Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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lunes, 24 de junio de 2013

A costa del bien personal

Por: Martín Soares.

Gritar no arregla las cosas. He visto la escena más interesante de mi vida. Por supuesto que fue en el metro de mi hermosa y asquerosa ciudad. En él se puede encontrar toda la patria, para qué diablos van a los estados. Toma un boleto de metro, trépate en él y encontrarás a los del norte con los del sur, a los del centro con los de las costas. Todos sentaditos, apestando el lugar y con caras largas.

El metro es mi segundo hogar. Paso, algunas veces, más tiempo en él que en mi propia casa. Viajo aproximadamente dos horas de ida y luego dos horas más de regreso. He visto de todo por ahí. Alguna vez fui testigo del rompimiento de una parejita de chamacos en pleno catorce de febrero. El muy cabrón iba riñéndole a su chica, mientras ésta lloraba a moco tendido. Toda la decoración en el metro estaba a cargo de los novios románticos. Globos, flores, peluches y demás artilugios innecesarios eran el fondo de la escena donde el cabroncito terminaba la relación con lo mujercita de buen ver. Ese día observé el espectáculo. Me regodeé en la tristeza y extrañeza de la escena. Cuando descendí del metro me sentí mejor. Al final mi catorce de febrero no había sido tan mierda como el de aquella niña.

El día de ayer viajaba con relativa calma. Ya no me importa llegar tarde a donde voy. Me senté y saqué el libro con el que ando. Un historia de una mujer que desaparece siempre. El hombre anda en su búsqueda por las calles de Madrid, pero por mala suerte nunca la encuentra. Es una historia interesante para leer en el metro. En ella me refugio para desaparecer. Para hacer más corto mi viaje.

Estaba leyendo con placer cuando escuché el grito de la señora que se sentaba atrás de mí. La vieja se quejaba con su marido por causa de la mala relación que lleva en el trabajo. Al parecer los dos trabajaban juntos y el señor tenía un mejor puesto que ella. Ésta se quejaba con él porque nadie le hacía caso. Todos la mandaban al diablo y nadie le hacía pleitesía por ser la esposa del coordinador.

La tipa parecía merolica. Hablaba y hablaba. No se callaba para nada. Durante el lapso de su perorata nunca escuché la voz de su marido. En un momento volteé a ver la escena y el señor sólo asentía. No le importaba mucho lo que decía su esposa. Al parecer se había desterrado del mundo. Hacer oídos sordos contra una queja recurrente. Ponerse vendas en los ojos para no observar la mierda de siempre. Pobre hombre que debía vivir con esa mujer incapaz de callarse por un momento.

Mi tortura ese día se debió a la voz estridente de la cacatúa y del ruido insoportable de los vagoneros. No sé por qué debemos vivir entre tanto ruido. Entre tanto merolico que se la pasa gritando y quejándose contra una vida que de por sí ya es pesada para cada uno. Por qué demonios hacer partícipes a los otros de un mundo totalmente desdichado. A mi parecer, la mujer hubiera encontrado alguna palabra consoladora por parte de su marido si ésta hubiera hablado más tranquila. Si entre ambos, hablando de una manera más serena, encontraran soluciones y no sólo quejas.

Sin embargo, al parecer estamos hechos para el llanto y el sufrimiento. Las salidas conciliadoras y pacíficas no se hicieron para nosotros los seres humanos. Somos una especie desalmada, violenta y guerrera. Cuando es necesario provocamos el mal a otros sin importarnos de nada. Ahí vemos a los vagoneros con su ruidero, los cuales no se importan si el bebé está dormido o si provocan sordera. Ahí vemos a los que se hacen los dormidos para no ceder el asiento a los ancianos, a las embarazadas, a los que trabajaron como burros y sólo desean un poco de sosiego. También viajan los arrimacamarones, los ladrones, los mentirosos, violadores, estafadores y canallas. Ahí vamos todos mezclados. Si pusieran una bomba, todos llorarían por pura hipocresía, sólo por eso. Para sentirnos más “humanos”. Qué porquería.


Tuve que cerrar el libro y descender en la siguiente estación. Ese día no estaba con la voluntad de aguantar pendejadas. Necesitaba desestresarme y sobre todo olvidarme de que somos tan mierdas. Salí de la estación y encendí un cigarro. Me quedé fumando en las escaleras del metro. Interrumpí el paso de los usuarios por un momento y contaminé su aire. Necesitaba, también, sentirme humano y así arruinar la vida de los demás a costa de mi bien personal.

martes, 11 de junio de 2013

No vamos apretados, es que los mexicanos somos muy unidos

Por: B. Varglez.

¿A cuántos les gustan los días soleados con un clima de esos caribeños donde el sol pega en el cuerpo y se sienten los rayos en todo su esplendor? La neta no es ser amargado, pero a mí no, ¿por qué?, porque no hay nada más horrible que el calorón en los transportes públicos de la ciudad de México.

No es ser mamón, pero de plano ya bastante aguantamos los seres humanos en el Metro, microbuses y Metrobús, con la gama de olores, los arrimones (que ni un café invitan); los enfrenones que dan las unidades por conductores que parece que lo hacen adrede para que uno se dé tirones de cuello, con tener que viajar apretados como salchichas, aguantando el retraso de las unidades en horas pico, de entre muchas otras preciosidades que vivimos a diario. 

Me encabrona cuando la secretaria del Medio Ambiente, Tanya Müller, se llena la boca diciendo que se debe fomentar el uso de la bicicleta y del transporte público para mejorar la calidad del aire en el DF. Aclaro que no estoy en contra de dichas medidas, claro que no, tendría que estar mal para creer que el fomentar el ejercicio y la cultura del transporte vial es un daño a la sociedad.

El problema que veo son las condiciones. No somos una ciudad de primer mundo que ofrezca un transporte de calidad o que cuente con pequeñas distancias para poder trasladarnos en bici a las escuelas o centros de trabajo. Lamentablemente también hay que reconocer que cada vez el clima vale más madre, porque nosotros mismos tenemos la culpa del calentamiento global, pero eso es harina de otro costal.

La cuestión aquí es que la mancha urbana cada día crece más y más, y no podemos pedirle a alguien que vive en Ecatepec, que va de traje a la oficina hasta Polanco, y entre calores y lluvias tenga que treparse en una bicicleta para que se traslade a su chamba; el pobre individuo llegaría más que sudado y con la corbata en el manubrio de las tres horas que se echaría cuando menos desde su casa hasta su centro laboral. Y lo siento, pero el sudor y el agotamiento sólo se disfrutan en momentos sexuales.

Ahora bien, muchos dirán “oye, pero se puede cargar la bici en el Metro o Tren Ligero, Metrobús o Tren Suburbano”. También les tengo una respuesta: ¡no chinguen! Sí estaría súper chido, pero en primera no todos los días se puede meter la bici en estos medios de transporte; en segunda, si se pudiera, no manchen, o entra la bici o entran cinco o seis gentes porque recordemos lo ya dicho: los transportes en horas pico van hasta la madre.

Ahora bien, el automóvil tampoco es andar en un lecho de rosas. Aparte de caro y altamente contaminante, hay que chutarse las horas eternas en el tráfico que se pone pero retebonito en avenidas como Insurgentes, Circuito, Periférico, Tlalpan, o sea, en todas como para jalarse los pelos (sí, señores, "los pelos"), además de que no hay suficientes lugares de estacionamiento en las colonias donde están los zonas de oficinas, porque de andar pagando parquímetros o estacionamientos, todos preferimos mejor echarnos una gordita de chicharrón bien servida.

Y que no me jodan, porque la ampliación del Hoy No Circula a todos, absolutamente a todos los autos, sean nuevos o viejos, es nomás para sacar más varo nuestras queridas autoridades del Distrito Federal que nos quieran marear con que es por el bien del medio ambiente.

Como dicen: “De buenas intenciones está formado el camino al infierno”.

Lo que se necesita es realmente una buena infraestructura en todo nuestro sistema de transporte, no es nada más poner líneas a lo pendejo. La verdad la Línea 12, que corre de Mixcoac a Tláhuac es buena, es la única en la que realmente he sentido que mis tres pesos son bien invertidos. Porque ahí va otra, que dejen de restregarnos en la cara que el boleto es barato comparado con el resto del mundo.

Obvio, por dios, no podría ser más caro, el servicio no lo vale y aparte los sueldos no dan para que suba, ni el Metro, ni el Metrobús, ni los micros.

Lamentablemente ninguno de los transportes que usamos se rescata, porque el que tenga que decir algo a favor de los microbuseros es porque ahí está su fuente de trabajo, pero es de lo más deplorable ver que las unidades están totalmente destruidas, manejadas por jovencitos que son un asco al volante porque se la viven echando carreras, manoseando a "la reinita", subiéndole a su asquerosa música (perdón si les gusta el reggaeton); andan en todo menos en lo que deben de hacer, que es además su trabajo y responsabilidad: el dar un buen servicio a los que tienen que sufrir ese infierno.

Por eso he llegado a la conclusión de que es más fácil que reviente el mundo tal y como lo conocemos, a que dejemos de padecer con los transportes públicos en nuestro bonito Distrito Federal.

No nos queda más que seguir quejándonos en bola para ver si así alguna autoridad en realidad nos hace caso y deja de andar haciéndole al payaso, según preocupados en el tema de la seguridad, porque con eso sólo intentan que se nos olviden las cosas que realmente a los ciudadanos nos interesan, de entre muchos otros temas que nos aquejan.


Esto sólo es la punta de la madeja enredada que es la capital de nuestro Mexiquito querido.