Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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martes, 12 de marzo de 2013

Enfermedades que matan


Por: Martín Soares.

La semana pasada mi exmujer me telefoneó. Era sábado en la tarde, veía la televisión, cuando escuché el teléfono sonar. No me gusta atender las llamadas, por lo regular dejo que pique y repique el teléfono hasta que se cansen. Está ocasión no se cansaron.

Al levantar la bocina me sorprendió escuchar su voz. Me saludó con un “hola, Martín”, como si el tiempo no hubiera pasado, como si se hubiera ido por la mañana al trabajo. Con esa misma confianza le respondí, total, la conozco de muchos años y sus últimas aventuras ya me tienen sin mucho cuidado.

Luego del saludo, de inmediato soltó el porqué de la llamada. Su novio la había mandado al carajo. A mí no me importa su vida actual y no sabía por qué me hablaba. Nunca le conté de mis aventuras amorosas, ni siquiera la busqué para felicitarla el día de su cumpleaños o navidad o año nuevo. Nuestra relación se terminó y se terminó. Aunque un par de veces nos vimos para tener sexo.

Cuando la conocí, alrededor de los dieciocho años, el sólo hecho de verla me ponía la tranca dura. Desde esa edad comenzamos nuestras aventuras sexuales. Lo hicimos en todos los lugares que visitamos. En cada rincón de la casa de su madre, de mi madre y luego en la nuestra. Sin investigar posiciones sexuales, practicábamos un gran repertorio. El sexo fue lo mejor del matrimonio. Estábamos hechos para eso.

Cuando me anunció que se iba con otra persona no tuve tiempo de sentirme mal. Realmente siempre he evitado tener tiempo para preocuparme por tonterías. El amor es una mal con el cual el hombre debe convivir para crecer. Exactamente igual que las enfermedades.

Después de contarme su reciente rompimiento, comenzó a rememorar nuestra vida pasada. Extrañaba, supuestamente, muchísimas cosas. Los desayunos en la cama, la güeva dominguera, los viajes al pueblo de su abuela, las visitas a casa de mi madre. Casualmente estos mismos tópicos los había esgrimido cuando se fue, esas visitas, esos días de flojera la tenían harta. Ella quería conocer el mundo, y compartir el tiempo con un sedentario no le satisfacía.

La escuché por respeto y porque le tengo un gran aprecio. Me ayudó mucho en los momentos difíciles y compartir un pedazo de vida con otra persona siempre genera ese sentimiento. Sólo asentía a sus remembranzas, no aumentaba más datos porque sabía, muy dentro de mí, hacia dónde iba.

Veinte minutos después del soliloquio llegó a inquirir sobre mi presente. Le comenté que todo seguía igual. Que no soy un hombre interesante. Que no intento modificar muchos mis hábitos. Que mis amigos seguían ahí y mi trabajo y mi familia, en general mi vida estaba igual. También, de manera indirecta, me preguntó si tenía alguna relación sentimental. Le dije la verdad.

No había vuelto a enamorarme después de ella. A quién le gusta enfermarse una y otra vez, sólo a un masoquista. El amor, repito, es una enfermedad que forzosamente debemos experimentar al menos una vez en la vida. Depende de nosotros si deseamos continuar cayendo en lo mismo una y otra vez o cuidarnos para no pisar el terreno de las dolencias crónicas.

Me gusta el enamoramiento. La gripa antes de la pulmonía. En éste es posible disfrutar la vida sin preocupación, sólo con precaución. Se va a tientas buscando el placer de caer rendido a la cama, de soñar que el día de mañana será mejor a base de un beso, de un poco de sexo; de los antibióticos para no llegar al punto máximo de la enfermedad. Lo que pase después es responsabilidad de cada uno.

Mi exesposa me dijo que seguía siendo el mismo lindo y raro sujeto. Tenía ganas de verme para platicar con una taza de café y un par de cigarros. Le comenté que la siguiente semana tendría un día libre. No saldría con los amigos ni iría con mi madre. Acordamos que llegaría a mi casa a las ocho de la noche para ese café.

Le colgué y continué haciendo mis cosas. Vi la televisión otro rato más y luego me dispuse a salir a caminar un poco por el parque. En ese recorrido entendí que mi exesposa estaba desesperada. Me buscaba para encontrar un poco de consuelo… de sexo. No me podría negar a su decisión ya que siempre tuvimos excelentes momentos en la cama.

Los dos estamos hechos para el sexo. Nos entregábamos de una manera especial y única que con otras parejas, al menos yo, nunca he logrado alcanzar. Lo mejor será disfrutar el momento que se avecina. Tomarla como una enferma que va en busca de un remedio. También necesito un poco de medicina contra esta vida que cada vez me patea los cojones con mayor fuerza. Nos encamaremos y esperaremos el resultado. Nunca está de más sudar un poco para aliviar el maltrecho organismo.   

jueves, 1 de noviembre de 2012

Passion of Lovers


por El Doctor Pluma

En una de tantas noches en las que desgastaban los cuerpos intentando alcanzar el éxtasis físico al que todo ser humano pretende llegar, él le dijo, un tanto en tono de broma, pero con cierta carga de verdad, que prefería verla muerta antes que en los brazos de otro hombre.

Él sabía que bromeaba, ella no tanto, pero olvidó de inmediato las palabras, pues las pulsaciones carnales impidieron centrar su atención en frases promulgadas de buenas a primeras por su en aquel  entonces amante ideal.

Como tantas cosas en esta vida, y por detestable y petulante que resulte, el amor de ambos tocó su punto final cuando, sin avisar, la muerte, cual perra que es, acarició la delicada mano de aquella joven y sin detenerse a explicar las razones, como si fuese capaz de hacerlo, le arrancó de aquel lecho creado a partir de lo que sanamente podría llamarse afecto y cariño.

Los días que siguieron a aquel desastroso capítulo fueron, usted podrá imaginarlo, un infierno para él. Razones escasas para sonreír, para hablar, para pensar siquiera en un futuro, en ese futuro que se niegan quienes han perdido a algún ser querido, todo ello a razón de que la pérdida humana acaba con el mañana, con el después, con el segundo que viene… no hay futuro para quienes viven la muerte de cerca.

Ello mismo le ocurrió a aquel joven que, inexperto como todos en esta vida, no encontró otra alternativa más que cruzar a aquella habitación donde las penas suelen guarecerse para, de un golpe, arremeter en conjunto y suprimir toda voluntad de salir avante de la misión.

Perdióse, pues, en el mar de la decadencia y dejo que las pirañas le carcomieran la escasa piel que, después de tanto llanto, aún permanecía atada al hueso.

¿Acaso le habían matado sus celos, sus reproches, sus malditas vanidades o sus perversas fijaciones?

Tras mancillarse los intestinos con cualquier cantidad de elixires malignos que un ser humano, producto este pensamiento de las buenas costumbres de la sociedad, no debería ingerir, sentó su visión en aquella escena cuyo diálogo se resumía en simples palabras de adolescente: antes muerta que en los brazos de otro hombre.

¿Había terminado con la vida de su amada sólo por temor a verla, en otro momento y bajo otro contexto, atada en cuerpo y sentimiento a otra persona? Nada más falso.

La vida, con sus caprichos inexplicables y por tanto inexorables, había jugado una vez más con las piezas del tablero y, arrojados los dados al vacío, optó por arrancarle de su lado. Malditas son las reglas de un juego al que ni siquiera fuimos invitados a jugar, pero del cual formamos parte desde que nacemos.

¿Para que mataría, entonces, aquel amante a su amada, si el simple hecho de observarse solitario, ya sin su compañía, ya sin su aroma, ni sus pechos, ni sus muslos, ni ese corazón palpitante lleno de vida, le hacía el ser más miserable de este mundo?

Tras una serie de lucubraciones, todas éstas sin rumbo fijo, cayó en cuenta que la muerte, perra como lo es hasta ahora, no podía separar un amor tan profundo sólo por meras maniobras de estado-espacio-tiempo-forma.

El joven, aún perdido en ese delirio típico de quien se sabe abandonado, decidió lanzar la última moneda al pozo de los deseos y jugar el juego de la muerte.

Sin consideraciones que pudieran llevarlo a un inmediato arrepentimiento, vistióse cual elegante mozo que se mantiene a la espera de la mujer de su vida, ingenió un plan un tanto carente de brillantez y se lanzó, bajo la lluvia torrencial que azotaba a la ciudad, en busca de la lápida donde yacía su amada.

Sin importarle lo enfermo que pudiera verse exhumando un cadáver, desprovisto de toda razón naturalmente humana, se dio a la tarea de escarbar con sus propias manos hasta dar con aquel féretro, ahora seguramente hecho añicos por el tiempo, donde lo esperaban apacibles los restos de aquella mujer a la que alguna vez llegó a desear tanto como a la vida misma.

Llegado el punto donde las manos se encontraron con los huesos carcomidos y putrefactos, ciego tal vez por la adrenalina, tal vez por el amor aún expectante, soltó en llanto al mirar de frente aquel cráneo descarnado de su amante. Claro, la extrañaba como nunca antes.

La tomó en sus brazos y sin esperar a que la muerte se revelase para subestimar sus esfuerzos, de su smoking sacó una daga y penetróse el pecho con tan admirable delicadeza, que sólo un verdadero poeta, y no un escritor de segunda como éste, su servidor, habría podido capturar tan bella escena, matizada ésta con majestuosas palabras.

El cuerpo aún tibio del joven cayó de inmediato fulminado por el dolor del frío acero, mas nunca soltó el cuerpo de la mujer; el sufrimiento le aferró a ella como quien se siente amenazado y se niega a ser separado del regazo de la madre.

Muy a pesar de la tormenta y del desorden en la ahora destrozada tumba, los cuerpos abrazados, sumidos en el sueño eterno de los no vivos, habían logrado revelarse contra las leyes de la vida y la muerte y, de esta forma, también habían violando la lógica del círculo de la vida, trasladando su amor a otro terreno, al inmaterial, a donde los sentimientos, dicen los que saben, jamás perecen.

jueves, 4 de octubre de 2012

Una profesión humana


por Pep

Mira si el mundo es chico o la necesidad acompañada de soledad es suficiente. Es el día en que tu olor se ha quedado conmigo y tu recuerdo aún permanece; es el día en que quisiera salir a buscarte y decirte que he empezado a quererte; es justo el día en que estoy por resignarme y perderte, ¿perderte? Creo que nunca fuiste mía como para verte perdida, pero siempre fui tuyo, aunque nunca lo supieras.

Ayer, como cada noche durante los últimos dos meses, salí en el auto con la esperanza de encontrarte. Deseando verte caminar por la acera y dirigirte a mí, para que vinieras a casa y entonces diéramos gusto al cuerpo, oídos, mente, vista y sentimientos. Vi a una pareja que se amaba mientras caminaban, entonces recordé lo felices que fuimos todo ese tiempo.

Quise sentir tus manos tibias sobre mi cuerpo, deseando tener mi sexo entre tus piernas, mi lengua deslizándose sobre tu bien formado pecho y mis manos colocadas en lugares específicos rindiendo tributo a ese ser maravilloso en el que te habías convertido.

 Sí, quise sentirte mía y de nadie más. Mía no porque seas un objeto, sino porque más allá de meterme por debajo de tu falda, pude penetrar tus pensamientos, llegar al punto exacto en que tu mente dejaba de hacer para empezar a estar; estar llena de placer, necesitada de mí y yo de ti y todo lo que sueles hacerme, pidiendo que ese momento, en el que ambos nos uníamos sin mayor remedio y en el que tu sudor era la bebida perfecta para mi sed, nunca terminara.

Pude haber muerto cualquiera de esas noches, días, tardes, no importaba el horario, la experiencia siempre era única, y morir entre tus piernas o con mi lengua lamiendo tu interior hubiera sido la muerte más placentera que alguien pudo haber tenido.

Sin embargo, heme aquí, metido en este auto sin tus piernas y caderas moviéndose al compás de mis orgasmos más duraderos, de mis incontrolables ganas de despojarte de tu ropa y deslizar por ese cuerpo tuyo mi sexo muy dispuesto. Siempre provocadora, seductora, siempre dispuesta a cumplir los más perversos deseos, siempre gustosa de estar conmigo y de permitirme coger… tus ideas más intimas y hacerlas realidad.

Hoy he salido en busca de ti, al no encontrarte he tenido que recurrir a gastar un poco de mi quincena para tener compañía; para tener alguien con quien venirme después del trabajo y terminar rendido, cansado y ya sin ganas de sexo. La masturbación comenzaba a ser parte del día a día y ya se empezaba a tornar aburrida.

No es lo mismo mi mano ya cansada por abusar de sus beneficios, que esas nalgas bien firmes en las que más de una vez mi semen se escurrió.

Es por eso que he decidido pagar los servicios de esta, ¿cómo llamarle, “mujer, prostituta, señora, señorita, puta”? Da igual, dudo mucho que vuelva a verla o que tenga que recordar el calificativo, como si fuera a presentársela a alguien. En fin, he recurrido a ella como quien va al centro comercial, busca comida o bebida, paga y satisface su necesidad primaria: comer y beber.

Yo he de satisfacer mi necesidad primaria, mi necesidad de estar acostado contigo y meter mis dedos, mi lengua y lo que sea preciso para darte placer, sentir tu boca centímetro a centímetro, mientras introduces en ella lo que es mío y así permanecer el tiempo que sea necesario para terminar exhaustos de tanto placer.

Días como hoy ha habido muchos, desde hace dos meses que no te veo y que he salido todos los días a buscarte. Cansado de no encontrarte, al menos una vez por semana, he terminado enredado en las sabanas de más de una de ellas, de ésas que conoces. Nunca es la misma persona, siempre son diferentes rostros, gestos, cuerpos y modos, incluso edades.

La más pequeña con la que he estado tiene 17, sé que pensarás que soy de lo peor, pero has de recordar que esa edad tenías cuando nos conocimos, cuando te expliqué y enseñé algunas cosas referente a los placeres de la vida, cuando tu sexo, virgen y temeroso, se entregó a mí y juraste amarme siempre.

Esa niña me recordó tanto a ti, la diferencia no era mucho contigo, tú 17 y yo 20, ahora ella 17 y yo… mejor no hablemos de eso. Pero tu recuerdo presente aquella tarde me permitió tener una de las relaciones más placenteras que pude haber disfrutado; mira si es gracioso, pudo ser otra cara, cuerpo y modos, pero en mi mente tú eras con quien fornicaba sin remedio y sin control, no aquella niña ajena a mi vida y sentimientos.

En fin, como te contaba, dos meses teniendo a diferentes mujeres en mi cama y tu recuerdo sigue atormentándome noche a noche. No sé en realidad si es tu recuerdo o tu cinismo, pero sea lo que sea no me ha permitido sacarte de la cabeza, dejar de pensar y de quererte, dejar de desearte.

Quiero verte  y quiero sentirte, y que estés aquí al despertar y antes de dormir; quiero morir en tu boca y renacer pegado a tu sexo; quiero que me sometas a tus más sucios deseos, pero quiero hacerte participe de mis más perversos secretos; quiero que estés aquí y tengamos sexo, no importa lo que tenga que hacer, quiero tenerte otra vez.

Dos meses tirados a la basura, en el intento de regresarte conmigo encontré un sinfín de verdades tuyas que tal vez no me hubiera gustado conocer, pero que ahora me han hecho entender. Dos meses en los que he compartido la cama con varias mujeres, pero de la cama no ha pasado, nadie como tú a la hora de hablar. Puedes tener mil cualidades, venirse en tu boca de una manera casi celestial es una de ellas, pero a la hora de hablar, en verdad que aún veo difícil decidir qué prefiero más, si cogerte o escucharte. De cualquier manera, contigo, ambas cosas me gustaban.

Y después de poco más de un año de tenerte noche tras noche en mi cama, compartiendo mi casa, mis sueños y mi amor, por que sí, mira que llegué a amarte, un día despiertas y me dices que no puedes seguir con esta farsa. Que me quieres, lo has hecho desde que éramos niños y viviendo tan cerca siempre nos frecuentamos, pero que no sirves para esta vida que te doy.

Esta vida que quise vivir contigo, no es la que tú soñabas tener. Tus aspiraciones o medios para satisfacer tus necesidades eran muy lejanos a los que yo podía aceptar y ofrecer. Ese día despiertas y me dices que tu trabajo es tu vida, que tú vives para trabajar y no para quedarte en casa. Eso nunca lo cuestioné, pero eso, a lo que te dedicas, es lo que no lograba entender.

Te ofrecí una vida digna de ti, de tus estudios, de tu persona, entonces trato de convencerte que si es por dinero, juntos saldremos adelante. Que no te he de dejar sola y menos a tu suerte en las calles y con tanto cabrón que anda suelto. Te quedaste callada mientras seguías guardando las cosas en tu maleta. Sólo me veías como sintiendo lástima por este idiota que se enamoró de ti.

Intenté hacerte entrar en razón pero creo que tus palabras frías y directas no me dejaron otra opción. Justo antes de que salieras de la casa y dejarte partir sin más, volteaste y me miraste, tomaste mi mano y dijiste: “entiende que no se trata de ti y de lo que has hecho por mi, estoy muy agradecida pero ya no puedo más. 

Quiero que sepas que durante este año me has hecho muy feliz, he sido una mujer muy afortunada de poder encontrarme un hombre como tú, pero no puedo seguir engañándome ni mintiéndote a ti.

“Desde ese día en el que nos encontramos  te expliqué las cosas, lo entendiste, me propusiste vivir juntos y lo intenté; al principio te dije que trabajaba en eso por necesidad, pero hoy, hoy que no he podido aguantar más, debo decirte que no, no seré como todas las demás que dicen que se prostituyen por necesidad. Yo, yo lo hago por gusto, por placer, por aventurarme a tener a diferentes hombres por las noches, a dormir con alguien diferente cada semana, a sentir un cuerpo ajeno y desconocido cada que alguien me paga por acostarme con él; yo lo hago porque soy así, porque me gusta y porque, incluso, podría no cobrar y seguir buscando placer en las calles.

“En cada coche que se acerca misterioso, baja el vidrio, se cierra el trato y se abren mis piernas o la boca, depende del gusto de cada quien. Tal vez te lastime saber la verdad, saber que soy una puta más, una de esas que alguna vez fuiste a buscar y que, sin querer, justo ahí nos fuimos a encontrar. Ésta es la despedida, tal vez te duela pero mañana ya se pasará. Si algún día necesitas de mis servicios búscame que para ti, amigo, las puertas de mi casa y mis piernas siempre estarán abiertas y dispuestas a acogerte sin reproche”.

Fue entonces cuando me diste un beso que no pude responder, tenía tanto asco de mí, de ti, de haberme enamorado de una mujer de la calle, de haberme creído tus engaños, de haberte compartido, seguro estoy, más de una noche con alguien más. Juré que te echaría al olvido, pero la verdad es que no he podido, y no lo he intentado.

Mira si el mundo es chico o la necesidad acompañada de soledad es suficiente. Es el día en que tu olor se ha quedado conmigo y tu recuerdo aún permanece; es el día en que he salido a buscarte en cada esquina, con cada una de estas mujeres que se venden como carne en el supermercado, desfilando para el montón de pervertidos que pasan aquí. He estado con más de una de ellas, las que me dicen cómo es que llegaste aquí y lo rápido que los clientes notaron tus intenciones.

Vengo todas las tardes y me uno al montón de pervertidos  que las miran desfilar, me uno al juego de venir, pagar, coger y escapar, me uno con la esperanza de verte, contratarte y tenerte de nuevo. No pienses mal, pues que duerma con alguien más no significa que te haya dejado de querer, pero siempre habrá necesidades que satisfacer.

He de salir todos los días en busca de ti, en busca de que te ahogues en mi placer a consecuencia de tu “profesión”. Total, ambos sabemos que siempre fui tuyo, aunque nunca lo supieras, y nunca fuiste mía, aunque yo no lo entendiera.

PD. Te quiero puta.

domingo, 5 de agosto de 2012

De ti

por El Doctor Pluma

Todo habría sido mejor si en lugar de sonreír y fingir tranquilidad, hubiéramos unido nuestras miradas y volverlas una sola para ya no mirar hacia otros horizontes.

Hubiese preferido saber tu historia antes que tu nombre, y probar tus labios antes que escuchar tu voz.

Mas las historias nunca conviven con los deseos, y no podemos disponer del rumbo de las cosas, por desgracia.

Ahora que sé que existes puedo dormir en paz y dejar mi nihilismo mental de lado, para volcarme hacia tu recuerdo cuantas veces sea necesario.

Al menos me basta con el recuerdo, gratuito y garantizado de por vida, pues es quizá lo único de cuanto puedo disponer ahora.

Ahora que estás ahí sé que puedo adjudicarte tu imagen de ayer que me duele en cada parte del alma, en cada latido, en cada suspiro, en cada ir y venir de las manecillas del reloj.

Qué sería de mí sin esa bocanada de sensaciones que anestesian los sentidos y someten a los demonios interiores para evitar una catástrofe generalizada.

Ahora tú eres la culpable de todo esto y tú tienes las fórmulas adecuadas para aminorar el encono que existe entre corazón y alma.

Demasiado tarde llegan las insolentes preguntas que a menudo rondan en la mente del ser humano; la presa se ha desbordado y no hay quién detenga la presión.

Pero observa con cuidado, he dejado de ver con los ojos y ahora te veo con el ama; he dejado las máscaras y los maquillajes y he optado por ser cual soy para verme en tu espejo y descifrar los códigos.

No sé en qué momento pasó, no sé cómo entré y francamente no quiero salir, amén de que dictes lo contrario.

Ayer vi pasar mi vida correr como el agua en el río salvaje; hoy la vida se detiene y espera la señal, para iniciar de nuevo, para enmendar errores, para vivir dos veces, en dos lugares distintos: aquí donde me encuentro varado y allá donde tú encuentras la zona de confort.

Tengo una razón de sobra para volver a abrir los ojos y mirar al horizonte, ahí donde puedo encontrar tu rostro dibujado, rostro que dicta, rostro que invita, rostro que llama, que pide, que alimenta, que siente.

Caminábamos sin la intención de encontrarnos, pero sabíamos que nos tendríamos que encontrar, y ahora es cuando caminamos juntos y caminamos sin rumbo fijo, pero de la mano al fin.

Y ahora llueven pensamientos fugaces que matizan las paredes de mi habitación donde está escrito aquel nombre cuyas cinco letras dan sentido a mi vida.

Por ello es que en la soledad de la vida retomo las palabras una vez utilizadas y valoro los momentos que he compartido a tu lado, mas valoraré los que están por venir, aquéllos que también se extrañan.

Sólo espero impaciente el momento en que el tono de tu voz resuene en éste mi único espacio donde puedo verte y no sentir ese nerviosismo galopante, al menos para sentirme un tanto más vivo de cuando te sabía sin siquiera conocerte.

No quiero dar un paso atrás, prefiero que seas tú la que dicte la sentencia final.

Ahora que ese nombre formará parte de mi glosario cotidiano, ahora que tu mirada me guiará cuando mis ojos se gasten entre la oscuridad, ahora puedo mostrar ese dejo de felicidad impaciente e impaciente espero la respuesta.

Ergo, ¿qué tan inherentes podemos ser el uno del otro?

lunes, 6 de febrero de 2012

Como una ola de mar


Por: Ekary

Si de ti he bebido hasta la última gota, si con cada luna nueva has de acompañarme en mi velo eterno, formando parte de la robusta estadía, ahí donde los muebles viejos se han llenado de polvo milenario, partículas que rodean la alcoba y las rosas marchitas son la tumba de mis anhelos. Sí, creo que te querré ahí.

Sobre aquella mesa de buen roble he escrito mis memorias a lo largo de los años, me he abrumado con la enorme soledad con la que son plasmadas, sólo he sido espectadora de una interminable existencia de la humanidad. Su ciclo vital se renueva, pero aun así siguen cometiendo errores, creo que su extinción no sería suficiente para limpiar verdaderamente el mundo como se necesita, porque al final siempre existirá algún testigo sobreviviente de las desgracias, como suele ser el ímpetu del humano, ¿comprendes lo que trato de decir?

Cada paso que había dado antes de conocerte era perturbador, era inusual lo que acontecería, la rutina nocturna me apetecía simplemente en un área de mi cuerpo, pero más allá, mis deseos estaban insatisfechos, me atrevo a confesar que éstos ni siquiera gozaban de una forma, sólo mi infortunio desesperado me llevaría a dibujarlos en un lienzo ubicado en mi imaginación, -sí, admito que es grande y que muchas cosas me sorprenden aún- de haber perdido esa capacidad seguramente sería menos humana.

Una tarde, una muy oscura la recuerdo, estabas ahí mirando hacia la nada, no entendía por qué, si teniendo un hermoso paisaje frente a tus ojos, ellos se limitaban a fijarse en el profundo lago que se visualizaba metros adelante. La brisa movía mis cabellos, sin pensarlo me coloqué detrás de ti, no muy cerca pero lo suficiente para conocerte mejor. Tardaste en darte cuenta de mi estancia; sin embargo, una vez hecho el acto las miradas se fijaron inquisitivamente.

Entendimos los mensajes que nuestras miradas lanzaban, los pliegos de aquel vestido de terciopelo azul que cubrían mi tímida anatomía no te distrajeron lo suficiente de mi rostro, te clavaste en las ondas que adornaban en mi cabello con cada soplo del aire, era eso y lo delicado de mi aspecto lo que más te conmovió, te diste cuenta, no era común encontrarte a alguien así en aquel lugar.

Mis manos pronto rozaron tus mejillas, jugué con mis dedos acariciándote los labios, quisiste responder pero te sorprendió sentirme tan fría que lo hiciste de nuevo, me asombró ver cómo te acostumbrabas tan pronto.

Fue así que decidiste seguirme a la oscuridad que la noche marcaba sin pautas, no fue necesario llevarte de la mano, estabas prendido de mí como un niño con un helado derretido, y yo disfrutaba tu compañía como ningún otro placer. Poco fue lo que estuvimos, pero el suficiente para reconocer que la humanidad en realidad estaba viva, más allá de los latidos que sus corazones precipitados lanzaban.

Es por eso que me embargó la pena al descubrir lo frágil de tu mortalidad, sabía que tu belleza no sería eterna, al menos no en aquel momento ni en ningún otro porque la naturaleza se encargaría de llevarse lo que es suyo y al final terminarías siendo parte del suelo por el que posan mis pasos. Tenía miedo de aquel momento indeseado, te había poseído como posee el mar a los peces, habías naufragado y las sirenas te llevaron a salvo dentro de una enorme concha y tú eras la perla, la más hermosa, la que más  brillaba en el fondo del océano.

Entonces los cánticos de aquellas mortíferas criaturas te silenciaron para sumergirte en un sueño profundo, eterno, donde resplandecerías por siempre, y al final te llevarían conmigo, al destino que habías elegido desde que me mostraste el camino de mis deseos. Lo supe desde tu primera caricia: poseerte más allá de tu vitalidad, conservar no sólo el recuerdo de tus memorias, conservarte a ti, así como tú me conservarás en lo profundo de tus sueños, navegando por mares desconocidos, explorando sus tesoros escondidos sin tener que compartirlos.

Así fue mi querido amante como te convertiste en mi adoración e irremediablemente me debatí contra mi propia naturaleza por seguir tus pasos, tras intentos fallidos logré acercarme más a ti, a seguir tu sueño, me embarqué en un balsa para alcanzarte y remaré hasta que consigamos nuestro objetivo, ahí donde los sueños son perecederos, sin miedo a las marcas de la edad, sin discapacidades, ahí donde todo inicia y donde todo deberá culminar eternamente.

Sólo así nos volveremos a encontrar, en nuevos mares donde hemos de naufragar, donde las sirenas nos invoquen con sus cantos y permanezcamos a lado de Tritón cuidando nuestro nadar. Hasta entonces velaremos en la misma habitación, que comienza a iluminarse con la salida del sol.