Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Letra porno

Por: Mister Bastard

Siempre que viajo en el transporte público y me topo con uno que otro pasajero que lleva un libro, un periódico o una revista, de reojo y con discreción trato de leer el título de aquello que van leyendo; una vez que me cercioro de que se trata de una obra erótica o pornográfica, igual de reojo y con mucha mayor discreción trato de ver si hay por ahí una erección o una pelvis húmeda de por medio.

Sí, es muy atrevido, más morboso y obsceno aún, pero es mucho más humano de lo que puedan comprender o de lo que yo pueda explicar o justificar.

No me interesan las reacciones sexuales particulares de cada quien como me interesan los efectos que provoca la literatura erótica o pornoliteratura en los pornolectores. (Llamarles lectores eróticos no resulta tan agradable que digamos y me da escalofríos hacerlo).

El lector promedio puede adentrarse en su lectura y fascinarse con los escenarios e historias que recrea en su mente, describe fábulas, desenvuelve papeles e imagina a los personajes de cierta manera, así como reproduce en silencio las palabras que por sus ojos entran. Pero sólo y tan sólo la literatura pornocha logra que un sentido más del cuerpo se despierte y se ponga a trabajar de más: el sexual.

Y lo mismo pasa cuando se lee a un Marqués de Sade o cuando se hojea la sección de consejos de la tía Remedios, la excitación se hace presente y el corazón se acelera. Se recrean al doble las narraciones y las escenas de orgía generalizada se matizan con colores, sabores, aromas, y a más de uno le pasa seguramente por la cabeza invitar al vagón a iniciar el gang bang en pleno movimiento del metro. “Que todos se encueren y comiencen a follar en este preciso instante”.

Pero el sentimiento se queda ahí, reprimido, retraído, rebajado a casi nada, y se enciende de nuevo tan pronto se retoma la lectura. Esto para algunos que se toman la molestia de devorar una obra de Bukowski completa; para los menos desafortunados que sólo repasan la sección erótica del periódico, no les queda más que conformarse con una dosis de gravedad sexual, quizás real, quizás falsa.

Y si esas reacciones de humedad femenina y masculina generan unas cuantas palabras y/o imágenes medianamente “prohibidas” (plasmadas éstas en el papel más vulgar del Libro Vaquero o en el más fino de la Penthouse), qué reacciones no generará una película porno en la comodidad e intimidad del hogar de cada cual.

Así somos, el sexo es fantasía, somos fantasioso aunque algunos lo nieguen con la cruz en el pecho, y quienes logran dominar y jugar con esas fantasías (color rosa como las escenas placenteras de cualquier novela barata de amor, o sexo rojo como las narrativas de Georges Bataille) pueden darse el lujo de un momento de valeverguismo sexual y procurarse un orgasmo (mental aunque sea), aun cuando el metro esté a tope o el autobús esté encerrado en un tráfico atroz.

Si andan por la vida de puritanos y devoran casi con asco las obras de Leopold von Sacher-Masoch o John Ford, allá ustedes y sus reprimendas mentales. Si aún les sobra un poco de ese morbo humano muy humano y ven por ahí a una chica leyendo casi con fascinación espiritual a Henry Miller, miren cómo tiemblan sus manos, cómo se erizan sus pezones y quizás encuentren la oportunidad que tanto han esperado para tener sexo casual.

Si ni lo uno ni lo otro les apetece, encuentren placer de la forma que más les convenga y les complazca; sólo no se les ocurra violar a alguien. El perverso tiene estilo, el pervertido es un traga mierda hijoputa.

jueves, 13 de junio de 2013

Tierra adentro en Ciudadela

Por: Jesús Correa S.

D
e camino a la Ciudad delos Libros, recuerdo aquel sentimiento de asombro y desasosiego  que reino en mí el día que visite por primera vez aquel lugar (ésta es la segunda vez que voy). Desasosiego me provocó imaginar el cómo pudieron haber vivido entre tantos libros José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis; y el trabajo de mantenimiento que les pudo haber exigido. De ellos fueron las bibliotecas personales que ahora ahí quedaron instaladas, en el edificio de la antigua Ciudadela. El diseño de cada una de las bibliotecas es bastante agradable (me gustaría decir maravilloso, pero no quiero crear expectativas demasiado grandes).
Al salir del metro Balderas, el que se encuentra más cerca, olvido que hay dos puertas de entrada  y termino yendo por el camino más largo y peligroso. Me pregunto cuál habrá sido la razón que hizo que se olvidaran –entre ellos  el sádico de Calderón, quien formo parte del proyecto– de la seguridad de los alrededores.
Esta vez entro a ver el acervo de José Luis Martínez, la primera vez pasé al de Alí Chumacero. Por medio de unas letras de presentación me entero que fue un diplomático, escritor, académico que logró reunir 70 mil volúmenes, de los cuales muchos fueron colecciones completas de suplementos, revistas, libros…Ya me tomaré el tiempo para conocerlo más a fondo, pienso. A lo mejor en un futuro próximo busque un libro de él.
 Paso más de media hora viendo los títulos, hasta que llego a una sección donde encuentro varios números de las revistas de La Universidad de México,Tierra Adentro, Proceso…
  Regreso a la entrada, donde se encuentra  la encargada de los préstamos y le mencionó  lo que deseo revisar: «El número 1 y el 47 de la revista Tierra Adentro, por favor», le digo de la manera más amable que puedo y le doy las gracias. Me los da y se voltea indiferente; parece de esas secretarias del gobierno que siempre están molestas… Reconsidero:quizá sólo tuvo un mal día.
«Tierra adentro, otoño de 1974, no.1, publicación trimestral», dice en la portada. Y más adelante el objetivo con el que nació: «iniciar una efectiva descentralización de las actividades artísticas y culturales»…Tengo que mencionar la sorpresa que causó en mí descubrir que lleva casi 39 años de existencia esta revista dedicada a la literatura… Hojas adelante, un articulista, llamado nada más ni nada menos que Mario Benedetti, habla sobre «la literatura latinoamericana, las relaciones entre el individuo y el paisaje» y la manera cómo han cambiado (menciona libros de Gabriel García Márquez, Onetti, Rulfo);  artículo que, desde mi punto de vista, no pasa de ser sólo curioso.
  En el número 47, ya en el año de 1990, hay un cambio radical en el formato y la tipografía –el estilo de las letras–. ¡Una exquisitez para ver los cambios en el diseño editorial! En este número me entero del origen del nombre: «El maestro Sandoval (Víctor Sandoval [1929-2013], uno de los fundadores) recordó un verso del celebérrimo poema de López Velarde escrito en 1916: Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre/ ojos inusitados de sulfato de cobre(…).Tierra adentro” es un término castizo que se refiere al interior. Según el Pequeño Larousse significa “lejos de la costa”. Sandoval pensó que podía identificarse con el centro del país», lugar en donde  se quería empezar a difundir las actividades “culturales y artísticas”.
¿Por qué las bibliotecas no tienen turnos nocturnos?… Compraría un par de cafés, los tomaría afuera y pasaría la noche revisando más revistas…Pero no: son las 6 de la tarde y me mencionan que tienen que cerrar. Aprovecho que estoy cerca para pasar al centro de la ciudad, compro el número 181, el más reciente a la venta (abril-mayo 2013), de Tierra Adentro.
Al llegar a casa,  prendo la cafetera y miro el desorden de revistas y libros, que no son nada comparados con los de Ciudadela. Mientras escucho el ruido del agua y el vapor salir, regresa el desasosiego que ya había mencionado. ¡Maldición! Tengo que ordenar este caos.

jueves, 18 de abril de 2013

Al fin de la noche

Por: Jesús Correa S.

Bien sabido es que cuando se aprende algo nuevo, el mundo se hace mayor. Ante esto hay que estar prevenidos, porque se puede llegar a querer descubrir un imposible, el tamaño entero de algún universo: el de la literatura, la música, la historia,  todos a la vez.
    Comenzamos a hacer conexiones entre lo nuevo y lo que ya sabíamos. Esto no es difícil percibirlo, basta recorrer la ciudad al estilo de los románticos (los famosos y mejores caminantes): visitar museos, leer los nombres de las calles, detenerse en los monumentos… Aquello con lo que estamos más familiarizados es lo primero que notamos.
    Caminar como el poeta portugués Fernando Pessoa, quien con las venas atiborradas de cafeína y la cabeza de lecturas recorría su ciudad, Lisboa; o el mismísimo Enrique Vila-Matas, el que dedica textos y libros enteros a este tipo de  «andarines»: los que yendo hacia ningún lugar, pasan por todas partes.
    El andar por las calles puede hablar de lo que somos, la forma en cómo vemos el mundo o en lo que nos estamos convirtiendo.
    Recuerdo, por ejemplo, haberme dado cuenta de estos cambios de percepción en un lugar que suele ser muy concurrido por los habitantes de la Ciudad de México: el metro Chabacano. Eran los días que me empezaba a sumergir en la cultura portuguesa -a propósito del poeta de esta tierra-, cuando al pasar por los pasillos del metro, como un inesperado golpe en la cabeza,  reparé en su nombre escrito, el de Pessoa (junto con el de Rufino Tamayo, Camões, Octavio Paz…), en los azulejos que adornan las paredes de aquella estación. Verlo escrito hizo que me acordara de uno de sus poemas  -atribuido a su heterónimo Ricardo Reis- que, según cuentan, influyó en su compatriota José Saramago, “adoptándolo como imperativo de vida”:

«Para  ser grande, sê inteiro: nada/ Teu exagera ou exclui/ Sê tudo em cada coisa. Põe quanto és/ No mínimo que fazes/ Assim em cada lago a lua toda/  Brilha porque alta vive.»
«Para ser grande, sé entero: nada/ Tuyo exagera o  excluye/ Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres/ En lo mínimo que haces/ Así en cada lago toda la luna / Brilla porque alta vive.»

    Por cierto que cada que evoco estas líneas del lusitano, llego a pensar que si, como Saramago, nos influyéramos de ellas más personas, seríamos, quizás, un poco menos hipócritas.
    De no ser por el idioma  portugués, tal vez pasar por la estación del metro Chabacano se  me hubiera hecho aburrido y tedioso toda la vida. Pero por fortuna puedo caminar por un lado, detenerme, tratar de encontrar las similitudes de las figuras pintadas en ese lugar y los códices, entre Octavio Paz y Pessoa (el mexicano tradujo algunos poemas del lisboeta), personajes  que el ya mencionado Vila- Matas suele referirse en sus escritos, tanto como lo hace con el novelista que marcó  el nombre de esta columna: Louis-Ferdinand Céline.
    Y, de este modo, entre uniones mentales, se puede continuar el camino, persiguiendo quién sabe qué cosa ni con qué motivo: maravilloso vicio, «arrastrarse  a  la muerte», diría Céline. Hacia el fin de la noche.
Azulejos del Metro Chabacano. Autor: José de Guimarães