Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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martes, 11 de febrero de 2014

SoS

Sálvenos o “Suicídenos”
silencios de sangre
enlutan mi nación
¡maldita guerra!
hay genocidio,
ecos deben escucharse
pero todo calla...
pasos prudentes y tímidos
mudos,  “sigilosos”  hombres,
confunden la inmovilidad.

Un mundo sufre,
México pervive, tempestad,
maestros,contribuyentes, agricultores,
luces bajo soles ardientes,
el cuervo horrible grazna,
censura invade sueños
jóvenes leen,
lo luchan, lo reinventan,
cómo entender el juego
el dolor llegó a comercializarse.

De fuego y tierra habitan
represores llamados ángeles,
quién trata -con éxito- volverse invisible,
lenguas cual ave graznan,
negritud, la noche humana,
presidente, legisladores, policías,
por qué, quién no se mueve
estira mano, deja caer puño
si así no lo hicieren,
la nación se los demande.

“Mexicanos tenemos un legado”,
tiempo prehispánico, independiente,
¡revolución y democracia!
poemas de no poetas
leído por no lectores
pasado que se mide,
vive en hambre,
pobreza e ignorancia,
¡presente! alzamos manos,
sólo para pasar lista.

Es o no es sueño
ocioso fusil imagina batallas,
la sombra que se alarga,
música, libros, láminas,
siguen la suerte,
gallo cobrando frutos
despierten ya...
sálvenos o “suicídenos”
sillas con rostro
ataúd...

David Romero.

miércoles, 29 de enero de 2014

One of these days

by P.I.G.

Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.

Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.

Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que el caso ha originado.

Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su esquelético cuerpo.

Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada, está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.

El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario; incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan fúnebre protocolo.

Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.

La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.

La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del juez; piden al verdugo iniciar las descargas.

El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.

Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o su verdugo, nadie.

Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor sorpresivamente le aterroriza.

Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver? La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte que se encuentra encadenado en la silla.  

Los minutos se hacen horas y las horas días, días en vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?

Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con la fría pieza inerte.

Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.

¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá  Dios a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión? No.

Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.

Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá, y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado, aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de descargas.

Uno de estos días

by P.I.G.

Hace días que la calle luce desolada, en ella se puede sentir la penumbra y un ambiente poco común. Huele a muerte, incluso el color amarillento que dibuja el panorama lo corrobora. Las nubes cubren el cielo y lo tiñen con delgadas líneas grises; el horizonte no está demasiado lejos.

Esta tarde los fieles acudirán a la iglesia para venerar a su Dios crucificado, entrarán con la firme intención de purificar su alma; saldrán con un cargo de conciencia que les obligará a regresar una y otra vez hasta que por fin sean redimidos.

Ahí adentro todo es rezos y plegarias, a las afueras de la casa de Dios la vida corre aceleradamente, se vuelca en interminable dolor y sufrimiento. El viento se detiene, las aves no vuelan, sólo reina el silencio y la agonía.

Los restos abatidos por una batalla perdida nunca más ofrecerán diezmo. Frente a la entrada principal una mujer yace muerta con el vientre abierto, luciendo los intestinos y la asquerosa grasa corpórea, como si se tratase de una exposición. Cerca de ella, a unos cuantos metros, bajo una enorme piedra, un feto.

La escena es brutal. Las luces que forman la cruz de la capilla se reflejan en el charco de tibia sangre que cubre el asfalto, el hilo recorre los escalones de la escalera hasta llegar al jardín. Las manos se elevan al cielo pidiendo redención, el agua bendita cae sobre la cabeza de los pecadores; el padre pide por el alma de los mortales. El cuerpo inerte de la mujer se encuentra desecho, las marcas de los golpes se aprecian inmediatamente; imposible reconocerle pues el rostro está deformado, la carne se desprende de éste. Los ojos parecen a punto de reventar, la mandíbula está completamente dislocada, al igual que la nariz.

Quizá se trató de un intento de violación, pues la ropa fue desprendida, mas no hay semen ni alguna señal que compruebe dicha hipótesis. Los senos ensangrentados de la mujer llaman la atención como lo hicieron en vida. El hombre colgado en la cruz mira a sus hijos, sólo siente lástima por ellos, también les espera un funesto destino. Las hostias son tragadas, el cuerpo de Dios es devorado; sabe a carne humana, a sufrimiento, a pena.

El que debía ser el próximo ser en mirar la luz fue sacado de las entrañas de su madre y asesinado antes de nacer. Conoció el dolor sin haber pronunciado palabra alguna, sin haber respirado el contaminado aire de la ciudad, sin haber probado el trago amargo de la vida. Su frágil cuerpo fue aplastado por una roca una tarde en la que el grueso de la sociedad se arrodilla frente a un ser inexplicablemente omnipotente.

El culpable del sangriento homicidio hizo la señal de la cruz después de guardar la filosa arma entre sus ropajes; será aislado en una cárcel con barrotes de hormigón, pero ésa es otra historia.


La paz del señor esté con todos ustedes y que les permita olvidar que allá afuera una mujer ha sido brutalmente asesinada por un ser que, al igual que todos, busca vengarse de los asesinos de su Dios. La ceremonia ha terminado, para los fieles, para ella, para él.