Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

Mostrando entradas con la etiqueta Locura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Locura. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de marzo de 2013

La Cécité

Por: La Mort D'une Lune.

Censuraron el paisaje de mis ojos, de esos que podía mirar tan palpablemente, ahora  no distingo ni los colores de los aromas, ni la presencia tan simple de un ángel o un demonio. Es como vivir en una profunda ceguedad, en la cual los sonidos astrales de las esferas estelares te guían y guían tus pies, y ese tintineo casi imperceptible e invisible para los oídos se hace cada vez presente. La Dama de Plata me intercepta de inmediato con ese canto tan suyo, sentada cada noche en ese mismo lugar esperando a que le mire.

Si censuraron mis ojos, ya paisajes no puedo ver, pero aun así puedo ver y sentir con mis oídos, pues son la segunda ventana de mi alma. Podré vivir sin ver, pero ¿dejar de escuchar los cantos astrales? Si fuere así tal vez la vida monótona me sepa a nada.

El sonido del silencio besa mis oídos, puedo desde aquí, sentada encima de la nada, apreciar que hay cierta armonía en ese silencio que no se compara con ningún paisaje que mis ojos hayan apreciado alguna vez jamás; puedo escuchar lo divino de la Falsedad y la Mentira que de las personas discurren como agua, ese sonido tan agridulce y fascinante que de alguna manera seduce y se convierte en hostilidad y amargo que alimenta a los despechados.

Nada, nada tan tranquilo como el escuchar las flores ondeándose y bailando al compás del viento….mismo viento que se lleva las palabras y promesas de eternidad e ilusión  que un día se aferraron y echaron raíces, raíces débiles.

Nada como el sonido mudo y aterrador de una desconfianza que crece primero desde las paredes de los pensamientos que las mismas personas crean para martirio de sí mismos, y que a la vez intentan desechar.

He aprendido a escuchar el corazón perturbado de dos estatuas amándose y odiándose y probablemente sea aquél su único romance antes de que sean destruidas por el paso del tiempo o por las manos del hombre; pero también puedo escuchar los gemidos aterradores de las enfermedades que anidan las personas en sus entrañas, mientras ellas mismas, pacíficamente, sin darse cuenta de nada, se disponen a disfrutar lo poco que les queda de vida y lentamente va llegando la desesperanza y un lecho con mortajas frías.

Si he perdido la vista, no puedo apreciar ni los paisajes, ni la belleza de los colores, ni las flores… a cambio puedo percibir los sonidos mudos que el mundo deja fluir delicadamente; así puedo entender en silencio, el devenir de las cosas, realidad que no puedo cambiar casi nunca, o que simplemente tengo que aceptar tal cual y dejar que venga a mí.

Así que no me arrepiento de ser una persona ciega a la cual le arrebataron la dicha de ver, porque aún puedo ver con mis oídos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Bragas rojas


por P.I.G.

Odio las bragas rojas, las detesto, podría decir que hasta ronchas me salen en la piel cuando estoy cerca de ella, y, créanme, no es casual ni gratuito mi desprecio a ese color.

Por principio de cuentas, y para que no empiecen a formarse ideas desequilibradas, debo dejar en claro que no tengo nada en contra de la ropa interior femenina, al contrario; es más, podría tolerar, con sus considerables reservas, un sostén rojo… al fin y al cabo lo que cubre (o trata de ocultar) no es sino el primer alimento de todo ser humano, y francamente los senos de una mujer me son imprescindibles hasta cierto punto; no así lo que cubre (o trata de ocultar aún más) una braga.

Y es que ya lo decía el primer diálogo de la gran Taxidermia: “la vagina mueve el mundo”; la vagina le da movimiento y suerte a este apuntodeextinguirse planeta, y por ello una braga bien podría considerarse la puerta de entrada a este apuntodeextinguirse planeta, es la llave que echa a andar el motor con el cual el apuntodeextinguirse mundo es capaz de moverse.

Pero una ropa interior, justo en ese lugar, color rojo, es por principio de cuentas un "detente y piénsalo dos veces". Llámenle manía, fijación, anti-fetiche, carencia de raciocinio sexual, lo que sea, pero la vida me ha colmado de tan malas experiencias con las bragas rojas (quizá a ello se deba mi repulsión), que toda clase de momentos sexuales se desploman tan pronto hurgo debajo del pantalón de una mujer y me encuentro… ¡oh, Dios santo!... con ellas, las jodidas bragas de color rojo.

Y vaya que el destino te jode cuando así se lo propone, pues en mi vida me he topado con muchas de ellas, aunque al decirlo se me tilde de presuntuoso, lo cual en mi estado ya me importa un carajo.

La primera vez que vi un calzón femenino rojo fue cuando niño, en la casa de mis tías; calzones rojos por todos lados: en el tendedero, en las llaves de las regaderas, sobre la mesa, en la tabla de planchar, ¡arriba del televisor, puta madre!, o en la cama perfectamente doblados y bien acomodados, eso sí, al lado del bra rojo, que, repito, ni me viene ni me va.

Pensar en los viajes que mis tías hacían para surtirse de una línea completa de trusas rojas, me hacía pensar en sus rostros degenerados al observarlos en el aparador, al medírselos sobre la ropa frente al espejo, al comprarlos y, una vez en casa, sin descaro alguno, ponérselos para ver “qué tal quedan”, situación que, estoy seguro queda de manifiesto, a más de uno dejaría perplejo.

Esas cuatro situaciones me tocó vivirlas, las primeras dos porque acompañé a las hermanas de mi padre de compras a una boutique exclusivamente para mujeres, y las segundas dos porque (la aversión siempre va acompañada del morbo) se me ocurrió asomarme justo cuando se las medían en su habitación. Sí, lo sé, tan pronto asomé la vista aprendí la lección.

A partir de aquel momento el rojo dejó de ser un color significativo para mí; no representaba el amor, ni el respeto, la abundancia o el erotismo, sino la sangre, pero no la sangre de las banderas, ni esa sangre que abunda en el mundo gore, no… sino la sangre de la feminidad...

Mi primer contacto sexual (a los pocos años de edad, para no entrar en detalles), además de todo lo aparatoso que pudo ser, se vio eclipsado por una eyaculación obligada, por una cuasi violación de la niñera y por ese maldito calzón rojo (grande como un mantel de comedor), que si bien no dejó de pasar a segundo término (porque lo importante era mi inmediata entrada a las filas de los no vírgenes), sí provocó que más que recordarla con beneplácito, la recordara con tristeza y aversión… o con nostalgia infantil tal vez.

Conforme fui creciendo, mi hostilidad no hizo más que crecer, ora porque las vecinas colgaban sus ropajes interiores a la luz del mundo en la azotea de sus casas, como si de izar una bandera se tratase; ora porque mis compañeros de escuela decían que quien utilizaba bragas rojas era para evitar que “esos días” se evidenciaran con manchitas incómodas; ora porque la maestra de Historia de México llevaba bajo sus sábanas en forma de falda unos horribles calzones rojo carmesí, que no me pregunten cómo es que alcancé a ver en más de una ocasión.

Al pasar los años me topé con que en Navidad y Año Nuevo las personas acostumbraban hacerse de unos buenos calzones rojos, dizque para atraer la abundancia con el año entrante o sólo para hacerle segunda y juego a las flores de Noche Buena.

Imaginarme que en esas fiestas más de uno de mi familia portaba orgulloso su trusa, comprada horas antes con absoluta desesperación en el tianguis, me obligaba a abandonar la reunión y encerrarme en el baño o en mi habitación, eso sí, con unas cubas y los cigarrillos de papá ilegalmente adquiridos… era un rebelde medianamente pendejo, pues.

Muchas de las novias a las que tanto quise, dejé de querer al enterarme que al menos entre su colección de calzoncitos había un incómodo color rojo. Ni modo, era una manía obsesiva que no dejaba de causarme conflictos cuasi existenciales.

Al entrar en el mundo del alcohol y las drogas agresivas y los días de jüerga consecutivos, conocí a muchas mujeres, de las cuales no tengo malos recuerdos. Tal vez el alcohol y las sustancias nocivas desprendieron poco a poco esa hostilidad mía hacia tan peculiar complemento femenino, no sé.

Pero como nada dura para siempre, ni las drogas, ni el dinero, ni el olor de los hoteles, había que ingeniárselas para seguir la diversión sin dar marcha atrás. Mis dotes improvisados de amante me permitieron hacerme de una enriquecida lista de admiradoras que cambiaban el sexo por unas cuantas dosis de pastillas que seguramente los médicos y las dependientas de farmacias comerciales conocían a la perfección. Es cuestión de decir que se trata de drogas europeas o asiáticas y traerlas siempre en bolsas de plástico metalizado; todo lo ilegal viene en bolsas de plástico metalizado, sino vean los condones.

Dada mi repulsión por las trusas rojas, me vi en la necesidad de buscar mujeres ahí donde sabes que jamás una mujer puede utilizar calzones rojos: en los hospitales y escuelas de enfermería. Claro, sabes que ni por dinero lo harían a menos que quieran evidenciar el color de su ropa interior, y esas situaciones, hombre, se deben aprovechar al máximo.

Conciertos de rock, antros, bares, puteros, funerales, iglesias, retiros, partidos de futbol, óperas, teatros, cines, etcétera, etcétera, etcétera, completamente descartados. Prefería perderme la oportunidad de dormir acompañado, antes que encontrarme con ese vomitivo color en medio de las piernas de mi acompañante.

Mi escasa buena suerte (como muchas cosas que escasean en mi vida) terminó cuando me topé con una mujer, que al principio parecía serlo, con calzones rojos. El elevado nivel de anfetaminas me impidió hacer uso de mis facultades al cien por ciento, por lo que una vez entrados en calor no me importó toparme con una braga roja, muy roja… mierda, es que en verdad era roja.

Al tratar de ir más allá de lo que alcanzaba a ver, debajo de la cremallera me topé con un miembro descomunal, con proporciones nada humanas, muy bien disimulado, eso sí, por la liga que lo mantenía fijo al cuerpo, lo que en un principio me impidió advertirlo a distancia.

El trauma fue tal que las drogas perdieron su efecto para posteriormente bajarme de la nube y hacerme entrar en razón nuevamente y toparme con esa estampa desagradable, no el miembro descomunal (que, insisto, vaya que lo era), sino con el calzón rojo… rojo como la sangre que recorría aceleradamente mi cuerpo y me subía a la cabeza, inyectaba mis ojos y me llenaba de ira.

Lo que ocurrió con la mujer (que no era) sólo lo sabe quien encontró el cuerpo casi desfallecido por lo golpes que le propiné, lo mismo con las armas que a mi paso encontré, que con mis propias manos… 

El trauma volvió, se metió en mí, me hizo recordar mi odio hacia el rojo en la ropa interior femenina; volvieron a mi mente mis tías en el espejo, las niñas con rojos calzones, la niñera depravada, la bandera comunista, cuya hoz y martillo fueron bordadas sobre una braga roja… ja ja ja no tanto, pero nada más faltaba.

Desde entonces no he vuelto a saber de las drogas, ni del alcohol, ni de las mujeres por temor a encontrarme con mi rival. He buscado ayuda profesional, y ni el señor psicólogo, ni el sacerdote, ni el rabino, ni los chamanes de la sierra han podido arrancarme esa repulsión.

Ahora pues estoy aquí en la habitación que me corresponde en este hospital; no es una galantería, pero las paredes acolchonadas vaya que son suaves como la piel de una ninfa. He procurado hacer un espacio entre ellos para que, tú sabes, necesidades fisionómicas. 

Es lindo estar aquí, aislado de ese puto mundo que cada vez huele peor… lo único malo de mi estancia aquí es cuando viene esa gorda y asquerosa enfermera que me alimenta y que (sé que lo hace muy a propósito) siempre usa tanga roja.

lunes, 11 de febrero de 2013

Herejía fraternal


por P.I.G.


Hubo un momento en mi vida en el que fui un gran hombre, padre de familia, honrado, un ciudadano plenamente dedicado a su trabajo, a su hogar y a las más estrictas responsabilidades que una vida normal exige. ¿Dije normal? Muy normal para ser precisos.

En la vida caminaba con mis prioridades prendidas a la piel: el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos. Mi mirada estaba centrada de lleno solamente en ello, en nada más; no había distracciones, no tenía porqué haberlas.

Parecía un caballo cuya mirada no pudiese ampliar su mirada hacia los lados, sólo hacia el frente. No necesitaba más, no era necesario más. ¿Feliz? Pero quién lo es en este mundo.

Quizá para muchos fui un hombre ejemplar, ejemplar en exceso, como sólo una persona de una naturaleza tan burda puede serlo; aunque en esos instantes ya estaba un tanto harto de aquella situación, inconscientemente tal vez, pues no hacía nada en absoluto para cambiar mi forma de ser. Usted sabe, conformismo que se disfraza de confort y que obliga al ser humano a dejar de hacer a cambio de no perder todo cuanto se tiene.

Un día, ese día menos esperado en el que te levantas, te cepillas los dientes, te aseas, desayunas, das las gracias por todo lo que dios te ha socorrido y sigues caminando, sin cuestionar, por el monótono camino de la vida… ese día, señores -y he ahí una frase petulante, por todos recurrida- los colores de mi existencia se invirtieron y con ello todo cambió.

Perdí el gusto por el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos, perdí el gusto por aquel ir y venir que hasta entonces me había mantenido satisfecho, si la palabra cabe en este engranaje de conceptos cuyo significado no explica el sentir de un ser humano “aburrido” de todo.

Opté, como lo hace la oveja que detesta seguir al rebaño, salir de ese círculo que, incansablemente y sin quejas, había recorrido una y otra vez, día y noche, con hambre o sin ella, con lágrimas en los ojos o con una sonrisa dibujada en los labios; inmerso en la invencible tristeza o inundado por dentro de esa felicidad que se alcanza rara vez en la vida.

Colgué en el guardarropa aquel viejo y hediondo traje de hombre responsable, y opté por el de cínico, sin vergüenza y despilfarrador.

No me di cuenta de aquel cambio, hasta el momento justo en que la primera bocanada de aire, aire impuro y atroz que secó de una bocanada mis pulmones, me hizo reparar en el suelo que ahora pisaba, uno donde caminar dolía y donde el fin, lejano él, no parecía muy prometedor.

Lo extraño era que mi vida, muy a pesar de lo que venía, continuaba lo suficientemente normal como para no alterarse. ¿He vuelto a decir normal? Vaya palabra, se usa cuando no se sabe explicar aquello rutinario, repetitivo, enfermizo, patético y paulatinamente muriente.

Ustedes deben conocer mejor que nadie el concepto, seguro lo usan tanto como aquellos anteojos que nos les permiten ver más allá de lo que tienen enfrente, asquerosas sanguijuelas…

Bien, al verme al espejo, miraba a aquél que, sin mucho esfuerzo, devino en alguien todavía peor, más libre, sí, pero más enfermo y conformista.

Tal vez quería ser como él, con su semblante macabro que denotaba absoluta despreocupación, pero, era cierto, ése no era yo; él era un hombre que había invadido la intimidad de mi hogar, y fornicaba explosivamente con mi mujer, y besaba con indiferencia las mejillas de mis hijos, y hacía todo cuanto estaba a su alcance para corroer desde los cimientos el castillo que con esfuerzo “yo” había construido.

Y qué si no volvía a ser el hombre responsable que siempre tenía una respuesta para todo, qué si ya no era más el padre ejemplar, el amante perfecto, el trabajador por excelencia y el ciudadano que todo mundo aspiraba a ser.

Lo deseaba, deseaba a ese hombre quizá con una vulgaridad inexplicable.

Había vivido mucho tiempo así sin darme cuenta que en realidad nada de lo que había hecho era lo que en verdad quería hacer.

Sabía que esa nueva vida no era en absoluto lo que hace algunos años consideraba como una vida plena; mentiría si les dijese que no ansiaba, más que otra cosa, retornar en el tiempo y volver a ser quien era antes, pero ese yo me gustaba más que cualquier otro yo que hubiese conocido nunca.

Por esa razón, señoras y señores, maté a mi mujer, por esa razón me ofrecí para bañar a mis hijos y ahogarlos en la bañera, con un poco de miedo y asco (claro, no soy un asesino), pero eso sí, sin mucho reparo.

¿Quieren saber la verdad?

No, nadie opuso resistencia; yo era el padre, el esposo, el señor de la casa, el ejemplo de la familia. Un cuchillo en mi mano no espantaría a nadie; hundir las cabezas de mis hijos en agua hirviendo… por favor, creyeron que se trataba sencillamente de un juego.

Sus cuerpos eran frágiles, livianos, tan livianos como cuando salieron a flote, hinchados ellos de tanta agua que ya entonces corría dentro de sus pulmones; eran como los peces que suben a la superficie del mar cuando, después de hacerlo en innumerables ocasiones, se han cansado de nadar.

A mi mujer, sencillo, le partí el vientre en dos y esperé a que dejara de sangrar para ir a tomar la cena. No quería correr el riesgo de que despertase y arruinase mi último alimento de aquel día.

Después de ocultar los cuerpos de mis hijos, y de colocar en una cómoda posición el de mi mujer en nuestra cama (no pensarán que pese a todo iba a dormir solo), ocupé mi tiempo en vaciar aquella cantina que jamás pensé poder siquiera abrir; no era un hombre que acostumbrara a beber en casa, menos aún con la familia presente, pero, señoría, estaban muertos, ya no había a quién explicarle la razón de por qué no se debía beber y por qué no había que fumar, o inyectarse sustancias nocivas, o…

Una noche -otra frase recurrente en los absurdos cuentos de ficción- repentinamente me invadió el arrepentimiento, y creí que después de todo lo que había hecho con mi vida, con mi familia, seguía siendo un ser humano, lo supe porque sentía y me dolía en lo más profundo su pérdida.

Luego caí en cuenta que era ésa la primera reacción de mi nueva forma de vivir. Uno sabe cuando ha cometido un error, en ese momento lo supe y lo agradecí a dios, porque cometer errores a veces resulta divertido, si hay sangre y cuerpos hinchados de por medio.

Lo lamento, señores. No supe hasta qué altura logré volar sin poner los pies en la tierra un solo segundo. Sólo sé que fue mucho tiempo.

Cuando el cuerpo de mi esposa comenzó a descomponerse y por ende resultaba imposible dormir a su lado, cuando la sangre del piso había cicatrizado lo suficiente, cuando el cuchillo que utilicé se oxidó al grado que no podía cortar pan para el desayuno con él, en este entonces fue cuando decidí matar (ya era una asesino en aquel entonces) al individuo extraño del espejo.

¿Cuántas víctimas? Fueron 16 exactamente, mujeres y niños todos ellas. Puedo detenerme a detallar cada uno de los asesinatos, si usted quiere…

Entiendo… Pues después de todo ello había envejecido y antes de que me fuese arrancada la vida de forma arbitraria, quería darme el gusto de arrebatármela yo mismo antes que alguien más… claro, hasta que ustedes, desgraciados infelices, llegaron a mi puerta y evitaron mi suicidio.

Ya que preguntaron insistentemente, he ahí la razón de por qué debería recibir como sentencia la horca o la silla eléctrica. Pero dudo que ustedes, hipócritas de mierda, quieran hacerlo.

Su señoría, es cuanto respecto a mi vida; puede hacer de ella lo que le complazca.

martes, 29 de enero de 2013

Realidades diferentes


por El Doctor Pluma

Entró al vagón del metro, que en ese momento estaba relativamente vacío. El olor que desprendía su cuerpo era más que obvio: solvente, cemento, droga barata, droga accesible, droga de esquina.

Tan pronto cerraron las puertas, ella cayó al piso, se acomodó como pudo en un espacio y cubrió su cabeza con un suéter delgado que serviría como el único telón que le protegería de las miradas obscenas que la demás gente, el obsceno público, lanzaba como si tuvieran el derecho nato de hacerlo.

Mientras intentaba contener la molestia por esa reacción tan petulante de la gente, mi mente era asaltada por una serie de preguntas, todas ellas estúpidas para una ocasión como ésta.

¿Qué tantas cosas ocurren bajo ese suéter negro en el que la mujer se guarece casi con una desesperación aberrante?, ¿estará llorando porque por fin ha caído en cuenta que su situación es deplorable y triste?, ¿acaso intenta extraer las últimas gotas de aquel vicio que le carcome la garganta?, ¿o tal vez trata de reventarse aquella nariz que está cansada de inhalar cemento, inhalar el aire de los vivos, el aire de esta sociedad donde resulta que nadie se atreve a asumir sus fallos?

Llegamos a la siguiente estación, el vagón ya se llena y ella no se mueve; sé que está viva porque de vez en vez lanza pequeños alaridos, puede que tenga frío, tal vez tiene hambre o sed, o simplemente está cansada, incómoda o le duele saberse y encontrarse en un estado tal.

¿Pero qué diferencia hay entre ella y las demás personas? Tal vez alguien que la observa con desdén tenga la misma sed o sienta de igual forma cómo la crueldad del clima golpetea sus huesos. Tal vez yo tenga más hambre que ella y me sienta igual de cansado de vivir.

Lentamente asoma la cabeza y tan pronto se topa con las miradas de las personas que le rodean, vuelve a ocultarse bajo aquel pedazo de tela que, para complacencia suya, le aísla momentáneamente del mundo.

Trato de apartar mi mirada pero me es imposible, y no es morbo, no estoy a la espera de saber cuál será el desenlace de la escena; sólo observo y trato de entenderla.

Por fin sale de la burbuja en la que se encuentra y arroja de lado el suéter. Ya no le interesa ser observada por todos, la droga quizá haya surtido efecto y es momento de desinhibirse y levantar la mirada como si se tratase de un viaje cualquiera. Pero el viaje no tiene destino y no promete nada halagador; la mirada, por su parte, se concentra en un punto, pero parece no saber diferenciar entre formas, entre colores, entre texturas.

Se pierde en un anuncio publicitario que pasa desapercibido para la mayoría de las miradas en el ir y venir de la cotidianeidad de la vida. El mundo podría derrumbarse y ella no apartaría la mirada, es incapaz de hacerlo.

La mujer intenta incorporarse, pero su cuerpo tambalea con el movimiento del tren. La cabeza le pesa, quizá también el alma, los años, la sangre, los huesos, huesos que tal vez estén apunto de fundirse dentro de aquel cuerpo que muestra desnutrición, carencia, pobreza.

Cae de nuevo y alguien trata de ayudarla; sin voltear a mirar se acomoda en el mismo lugar donde hace un momento y lleva sus manos al rostro. Está aislada de la realidad, pero ¿por qué lo hace?, ¿cuáles son sus razones para mamar de esa droga y no de otra? ¿Por qué no habría de hacer yo lo mismo, si es que es tan fácil poder cortar de tajo con el tedioso confort de una vida normal?

Por un momento la mujer ríe y muestra aquella boca casi desdentada de la que posiblemente alguna vez salieron palabras de aliento, de esperanza, de alivio; quizás cantó alguna canción favorita o más de una ocasión pronuncio las palabras te amo. Cierra los ojos, esconde la sonrisa, recarga su cabeza contra la puerta del vagón y respira profundamente.

Tal vez espere el momento adecuado para levantarse, salir del vagón, cruzar la calle, intentar sortear las inclemencias del clima, llegar a casa, comer algo, beber lo suficiente, abrigar su cuerpo, desearle las buenas noches a sus padres y hermanos, ir a la cama, descansar el alma y enredarse en el formidable universo del sueño… o tal vez nada de eso y sólo espera a que la muerte venga por ella.

Siguiente estación, el vagón está repleto, mas la gente procura no pisarla, no tener siquiera el mínimo contacto con ella; les resulta repulsiva, puede que una mujer en tal situación les provoque nauseas, el rostro de aquellas mujeres perfumadas lo dice todo: hay una enorme diferencia entre el abrigo que les cubre y el suéter negro que ahora sirve como alfombra para aquellos que, inevitablemente, se ciernen sobre él procurando para sí un espacio en el vagón.

¿Cuál será su nombre?, ¿qué edad tendrá? Pese a su terrible estado no parece ser muy grande, pero esas inyecciones de fortuna frustrada que viajan por sus pulmones seguramente le han orillado a perder más que el sentido de la realidad: cabellos, dentadura, peso, imaginación, sueños, anhelos, voluntad.

El cuerpo parece ya no querer responder, ya no se mueve, pero por alguna maldita extraña razón tengo la seguridad de que sigue con vida. El bullicio de la gente comienza. No es que quieran ayudarle, no es que alguien se atreva a extenderle una oportunidad de salir y cumplir con las instrucciones de una vida feliz; ellos sólo quieren saber si en verdad va a morir o sólo finge para que los demás se ocupen de sus asuntos y la dejen envenenarse en paz.

De pronto y de forma súbita abre los ojos y mi mirada se cruza con la de ella. La mujer seguramente no sabe lo que está viendo; yo en cambio sé lo que veo, es hermosa… esa humanidad suya en proceso de putrefacción me resulta atractiva. Sin reparar en mí aparta la vista y deja caer la cabeza sobre su pecho.

Ese ser desterrado por una sociedad que se niega a comprender que los cánones de la felicidad nunca han sido, ni serán los mismos para todos; ese ser ahogado con su propia saliva, que respira sólo como una reacción natural y no porque se sienta convencido de hacerlo; ese ser con hambre, con sed, con frío, con rabia, con impotencia, con lujuria, ese ser sin vida… ese ser que se haya ahí tirado en medio de un mundo que no se detiene soy yo, y aquél que me ha estado mirando durante todo este tiempo es un idiota más que cree que vive mejor que yo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

La generación del fin del mundo


por P.I.G.

Somos la generación del fin del mundo. Estamos acostumbrados a los anuncios publicitarios de que pronto, muy pronto, el mundo se inundará de lava y las guirnaldas de fuego corroerán todo a su paso, terminando de una vez por todas con la existencia del ser humano.

Somos la generación del pesimismo, ésa que ya no compra lo que ve en la TV, pues lo encuentra repetitivo, absurdo, inmerso en una serie de patrañas de las que es mejor escapar antes que caer en ese delirante sistema del consumismo; como si el fin de la raza humana fuera un producto más que se pudiere encontrar en los estantes del supermercado.

Dudamos que el fin esté marcado por una fecha en particular del calendario del hombre. Pensamos que el final se contrajo hace mucho tiempo y que, como muchas cosas en este mundo, ha venido acentuándose con el paso del tiempo tan sólo para hacer menos agónica la caída de un imperio que se ha caracterizado por todo menos por la razón.

Para qué, entonces, darle la vuelta a una tuerca, si ese mero acto no traerá las consecuencias que se pretenden; para qué virar en direcciones opuestas si las líneas de aquello que el hombre, por natural cobardía, llama destino están más que trazadas. Luego entonces caemos en cuenta que alejarse del rebaño es sólo un gesto de valentía y rebelión, que con el paso de los días será olvidado.

La nuestra es una visión pragmática, donde lo que se hace no está en absoluto relacionada con lo que se logra, pues sobrados son los casos en la historia donde los actos del hombre han sido enterrados por aquellos quienes no ven en ellos más que simples gritos de desesperación que jamás encontraron eco.

Preguntamos nosotros si el tener un buen trabajo, una casa, un auto, una familia y un salario considerable es la moneda que nos corresponde a cambio de vender parte de nuestro tiempo a una labor que jamás comprenderemos exactamente para qué sirve.

Si seguimos caminando al lado de esta putrefacta sociedad es con el único objetivo de buscar esa ración de oxigeno que por derecho nato nos corresponde, mas no para aspirar a los puestos codiciados por el ancho de la sociedad.

Formar parte de la jerarquía social no nos inspira en lo absoluto, para qué si lo que buscan ellos, la felicidad, maquilada y prefabricada por las grandes esferas comerciales, no nos satisfacen en lo absoluto.

Nuestro perfil, bajo, silencioso, desterrado y proscrito, ha dejado ver su lado más salvaje y por lo mismo más perpetuo, ése que, sin buscarlo, se queda tatuado en el disgusto de la sociedad, ése que sobrevive a modas, catálogos, temporadas, estaciones, edades…

La felicidad, pues, para gente como nosotros no se busca en los stands de las grandes tiendas comerciales, ni en los indecentes escaparates mercantiles que encuentran la belleza de la mujer en la cantidad de maquillaje que arroje sobre su rostro, o que miden la caballerosidad de un hombre por el precio del traje que porta en las cenas de gala.

Somos la generación del fin del mundo que ha sobrevivido los holocaustos más brutales, aquéllos que, sin armas biológicas, ni bombas nucleares, ha visto cómo el hombre, por el hombre mismo, ha sumergido su rostro en el lodo tan sólo para aspirar a una vida que, siendo en exceso sinceros, ni siquiera merece, pues quién de los que pueden llegar a comprendernos puede arrojar la primera piedra y decir que tiene pendiente como pago la felicidad absoluta por el resto de su vida.

Nosotros ya no creemos en los viejos cuentos de la princesa encantada y del príncipe azul, en los finales de telenovela. En los días que corren apresuradamente, el “fueron felices para siempre” ha sido sustituido por el “y sobrevivieron hasta el final del día”.

Somos la generación de las ideas libres, de las acciones emancipadas, de las palabras entrecortadas por los nudos que a menudo ahogan nuestra voz para concluir las frases; llámese tristeza, melancolía, impotencia, pulcritud o demencia; o puede que se deba acaso a la contaminación de las fábricas del hombre que nuestra garganta poco a poco pierde la energía de hace algunos ayeres.

Pero la pluma, más grande y destructiva que cualquier arma creada por el ser humano, último reducto de quienes se rodean de las amenazantes cuatro paredes, es quizás nuestra única forma de encontrar insurrección… insurrección, el único derecho que nos queda a estas alturas del partido.

Quizá no se nos sea permitido apreciar de cerca y en primera fila el final irreversible de éste, el mundo del hombre, pero  aseguramos, con la misma complacencia que las letras exigen, que se nos recordará como aquellos que intentamos hasta el cansancio no un cambio, que hecho comprado es que los cambios son elementos netamente individuales, si no una renovación de aires, y que por ello mismo fuimos, cada quien en su respectivo tiempo, desterrados de la vida “común y corriente” del hombre.

Henos aquí, entonces, las filas más obstinadas y fieles de la generación del fin del mundo, las que soltamos displicentes una lágrima sincera porque el mundo, una vez más, contó aquel chiste banal de que esta vez  iba en serio, de que el final del mundo, tardío pero seguro, llegaría…

Somos esa generación que lamenta que el fin de esta vida, por desgracia, obligada y mecánicamente reflexionada, nunca llegó. Y por ello lanzamos, a quien sea éste dirigido, el más obstinado de los reclamos que una generación, la nuestra, a diario ahoga en el límite de las posibilidades.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Ophelie Libanis

por La Mort D'une Lune

Entre tanto cielo crispado, paseándose las neblinas matinales por entre los arboles, la humedad abrazando las casas, los senderos, las estatuas, los rosales, desde mi ventana observo todo aquello en quietud. Con mis ventanales empañados me distraigo tratando de hacer figuritas, dejando liberar mis pensamientos.

No sé, pero creo hoy estoy decidida a dejar la máscara que he cargado por años, y he decidido dejar respirar mi piel; quiero que el frío y la neblina abrazadora congelen mi cara; quiero sentirme como un hielo, caminar por ese sendero por primera vez en mucho tiempo sin esta máscara que me he puesto desde tiempo atrás. Quiero ver cómo es mi rostro reflejado en las límpidas aguas del lago.

¿Que por qué llevo la máscara? Tal vez sea por pura inseguridad mía, inseguridad que desde pequeña he arrastrado, pues los demás, niños crueles, se burlaban de mí, haciendo bromas y haciéndome pesadeces, y tal vez sea ésa una forma de protegerme de los hombres que hermosean el aspecto, pero que al final de cuentas se burlan de mis sentimientos puros.

Esa máscara me ha acompañado desde hace tiempo, es mi fiel confidente de las cosas que veo, escucho e incluso de las cosas que yo misma pienso; esa máscara me conoce mejor que nadie, ella me ha ayudado a alejar a las personas que no necesito cerca, y la verdad es que prefiero estar un poco apartada de la gente escandalosa, burlona, hipócrita, falsa.

Me siento en la mesita de madera, y tan sólo me quedo atrapada al ver cómo escapa el vapor de mi taza humeante de café; esas curvilíneas de vapor que me resultan suaves e hipnotizantes; pienso si es así como se me ha escapado mi corta vida, mis cortos, frustrantes y depresivos 25 años.

Muchas veces he pensado quitarme la máscara que uso para salir a ese mundo exterior y hostil, el cual, por cierto, también suele ser un mundo engañoso donde es fácil que lastimen a un ser. Lo he pensada infinidad de veces, pero creo que hoy será ese día en el cual lo lleve a cabo, intentaré salir a ese lugar exterior donde he sido ignorada, utilizada y hasta abandonada.

Es que desde que la tengo a ella, no tengo esa necesidad de preocuparme tanto, pero en el momento en que la retire de mi rostro será difícil, difícil para mostrarme a los demás; tener que interactuar con la gente es algo estresante para mí, es quitarse una máscara y ponerse otra ante los demás sólo para tener contenta a una sociedad.

Pero siempre he querido ser quien soy, con o sin máscara, pero a veces no sé quién soy en realidad, porque acostumbrada estoy a llevar a mi acompañante inanimada a casi todos los lugares.

Me resultará raro quitar a quien me protege y que tenía mi piel a resguardo, para después poder sentir cómo el frío y humedad rozan mi piel casi violentamente, y probablemente aproveche para hacer todo esto, a sabiendas que no hay ni alma que se muestre por aquí a horas tan tempranas.

Tal vez sea una de tantas veces que me quite mi máscara, ésa que llegó misteriosamente, y de esa forma existan más días como hoy. Probablemente, sí, el día de mañana deje de ser la loca Ophelie, la loca de la máscara.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Una noche mórbida


por P.I.G.

Encerrado en mi habitación, con ganas de vomitar; maldigo esta vida cuando veo mi soledad. Secuestrado por una ira incontrolable que brota de mi pecho, doy vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Estoy sudando, mi cuerpo tiembla, necesito salir.

Echo un vistazo a la calle, un tétrico panorama se presenta a mis ojos: nubes negras comienzan a formarse en el cielo, mientras que el frío viento arrecia y choca contra los árboles secos. Se puede apreciar cómo el vapor sale de las alcantarillas y despide un olor fétido y nauseabundo.

Salgo no sin antes tomar mi abrigo y una navaja que he guardado durante no sé cuánto tiempo en una caja de metal; tal vez lleve ahí años, meses, días… horas.

Camino por W… Street hasta llegar a M… Es tarde, lo sé, a estas alturas de la noche las luces de los hogares comienzan a apagarse. Dentro de unos minutos todos irán a dormir. ¡Oh rayos! Empieza a llover, las gotas caen aceleradamente, con desesperación; así está mejor –pienso-, la lluvia se lleva toda la mierda que hay en la calle, barre con ella aunque sea sólo por unos instantes.

Sorpresa la mía al observar a lo lejos a un sujeto rechoncho que viene directamente hacia mí. Antes de que nuestros caminos se crucen agacho la mirada; lo reconozco, he visto su rostro en algún lugar… sí, el sacristán de la iglesia, ese monigote que no habla de otra cosa que no sea de dios y su poder.

Me detengo, las gotas se deslizan por mi cuerpo. Doy un paso y… no, doy media vuelta y decido seguirlo, la caminata será interesante. Debido a la contingencia del clima, llovizna que arrecia, viento que sopla y cala en la sangre, el sujeto camina más a prisa. Puedo escuchar la dificultad que tiene para respirar, nos obstante mueve aceleradamente sus piernas para desplazarse.

Llegamos a D…Street, una calle larga, oscura, lúgubre como aquellas de los viejos cuentos donde sólo a lo lejos nace una tenue luz y muere la esperanza del día. Lejos de donde me encuentro una pareja de sujetos abordando un taxi; el rechinar de las llantas, un olor a gasolina quemada y se acabó.

Mi cuerpo tiembla, los huesos se me congelan, el miedo y la rabia comienzan a apoderarse de mí… maldita sea el momento en que decidí salir de mi guarida. Ese sentimiento pusilánime de venganza que nace de una frustración de no poder gritarle a ese cerdo que camine más aprisa, es lo que me obliga a olvidarme de la noche, de la lluvia y de aquel bastardo que, en el interior del taxi, hurgaría bajo la falda de la prostituta del mundo para apaciguar los instintos de la carne.

Mi respiración es pausada, el aire frío también duele en los pulmones. Mierda, que soy ser humano también.

Nadie en este desierto húmedo de asfalto; se me presenta una oportunidad, si no lo hago ahora no lo haré nunca.

Acelero el paso, estoy a escasos metros del maldito lacayo de dios, no obstante no ha notado mi presencia. Se avecina una tromba, el viento acelera y carcome las entrañas; los músculos se entumecen poco a poco.

La presa trata de correr, torpemente tropieza pero se incorpora de inmediato; es el momento indicado. Consigo acercarme un poco más, saco del bolso derecho mi arma, blanca y fría, filosa, cortante.

No debe fallar mí pulso; estoy detrás de él, lo sabe, de reojo me ha visto pero no se atreve a voltear. Si de algo goza este mundo es de un ejército innumerable de cobardes. Ahora siente mi respiración, ahora sabe lo que voy a hacer, ahora mi sombra se abalanza contra él.

Aprieto mi puño y asesto fuertemente en sus costillas… el acero penetra rápidamente su piel, la sangre tibia recorre mi brazo, el contraste de temperaturas es asqueroso, tengo asco, quiero vomitar.

El sujeto intenta gritar pero sus sollozos se ahogan en esta noche donde el hombre prefiere dormir en paz en su lecho. El dolor que la fría navaja le produce puede verse en su mirada. Tan pronto como retiro el arma de su costado impacto nuevamente, esta vez en la yugular. Está paralizado, le falta la respiración, se escucha un pequeño chillido resultado de su agonía. No niego que mí mano tiembla y no es el frío lo que lo provoca.

El cerdo está tirado, su asquerosa sangre mancha el asfalto, su mirada clavada en mí pregunta ¿por qué?; intenta moverse pero lo golpeo desesperadamente, lo pateo con tanto desprecio… me agacho y susurro a su oído:

“Qué sorpresa, ¿no es así? ¿Te esperabas este final? ¿Hoy al despertar imaginaste que éste sería tu último día? ¿Acaso tu dios te salvó? Mírate, ahora no eres nada, ¿dónde está tu dios, dónde está tu salvador?”.

A penas termino de hablar y el hombre desfallece, ahí en medio de la nada, con la lluvia cayendo en su rostro cual vagabundo escupido por la vida, como un desconocido, como un anónimo, un inexistente.


 A lo lejos puedo ver a un tumulto de personas dirigirse rápidamente hacia el lugar, es hora de huir. Todavía temblando rápidamente limpio mí arma en los ropajes del individuo, me falta la respiración mas no puedo detenerme.


Por fin estoy en mi cueva, me encierro y me tiro en la cama. Aún siento esa furia en el pecho, un fuego que arde con desesperación mientras trata de tranquilizarse el temblor generalizado en el cuerpo. La cabeza me da vueltas pero ahora me siento mejor, tal vez pueda dormir… mis pupilas ya se ocultan, ya no sufro.

El letargo comienza. Hoy, al fin, lo he logrado, he permitido a las ansias escapar y encontrar razones para permanecer lejos de mí; hoy he podido dominar a los demonios y permitirles beber del éxtasis del dolor ajeno; hoy he podido cumplir con la cuota de delirio, igual que ayer, anteayer, y todas las noches de los últimos años… no sé, empero, que ocurrirá mañana.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Manos Limpias


por P.I.G.

Seamos lo suficientemente claros para evitar caer en esos posos petulantes que los seres humanos llaman malos entendidos: mi mano me satisface más que tú.

Es obvio que el paquete completo de carne es preferible al calor momentáneo de una autoflagelación sexual, pero dadas las circunstancias en las que nos encontramos tú y yo, en donde de por medio se encuentran el tiempo, el espacio, la desidia, el rencor y la larga lista de posibles razones por las cuales no estamos juntos, he de tener que hacer el amor con mi incondicional extremidad.

Porque, obviamente, no dejaría de hacerlo a diario, como lo he venido haciendo durante los últimos no sé cuántos pinches años, sólo porque no estás aquí, y para ser sincero lejos de mí la idea de salir en busca de alguien más.

Claro, la mano carece de sensibilidad y de sentimientos, patrones indispensables en toda relación humana, cuyo objetivo sea el pleno entendimiento y posible unión de formas de vida, para lo cual, siempre te lo dije y no me canso de repetirlo, no estoy hecho.

Pongámosle nombre: matrimonio; pongámosle adjetivo: pinche. ¿Entendido? Mi mano, a diferencia del grueso de la población femenina (y masculina para que no comiences a formular tus estúpidas ideas de que soy un misógino pervertido) no quiere casarse, no piensa en matrimonio, pero sí piensa, claro que lo hace; tan piensa que sabe cuándo, cómo, dónde, para qué, por qué y bajo qué riesgos.

Qué putañera idea más burda: casarse con alguien con quien ha estado atado y estará por el resto de su vida, so pena de que sea mutilada, lo cual (puta mierda) me privaría para siempre de aquella herramienta que lo mismo sirve para masturbar, que para escribir, que para comer, acariciar, fumar o  exprimir un limón.

Y dado que no tengo razones para ocultar nada, debo confesar que mientras escribo esto, una mano hace lo propio, mientras que la otra, la efectiva, la presente en todo momento cuando se necesita, está realizando aquella labor titánica que no te atreverías siquiera a intentar.

Haciendo uso de las analogías tan detestadas por ti, bien podría creerse que mientras pienso en ti estoy teniendo sexo con otra persona; infidelidad moral, infidelidad física, infidelidad infiel, si gustas, pero ¿en verdad te atreves a compararte con mi mano?

Bien, cuando no corto las uñas o dejo que la mugre se acumule puede tener un aspecto desagradable, pero nadie es perfecto, ni tú cuando pasabas días sin bañarte… Olvidemos eso.

Podría hacer una extensa apología de mi mano y encontrar sobradas técnicas para hacerla sentir la extremidad más deseada de todas cuantas existen en este mundo, pero al buen entendedor pocas palabras: ella sabe cuál es el trato y estoy seguro que jamás se negará a completar la tarea que por ley de la naturaleza le corresponde.

Además tampoco es para tanto, en determinado momento que te pusieras en el jodido plan de mujer ofendida, bastaría con recordarte los interminables favores que le quedaste a deber a mi entrañable amiga, o más específicamente, a los cinco amigos de mi entrañable amiga: los dedos.

Y podría ir más a fondo y decir exactamente qué dedo y exactamente a dónde fue a parar, pero trataré de evitar en todo momento las concepciones gráficas para no parecer un cerdo frente a ti, bueno, lo de frente a ti es una insinuación pendeja y burda considerando lo lejanos que estamos el uno del otro; lo de cerdo… nada me encabronaría más en estos momentos que explicártelo, ¿vale?

Hace algunos ayeres llegó a mi mente, cual ave que se posa sobre una roca sólo para descansar las alas y de inmediato retomar el vuelo, una idea suicida pero interesante, donde desde luego estarían implicados todos los personajes habidos y por haber de esta historia: tú, yo, mi mano, tu trasero, el refrigerador bien abastecido quincenalmente, tu trasero de nuevo, un limón, la pluma, la libreta y el televisor.

Ahora es el momento de agradecer que ese asqueroso pájaro no se haya quedado a descansar por más tiempo en la roca, pues hubiera sido un suicidio el guarecer bajo el mismo techo mano, trasero, refri, pluma, un limón, libreta, televisión, trasero otra vez, tú yo.

Además, te soy sincero, esto me ha servido demasiado a razón de que ahora puedo dividir los hemisferios de mi cuerpo y hacer con la una lo que ya sabes y no pretendo volver a repetir, y con la otra tomar el libro, tomar la pluma, bajar la palanca del baño, apretar los botoncitos del control remoto, destapar una cerveza, cortar una cebolla, rascarme la nuca, taparme la boca al bostezar, lavarme los dientes, darle el chingadazo al niño cualquiera, abrir la puerta, exprimir el limón, tallarme los ojos, subir, bajar la bragueta, tomar un martillo y asesinar a alguien en casos sumamente extremos.

¿Ves cuán independientemente puedo ser, incluso de tu persona y de tu trasero y de tu modus vivendi y de ese sexo que parecía más un interrogatorio al desnudo, ya que en todo momento no dejabas de hacer preguntas sin la más mínima importancia? Pues heme aquí tan independiente como mis manos me lo permiten.

¡Ah cierto! Mi mano no habla… por ahí deberíamos empezar.

En fin, si al leer esto aún piensas que no te amo, pues bien por ti, jamás estarás más cerca de la realidad, porque no te amo y no pretendo amarte, y bajo una terapia de esta envergadura no busco otra cosa más allá que liberar esa tensión acumulada en la otra mano.

Pero que no te ame tampoco significa que te odie, y por ello, para calmar tus seguramente a estas alturas alebrestados ánimos, me tomaré la molestia de darte un consejo: escribir es un bello pasatiempo… ja ja ja eso es todo.
No soy bueno para ello, pero lo que sí es que siempre deberías procurar aplicar y llevar a cabo concienzudamente y muy a menudo ese proverbio callejero que reza: “Siempre mantén las manos ocupadas”.

Yo, de eso estoy seguro y a la mierda quien piense lo contrario, parece que lo hago muy bien; ambas manos trabajando en diferentes labores: la una escribiendo, deleitándose con el movimiento sexy de la pluma que deja huella en la blancura virgen del papel, y la otra, la experta, en el vaivén de ese lindo baile llamado masturbación.

domingo, 5 de agosto de 2012

De ti

por El Doctor Pluma

Todo habría sido mejor si en lugar de sonreír y fingir tranquilidad, hubiéramos unido nuestras miradas y volverlas una sola para ya no mirar hacia otros horizontes.

Hubiese preferido saber tu historia antes que tu nombre, y probar tus labios antes que escuchar tu voz.

Mas las historias nunca conviven con los deseos, y no podemos disponer del rumbo de las cosas, por desgracia.

Ahora que sé que existes puedo dormir en paz y dejar mi nihilismo mental de lado, para volcarme hacia tu recuerdo cuantas veces sea necesario.

Al menos me basta con el recuerdo, gratuito y garantizado de por vida, pues es quizá lo único de cuanto puedo disponer ahora.

Ahora que estás ahí sé que puedo adjudicarte tu imagen de ayer que me duele en cada parte del alma, en cada latido, en cada suspiro, en cada ir y venir de las manecillas del reloj.

Qué sería de mí sin esa bocanada de sensaciones que anestesian los sentidos y someten a los demonios interiores para evitar una catástrofe generalizada.

Ahora tú eres la culpable de todo esto y tú tienes las fórmulas adecuadas para aminorar el encono que existe entre corazón y alma.

Demasiado tarde llegan las insolentes preguntas que a menudo rondan en la mente del ser humano; la presa se ha desbordado y no hay quién detenga la presión.

Pero observa con cuidado, he dejado de ver con los ojos y ahora te veo con el ama; he dejado las máscaras y los maquillajes y he optado por ser cual soy para verme en tu espejo y descifrar los códigos.

No sé en qué momento pasó, no sé cómo entré y francamente no quiero salir, amén de que dictes lo contrario.

Ayer vi pasar mi vida correr como el agua en el río salvaje; hoy la vida se detiene y espera la señal, para iniciar de nuevo, para enmendar errores, para vivir dos veces, en dos lugares distintos: aquí donde me encuentro varado y allá donde tú encuentras la zona de confort.

Tengo una razón de sobra para volver a abrir los ojos y mirar al horizonte, ahí donde puedo encontrar tu rostro dibujado, rostro que dicta, rostro que invita, rostro que llama, que pide, que alimenta, que siente.

Caminábamos sin la intención de encontrarnos, pero sabíamos que nos tendríamos que encontrar, y ahora es cuando caminamos juntos y caminamos sin rumbo fijo, pero de la mano al fin.

Y ahora llueven pensamientos fugaces que matizan las paredes de mi habitación donde está escrito aquel nombre cuyas cinco letras dan sentido a mi vida.

Por ello es que en la soledad de la vida retomo las palabras una vez utilizadas y valoro los momentos que he compartido a tu lado, mas valoraré los que están por venir, aquéllos que también se extrañan.

Sólo espero impaciente el momento en que el tono de tu voz resuene en éste mi único espacio donde puedo verte y no sentir ese nerviosismo galopante, al menos para sentirme un tanto más vivo de cuando te sabía sin siquiera conocerte.

No quiero dar un paso atrás, prefiero que seas tú la que dicte la sentencia final.

Ahora que ese nombre formará parte de mi glosario cotidiano, ahora que tu mirada me guiará cuando mis ojos se gasten entre la oscuridad, ahora puedo mostrar ese dejo de felicidad impaciente e impaciente espero la respuesta.

Ergo, ¿qué tan inherentes podemos ser el uno del otro?

jueves, 2 de agosto de 2012

Mil veces maldita sea


por P.I.G.

Manuel se encontraba, como el resto de los seres humanos, tranquilamente desperdiciando su vida en aquella oficina que siempre la había parecido una extensión de su hogar (y hasta cierto punto lo era), vigilando que todo en ella estuviera en orden.

Sentado en esas típicas sillas viejas que rechinan con cada movimiento, frente al computador, que para la ocasión servía como su único acompañante, sorpresivamente el silencio fue interrumpido por el sonar del teléfono. Voz gruesa, voz tétrica: “Tu esposa está teniendo el mejor sexo de su vida con otro hombre… en tu cama”.

El tiempo se detuvo y la sangre comenzó a correr aceleradamente hacia su corazón, como intentando dar una señal generalizada al cuerpo: hay que ir inmediatamente y acabar con ambos. Sin detenerse, por favor, a pensar en nada.

La ira hizo presa de este ser cuya existencia podría valer lo que vale patear un bote vacío de cerveza: nada. Pero el hombre envuelto en ira deja de ser hombre.

Ese rencor característico del ser humano permeaba en cada uno de sus pasos, en cada uno de sus suspiros.

¿Cuándo, cómo y por dónde salió de la oficina? No interesa saberlo, lo hizo y ahora se dirigía a su casa contaminado por las locas ideas de una venganza que inexorablemente habría de llegar.

Claro, para ello era necesario cruzar media ciudad; tal dos o tres horas, tiempo suficiente para que su enemigo volviera a hacerle el amor a su mujer, tomara un baño, tomara un refrigerio y saliera por la puerta grande, como torero triunfante del ruedo.

Ella podía acomodar las sábanas, disipar los olores, recogerse el cabello; una limpieza íntima y listo, como si nada ni nadie hubiera pasado por ahí.

Maldita sea la hora en que se le ocurrió aceptar ese trabajo, alejado por mucho de su hogar. Cualquiera tendría tiempo de sobra para llegar e interrumpir la escena de pasión intestina, pero él, ¿él?

Para siquiera intentar desquebrajar esa escena de amor y deseo tendría que abordar el Metro, transbordar, tomar el autobús, rogar porque el tráfico no fuera tan perverso como suele ser, y para acelerar el paso tomar un taxi.

Pero el odio del ser humano, tanto como el amor, goza de la debilidad que permite la ceguera y por ello el tiempo y el esfuerzo para llegar serían ceros a la izquierda. Lo importante era llegar, ja, lo importante.

“Maldita perra”, gritaban sus demonios interiores. ¿Por qué engañarlo? Un hombre es engañado por su mujer por miles de razones, entre las cuales puede destacar la impotencia sexual, la falta de dinero, la escasa o nula atracción física, o el desacato mental que pregonan el 90 por ciento de los seres humanos.

Consiguió zafarse del caótico ir y venir de los lagartos anaranjados y correspondía subir al autobús. Esta vez no cedería el asiento a nadie, no le importarían las ancianas o las mujeres con niño en brazos; tenía su propio apocalipsis mental y ello le carcomía al punto que ni siquiera podría desprenderse de él un acto de fraternidad para con los demás.

A todo esto, ¿quién diablos se atrevió a interrumpirle en su jornada?, ¿quién era aquél que se tomó la molestia de avisarle sobre la actuación de su mujer y un hombre desconocido? Alguien, supongo, lo suficientemente enterado de la vida de los demás y con tiempo suficiente para enterarse del caso y dar aviso al tercer involucrado.

En fin, la furia se elevaba conforme avanzaba el reloj; quedarse atorado en la inmensa ciudad, bajo un sol inquisidor y rodeado del ruido ensordecedor que encuentra eco en el asfalto, no hacía más que elevar el tono de su enojo.

 Su corazón se agitaba, el sudor comenzaba a correr por su frente y luego por sus mejillas; esa maldita camisa almidonada asfixiaba el cuello y esa corbata hacía más doloroso el castigo.

Callen al bastardo niño que llora; disminuyan el volumen de la música, y ese idiota que insistentemente aprieta el claxon, que alguien lo mate.

Por fin, el último tramo del camino. Seguro aquel hombre ha de estar violando la intimidad de su habitación y de su sacrosanto hogar. Esto no lo perdonará nunca; no volverá a quedar en ridículo frente a nadie, menos de una forma tan vil.

Manuel baja intempestivamente del autobús; empuja a todo aquél que se cruza  por su camino. Tendrá que tomar el taxi si quiere ahorrarse unos minutos, aunque no así unas monedas que tanta falta le hacen.

“¿Qué tal el día?”, pregunta el taxista. Manuel no contesta; en realidad siempre ha detestado que un desconocido intente iniciar una charla nada más para hacer menor tedioso el viaje. ¿Qué ganas con platicar con un completo extraño?

Qué tal el día, todo iba bien hasta que sonó el maldito teléfono. No contesta a la pregunta, su mirada se pierde a través del cristal del auto; mira a esa gente que camina sin preocupaciones cuando él, adentro de esa chatarra verde, se desgarra las entrañas de pensar en lo que ha estado pensando durante estas últimas horas: su mujer teniendo el mejor sexo del mundo con otro hombre.

Baja y el primer paso fuera del taxi es catatónico; sus extremidades tiemblan y con justa razón. El taxi deja tras de sí una cortina de humo que cubre por completo a Manuel; no le interesa, tampoco le interesa haber olvidado el portafolios con las facturas dentro del taxi.

Miserable vida la de él…

Bien, camina con toda la determinación que un despojo de ser humano puede tener. Busca las llaves dentro del saco, las encuentra pero no sabe cuál es la indicada para abrir. En otras circunstancias abriría sin problema, pero esta vez hay sentimientos humanos de por medio y bajo ese esquema de acción el hombre puede no siempre actuar correctamente.

“Maldita perra”, repite en sus adentros. Las manos le tiemblan y su mente comienza a inundarse de infinidad de escenas carentes de toda relación las unas con las otras.

Lo cierto es que la estrangulará tan pronto haya terminado con aquel cerdo que se atrevió a entrar a su alcoba y tomar el cuerpo de su mujer para satisfacer sus deseos sexuales más bajos.

Abre, golpea, destroza todo a su paso; va directo a su habitación.

“Tu esposa está teniendo el mejor sexo de su vida con otro hombre… en tu cama”, sí, eso es lo que dijo la voz.

“La voy a matar”… torpemente sube las escaleras, atraviesa el pasillo angosto cuya iluminación es una broma de mal gusto. Se planta frente a la puerta, estira la mano pues pretende empujar despacio; opta por derribarla con una patada… la sangre se aglutina en el corazón, las ideas se aglutinan en el estómago tal vez… maldita sea, maldita sea, mil veces maldita sea… Manuel no tiene esposa.