profundo, está el sexo tantra que va en la dirección de despertar emociones y sensaciones nuevas a través de las caricias, olores y sabores que hacen llegar al clímax y donde la penetración es solo una cerecita del pastel porque todo el trabajo ya se hizo previamente estimulando el cuerpo con un simple roce en el dorso del brazo, sólo por mencionar un ejemplo.

Ese momento íntimo con nuestro compañero o compañera de cama debe de ser como una de esas visitas al Papalote Museo del Niño, donde tocar, jugar y aprender está permitido, en el que podamos experimentar sensaciones con nuestros labios posados en una espalda desnuda aderezada con miel  o sentir como unas medias de seda se enredan alrededor de nuestro cuello hasta dejarnos la piel chinita y más adelante descubriremos más porque el camino es largo y las ganas más.

Pero bueno por hoy los que no tengan pareja ni sexual, ni amorosa corran a darse una ducha de agua fría o nomás acuérdense que va a subir el metro dos pesotes y con eso se les baja el lívido y vuelven a la bonita realidad mexicana que vivimos nosotros los pobres con ustedes los ricos (verdad Miguel Ángel Mancera, me pega porque yo voté por ti canijo pinche desilusión), bueno ya me dio el bajón ahí se ven.

lunes, 5 de agosto de 2013

Un buen sabor de boca (II/II)

Comencé a divagar y a viajar a través de años de vida arrojada abruptamente a un charco de lodo. El inicio de la relación, amor puro, desenfrenado, sin preocupaciones, sin necesidades que no fueran las naturalmente sexuales. Ir, venir, conocer gente, conocer mundo, conocer la desesperación que provoca un condón roto, una vez, dos, diez, casi todas las veces que fornicamos. Mierda, nunca he sido bueno para colocar correctamente un condón.

Y ya. Era lo único que podía recordar. Mi relación con ella se resumía en eso. ¿Entonces por qué coños no era tan sencillo olvidarla? La pregunta me dio vueltas alrededor de una hora, hasta que caí en cuenta que lo que estaba haciendo era precisamente con la intención de no pensar en la respuesta y lanzar todo, junto con ella misma, por la borda.

Segundo día. Qué puta madre estaba pensando. Desde el inicio sabía que no lo lograría, pero envalentonado por mi carga de adrenalina entré al ruedo, sin capote, sin armadura, descalzo, sin muchos cigarrillos, sin toro, ni público.

El alcohol era suficiente para la recta final. Mi hígado era el que parecía inservible. Orinaba despacio, el ardor me tambaleaba; el hedor del orín acumulado me distorsionaba el escenario. Más de una vez mojé mi mano pero evité a toda costa el contacto con el agua. Si ya estaba tomándola con licor, sería un descaro lavarme después de orinar o, peor aún, tomar una ducha.

Era un despojo de ser, un cretino. Apestaba a perdición. Pero lo estaba logrando. Si en aquel momento hubiese habido un espejo, seguramente al verme reflejado en él habría caído en un llanto inconsolable. Pero ni en el agua me reflejaba, ni el agua se atrevía a dibujar sobre su superficie mi estampa, raquítica, deplorable.

Me levanté, o eso intenté, y caí como plomo sobre el piso lleno de ceniza, polvo y sudor seco y una serie de sustancias que preferí no averiguar exactamente qué eran. Llevaba horas en la misma posición, sólo me levantaba para orinar, desacomodar un poco más los muebles y de vuelta a mis cincuenta centímetros cuadrados de estancia.

Con el ánimo fulminado y con el lívido en cero, decidí masturbarme. Mano izquierda, miembro de fuera, imposible. Era un genio con mi mano derecha, era muy hábil, orgasmo seguro, pero estaba aún convaleciente de los azotes sádicos que le había propinado un día anterior.

Si tan sólo estuviera ella… no, tendría que levantarme, hablar, explicarle todo el embrollo, excusarme y pedir permiso para ir al baño, lavarme las manos, vaciar mi bebida y hacerme el derrotado, una vez más, frente a ella.

Un día, sólo un día más. Bendito sea el señor que siempre tuve esa manía de apagar los cigarros antes de que se consumieran por completo. Fumé lo que alcancé a rescatar de las colillas, fumé el filtro, y sólo porque la naturaleza sigue tan imperfecta como siempre, pues habría fumado de mis dedos si fuera posible.

Era una locura demencial. Ya no era el efecto del chupe, no era mi intestino retorciéndose de hambre, era el cansancio, del cuerpo, de la mente, del alma. Necesitaba cerrar los ojos, descansarlos un poco. Si lo hacía caería en los brazos de la puta de Morfeo y mi misión habría valido un pinche carajo.

“Se me acabó la fuerza de mi mano derecha”, se acabaron los cigarrillos, el alcohol, el deseo de alimentarme. Era necesario salir y buscar un poco de dinero para comprar más vino. Tarea difícil en una ciudad llena de cámaras de vigilancia, un big brother pequeño y de tercer mundo. Y en estas condiciones hasta las cucarachas huirían de mí antes de siquiera poder acercarme lo suficiente para pescarlas, quemarlas  un poco con mi encendedor y masticarlas para sacarle provecho a su carne tostada.

Regresé a mi habitación, cual atleta que no ha logrado hacerse de una medalla en los juegos olímpicos. Perfume con agua, cloro con agua, orines con agua, agua con agua. Estaba perdido.

Si cambiaba el menú terminaría por abortar la misión. Entre la meta y yo había una brecha de ocho horas. Podía lograrlo, sólo era cuestión de mantenerme despierto, ocupado, fumando, bebiendo y pensando en ella, así el recuerdo y el desprecio hacia su persona avivaría mi escondida voluntad y me empujaría a culminar mis tres días de estupidez.

Fumé (o intenté hacerlo) los restos de periódico, fumé las revistas, los libros, el papel higiénico, parte de un calcetín. No, era imposible, tarde o temprano se secaría mi garganta y me vería en la necesidad de beber algo para calmar la sequedad. Y si bebía agua explotaría y moriría al instante. Y morir no era una salida, quería olvidarla, pero no joder mi vida por completo sólo porque nunca me supe poner correctamente un condón. No era humano hacer eso.

Mordí mi mano izquierda y me encontré con unas uñas largas, delgadas, mugrosas, llenas de no sé qué tanta basura, listas para devorarse. Al menos mi hambre dejaría de ser un problema. ¿Beber? Recordé aquel experimento con un can, que al mostrarle comida de inmediato comenzaba a salivar. No la vi, pero la pensé (la comida), pensé en todo lo que en ese momento sería capaz de tragar: filetes de pescados, cortes de carne, chatarra china, pastelillos, tortas, tacos, hamburguesas, pizzas, un coño, unas piernas.

Eureka, comencé a salivar como nunca y la saliva surgió sin gran problema. Otro problema resuelto. Ahora era cuestión de esperar, gastar unas cuantas horas y dejar que el estado de podredumbre llegara para sentirme miserable y empezar a olvidar.

Después de trituradas mis uñas hasta el límite y succionada hasta la última gota de saliva, y una vez pasadas las horas necesarias para concluir mi campaña de tres días, decidí dar por concluida la labor.

Froté mis manos sobre mi rostro y logré como pude incorporarme. Todo me daba vueltas. Mi cuerpo estaba inservible, ni escupir podía, ni parpadear normalmente, ni pensar; hablar hubiera sido algo extraordinario en ese momento.

Salí de la habitación, apestoso, devastado, con las piernas temblando. La decadencia estaba presente, me inundaba, me abrazaba, me tocaba los huevos. Era ése el momento que estaba esperando, pero ahí, parado frente a mi puerta, el recuerdo de aquella bastarda vino y me inundó. Puedo asegurar que, no me crean, tuve una erección, pero tal vez fue mi imaginación.

Mierda y mil veces mierda. Si mi misión hubiese tenido éxito no habría escrito todo esto. No la olvidé, estuve dos semanas internado en el hospital luego del jueguito ese de beber y olvidar; saliendo del sanatorio me casé con ella.

Ya no bebo, ni fumo; orino y desaguo el escusado como dios manda; las moscas me dan nauseas. Pero sigo, a estas alturas del partido, sin saberme poner un condón correctamente.  

sábado, 30 de marzo de 2013

Un podrido concepto acerca de la lujuria


por P.I.G.

La lujuria es muchas de las cosas que vemos y que ni siquiera reparamos de qué se trata. Lujuria es más que el residuo de semen que camina lenta y tibiamente por los sexos de la pareja, recién ha venido el orgasmo (hombre-mujer), o es el fluido vaginal que, húmedo, sirve como muestra de que el placer no se detiene a pensar en esa vulgaridad acerca de los géneros humanos (mujer-mujer).

La lujuria es más que un soplido en el pubis, más que escupir los sexos para acelerar la entrada; es saliva y es aire y ambas cosas, pues la lujuria también se transforma, mas nunca se crea ni se destruye.

La lujuria toca a la puerta y es bien recibida; es la bien recibida visita que ese hogar llamado cuerpo pide a gritos que vuelva, hoy, mañana, el próximo fin de semana, o en unas cuantas horas, después de ir a vomitar el resto del licor.

La lujuria se traga, tan magnificente como es, como las palabras, como el sexo del opuesto, como la vida, pero también como la hostia consagrada que el sacerdote empuja a la boca del confieso, cual pene en busca de una boca para desvirgar.

La lujuria eres tú esperando a que la lluvia te bañe por fuera y no por dentro, para sentir el vesicante alivio de seguir siendo tú y no alguien más. Dentro de la lujuria no se permiten las obscenas apologías que infringen en ese afrentoso delito llamado respeto.

La lujuria es el monstruo que camina solo y que sabe cuál es su destino; es, a diferencia del amor, un cúmulo de palpitaciones corpóreas y mentales que conocen el resultado antes de iniciar el juego.

Lujuria es tu madre y tu padre fornicando, es el bello retrato de los humanos trascendiendo, aunque sea por un segundo, a terrenos que ni el clero, ni el cielo, ni el celo paternal pueden gobernar a sus anchas.

Lujuria es saberse del contrario pero no de sí, de una, de dos, de la orgía completa; es olvidarse de el nombre y apellidos; es el alcohol derramado a propósito en los senos de aquella mujer ebria, es el cigarrillo que con nostalgia se apaga entre los dedos del idiota que siempre se pierde de la mejor parte de la fiesta.

Lujuria son miradas lascivas por encima y por debajo de la mesa; es corromper el inapetente estereotipo de “la prueba del amor”; lujuria es sexo salvaje, es una violación consentida y consensuada.

Es tu falda que se niega a ser levantada porque más de uno ya cayó en cuenta de mi imperiosa necesidad de sentirme dentro de ti.

Lujuria es tomarnos de la mano y que el sudor haga su aparición triunfal, es ese deseo de que todos se vayan al carajo y reventar los sexos con cada grito de los niños en el parque; es esperar a que regreses a casa para preguntarle a tu cuerpo cómo ha estado sin siquiera hablar.

La lujuria es ese beso de despedida, esa maldita expresión tuya al recibir un “no” tras una propuesta indecorosa; es saber hacerse a un lado cuando no es tu piel la que se busca, pero es también no quitar nunca el dedo del renglón.

Lujuria es aquella vagina cubierta de una corona de espinas, y eres tú lanzándote sin dejo de preocupación; es tu ego lanzado al cesto de basura y es acercar sin cuidado la cabeza de Cristo para ser flagelado noche y día.

Lujuria es tu sombra cuando abandonas la habitación después de una erección fallida; son mis manos que piden a gritos volver a dar vida a ese olor penetrante que me dura años en los dedos; lujuria es haberte arrebatado todo, menos tu ego de mujer absorta en imágenes de revista.

Lujuria, señores, no se lee, se vive, se experimenta, se vomita en las etéreas tardes de resaca, se cura con la masturbazione proprio y se reafirma con un deseo incontrolable de buscar carne nueva o usada que calme la temperatura del alma.

La lujuria es la habitación maloliente tras una orgía tristemente realizada; es la iglesia llena en los días donde todos deberían estar presumiendo que están vivos gracias a que a alguien se le ocurrió ser medianamente (o completo en lo absoluto) lujurioso, para ir corromper el candoroso lecho de los padres y fornicar y fecundar y procrear previo al eterno lamentar de una vida echada a perder.

Lujuria es darse la vuelta después del acto, cerrar los ojos y dormir y soñar con la pareja que ahora ya no lo es; es saberse atado de por vida a una mujer que quizá nunca fue lo que en verdad se quiso, es morder las sábanas con las manos, es tragar saliva, voltear de nuevo, besar esos labios que apestan a alcohol y llevar la mano a la entrepierna de aquélla.

La lujuria es ser partícipe del acto, aun cuando no se haya sido convocado al casting.

La lujuria son esos ojos salvajes que a gritos piden ver todo lo que el resto del mundo se ha negado a ofrecer; es la claridad de tu mirada, es la suavidad que caracteriza esos labios que no se cansan de probar un poco de libertad en cada beso.

La lujuria se mama, se traga con asco, se acumula en el estómago y se transforma en ese deseo inexorable de vomitar sangre.

La lujuria vive contigo y te acompaña al colegio, al hospital, al supermercado, a la iglesia; está a tu lado mientras alimentas  a quien dices es el único hijo que quisiste tener; es el platillo de entrada y el postre.

Mierda, que si la lujuria fuera la cruz, todos seríamos Cristo. 

martes, 12 de marzo de 2013

Enfermedades que matan


Por: Martín Soares.

La semana pasada mi exmujer me telefoneó. Era sábado en la tarde, veía la televisión, cuando escuché el teléfono sonar. No me gusta atender las llamadas, por lo regular dejo que pique y repique el teléfono hasta que se cansen. Está ocasión no se cansaron.

Al levantar la bocina me sorprendió escuchar su voz. Me saludó con un “hola, Martín”, como si el tiempo no hubiera pasado, como si se hubiera ido por la mañana al trabajo. Con esa misma confianza le respondí, total, la conozco de muchos años y sus últimas aventuras ya me tienen sin mucho cuidado.

Luego del saludo, de inmediato soltó el porqué de la llamada. Su novio la había mandado al carajo. A mí no me importa su vida actual y no sabía por qué me hablaba. Nunca le conté de mis aventuras amorosas, ni siquiera la busqué para felicitarla el día de su cumpleaños o navidad o año nuevo. Nuestra relación se terminó y se terminó. Aunque un par de veces nos vimos para tener sexo.

Cuando la conocí, alrededor de los dieciocho años, el sólo hecho de verla me ponía la tranca dura. Desde esa edad comenzamos nuestras aventuras sexuales. Lo hicimos en todos los lugares que visitamos. En cada rincón de la casa de su madre, de mi madre y luego en la nuestra. Sin investigar posiciones sexuales, practicábamos un gran repertorio. El sexo fue lo mejor del matrimonio. Estábamos hechos para eso.

Cuando me anunció que se iba con otra persona no tuve tiempo de sentirme mal. Realmente siempre he evitado tener tiempo para preocuparme por tonterías. El amor es una mal con el cual el hombre debe convivir para crecer. Exactamente igual que las enfermedades.

Después de contarme su reciente rompimiento, comenzó a rememorar nuestra vida pasada. Extrañaba, supuestamente, muchísimas cosas. Los desayunos en la cama, la güeva dominguera, los viajes al pueblo de su abuela, las visitas a casa de mi madre. Casualmente estos mismos tópicos los había esgrimido cuando se fue, esas visitas, esos días de flojera la tenían harta. Ella quería conocer el mundo, y compartir el tiempo con un sedentario no le satisfacía.

La escuché por respeto y porque le tengo un gran aprecio. Me ayudó mucho en los momentos difíciles y compartir un pedazo de vida con otra persona siempre genera ese sentimiento. Sólo asentía a sus remembranzas, no aumentaba más datos porque sabía, muy dentro de mí, hacia dónde iba.

Veinte minutos después del soliloquio llegó a inquirir sobre mi presente. Le comenté que todo seguía igual. Que no soy un hombre interesante. Que no intento modificar muchos mis hábitos. Que mis amigos seguían ahí y mi trabajo y mi familia, en general mi vida estaba igual. También, de manera indirecta, me preguntó si tenía alguna relación sentimental. Le dije la verdad.

No había vuelto a enamorarme después de ella. A quién le gusta enfermarse una y otra vez, sólo a un masoquista. El amor, repito, es una enfermedad que forzosamente debemos experimentar al menos una vez en la vida. Depende de nosotros si deseamos continuar cayendo en lo mismo una y otra vez o cuidarnos para no pisar el terreno de las dolencias crónicas.

Me gusta el enamoramiento. La gripa antes de la pulmonía. En éste es posible disfrutar la vida sin preocupación, sólo con precaución. Se va a tientas buscando el placer de caer rendido a la cama, de soñar que el día de mañana será mejor a base de un beso, de un poco de sexo; de los antibióticos para no llegar al punto máximo de la enfermedad. Lo que pase después es responsabilidad de cada uno.

Mi exesposa me dijo que seguía siendo el mismo lindo y raro sujeto. Tenía ganas de verme para platicar con una taza de café y un par de cigarros. Le comenté que la siguiente semana tendría un día libre. No saldría con los amigos ni iría con mi madre. Acordamos que llegaría a mi casa a las ocho de la noche para ese café.

Le colgué y continué haciendo mis cosas. Vi la televisión otro rato más y luego me dispuse a salir a caminar un poco por el parque. En ese recorrido entendí que mi exesposa estaba desesperada. Me buscaba para encontrar un poco de consuelo… de sexo. No me podría negar a su decisión ya que siempre tuvimos excelentes momentos en la cama.

Los dos estamos hechos para el sexo. Nos entregábamos de una manera especial y única que con otras parejas, al menos yo, nunca he logrado alcanzar. Lo mejor será disfrutar el momento que se avecina. Tomarla como una enferma que va en busca de un remedio. También necesito un poco de medicina contra esta vida que cada vez me patea los cojones con mayor fuerza. Nos encamaremos y esperaremos el resultado. Nunca está de más sudar un poco para aliviar el maltrecho organismo.   

miércoles, 6 de marzo de 2013

Bragas rojas


por P.I.G.

Odio las bragas rojas, las detesto, podría decir que hasta ronchas me salen en la piel cuando estoy cerca de ella, y, créanme, no es casual ni gratuito mi desprecio a ese color.

Por principio de cuentas, y para que no empiecen a formarse ideas desequilibradas, debo dejar en claro que no tengo nada en contra de la ropa interior femenina, al contrario; es más, podría tolerar, con sus considerables reservas, un sostén rojo… al fin y al cabo lo que cubre (o trata de ocultar) no es sino el primer alimento de todo ser humano, y francamente los senos de una mujer me son imprescindibles hasta cierto punto; no así lo que cubre (o trata de ocultar aún más) una braga.

Y es que ya lo decía el primer diálogo de la gran Taxidermia: “la vagina mueve el mundo”; la vagina le da movimiento y suerte a este apuntodeextinguirse planeta, y por ello una braga bien podría considerarse la puerta de entrada a este apuntodeextinguirse planeta, es la llave que echa a andar el motor con el cual el apuntodeextinguirse mundo es capaz de moverse.

Pero una ropa interior, justo en ese lugar, color rojo, es por principio de cuentas un "detente y piénsalo dos veces". Llámenle manía, fijación, anti-fetiche, carencia de raciocinio sexual, lo que sea, pero la vida me ha colmado de tan malas experiencias con las bragas rojas (quizá a ello se deba mi repulsión), que toda clase de momentos sexuales se desploman tan pronto hurgo debajo del pantalón de una mujer y me encuentro… ¡oh, Dios santo!... con ellas, las jodidas bragas de color rojo.

Y vaya que el destino te jode cuando así se lo propone, pues en mi vida me he topado con muchas de ellas, aunque al decirlo se me tilde de presuntuoso, lo cual en mi estado ya me importa un carajo.

La primera vez que vi un calzón femenino rojo fue cuando niño, en la casa de mis tías; calzones rojos por todos lados: en el tendedero, en las llaves de las regaderas, sobre la mesa, en la tabla de planchar, ¡arriba del televisor, puta madre!, o en la cama perfectamente doblados y bien acomodados, eso sí, al lado del bra rojo, que, repito, ni me viene ni me va.

Pensar en los viajes que mis tías hacían para surtirse de una línea completa de trusas rojas, me hacía pensar en sus rostros degenerados al observarlos en el aparador, al medírselos sobre la ropa frente al espejo, al comprarlos y, una vez en casa, sin descaro alguno, ponérselos para ver “qué tal quedan”, situación que, estoy seguro queda de manifiesto, a más de uno dejaría perplejo.

Esas cuatro situaciones me tocó vivirlas, las primeras dos porque acompañé a las hermanas de mi padre de compras a una boutique exclusivamente para mujeres, y las segundas dos porque (la aversión siempre va acompañada del morbo) se me ocurrió asomarme justo cuando se las medían en su habitación. Sí, lo sé, tan pronto asomé la vista aprendí la lección.

A partir de aquel momento el rojo dejó de ser un color significativo para mí; no representaba el amor, ni el respeto, la abundancia o el erotismo, sino la sangre, pero no la sangre de las banderas, ni esa sangre que abunda en el mundo gore, no… sino la sangre de la feminidad...

Mi primer contacto sexual (a los pocos años de edad, para no entrar en detalles), además de todo lo aparatoso que pudo ser, se vio eclipsado por una eyaculación obligada, por una cuasi violación de la niñera y por ese maldito calzón rojo (grande como un mantel de comedor), que si bien no dejó de pasar a segundo término (porque lo importante era mi inmediata entrada a las filas de los no vírgenes), sí provocó que más que recordarla con beneplácito, la recordara con tristeza y aversión… o con nostalgia infantil tal vez.

Conforme fui creciendo, mi hostilidad no hizo más que crecer, ora porque las vecinas colgaban sus ropajes interiores a la luz del mundo en la azotea de sus casas, como si de izar una bandera se tratase; ora porque mis compañeros de escuela decían que quien utilizaba bragas rojas era para evitar que “esos días” se evidenciaran con manchitas incómodas; ora porque la maestra de Historia de México llevaba bajo sus sábanas en forma de falda unos horribles calzones rojo carmesí, que no me pregunten cómo es que alcancé a ver en más de una ocasión.

Al pasar los años me topé con que en Navidad y Año Nuevo las personas acostumbraban hacerse de unos buenos calzones rojos, dizque para atraer la abundancia con el año entrante o sólo para hacerle segunda y juego a las flores de Noche Buena.

Imaginarme que en esas fiestas más de uno de mi familia portaba orgulloso su trusa, comprada horas antes con absoluta desesperación en el tianguis, me obligaba a abandonar la reunión y encerrarme en el baño o en mi habitación, eso sí, con unas cubas y los cigarrillos de papá ilegalmente adquiridos… era un rebelde medianamente pendejo, pues.

Muchas de las novias a las que tanto quise, dejé de querer al enterarme que al menos entre su colección de calzoncitos había un incómodo color rojo. Ni modo, era una manía obsesiva que no dejaba de causarme conflictos cuasi existenciales.

Al entrar en el mundo del alcohol y las drogas agresivas y los días de jüerga consecutivos, conocí a muchas mujeres, de las cuales no tengo malos recuerdos. Tal vez el alcohol y las sustancias nocivas desprendieron poco a poco esa hostilidad mía hacia tan peculiar complemento femenino, no sé.

Pero como nada dura para siempre, ni las drogas, ni el dinero, ni el olor de los hoteles, había que ingeniárselas para seguir la diversión sin dar marcha atrás. Mis dotes improvisados de amante me permitieron hacerme de una enriquecida lista de admiradoras que cambiaban el sexo por unas cuantas dosis de pastillas que seguramente los médicos y las dependientas de farmacias comerciales conocían a la perfección. Es cuestión de decir que se trata de drogas europeas o asiáticas y traerlas siempre en bolsas de plástico metalizado; todo lo ilegal viene en bolsas de plástico metalizado, sino vean los condones.

Dada mi repulsión por las trusas rojas, me vi en la necesidad de buscar mujeres ahí donde sabes que jamás una mujer puede utilizar calzones rojos: en los hospitales y escuelas de enfermería. Claro, sabes que ni por dinero lo harían a menos que quieran evidenciar el color de su ropa interior, y esas situaciones, hombre, se deben aprovechar al máximo.

Conciertos de rock, antros, bares, puteros, funerales, iglesias, retiros, partidos de futbol, óperas, teatros, cines, etcétera, etcétera, etcétera, completamente descartados. Prefería perderme la oportunidad de dormir acompañado, antes que encontrarme con ese vomitivo color en medio de las piernas de mi acompañante.

Mi escasa buena suerte (como muchas cosas que escasean en mi vida) terminó cuando me topé con una mujer, que al principio parecía serlo, con calzones rojos. El elevado nivel de anfetaminas me impidió hacer uso de mis facultades al cien por ciento, por lo que una vez entrados en calor no me importó toparme con una braga roja, muy roja… mierda, es que en verdad era roja.

Al tratar de ir más allá de lo que alcanzaba a ver, debajo de la cremallera me topé con un miembro descomunal, con proporciones nada humanas, muy bien disimulado, eso sí, por la liga que lo mantenía fijo al cuerpo, lo que en un principio me impidió advertirlo a distancia.

El trauma fue tal que las drogas perdieron su efecto para posteriormente bajarme de la nube y hacerme entrar en razón nuevamente y toparme con esa estampa desagradable, no el miembro descomunal (que, insisto, vaya que lo era), sino con el calzón rojo… rojo como la sangre que recorría aceleradamente mi cuerpo y me subía a la cabeza, inyectaba mis ojos y me llenaba de ira.

Lo que ocurrió con la mujer (que no era) sólo lo sabe quien encontró el cuerpo casi desfallecido por lo golpes que le propiné, lo mismo con las armas que a mi paso encontré, que con mis propias manos… 

El trauma volvió, se metió en mí, me hizo recordar mi odio hacia el rojo en la ropa interior femenina; volvieron a mi mente mis tías en el espejo, las niñas con rojos calzones, la niñera depravada, la bandera comunista, cuya hoz y martillo fueron bordadas sobre una braga roja… ja ja ja no tanto, pero nada más faltaba.

Desde entonces no he vuelto a saber de las drogas, ni del alcohol, ni de las mujeres por temor a encontrarme con mi rival. He buscado ayuda profesional, y ni el señor psicólogo, ni el sacerdote, ni el rabino, ni los chamanes de la sierra han podido arrancarme esa repulsión.

Ahora pues estoy aquí en la habitación que me corresponde en este hospital; no es una galantería, pero las paredes acolchonadas vaya que son suaves como la piel de una ninfa. He procurado hacer un espacio entre ellos para que, tú sabes, necesidades fisionómicas. 

Es lindo estar aquí, aislado de ese puto mundo que cada vez huele peor… lo único malo de mi estancia aquí es cuando viene esa gorda y asquerosa enfermera que me alimenta y que (sé que lo hace muy a propósito) siempre usa tanga roja.