Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva
"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.
"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."
Jack Kerouac - Página oficial
"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."
H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt
"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."
Fernando Pessoa
"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."
Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva
"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."
Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.
"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."
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martes, 12 de marzo de 2013
Enfermedades que matan
Por: Martín Soares.
La semana pasada mi exmujer me
telefoneó. Era sábado en la tarde, veía la televisión, cuando escuché el
teléfono sonar. No me gusta atender las llamadas, por lo regular dejo que pique
y repique el teléfono hasta que se cansen. Está ocasión no se cansaron.
Al levantar la bocina me
sorprendió escuchar su voz. Me saludó con un “hola, Martín”, como si el tiempo
no hubiera pasado, como si se hubiera ido por la mañana al trabajo. Con esa
misma confianza le respondí, total, la conozco de muchos años y sus últimas
aventuras ya me tienen sin mucho cuidado.
Luego del saludo, de inmediato
soltó el porqué de la llamada. Su novio la había mandado al carajo. A mí no me
importa su vida actual y no sabía por qué me hablaba. Nunca le conté de mis
aventuras amorosas, ni siquiera la busqué para felicitarla el día de su
cumpleaños o navidad o año nuevo. Nuestra relación se terminó y se terminó.
Aunque un par de veces nos vimos para tener sexo.
Cuando la conocí, alrededor de
los dieciocho años, el sólo hecho de verla me ponía la tranca dura.
Desde esa edad comenzamos nuestras aventuras sexuales. Lo hicimos en todos los
lugares que visitamos. En cada rincón de la casa de su madre, de mi madre y
luego en la nuestra. Sin investigar posiciones sexuales, practicábamos un gran
repertorio. El sexo fue lo mejor del matrimonio. Estábamos hechos para eso.
Cuando me anunció que se iba con
otra persona no tuve tiempo de sentirme mal. Realmente siempre he evitado tener
tiempo para preocuparme por tonterías. El amor es una mal con el cual el hombre
debe convivir para crecer. Exactamente igual que las enfermedades.
Después de contarme su reciente
rompimiento, comenzó a rememorar nuestra vida pasada. Extrañaba, supuestamente,
muchísimas cosas. Los desayunos en la cama, la güeva dominguera, los viajes al
pueblo de su abuela, las visitas a casa de mi madre. Casualmente estos mismos
tópicos los había esgrimido cuando se fue, esas visitas, esos días de flojera
la tenían harta. Ella quería conocer el mundo, y compartir el tiempo con un
sedentario no le satisfacía.
La escuché por respeto y porque
le tengo un gran aprecio. Me ayudó mucho en los momentos difíciles y compartir
un pedazo de vida con otra persona siempre genera ese sentimiento. Sólo asentía
a sus remembranzas, no aumentaba más datos porque sabía, muy dentro de mí, hacia
dónde iba.
Veinte minutos después del
soliloquio llegó a inquirir sobre mi presente. Le comenté que todo seguía
igual. Que no soy un hombre interesante. Que no intento modificar muchos mis hábitos.
Que mis amigos seguían ahí y mi trabajo y mi familia, en general mi vida estaba igual. También, de manera indirecta, me preguntó si tenía alguna
relación sentimental. Le dije la verdad.
No había vuelto a enamorarme
después de ella. A quién le gusta enfermarse una y otra vez, sólo a un
masoquista. El amor, repito, es una enfermedad que forzosamente debemos
experimentar al menos una vez en la vida. Depende de nosotros si deseamos
continuar cayendo en lo mismo una y otra vez o cuidarnos para no pisar el
terreno de las dolencias crónicas.
Me gusta el enamoramiento. La
gripa antes de la pulmonía. En éste es posible disfrutar la vida sin
preocupación, sólo con precaución. Se va a tientas buscando el placer de caer
rendido a la cama, de soñar que el día de mañana será mejor a base de un beso,
de un poco de sexo; de los antibióticos para no llegar al punto máximo de la
enfermedad. Lo que pase después es responsabilidad de cada uno.
Mi exesposa me dijo que seguía
siendo el mismo lindo y raro sujeto. Tenía ganas de verme para platicar con una
taza de café y un par de cigarros. Le comenté que la siguiente semana tendría
un día libre. No saldría con los amigos ni iría con mi madre. Acordamos que
llegaría a mi casa a las ocho de la noche para ese café.
Le colgué y continué haciendo mis
cosas. Vi la televisión otro rato más y luego me dispuse a salir a caminar un
poco por el parque. En ese recorrido entendí que mi exesposa estaba
desesperada. Me buscaba para encontrar un poco de consuelo… de sexo. No me
podría negar a su decisión ya que siempre tuvimos excelentes momentos en la
cama.
Los dos estamos hechos para el
sexo. Nos entregábamos de una manera especial y única que con otras parejas, al menos yo, nunca he logrado alcanzar. Lo mejor será disfrutar el momento que se avecina. Tomarla
como una enferma que va en busca de un remedio. También necesito un poco de
medicina contra esta vida que cada vez me patea los cojones con mayor fuerza. Nos encamaremos y esperaremos el resultado. Nunca está de más sudar
un poco para aliviar el maltrecho organismo.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Passion of Lovers
por El Doctor Pluma
En una de tantas noches en las que desgastaban los cuerpos
intentando alcanzar el éxtasis físico al que todo ser humano pretende llegar,
él le dijo, un tanto en tono de broma, pero con cierta carga de verdad, que prefería
verla muerta antes que en los brazos de otro hombre.
Él sabía que bromeaba, ella no tanto, pero olvidó de
inmediato las palabras, pues las pulsaciones carnales impidieron centrar su
atención en frases promulgadas de buenas a primeras por su en aquel entonces amante ideal.
Como tantas cosas en esta vida, y por detestable y petulante
que resulte, el amor de ambos tocó su punto final cuando, sin avisar, la muerte,
cual perra que es, acarició la delicada mano de aquella joven y sin detenerse a
explicar las razones, como si fuese capaz de hacerlo, le arrancó de aquel lecho
creado a partir de lo que sanamente podría llamarse afecto y cariño.
Los días que siguieron a aquel desastroso capítulo fueron,
usted podrá imaginarlo, un infierno para él. Razones escasas para sonreír, para
hablar, para pensar siquiera en un futuro, en ese futuro que se niegan quienes
han perdido a algún ser querido, todo ello a razón de que la pérdida humana
acaba con el mañana, con el después, con el segundo que viene… no hay futuro
para quienes viven la muerte de cerca.
Ello mismo le ocurrió a aquel joven que, inexperto como
todos en esta vida, no encontró otra alternativa más que cruzar a aquella
habitación donde las penas suelen guarecerse para, de un golpe, arremeter en
conjunto y suprimir toda voluntad de salir avante de la misión.
Perdióse, pues, en el mar de la decadencia y dejo que las pirañas
le carcomieran la escasa piel que, después de tanto llanto, aún permanecía
atada al hueso.
¿Acaso le habían matado sus celos, sus reproches, sus
malditas vanidades o sus perversas fijaciones?
Tras mancillarse los intestinos con cualquier cantidad de elixires
malignos que un ser humano, producto este pensamiento de las buenas costumbres
de la sociedad, no debería ingerir, sentó su visión en aquella escena cuyo diálogo
se resumía en simples palabras de adolescente: antes muerta que en los brazos
de otro hombre.
¿Había terminado con la vida de su amada sólo por temor a
verla, en otro momento y bajo otro contexto, atada en cuerpo y sentimiento a
otra persona? Nada más falso.
La vida, con sus caprichos inexplicables y por tanto
inexorables, había jugado una vez más con las piezas del tablero y, arrojados
los dados al vacío, optó por arrancarle de su lado. Malditas son las reglas de
un juego al que ni siquiera fuimos invitados a jugar, pero del cual formamos
parte desde que nacemos.
¿Para que mataría, entonces, aquel amante a su amada, si el
simple hecho de observarse solitario, ya sin su compañía, ya sin su aroma, ni
sus pechos, ni sus muslos, ni ese corazón palpitante lleno de vida, le hacía el
ser más miserable de este mundo?
Tras una serie de lucubraciones, todas éstas sin rumbo fijo,
cayó en cuenta que la muerte, perra como lo es hasta ahora, no podía separar un
amor tan profundo sólo por meras maniobras de estado-espacio-tiempo-forma.
El joven, aún perdido en ese delirio típico de quien se sabe
abandonado, decidió lanzar la última moneda al pozo de los deseos y jugar el
juego de la muerte.
Sin consideraciones que pudieran llevarlo a un inmediato
arrepentimiento, vistióse cual elegante mozo que se mantiene a la espera de la
mujer de su vida, ingenió un plan un tanto carente de brillantez y se lanzó,
bajo la lluvia torrencial que azotaba a la ciudad, en busca de la lápida donde
yacía su amada.
Sin importarle lo enfermo que pudiera verse exhumando un
cadáver, desprovisto de toda razón naturalmente humana, se dio a la tarea de
escarbar con sus propias manos hasta dar con aquel féretro, ahora seguramente hecho
añicos por el tiempo, donde lo esperaban apacibles los restos de aquella mujer a
la que alguna vez llegó a desear tanto como a la vida misma.
Llegado el punto donde las manos se encontraron con los
huesos carcomidos y putrefactos, ciego tal vez por la adrenalina, tal vez por
el amor aún expectante, soltó en llanto al mirar de frente aquel cráneo
descarnado de su amante. Claro, la extrañaba como nunca antes.
La tomó en sus brazos y sin esperar a que la muerte se
revelase para subestimar sus esfuerzos, de su smoking sacó una daga y penetróse
el pecho con tan admirable delicadeza, que sólo un verdadero poeta, y no un
escritor de segunda como éste, su servidor, habría podido capturar tan bella
escena, matizada ésta con majestuosas palabras.
El cuerpo aún tibio del joven cayó de inmediato fulminado
por el dolor del frío acero, mas nunca soltó el cuerpo de la mujer; el
sufrimiento le aferró a ella como quien se siente amenazado y se niega a ser
separado del regazo de la madre.
Muy a pesar de la tormenta y del desorden en la ahora
destrozada tumba, los cuerpos abrazados, sumidos en el sueño eterno de los no
vivos, habían logrado revelarse contra las leyes de la vida y la muerte y, de
esta forma, también habían violando la lógica del círculo de la vida, trasladando
su amor a otro terreno, al inmaterial, a donde los sentimientos, dicen los que
saben, jamás perecen.
jueves, 4 de octubre de 2012
Una profesión humana
por Pep
Mira si el mundo es chico o la necesidad
acompañada de soledad es suficiente. Es el día en que tu olor se ha quedado
conmigo y tu recuerdo aún permanece; es el día en que quisiera salir a buscarte
y decirte que he empezado a quererte; es justo el día en que estoy por
resignarme y perderte, ¿perderte? Creo que nunca fuiste mía como para verte
perdida, pero siempre fui tuyo, aunque nunca lo supieras.
Ayer, como cada noche durante los últimos dos
meses, salí en el auto con la esperanza de encontrarte. Deseando verte caminar
por la acera y dirigirte a mí, para que vinieras a casa y entonces diéramos
gusto al cuerpo, oídos, mente, vista y sentimientos. Vi a una pareja que se
amaba mientras caminaban, entonces recordé lo felices que fuimos todo ese
tiempo.
Quise sentir tus manos tibias sobre mi cuerpo,
deseando tener mi sexo entre tus piernas, mi lengua deslizándose sobre tu bien
formado pecho y mis manos colocadas en lugares específicos rindiendo tributo a
ese ser maravilloso en el que te habías convertido.
Sí,
quise sentirte mía y de nadie más. Mía no porque seas un objeto, sino porque
más allá de meterme por debajo de tu falda, pude penetrar tus pensamientos,
llegar al punto exacto en que tu mente dejaba de hacer para empezar a estar;
estar llena de placer, necesitada de mí y yo de ti y todo lo que sueles hacerme,
pidiendo que ese momento, en el que ambos nos uníamos sin mayor remedio y en el
que tu sudor era la bebida perfecta para mi sed, nunca terminara.
Pude haber muerto cualquiera de esas noches,
días, tardes, no importaba el horario, la experiencia siempre era única, y
morir entre tus piernas o con mi lengua lamiendo tu interior hubiera sido la
muerte más placentera que alguien pudo haber tenido.
Sin embargo, heme aquí, metido en este auto sin
tus piernas y caderas moviéndose al compás de mis orgasmos más duraderos, de
mis incontrolables ganas de despojarte de tu ropa y deslizar por ese cuerpo
tuyo mi sexo muy dispuesto. Siempre provocadora, seductora, siempre dispuesta a
cumplir los más perversos deseos, siempre gustosa de estar conmigo y de
permitirme coger… tus ideas más intimas y hacerlas realidad.
Hoy he salido en busca de ti, al no
encontrarte he tenido que recurrir a gastar un poco de mi quincena para tener
compañía; para tener alguien con quien venirme después del trabajo y terminar
rendido, cansado y ya sin ganas de sexo. La masturbación comenzaba a ser parte
del día a día y ya se empezaba a tornar aburrida.
No es lo mismo mi mano ya
cansada por abusar de sus beneficios, que esas nalgas bien firmes en las que
más de una vez mi semen se escurrió.
Es por eso que he decidido pagar los servicios
de esta, ¿cómo llamarle, “mujer, prostituta, señora, señorita, puta”? Da igual,
dudo mucho que vuelva a verla o que tenga que recordar el calificativo, como si
fuera a presentársela a alguien. En fin, he recurrido a ella como quien va al
centro comercial, busca comida o bebida, paga y satisface su necesidad
primaria: comer y beber.
Yo he de satisfacer mi necesidad primaria, mi
necesidad de estar acostado contigo y meter mis dedos, mi lengua y lo que sea
preciso para darte placer, sentir tu boca centímetro a centímetro, mientras
introduces en ella lo que es mío y así permanecer el tiempo que sea necesario
para terminar exhaustos de tanto placer.
Días como hoy ha habido muchos, desde hace dos
meses que no te veo y que he salido todos los días a buscarte. Cansado de no
encontrarte, al menos una vez por semana, he terminado enredado en las sabanas
de más de una de ellas, de ésas que conoces. Nunca es la misma persona, siempre
son diferentes rostros, gestos, cuerpos y modos, incluso edades.
La más pequeña con la que he estado tiene 17,
sé que pensarás que soy de lo peor, pero has de recordar que esa edad tenías
cuando nos conocimos, cuando te expliqué y enseñé algunas cosas referente a los
placeres de la vida, cuando tu sexo, virgen y temeroso, se entregó a mí y
juraste amarme siempre.
Esa niña me recordó tanto a ti, la diferencia
no era mucho contigo, tú 17 y yo 20, ahora ella 17 y yo… mejor no hablemos de
eso. Pero tu recuerdo presente aquella tarde me permitió tener una de las
relaciones más placenteras que pude haber disfrutado; mira si es gracioso, pudo
ser otra cara, cuerpo y modos, pero en mi mente tú eras con quien fornicaba sin
remedio y sin control, no aquella niña ajena a mi vida y sentimientos.
En fin, como te contaba, dos meses teniendo a
diferentes mujeres en mi cama y tu recuerdo sigue atormentándome noche a noche.
No sé en realidad si es tu recuerdo o tu cinismo, pero sea lo que sea no me ha
permitido sacarte de la cabeza, dejar de pensar y de quererte, dejar de
desearte.
Quiero verte y quiero sentirte, y que estés aquí al
despertar y antes de dormir; quiero morir en tu boca y renacer pegado a tu
sexo; quiero que me sometas a tus más sucios deseos, pero quiero hacerte
participe de mis más perversos secretos; quiero que estés aquí y tengamos sexo,
no importa lo que tenga que hacer, quiero tenerte otra vez.
Dos meses tirados a la basura, en el intento
de regresarte conmigo encontré un sinfín de verdades tuyas que tal vez no me
hubiera gustado conocer, pero que ahora me han hecho entender. Dos meses en los
que he compartido la cama con varias mujeres, pero de la cama no ha pasado,
nadie como tú a la hora de hablar. Puedes tener mil cualidades, venirse en tu
boca de una manera casi celestial es una de ellas, pero a la hora de hablar, en
verdad que aún veo difícil decidir qué prefiero más, si cogerte o escucharte. De
cualquier manera, contigo, ambas cosas me gustaban.
Y después de poco más de un año de tenerte
noche tras noche en mi cama, compartiendo mi casa, mis sueños y mi amor, por
que sí, mira que llegué a amarte, un día despiertas y me dices que no puedes
seguir con esta farsa. Que me quieres, lo has hecho desde que éramos niños y
viviendo tan cerca siempre nos frecuentamos, pero que no sirves para esta vida
que te doy.
Esta vida que quise vivir contigo, no es la
que tú soñabas tener. Tus aspiraciones o medios para satisfacer tus necesidades
eran muy lejanos a los que yo podía aceptar y ofrecer. Ese día despiertas y me
dices que tu trabajo es tu vida, que tú vives para trabajar y no para quedarte
en casa. Eso nunca lo cuestioné, pero eso, a lo que te dedicas, es lo que no
lograba entender.
Te ofrecí una vida digna de ti, de tus
estudios, de tu persona, entonces trato de convencerte que si es por dinero,
juntos saldremos adelante. Que no te he de dejar sola y menos a tu suerte en
las calles y con tanto cabrón que anda suelto. Te quedaste callada mientras
seguías guardando las cosas en tu maleta. Sólo me veías como sintiendo lástima
por este idiota que se enamoró de ti.
Intenté hacerte entrar en razón pero creo que
tus palabras frías y directas no me dejaron otra opción. Justo antes de que salieras
de la casa y dejarte partir sin más, volteaste y me miraste, tomaste mi mano y
dijiste: “entiende que no se trata de ti y de lo que has hecho por mi, estoy
muy agradecida pero ya no puedo más.
Quiero que sepas que durante este año me
has hecho muy feliz, he sido una mujer muy afortunada de poder encontrarme un
hombre como tú, pero no puedo seguir engañándome ni mintiéndote a ti.
“Desde ese día en el que nos encontramos te expliqué las cosas, lo entendiste, me
propusiste vivir juntos y lo intenté; al principio te dije que trabajaba en eso
por necesidad, pero hoy, hoy que no he podido aguantar más, debo decirte que
no, no seré como todas las demás que dicen que se prostituyen por necesidad. Yo,
yo lo hago por gusto, por placer, por aventurarme a tener a diferentes hombres
por las noches, a dormir con alguien diferente cada semana, a sentir un cuerpo
ajeno y desconocido cada que alguien me paga por acostarme con él; yo lo hago
porque soy así, porque me gusta y porque, incluso, podría no cobrar y seguir
buscando placer en las calles.
“En cada coche que se acerca misterioso, baja
el vidrio, se cierra el trato y se abren mis piernas o la boca, depende del
gusto de cada quien. Tal vez te lastime saber la verdad, saber que soy una puta
más, una de esas que alguna vez fuiste a buscar y que, sin querer, justo ahí
nos fuimos a encontrar. Ésta es la despedida, tal vez te duela pero mañana ya
se pasará. Si algún día necesitas de mis servicios búscame que para ti, amigo,
las puertas de mi casa y mis piernas siempre estarán abiertas y dispuestas a
acogerte sin reproche”.
Fue entonces cuando me diste un beso que no
pude responder, tenía tanto asco de mí, de ti, de haberme enamorado de una mujer
de la calle, de haberme creído tus engaños, de haberte compartido, seguro
estoy, más de una noche con alguien más. Juré que te echaría al olvido, pero la
verdad es que no he podido, y no lo he intentado.
Mira si el mundo es chico o la necesidad
acompañada de soledad es suficiente. Es el día en que tu olor se ha quedado
conmigo y tu recuerdo aún permanece; es el día en que he salido a buscarte en
cada esquina, con cada una de estas mujeres que se venden como carne en el
supermercado, desfilando para el montón de pervertidos que pasan aquí. He
estado con más de una de ellas, las que me dicen cómo es que llegaste aquí y lo
rápido que los clientes notaron tus intenciones.
Vengo todas las tardes y me uno al montón de
pervertidos que las miran desfilar, me uno
al juego de venir, pagar, coger y escapar, me uno con la esperanza de verte,
contratarte y tenerte de nuevo. No pienses mal, pues que duerma con alguien más
no significa que te haya dejado de querer, pero siempre habrá necesidades que
satisfacer.
He de salir todos los días en busca de ti, en
busca de que te ahogues en mi placer a consecuencia de tu “profesión”. Total,
ambos sabemos que siempre fui tuyo, aunque nunca lo supieras, y nunca fuiste
mía, aunque yo no lo entendiera.
PD. Te quiero puta.
domingo, 5 de agosto de 2012
De ti
por El Doctor Pluma
Hubiese preferido saber tu historia antes que tu nombre, y
probar tus labios antes que escuchar tu voz.
Mas las historias nunca conviven con los deseos, y no podemos
disponer del rumbo de las cosas, por desgracia.
Ahora que sé que existes puedo dormir en paz y dejar mi
nihilismo mental de lado, para volcarme hacia tu recuerdo cuantas veces sea
necesario.
Al menos me basta con el recuerdo, gratuito y garantizado de
por vida, pues es quizá lo único de cuanto puedo disponer ahora.
Ahora que estás ahí sé que puedo adjudicarte tu imagen de
ayer que me duele en cada parte del alma, en cada latido, en cada suspiro, en
cada ir y venir de las manecillas del reloj.
Qué sería de mí sin esa bocanada de sensaciones que
anestesian los sentidos y someten a los demonios interiores para evitar una
catástrofe generalizada.
Ahora tú eres la culpable de todo esto y tú tienes las
fórmulas adecuadas para aminorar el encono que existe entre corazón y alma.
Demasiado tarde llegan las insolentes preguntas que a menudo
rondan en la mente del ser humano; la presa se ha desbordado y no hay quién
detenga la presión.
Pero observa con cuidado, he dejado de ver con los ojos y
ahora te veo con el ama; he dejado las máscaras y los maquillajes y he optado
por ser cual soy para verme en tu espejo y descifrar los códigos.
No sé en qué momento pasó, no sé cómo entré y francamente no
quiero salir, amén de que dictes lo contrario.
Ayer vi pasar mi vida correr como el agua en el río salvaje;
hoy la vida se detiene y espera la señal, para iniciar de nuevo, para enmendar
errores, para vivir dos veces, en dos lugares distintos: aquí donde me
encuentro varado y allá donde tú encuentras la zona de confort.
Tengo una razón de sobra para volver a abrir los ojos y mirar
al horizonte, ahí donde puedo encontrar tu rostro dibujado, rostro que dicta,
rostro que invita, rostro que llama, que pide, que alimenta, que siente.
Caminábamos sin la intención de encontrarnos, pero sabíamos
que nos tendríamos que encontrar, y ahora es cuando caminamos juntos y
caminamos sin rumbo fijo, pero de la mano al fin.
Y ahora llueven pensamientos fugaces que matizan las paredes
de mi habitación donde está escrito aquel nombre cuyas cinco letras dan sentido
a mi vida.
Por ello es que en la soledad de la vida retomo las palabras
una vez utilizadas y valoro los momentos que he compartido a tu lado, mas
valoraré los que están por venir, aquéllos que también se extrañan.
Sólo espero impaciente el momento en que el tono de tu voz
resuene en éste mi único espacio donde puedo verte y no sentir ese nerviosismo
galopante, al menos para sentirme un tanto más vivo de cuando te sabía sin
siquiera conocerte.
No quiero dar un paso atrás, prefiero que seas tú la que dicte
la sentencia final.
Ahora que ese nombre formará parte de mi glosario cotidiano,
ahora que tu mirada me guiará cuando mis ojos se gasten entre la oscuridad,
ahora puedo mostrar ese dejo de felicidad impaciente e impaciente espero la
respuesta.
Ergo, ¿qué tan inherentes podemos ser el uno del otro?
lunes, 6 de febrero de 2012
Como una ola de mar
Por: Ekary
Si de ti he bebido hasta la
última gota, si con cada luna nueva has de acompañarme en mi velo eterno,
formando parte de la robusta estadía, ahí donde los muebles viejos se han
llenado de polvo milenario, partículas que rodean la alcoba y las rosas marchitas
son la tumba de mis anhelos. Sí, creo que te querré ahí.
Sobre aquella mesa de buen
roble he escrito mis memorias a lo largo de los años, me he abrumado con la
enorme soledad con la que son plasmadas, sólo he sido espectadora de una interminable
existencia de la humanidad. Su ciclo vital se renueva, pero aun así siguen
cometiendo errores, creo que su extinción no sería suficiente para limpiar
verdaderamente el mundo como se necesita, porque al final siempre existirá
algún testigo sobreviviente de las desgracias, como suele ser el ímpetu del
humano, ¿comprendes lo que trato de decir?
Cada paso que había dado
antes de conocerte era perturbador, era inusual lo que acontecería, la rutina
nocturna me apetecía simplemente en un área de mi cuerpo, pero más allá, mis
deseos estaban insatisfechos, me atrevo a confesar que éstos ni siquiera
gozaban de una forma, sólo mi infortunio desesperado me llevaría a dibujarlos
en un lienzo ubicado en mi imaginación, -sí, admito que es grande y que muchas
cosas me sorprenden aún- de haber perdido esa capacidad seguramente sería menos
humana.
Una tarde, una muy oscura la
recuerdo, estabas ahí mirando hacia la nada, no entendía por qué, si teniendo
un hermoso paisaje frente a tus ojos, ellos se limitaban a fijarse en el profundo
lago que se visualizaba metros adelante. La brisa movía mis cabellos, sin
pensarlo me coloqué detrás de ti, no muy cerca pero lo suficiente para
conocerte mejor. Tardaste en darte cuenta de mi estancia; sin embargo, una vez
hecho el acto las miradas se fijaron inquisitivamente.
Entendimos los mensajes que
nuestras miradas lanzaban, los pliegos de aquel vestido de terciopelo azul que
cubrían mi tímida anatomía no te distrajeron lo suficiente de mi rostro, te clavaste
en las ondas que adornaban en mi cabello con cada soplo del aire, era eso y lo
delicado de mi aspecto lo que más te conmovió, te diste cuenta, no era común
encontrarte a alguien así en aquel lugar.
Mis manos pronto rozaron tus
mejillas, jugué con mis dedos acariciándote los labios, quisiste responder pero
te sorprendió sentirme tan fría que lo hiciste de nuevo, me asombró ver cómo te
acostumbrabas tan pronto.
Fue así que decidiste
seguirme a la oscuridad que la noche marcaba sin pautas, no fue necesario
llevarte de la mano, estabas prendido de mí como un niño con un helado
derretido, y yo disfrutaba tu compañía como ningún otro placer. Poco fue lo que
estuvimos, pero el suficiente para reconocer que la humanidad en realidad
estaba viva, más allá de los latidos que sus corazones precipitados lanzaban.
Es por eso que me embargó la
pena al descubrir lo frágil de tu mortalidad, sabía que tu belleza no sería
eterna, al menos no en aquel momento ni en ningún otro porque la naturaleza se
encargaría de llevarse lo que es suyo y al final terminarías siendo parte del
suelo por el que posan mis pasos. Tenía miedo de aquel momento indeseado, te
había poseído como posee el mar a los peces, habías naufragado y las sirenas te
llevaron a salvo dentro de una enorme concha y tú eras la perla, la más hermosa,
la que más brillaba en el fondo del
océano.
Entonces los cánticos de
aquellas mortíferas criaturas te silenciaron para sumergirte en un sueño
profundo, eterno, donde resplandecerías por siempre, y al final te llevarían
conmigo, al destino que habías elegido desde que me mostraste el camino de mis
deseos. Lo supe desde tu primera caricia: poseerte más allá de tu vitalidad,
conservar no sólo el recuerdo de tus memorias, conservarte a ti, así como tú me
conservarás en lo profundo de tus sueños, navegando por mares desconocidos,
explorando sus tesoros escondidos sin tener que compartirlos.
Así fue mi querido amante
como te convertiste en mi adoración e irremediablemente me debatí contra mi
propia naturaleza por seguir tus pasos, tras intentos fallidos logré acercarme
más a ti, a seguir tu sueño, me embarqué en un balsa para alcanzarte y remaré
hasta que consigamos nuestro objetivo, ahí donde los sueños son perecederos,
sin miedo a las marcas de la edad, sin discapacidades, ahí donde todo inicia y
donde todo deberá culminar eternamente.
Sólo así nos volveremos a
encontrar, en nuevos mares donde hemos de naufragar, donde las sirenas nos
invoquen con sus cantos y permanezcamos a lado de Tritón cuidando nuestro
nadar. Hasta entonces velaremos en la misma habitación, que comienza a
iluminarse con la salida del sol.












