Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva
"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.
"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."
Jack Kerouac - Página oficial
"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."
H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt
"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."
Fernando Pessoa
"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."
Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva
"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."
Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.
"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."
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miércoles, 29 de enero de 2014
One of these days
by P.I.G.
Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana
prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que
sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una
iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete
meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.
Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una
habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de
la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar
normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos
lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.
Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla
y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que
el caso ha originado.
Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que
el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el
sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había
experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto
contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su
esquelético cuerpo.
Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la
que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo
donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada,
está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.
El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus
gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario;
incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan
fúnebre protocolo.
Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a
la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión
de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco
metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus
entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende
de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.
La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se
acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible
sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez
pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del
hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin
decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.
La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del
juez; piden al verdugo iniciar las descargas.
El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta
escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos
fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel
asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de
sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede
escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no
nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.
Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin
sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega
los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o
su verdugo, nadie.
Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que
considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado
por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor
sorpresivamente le aterroriza.
Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los
minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver?
La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte
que se encuentra encadenado en la silla.
Los minutos se hacen horas y las horas días, días en
vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?
Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez
otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que
poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con
la fría pieza inerte.
Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la
vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese
permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes
todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol
cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente
muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.
¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién
escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá Dios
a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión?
No.
Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la
vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma
de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del
agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás
recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.
Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue
respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá,
y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita
con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado,
aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues
nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de
descargas.
Uno de estos días
by P.I.G.
Hace días que la
calle luce desolada, en ella se puede sentir la penumbra y un ambiente poco
común. Huele a muerte, incluso el color amarillento que dibuja el panorama lo
corrobora. Las nubes cubren el cielo y lo tiñen con delgadas líneas grises; el
horizonte no está demasiado lejos.
Esta tarde los
fieles acudirán a la iglesia para venerar a su Dios crucificado, entrarán con
la firme intención de purificar su alma; saldrán con un cargo de conciencia que
les obligará a regresar una y otra vez hasta que por fin sean redimidos.
Ahí adentro todo es
rezos y plegarias, a las afueras de la
casa de Dios la vida corre aceleradamente, se vuelca en interminable dolor
y sufrimiento. El viento se detiene, las aves no vuelan, sólo reina el silencio
y la agonía.
Los restos abatidos
por una batalla perdida nunca más ofrecerán diezmo. Frente a la entrada
principal una mujer yace muerta con el vientre abierto, luciendo los intestinos
y la asquerosa grasa corpórea, como si se tratase de una exposición. Cerca de
ella, a unos cuantos metros, bajo una enorme piedra, un feto.
La escena es
brutal. Las luces que forman la cruz de la capilla se reflejan en el charco de
tibia sangre que cubre el asfalto, el hilo recorre los escalones de la escalera
hasta llegar al jardín. Las manos se elevan al cielo pidiendo redención, el
agua bendita cae sobre la cabeza de los pecadores; el padre pide por el alma de
los mortales. El cuerpo inerte de la mujer se encuentra desecho, las marcas de
los golpes se aprecian inmediatamente; imposible reconocerle pues el rostro
está deformado, la carne se desprende de éste. Los ojos parecen a punto de
reventar, la mandíbula está completamente dislocada, al igual que la nariz.
Quizá se trató de
un intento de violación, pues la ropa fue desprendida, mas no hay semen ni
alguna señal que compruebe dicha hipótesis. Los senos ensangrentados de la
mujer llaman la atención como lo hicieron en vida. El hombre colgado en la cruz
mira a sus hijos, sólo siente lástima por ellos, también les espera un funesto
destino. Las hostias son tragadas, el cuerpo de Dios es devorado; sabe a carne
humana, a sufrimiento, a pena.
El que debía ser el
próximo ser en mirar la luz fue sacado de las entrañas de su madre y asesinado
antes de nacer. Conoció el dolor sin haber pronunciado palabra alguna, sin
haber respirado el contaminado aire de la ciudad, sin haber probado el trago
amargo de la vida. Su frágil cuerpo fue aplastado por una roca una tarde en la
que el grueso de la sociedad se arrodilla frente a un ser inexplicablemente
omnipotente.
El culpable del
sangriento homicidio hizo la señal de la cruz después de guardar la filosa arma
entre sus ropajes; será aislado en una cárcel con barrotes de hormigón, pero ésa
es otra historia.
La
paz del señor esté con todos ustedes y que les permita olvidar que allá
afuera una mujer ha sido brutalmente asesinada por un ser que, al igual que
todos, busca vengarse de los asesinos de su Dios. La ceremonia ha terminado, para los fieles, para ella, para él.
miércoles, 30 de octubre de 2013
Semana de muertos, tradiciones vivas
por B.Varglez
Esta
semana es dedicada a nuestras tradiciones, las verdaderas, las de nuestras
raíces y que bien también pueden ser combinadas con otras; la idea es no dejar
de lado lo que nos gusta y llevamos años haciendo, no sólo porque tenemos un
gobierno pendejo y represor lo dejaremos de lado. Y no porque celebremos un
poco quiere decir que somos indiferentes ante las circunstancias o
problemáticas de nuestro país.
Porque
a decir verdad es necesario que nuestras tradiciones no mueran, el por qué, en
parte por nuestro pasado tan rico, donde los ancestros realizaban todo un
hermoso ritual para invitar a las almas a venirnos a visitar en estos días
dedicados a los muertos: el copal, el pan de muerto, las veladoras y los
platillos preferidos de nuestros seres que ya no están en este mundo.
Sus
almas, como un fino polvo (el que no quiera creer en ello muy respetable), se
desliza por las paredes de nuestras moradas y nos regalan un poco de su
presencia.
Cuenta
la leyenda que si comes algo que estuvo expuesto en la ofrenda no tendrá, sabor
ya que las ánimas se lo llevan como agradecimiento por déjaselos en su altar.
Pero
no sólo por lo anterior es por lo que debemos poner o visitar una ofrenda, sino
porque de estas hermosas tradiciones está detrás el trabajo de mucha gente
trabajadora: campesinos, artesanos o simples vendedores que buscan llevar el
sustento a sus mesas ofreciendo los artículos que le darán vida a la
celebración.
Es
cierto, para muchos el Día de Muertos ya se volvió Halloween, una festividad
extranjera y que nada tiene que ver con nuestras raíces, pero tampoco podemos
juzgar tan fría y severamente esta fiesta, pues muchos (no se hagan) la
utilizan de pretexto para empinar el codo (más que de costumbre) y ya ni
siquiera la arman chido disfrazándose o haciendo algo referente a la fecha,
solamente compran el alcohol, beben como cosacos y se atreven a llamarlo
Halloween
Ni
madres, si no hay disfraz, ni ofrenda es una borrachera cualquiera, así que no
sean payasos, ni ridículos.
Pero
total, que como les decía, el trabajo de mucha gente está presente en todo este
rollo y uno de nuestros queridos barrios (no, no es Coyoacán, hay más en esta
vida que ese sitio para estas fechas), La Merced, es uno de los lugares donde
podemos encontrar un sinfín de cosas para nuestra pachanga, ofrenda, Halloween o
como fregados quieran llamarle.
Empezando
porque es un deleite dejarse envolver desde el mercado de la fruta, las
legumbres y carnes, hasta la zona donde está todo lo referente al Día de Muertos.
Se emboba uno y se le pasan las horas de lo lindo en el pasillo de los dulces,
entre apretones y empujones, pero en verdad, si uno no es muy mamón, se la pasa
chido, compra barato y lo hace directamente a un pequeño empresario, no a una
trasnacional, además de que lo que te lleves es fresco y de calidad.
Otro
lugar donde puedes ir también a comprar, bobear o simplemente a cenar y
deleitarte con el pan de muerto y otros postres o antojos, es el mercado de Río
Blanco, ubicado en Congreso de la Unión. Ese es un antiguo mercado que también
tiene una gran variedad de precios y productos para tus ofrendas.
Ya si
te da mucha flojera andar en mercados enormes y abundantes de gente, pues de
perdida visita el de tu colonia, que seguramente también tendrá lo que necesites.
El chiste es consumir lo que otros hacen y ayudar a los pequeños productores;
al fin sales ganando porque la cartera te lo agradecerá.
Ahora
bien que si lo tuyo de plano no es la manualidad (me refiero a la puesta de los
altares, no sean cochinos), entonces váyanse a observar y visitar los que ya
están hechos, como lo son las ofrendas que ofrece el GDF, los altares en Ciudad
Universitaria; éste es maravilloso porque siempre lo dedica a un personaje en
particular, y ahí se puede ver qué facultad de verdad le echa ganas a las cosas
y cuáles nada más lo hacen para salir del paso.
O bien
las ofrendas y altares que ofrecen los museos como el Dolores Olmedo, el de
Antropología e Historia, el de Medicina, el Museo Nacional de las Culturas
Populares, Museo Casa del Risco, Bellas Artes, de entre muchos otros que
incluso llegan a ampliar su horario para que los puedan visitar.
Ya que
si tienes varo y días libres, puedes irte a las festividades en Oaxaca,
Mixquic, Janitzio, Jarácuaro, Veracruz, Puebla, donde la naturaleza hace lo
suyo ambientando el lugar; o bien, si quieres arriesgarte a ver qué tal está
este año la presentación de “La Llorona” en Xochimilco o siquiera vete a ver
“Don Juan Tenorio”, hay muchas compañías de teatro independientes con buenos
montajes, tanto de parodia como en serio.
La
elección esta semana la tienes tú, amigo lector, no seas amargado y vive las
tradiciones de este pueblo, que no todo sea sufrimiento. Dejemos ver que no han
acabado con todo aún y que somos un pueblo que se rescata y busca la unión, que
no quiere perder su esencia, aunque haya muchos ladrones de cuello alto que nos
quieren ver sumidos en el dolor y la tristeza.
Buena
semana de muertos y no dejen pasar la oportunidad de mandar sus textos en la
convocatoria que lanzó Regiones Inferiores. Dejen que las letras los envuelvan.
lunes, 11 de febrero de 2013
Herejía fraternal
por P.I.G.
Hubo un momento en mi vida en el que fui un gran hombre,
padre de familia, honrado, un ciudadano plenamente dedicado a su trabajo, a su
hogar y a las más estrictas responsabilidades que una vida normal exige. ¿Dije
normal? Muy normal para ser precisos.
En la vida caminaba con mis prioridades prendidas a la piel:
el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos. Mi mirada estaba centrada de
lleno solamente en ello, en nada más; no había distracciones, no tenía porqué
haberlas.
Parecía un caballo cuya mirada no pudiese ampliar su mirada
hacia los lados, sólo hacia el frente. No necesitaba más, no era necesario más.
¿Feliz? Pero quién lo es en este mundo.
Quizá para muchos fui un hombre ejemplar, ejemplar en
exceso, como sólo una persona de una naturaleza tan burda puede serlo; aunque
en esos instantes ya estaba un tanto harto de aquella situación,
inconscientemente tal vez, pues no hacía nada en absoluto para cambiar mi forma
de ser. Usted sabe, conformismo que se disfraza de confort y que obliga al ser
humano a dejar de hacer a cambio de no perder todo cuanto se tiene.
Un día, ese día menos esperado en el que te levantas, te
cepillas los dientes, te aseas, desayunas, das las gracias por todo lo que dios
te ha socorrido y sigues caminando, sin cuestionar, por el monótono camino de
la vida… ese día, señores -y he ahí una frase petulante, por todos recurrida-
los colores de mi existencia se invirtieron y con ello todo cambió.
Perdí el gusto por el trabajo, el estudio, mi esposa, mis
hijos, perdí el gusto por aquel ir y venir que hasta entonces me había
mantenido satisfecho, si la palabra cabe en este engranaje de conceptos cuyo
significado no explica el sentir de un ser humano “aburrido” de todo.
Opté, como lo hace la oveja que detesta seguir al rebaño,
salir de ese círculo que, incansablemente y sin quejas, había recorrido una y
otra vez, día y noche, con hambre o sin ella, con lágrimas en los ojos o con
una sonrisa dibujada en los labios; inmerso en la invencible tristeza o inundado
por dentro de esa felicidad que se alcanza rara vez en la vida.
Colgué en el guardarropa aquel viejo y hediondo traje de
hombre responsable, y opté por el de cínico, sin vergüenza y despilfarrador.
No me di cuenta de aquel cambio, hasta el momento justo en
que la primera bocanada de aire, aire impuro y atroz que secó de una bocanada
mis pulmones, me hizo reparar en el suelo que ahora pisaba, uno donde caminar
dolía y donde el fin, lejano él, no parecía muy prometedor.
Lo extraño era que mi vida, muy a pesar de lo que venía,
continuaba lo suficientemente normal como para no alterarse. ¿He vuelto a decir
normal? Vaya palabra, se usa cuando no se sabe explicar aquello rutinario,
repetitivo, enfermizo, patético y paulatinamente muriente.
Ustedes deben conocer mejor que nadie el concepto, seguro lo
usan tanto como aquellos anteojos que nos les permiten ver más allá de lo que
tienen enfrente, asquerosas sanguijuelas…
Bien, al verme al espejo, miraba a aquél que, sin mucho
esfuerzo, devino en alguien todavía peor, más libre, sí, pero más enfermo y
conformista.
Tal vez quería ser como él, con su semblante macabro que
denotaba absoluta despreocupación, pero, era cierto, ése no era yo; él era un
hombre que había invadido la intimidad de mi hogar, y fornicaba explosivamente
con mi mujer, y besaba con indiferencia las mejillas de mis hijos, y hacía todo
cuanto estaba a su alcance para corroer desde los cimientos el castillo que con
esfuerzo “yo” había construido.
Y qué si no volvía a ser el hombre responsable que siempre
tenía una respuesta para todo, qué si ya no era más el padre ejemplar, el
amante perfecto, el trabajador por excelencia y el ciudadano que todo mundo
aspiraba a ser.
Lo deseaba, deseaba a ese hombre quizá con una vulgaridad inexplicable.
Había vivido mucho tiempo así sin darme cuenta que en
realidad nada de lo que había hecho era lo que en verdad quería hacer.
Sabía que esa nueva vida no era en absoluto lo que hace
algunos años consideraba como una vida plena; mentiría si les dijese que no
ansiaba, más que otra cosa, retornar en el tiempo y volver a ser quien era
antes, pero ese yo me gustaba más que cualquier otro yo que hubiese conocido
nunca.
Por esa razón, señoras y señores, maté a mi mujer, por esa
razón me ofrecí para bañar a mis hijos y ahogarlos en la bañera, con un poco de
miedo y asco (claro, no soy un asesino), pero eso sí, sin mucho reparo.
¿Quieren saber la verdad?
No, nadie opuso resistencia; yo era el padre, el esposo, el
señor de la casa, el ejemplo de la familia. Un cuchillo en mi mano no
espantaría a nadie; hundir las cabezas de mis hijos en agua hirviendo… por
favor, creyeron que se trataba sencillamente de un juego.
Sus cuerpos eran frágiles, livianos, tan livianos como
cuando salieron a flote, hinchados ellos de tanta agua que ya entonces corría
dentro de sus pulmones; eran como los peces que suben a la superficie del mar
cuando, después de hacerlo en innumerables ocasiones, se han cansado de nadar.
A mi mujer, sencillo, le partí el vientre en dos y esperé a
que dejara de sangrar para ir a tomar la cena. No quería correr el riesgo de
que despertase y arruinase mi último alimento de aquel día.
Después de ocultar los cuerpos de mis hijos, y de colocar en
una cómoda posición el de mi mujer en nuestra cama (no pensarán que pese a todo
iba a dormir solo), ocupé mi tiempo en vaciar aquella cantina que jamás pensé
poder siquiera abrir; no era un hombre que acostumbrara a beber en casa, menos
aún con la familia presente, pero, señoría, estaban muertos, ya no había a
quién explicarle la razón de por qué no se debía beber y por qué no había que
fumar, o inyectarse sustancias nocivas, o…
Una noche -otra frase recurrente en los absurdos cuentos de
ficción- repentinamente me invadió el arrepentimiento, y creí que después de
todo lo que había hecho con mi vida, con mi familia, seguía siendo un ser
humano, lo supe porque sentía y me dolía en lo más profundo su pérdida.
Luego caí en cuenta que era ésa la primera reacción de mi
nueva forma de vivir. Uno sabe cuando ha cometido un error, en ese momento lo
supe y lo agradecí a dios, porque cometer errores a veces resulta divertido, si
hay sangre y cuerpos hinchados de por medio.
Lo lamento, señores. No supe hasta qué altura logré volar
sin poner los pies en la tierra un solo segundo. Sólo sé que fue mucho tiempo.
Cuando el cuerpo de mi esposa comenzó a descomponerse y por
ende resultaba imposible dormir a su lado, cuando la sangre del piso había
cicatrizado lo suficiente, cuando el cuchillo que utilicé se oxidó al grado que
no podía cortar pan para el desayuno con él, en este entonces fue cuando decidí
matar (ya era una asesino en aquel entonces) al individuo extraño del espejo.
¿Cuántas víctimas? Fueron 16 exactamente, mujeres y niños todos
ellas. Puedo detenerme a detallar cada uno de los asesinatos, si usted quiere…
Entiendo… Pues después de todo ello había envejecido y antes
de que me fuese arrancada la vida de forma arbitraria, quería darme el gusto de
arrebatármela yo mismo antes que alguien más… claro, hasta que ustedes,
desgraciados infelices, llegaron a mi puerta y evitaron mi suicidio.
Ya que preguntaron insistentemente, he ahí la razón de por qué
debería recibir como sentencia la horca o la silla eléctrica. Pero dudo que
ustedes, hipócritas de mierda, quieran hacerlo.
Su señoría, es cuanto respecto a mi vida; puede hacer de
ella lo que le complazca.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Infección
por P.I.G.
Dime, ¿qué tan perversa me encuentras el día de hoy?
Supongo que más que ayer cuando decidí venir a visitarte a pesar del mal clima.
Cuando pienso en ti, en tu sexo apuntando hacia el cielo, en tus dedos, tus
labios, tu lengua, no me importa cruzar la ciudad entera y derribar las puertas
de tu posada. La noche es más interesante en estos lugares.
Soy la única que conoce el camino hasta aquí, la única
que puede darse el lujo de postrarse frente a ti y abrir las piernas y recibir
una respuesta complaciente.
Aquí me tienes, semidesnuda, lista para que acabes con
mis delirantes deseos de obscenidad. No creo que lo nuestro sea amor en verdad,
eres la parte de carne que me hace falta y yo soy tan sólo el destino de tu
semen, tan cierto como eso.
Pero no vine a hablarte de cosas efímeras, es tan
reducido el tiempo que tenemos para desaprovecharlo con tonterías. Prefiero
apreciar tu semblante serio, sin un ápice de compasión ¿lo ves? Ni siquiera te
dignas a mirarme, pero eso me incita, soy la pervertida y tú el hombre
inmutable, ahora seré yo quien corrompa esa pasibilidad debajo de tu abdomen.
Permíteme ayudarte un poco, sé que tus manos son tímidas,
aun así erizan mi piel tersa, le llenan de frialdad, de excitación. Anda, lleva
esos largos dedos hacia mi entrepierna, sube y baja, sólo hazlo, lenta o
agresivamente. Sé que te fascina verme así, disfrutando del placer que sólo tú
puedes brindarme. Debo reconocer que es un buen trabajo el que realizas.
¿La primera vez que lo hicimos?, no lo recuerdo. Mi ropa
estaba húmeda, mi cuerpo impregnado de tu pervertido aroma. Esa noche quería
probar algo diferente y contigo lo encontré. Placer absoluto, sin quejas, tenía
que acompañarlo con drogas, de otra forma me hubiera sido más difícil hacerlo.
Me sienta bien el negro ¿no lo crees? Quería sorprenderte
y aún no sé si lo hice; estás tan callado como siempre, aunque para una
estimulación tal las palabras salen sobrando.
Demasiado aprisa pero está bien, por ti soy capaz de hacer y deshacerlo
todo. No repongas en el sostén, ni en aquel pedazo de tela que cubre mi sexo,
mírame bien, estoy aquí para alegrar tu soledad.
El jugo que recorre mi pierna, ¿lo ves? Me gusta sentirlo
caer, tibio aún, hasta mis pies.
Lame mi pecho y humedece mi cuerpo con esa lengua de la
que emana veneno, veneno que se disfruta, veneno que penetra por cada uno de
los poros, introdúcela hasta mi garganta, no dejes virgen ningún resquicio de
mi cuerpo. ¿Algo fuera de la rutina? Sabes que no me molesta que lo hagas,
disfruto de tus experimentos y tu creatividad.
¿Acaso no están hechos a la medida tu sexo y el mío? Son
complementos que no encuentran par en la naturaleza, son el día y la noche en
el ocaso de la luz. De ellos proviene la palabra placer, no conocen del decoro
ni la pudicia, se alimentan el uno del otro. Ambos nos alimentamos de ellos.
No hagas caso, me gusta divagar mientras te siento. Rasga
mi piel, flagélame, oblígame a volver, hazme olvidar tu indiferencia. Desflora
mi alma, penetra mi mente y sométeme a tu piel. Acaba de una vez que el alba
amenaza con acabar con la oscuridad que nos guarece.
He ahí de nuevo un orgasmo en silencio… quizás mañana
vuelva, tengo que aprovecharte, tengo que exprimir hasta la última gota de tu
perfidia. Puede que dentro de poco tu cuerpo cumpla el proceso de putrefacción,
entonces todo será flacidez y dejará de ser divertido. Cuando ese momento
llegue te habré olvidado y tendré un sustituto esperándome en alguna otra fosa
común de este petulante cementerio.












