Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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sábado, 17 de mayo de 2014

Dead Junkie

por Mister Bastard

Un día caminaba por las asquerosas calles de esta ciudad y un vagabundo se me acercó pidiendo una moneda para comprar alimento. No me gusta regalar dinero a los junkies, así que opté por ofrecerle un cigarrillo. El tipo me miró con desdén y me dijo que él jamás había probado un vicio y ése no era momento para iniciar. Dijo algunas otras frases sobre la rectitud de su persona y demás, pero francamente no presté atención.

Después me enteré que a ese hombre le habían acusado de robar un par de botellas de licor de la tienda de ultramarinos y comencé a maldecirle; me había engañado con eso de que jamás había probado esa clase de vicios.

La vendedora de periódicos, a la que siempre hay que visitar cuando esa clase de noticias rondan por la comunidad, me explicó todo: no había robado nada, el joven encargado de la tienda pasó la noche bebiendo y al no tener para pagar las botellas culpó al señor vagabundo de un crimen que nunca cometió. Claro, sin defensa el pobre fue a parar a la cárcel y luego ya no se supo más de él.

Ese junkie, decía la mujer, era un sujeto ejemplar: ayudaba a cruzar la avenida a los ancianos, se ofrecía para cargar las bolsas de supermercado de las señoras que apenas y podían con su alma; no bebía, no fumaba, no inhalaba drogas baratas ni acosaba sexualmente, como muchos otros, a las señoritas que paseaban por el parque.

Maldita sea. El mundo tiene la inexorable misión de acabar con la gente buena.

Nunca me han caído bien los poderosos que ostentan su riqueza y presumen sus joyas y sus autos último modelo. Prefiero a los junkies que huelen mal y apenas y prueban bocado en días. No sé cómo hacen para sobrevivir, pero seguro que en el día del juicio final serán los últimos en irse a la mierda. Los ricos, tan acostumbrados a la comodidad, sentirán el escozor de las llamas y se retorcerán como moscas en el fuego.

Alguna vez pensé en huir de casa, renunciar a mi trabajo y volverme un pordiosero hijo de puta; lo único que necesitaría para sobrevivir serían cigarrillos y eventualmente una botella de alcohol: comería las sobras de los demás, defecaría en las banquetas, dormiría en los depósitos de basura y viviría de la forma más libre que se pueda imaginar. No pude, no soporto beber fuera de casa más de dos días.

Otras veces me rondaba por la cabeza la idea de combatir a los poderosos, escupir sus trajes, ponchar los neumáticos de sus autos, hacer pintas en las fachadas de sus casas, matarlos a todos, acabar con ellos de una vez por todas, pero son igual que los junkies: matas a uno y aparecen diez más y así hasta que al mundo deje de llamarse mundo.

Qué puta flojera. Ni modo, uno no es el juez universal que decide quién sí y quién no puede vivir. La vida es injusta, a los buenos les reserva un lugar primera fila en medio de la miseria y a los malos les provee techo y comida.

Tanta porquería hace daño, pero así funcionan los engranes de este sistema. La vida es una mierda y la mierda es el único platillo del que, a pesar de su sabor, siempre se pide una segunda ración.

Pero tampoco podemos pasarnos la vida lamentándonos de que el creador haya hecho mal su trabajo. Si los junkies sobreviven y la pasan de lo mejor, aunque a veces alguien les propine una patada en el culo enviándolos a la cárcel siendo inocentes, uno puede encontrar la forma de vivir bien unos cuantos años, aunque el desenlace de la vida sea cutre y triste.


Al menos cuando uno bebe y se embriaga, se olvida de toda la porquería que hay allá afuera y el único rincón realmente sano en el mundo es una habitación cuatro por cuatro donde la virtud y la decencia imperan. La resaca es la vuelta violenta a ese mundo de mierda y todo empieza de nuevo.

lunes, 6 de enero de 2014

Fumigadores

Abro el periódico y veo que en la sección de oportunos hay quienes ofrecen sus servicios para fumigar y acabar con toda clase de plagas como cucarachas, arañas, chinches, ratas o serpientes (¿quién coño tiene una plaga de serpientes en casa?).

Me llama la atención que nadie ofrezca sus servicios para exterminar seres humanos. Y si alguien lo ha hecho seguro, o lo tildaron de un asqueroso desequilibrado que pagó un espacio en la prensa sólo para demostrarle al mundo el repudio que le tiene a la raza humana, o la policía dio con él y tuvo que tragarse sus argumentos afirmando que se trataba de una simple broma universitaria.

Se ofrecen servicios de fumigación de seres humanos. Precios accesibles. Viajamos al interior de la república. Resultados garantizados. Si no se convence le regresamos su dinero, pero se queda con los cuerpos.

Señor, requiero sus servicios en la calle tal, número tal, sí, puerta color tal; es cosa seria. Tengo cuatro hijos malagradecidos, un esposo ebrio, una suegra nefasta y un cuñado indecente. ¿Cuánto? La última vez no cobraban tanto, maldita crisis. Claro, ¿a qué hora puede venir? No, está bien si se lleva los cuerpos, me daría asco tener que tirarlos yo misma a la basura. ¿Paquete? No, sólo los quiero muertos, eso es todo. Sí, lo había hecho antes; es la cuarta ocasión que pido sus servicios, por algo le estoy hablando a usted, maldita sea. Claro, tengo mis facturas. ¿Precio especial por Navidad y cliente frecuente? Gracias, no esperaba menos. Ok, ok, ok. Gracias, acá lo espero.

El anuncio destacaría de entre los demás, el salario de quien realizara la labor sería de los más competitivos en el mercado. Crearíamos universidades para que los futuros fumigadores de humanos tuvieran una especialidad y no fueran simples asesinos sin certificados ni estudios.

Claro, seríamos los primeros en el mundo en impulsar una forma de ganarse la vida quitándosela a los demás, pero todo bajo la premisa de la legalidad. Crearíamos juzgados en los que discutiríamos el derecho que todos tendríamos para mandar a fumigar a quienes nos rodean.

Porque seguramente a cualquier hijo de puta se le ocurriría jodernos la existencia y mandarnos a matar con el señor fumigador, y nosotros, en nuestra defensa lo mandaríamos a matar con nuestro fumigador de confianza. ¿A quién se le daría el beneficio inicial?

Habría infomerciales en la TV anunciando productos infalibles para convertirse en un fumigador. No pague esos costosos servicios de fumigación que impactan en su bolsillo, pero no acaban con el problema. Porque usted lo pidió, como lo vio en Auschwitz, marca Muéranse Todos pone al alcance de su mano el poderoso Zyklon-B, capaz de matar al ser humano más aguerrido. Si llama en los próximos minutos, se llevará “completamente gratis” el manual de cómo armar una cámara de gas desde la comodidad se su hogar. Será la sensación del barrio.

Se reducirían los índices de criminalidad, pues al ladrón se lo llevaría la chingada tan pronto cometiera el crimen. Nuestra seguridad no dependería tanto de los policías y el ejército, como de los fumigadores. Se encargarían de exterminar las plagas de nuestra sociedad.

Oh, sería un lindo país y todo sería tan asquerosamente lindo que nos uniríamos en contra de los fumigadores como las ratas se unen para chingar la estabilidad de un hogar.

Nos convertiríamos en los perseguidos y tendríamos como enemigo a los fumigado-perseguidores. En pocas palabras, todo valdría madre y seguiría igual que antes.


Cierro el periódico y volteo a ver a todos esperando que nadie haya escuchado mis pensamientos. Este mundo miserable está lleno de locos que podrían robarme mis ideas y hacerlas realidad.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Tío Ramón

por Mister Bastard

A menudo el ser humano realiza acciones sin pensar en sus consecuencias, de eso estoy seguro. Mi tío Ramón es el botón de muestra de dicha teoría. Sólo actúa, no se detiene a meditar las cosas. No sé qué tan sano pueda ser, pero le ha resultado medianamente favorable, eso creemos todos, eso cree él también. No está muerto y eso es, para él, una absoluta ganancia.

Siempre que nos reunimos en familia encuentra el momento adecuado para recordar esa experiencia, por todos conocida, cuando navajeó a un sujeto en la calle. Conocemos de memoria la historia, pero siempre, sobre todo si hay visitas, agrega nuevos elementos justificando que no los había mencionado antes porque no sabe qué tantas bolas puede tener la familia para guardar el secreto.

En fin. Cada que tenemos la oportunidad de reunirnos es casi una obligación escuchar la historia. “Maldita sea, que no soy cualquier hijo de puta que habla; siéntate y hazme caso”, es el argumento del tío Ramón cuando por mero instinto tratas de abandonar la mesa so pretexto de ir al baño.

Conozco el cuento como las vocales: un día iba caminando por la calle y sintió la necesidad de sonarse la nariz. No llevaba mucho papel, pero aun así logró, según, su cometido. Necio como sólo él, sentía que un moco se le asomaba, así que pidió a un transeúnte -un estudiante de secundaria por lo que se veía, según su atuendo- que verificara si en verdad no había un moco fuera de lugar en su rostro.

El joven concentró su mirada en la nariz del tío Ramón y negó con la cabeza. “Mira bien, no quiero hacer el ridículo”, pidió con rigor el hermano de mamá. Ya con un poco de nerviosismo el joven volvió a negar, y sin más el tío Ramón clavó su navaja en el vientre del pobre chico.

“Maldita sea, claro que tenía un moco. ¿Por qué no se atrevió a decirme que sí? Un moco, hijo, un puto moco le costó la vida. Si hubiera dicho que sí, que ese moco se asomaba con descaro por mi nariz, nada de eso hubiera pasado, pero esos jóvenes de secundaria, creen que pueden engañar a la gente sólo porque van por la vida con su maldita mirada inocente”.

Y vaya que era inocente el chico. No la debía, empezaba a temerla y se topó con la muerte.

El tío Ramón describía su acción con tal detalle, que parecía estar más orgulloso de ello que todo cuanto había hecho a lo largo de su vida, aunque en realidad no había hecho mucho.

“Deberían haber visto su rostro. El tipo ese seguramente nunca había sentido tal clase de dolor y ahora que yo le daba la oportunidad de experimentarlo le resultaba difícil asimilarlo”.

El cuerpo no resistió la embestida, cayó, se desmoronó en el piso y quedó tendido nadie sabe cuánto tiempo. Más tarde la noticia comenzó a circular por el vecindario e incluso algún periódico despistado le brindó un par de líneas en las notas rápidas.

Se creía famoso. Para mí era un cerdo cualquiera. Incluso trataba de no creerle, eso le molestaba más que cualquier otra cosa. “Tú podrías haber sido el chico de secundaria”, pero no lo era y seguía vivo y estorbándole en la mesa.

“Lo volvería a hacer, sólo que mi esposa ha guardado muy bien mi navaja y no pienso comprar otra. Pero si tuviera de nuevo esa bella arma blanca de corte inglés en mis manos, saldría a la calle sin mucho papel y buscaría a quién preguntarle si tengo mocos en la nariz”.


Qué gran mierda, así solemos ser los seres humanos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

De placeres

por Mister Bastard

No sé por qué tanta gente insiste en buscar el lugar más fino para tomar un trago, el de mayor renombre, el que esté mejor calificado por las revistuchas de moda, o al que de vez en vez, en sus ratos de ociosidad, suelen visitar los faranduleros que critican el sabor de las bebidas que saben exactamente igual a como saben en otros lados “más de su onda”. El chiste es mamonear.

Cuando el hígado exige una bebida, sea la que ésta sea, cualquier lugar es bueno, lo mismo uno de cinco estrellas o uno con fama de acabar con la vida (en el sentido figurado y literal) de sus visitantes.

Ya entrados en calor, una copa vale lo mismo en el putero, en la cantina de clasebajeros o en los lugares más exclusivos del país, el resultado es el mismo. El valor agregado, entonces, deja de ser la parafernalia que rodea el sitio y lo es más el baño con el que cuenta la taberna.

Si lo hay, uno medianamente limpio, si no con papel al menos sí con agua, es un plus que alivia tanto el alma como el desaguar los litros y litros de cerveza que uno pueda ser capaz de consumir.

Si no lo hay, el problema inicia desde el momento mismo en que uno reconoce que su vejiga no es tan resistente como pareciera, muy a pesar de la fama de ebrio empedernido con la que se cuente.

Y es que a últimas uno puede orinar en la pared exterior del lugar (si se es mujer, el problema es aún mayor) o bien puede hacer uso de la siempre efectiva botella de litro y medio que tantos favores puede hacer. Se rellena, se desrellena, según sea el caso.

Pero ¿y cagar? ¿Qué hacer si no hay una letrina donde puedas, ya no tranquilamente, pero sí al menos confiado, evacuar tanto como tu cuerpo, sumido en whisky, te lo permita?

La fiesta sigue, los tragos y las botanas no dejan de correr, pero es tu intestino el que te pide a gritos liberar presión. Puedes beber cantidades industriales de alcohol y pedirle a tu organismo de la manera más seria que te permita un par de horas sin tener que pararte a orinar. Pero no le puedes pedir a tu organismo que mantenga la caca alejada de tu mente sin que te estorbe.

Cuando el vandalismo estomacal comienza, el lugar, lujoso o inmerso en absoluta podredumbre, da lo mismo. Sí, es un error pensar que en un cinco estrellas no va a haber un retrete de mármol con un sujeto que corta los pedazos de papel por ti, aunque si sabes que vas a visitar un lugar de esos te previenes y cagas en casa, o te aguantas las ganas y te das el lujo de defecar como todo un líder diplomático en una reunión élite del G-20.

Lo que menos esperas es que en un lugar donde sólo existen mingitorios y para los que un inodoro es cosa de otro mundo, el deseo de defecar se vuelva una necesidad cuasi espiritual.

Pongamos la situación fácil: conoces el rumbo, sabes dónde puedes encontrar un baño público (muy público) que a altas horas de la noche te preste sus servicios, sin clavarte el diente con el precio y en el cual puedas desahogar garnachas, botana, alcohol fermentado, etc, etc, etc.

Pero  ¿si no?, ¿si se trata de un lugar en el que apenas y te atreves a asomar la cabeza a esas horas? ¿Vas a pedirle a los dueños que te dejen usar “su baño”, exclusivo para ellos”, en el que nadie salvo sus propietarios han posado sus tiernos traseros porque es “su baño” construido sólo para que ellos caguen?

¿Qué hacer? Tampoco te vas a atrever a cagarte en los pantalones y fingir que se trató de uno más de tus actos inconscientes cuando tomas más de lo debido, ésa ya lo te la van a creer.


Francamente no sabría responder. Lo ideal es, muy a pesar de los planes que tengas, pasar a tu baño, tomarte unos cuantos minutos y cagar. Situaciones como ésa pueden ocurrir en cualquier momento, pero no dejes que la caca arruine la fiesta.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Letra porno

Por: Mister Bastard

Siempre que viajo en el transporte público y me topo con uno que otro pasajero que lleva un libro, un periódico o una revista, de reojo y con discreción trato de leer el título de aquello que van leyendo; una vez que me cercioro de que se trata de una obra erótica o pornográfica, igual de reojo y con mucha mayor discreción trato de ver si hay por ahí una erección o una pelvis húmeda de por medio.

Sí, es muy atrevido, más morboso y obsceno aún, pero es mucho más humano de lo que puedan comprender o de lo que yo pueda explicar o justificar.

No me interesan las reacciones sexuales particulares de cada quien como me interesan los efectos que provoca la literatura erótica o pornoliteratura en los pornolectores. (Llamarles lectores eróticos no resulta tan agradable que digamos y me da escalofríos hacerlo).

El lector promedio puede adentrarse en su lectura y fascinarse con los escenarios e historias que recrea en su mente, describe fábulas, desenvuelve papeles e imagina a los personajes de cierta manera, así como reproduce en silencio las palabras que por sus ojos entran. Pero sólo y tan sólo la literatura pornocha logra que un sentido más del cuerpo se despierte y se ponga a trabajar de más: el sexual.

Y lo mismo pasa cuando se lee a un Marqués de Sade o cuando se hojea la sección de consejos de la tía Remedios, la excitación se hace presente y el corazón se acelera. Se recrean al doble las narraciones y las escenas de orgía generalizada se matizan con colores, sabores, aromas, y a más de uno le pasa seguramente por la cabeza invitar al vagón a iniciar el gang bang en pleno movimiento del metro. “Que todos se encueren y comiencen a follar en este preciso instante”.

Pero el sentimiento se queda ahí, reprimido, retraído, rebajado a casi nada, y se enciende de nuevo tan pronto se retoma la lectura. Esto para algunos que se toman la molestia de devorar una obra de Bukowski completa; para los menos desafortunados que sólo repasan la sección erótica del periódico, no les queda más que conformarse con una dosis de gravedad sexual, quizás real, quizás falsa.

Y si esas reacciones de humedad femenina y masculina generan unas cuantas palabras y/o imágenes medianamente “prohibidas” (plasmadas éstas en el papel más vulgar del Libro Vaquero o en el más fino de la Penthouse), qué reacciones no generará una película porno en la comodidad e intimidad del hogar de cada cual.

Así somos, el sexo es fantasía, somos fantasioso aunque algunos lo nieguen con la cruz en el pecho, y quienes logran dominar y jugar con esas fantasías (color rosa como las escenas placenteras de cualquier novela barata de amor, o sexo rojo como las narrativas de Georges Bataille) pueden darse el lujo de un momento de valeverguismo sexual y procurarse un orgasmo (mental aunque sea), aun cuando el metro esté a tope o el autobús esté encerrado en un tráfico atroz.

Si andan por la vida de puritanos y devoran casi con asco las obras de Leopold von Sacher-Masoch o John Ford, allá ustedes y sus reprimendas mentales. Si aún les sobra un poco de ese morbo humano muy humano y ven por ahí a una chica leyendo casi con fascinación espiritual a Henry Miller, miren cómo tiemblan sus manos, cómo se erizan sus pezones y quizás encuentren la oportunidad que tanto han esperado para tener sexo casual.

Si ni lo uno ni lo otro les apetece, encuentren placer de la forma que más les convenga y les complazca; sólo no se les ocurra violar a alguien. El perverso tiene estilo, el pervertido es un traga mierda hijoputa.

miércoles, 14 de agosto de 2013

De penes y vaginas

Por: Mister Bastard.

Un pene y una vagina son las armas más poderosas y perfectamente compuestas y servibles que el mundo conozca. El miembro y el orificio han sido perfectamente creados (no sé por quién y me importa una verga), que, sin importar los tamaños de ambos, embonan a la perfección, y aunque cada cual tiene sus funciones, cuando éstos se juntan, el resultado, en la mayoría de los casos, es un orgasmo, expresión máxima de placer corporal.

Si alguien te viene con la chingadera de que no hay mejor orgasmo que el que provoca una droga intravenosa, mándale a la mierda, si no es intracorporal no es orgasmo.

Se dice que la vagina es el motor del mundo (más allá de la banalidad estúpida del dinero), pues en ese caso el pene es la palanca que permite que el engranaje del motor del planeta genere el movimiento. No puede haber una consecuencia sin una causa, y es la vagina la consecuencia del pene, lo mismo que su causa. Ambos se sirven para sí mismo y para con el otro.

Aunque en cuestión de formas son tan dispares, el pito y la panocha (o llámele como guste) representan lo mismo y sirven para lo mismo, no por nada la una sangra y el otro eyacula casi con la misma frecuencia.

Si, occidentalmente hablando, el pene fue hecho para dar placer y la vagina para recibirlo, de la misma forma el pene puede recibirlo y la vagina darlo, dependiendo siempre de la posición en la que ambos se encuentren, y en el contexto en el que los cuerpos poseedores se desenvuelvan.

Por ello, cuando una religión reprime el uso de estas armas como mero instrumento de placer, personal o compartido, se niega en principio la naturaleza de la virtud humana, mas no así su generación (una vida), lo mismo que sucedería recriminarle al árbol por ser árbol y no por los frutos que de él provienen.

No inmiscuirnos en el debate de la sexualidad del vocablo, de las expresiones y modismo de cierta región del mundo, nos permite la valiosa libertad de utilizar a la verga y a la panocha como mejor se nos plazca, como instrumentos de tortura y sumisión, como armas en la batalla a muerte llamada sexo, tal vez como figuras literarias o retóricas, o bien como necesarias acotaciones de sensibilidad humana.

Así, una expresión como la ya anteriormente mencionada, “me vale verga”, puede ser sustituida sin reparo por un “me vale pucha”; y en lugar de invitar al otro vulgarmente a que nos mame el pito, podríamos invitarlo a chuparnos la pucha. “Chúpame la pucha, tremendo hijo de puta”; dicha expresión no tendría porqué causarnos conflicto de género.

Al fin y al cabo, se use dentro de la expresión literaria o no, el pene y la vagina tienen un fin único e inamovible: la generación de la vida.

Y, perdónenme aquellos que pregonen las ideas homosexuales, pero nunca un pene y un pene podrán dar vida, ni un pene y un ano (aunque también embonen) podrán germinar un ser; mucho menos (no se alarmen, mis amadas lesbianas) una vagina y una vagina, con el ir y venir de los fluidos, concebirán a un nuevo miembro de la familia humana. De dildos mejor ni hablamos.

Ya que si lo que dentro de sus putas mentes retorcidas es una idea de genocidio mundial, y de esa forma detener el viraje de la rueda de la evolución y mantenimiento de la raza humana, pues continúen con sus actos lésbicos y homosexuales, que para eso existe la libertad y no soy quién para recriminarles algo.

Por ello, después de terminar este petulante examen de consciencia, vayan al baño o ahí mismo en sus pupitres bájense los pantalones y observen con belleza aquello que les cuelga o no entre las piernas, y sin reparo mastúrbense como quien se siente orgulloso de su cuerpo, eyaculen al de a lado o eyaculen sobre los símbolos espirituales que prohíben el placer de la carne.

Si tienen alguien con quien hacerlo, cójanse y disfruten de los dos cuerpos que ahora les pertenecen. Además de admirar el culo o las tetas de esa mujer, o los brazos y el abdomen de ese hombre, admiren su pito, su vagina. “Qué rica vagina te cargas”, “qué buen pito te cuelga”, y diriman diferencias existenciales con tan sabias pero simples expresiones.

Una vagina sirve para promover campañas de esterilización y detección de enfermedades (aplausos), sí, pero también sirve para orinar, para menstruar, para recibir un pene real o falso, una lengua, un dedo, una botella rota, una escoba, un zapato o un balón de futbol americano. Por ese orificio entra un puño y también puede salir un recién nacido.

Un pene sirve para promover campañas de esterilización y detección de enfermedades (aplausos), también para orinar, eyacular, para pintar… y ya. Ni pedo, punto para la pucha.

Pero no se trata aquí de ventilar frustraciones sexuales que por siglos han venido arrastrando los hombres y mujeres de todas las épocas; ni un pito es mejor que una panocha, ni una vulva es mejor que un falo. Así, los dos son igual de valiosos e importantes.

Pelear por ello es tan nefasto como lo es un falso orgasmo o un orgasmo de un cura masturbándose o teniendo sexo con un infante. A la mierda, esos penes no sirven, no deben salir de sus braguetas, y en dado caso de que así fuere, sólo deberían salir para ser guillotinados. Lo mismo una vagina que viola, porque las hay, y no deberíamos sorprendernos, aunque sí deberíamos juzgarlo, señalarlos y atrapar a esos hijos de puta, para luego penderles fuego y exhibirlos en las plazas.

En fin… si tienes un pene o una vagina (o extraordinariamente ambos), disfruta tu cuerpo, sólo tienes uno para darle en la madre de la forma en que tú gustes, sea con masturbaciones continuas, sea con sexo salvaje y sado, o simple y sencillamente arruinándolo ahí sentado viendo televisión.

Es tu puto problema, pero no olvides que si te lo digo es porque me pinche preocupa que haya más humanos matándose que cogiendo en este momento.