Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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martes, 25 de marzo de 2014

Aquel pasado

Todas las mañanas salía a tirar la basura. Su esposa no se lo pedía, él lo hacía por su cuenta. Luego de dejar las bolsas en la banqueta regresaba y se preparaba una taza de café. Encendía el radio y durante una hora escuchaba las noticias. Justo cuando el noticiario iba por la mitad, su esposa se levantaba. También se preparaba un café y lo acompañaba a escuchar los pormenores del mundo.

Más de veinte muertos dejaba una revuelta en un país euroasiático. Al parecer un país potencia había metido su cuchara y otro hacía lo mismo. Muertos, manifestaciones, desastre. La economía continuaba cayendo. Ningún país por más que maquillara sus cifras se escapaba de la crisis. Más muertos al norte del país. La guerra nacional continuaba. En los deportes todo normal. El clima era un desastre igual que la sociedad.

El noticiero terminó y él se fue a bañar. Su esposa preparaba el desayuno mientras silbaba una canción que había escuchado por primera vez cuando conoció a su esposo en aquel bar del sur de la ciudad.

Era una noche cálida de mayo cuando se conocieron. Él iba saliendo del trabajo. Era un herrero en un edificio que estaban construyendo sobre Reforma. Al terminar su jornada se fue directo a la casa, ahí ya lo estaba esperando su amigo. Lo invitó a un bar, él de mala gana aceptó. Hubiera deseado quedarse a dormir, pero fue imposible negarse a la invitación de su colega porque era el cumpleaños de éste. Se dio un regaderazo, se puso un poco de colonia, tomó sus mejores ropas y se fueron al bar.

El lugar era una triste, oscura y maloliente cantina. En un pequeño espacio bailaba una pareja una cumbia que estaba de moda. Ellos se sentaron en una mesa de la esquina y le pidieron al mesero dos cervezas para comenzar. Su amigo le platicó sobre su trabajo y su esposa, la cual se había quedado en el pueblo. Él no le prestó mucha atención, no quería saber nada de ese lugar, de ese pueblucho, de ese pasado.

Al salir de bañarse escuchó el silbido de su mujer. También recordó el momento en que la conoció; sin embargo, un remordimiento muy dentro de él resurgía. Se vistió, se perfumó y fue a la cocina. Habló con su mujer sobre lo que haría ese día. Le comentó que llegaría tarde porque iría con los amigos por unas cervezas. Ella no le reprochó nada a pesar de que le molestaba. Le respondió que en ese caso ella visitaría a su amiga Patricia. Hacía más de dos meses que no hablaban así que sería una buena oportunidad para ponerse al corriente.

Desayunaron sin decirse una palabra más. Escuchaban el radio de la vecina. Ésta oía un programa donde los radioescuchas hablaban para contar sus problemas. Pudieron oír el caso de una mujer que había perdido a su hijo. Al parecer, éste quería irse para el otro lado. Quería cruzar la frontera como lo había hecho su padre. No obstante, la madre nunca lo apoyó en su terca idea, por lo que el muchacho junto a sus amigos, tomó rumbo hacia el norte. La madre lloraba y moqueaba. Pedía que si su hijo escuchaba el programa se comunicara los más rápido posible.

Luego de la tercera cerveza a él le pareció estúpida la actitud de su amigo. Se había puesto a llorar porque se encontraba solo en una ciudad tan grande y tan mierda. Le parecía el mismo infierno. Él lo consoló diciéndole que era necesario estar ahí, así le podía enviar dinero a su esposa y a sus hijos. La ciudad, le dijo, era un gran monstruo que se come los sueños de las personas siempre y cuando éstas no opongan resistencia. Las palabras estaban de más. Su amigo estaba cansado y borracho. Se levantó y se fue al baño, necesitaba refrescarse. Mayo había sido un mes demasiado caluroso. Se sentía sucio y pegostioso. Se echó agua en la cara y se miró en el espejo. Se vio como el citadino que era, mas ya no se reconocía como el campesino que fue. Su lengua natal se le había olvidado poco a poco. El rostro de su mujer ya no lo recordaba al el primer intento; sin embargo, aún pensaba en ella y en su hijo.

Al salir del trabajo se fue con los demás al bar. Pidieron cervezas y retomaron la plática en la cual se habían enfrascado desde la hora de la comida. Al parecer muchos de sus colegas pensaban que el nuevo ingeniero era un ser repugnante al cual no le gustaba trabajar y que tenía malas costumbres. A otra parte de sus colegas les parecía un buen sujeto. Pícaro, de buen humor y muy relajado. Él no opinó sobre el caso. Bebía y escuchaba, a veces asentía. Par él eran problemas intrascendentes . Ladrón o no, el ingeniero debía pagarles por el trabajo. No le importaba la actitud de aquel siempre y cuando le pagara a tiempo.

La charla se alargó por ese rumbo, pero luego de la cuarta ronda el tema se volcó a la familia. Hablaron de sus esposas y de sus hijos. Él les comentó que ya no podía tener hijos, pero que su esposa era una buena mujer y entendía eso. Les comentó que casi no tenían problemas y que cuando diferían en ciertas cuestiones trataban de llegar a un punto medio. Luego, sus colegas le preguntaron sobre sus hermanos, sobre su madre, sobre su pueblo natal.

Al salir del baño sentía aún restos de enojo y pena. Vio a lo lejos a su amigo que intentaba secarse discretamente sus lágrimas. No quería regresar a su lugar así que vio con dirección a la puerta. Sabía que era imposible irse sin despedirse, así que fue a la mesa, se disculpó con su amigo y se dirigió a la puerta. Justo en una mesa junto a la salida vio a aquella mujer que intentaba limpiarse las lágrimas. En un principio la confundió con su esposa. Pensó por un pequeño momento que era ella, tal vez por eso se acercó y le preguntó qué le pasaba. Ella sin pena ni pudor alguno le dijo que la acababan de correr de su casa. No tenía dónde dormir y el poco dinero que llevaba consigo se lo acababan de quitar. La asaltaron y lo único que se le ocurrió fue irse a meter a aquella cantina. Él le invitó un café. Ella indecisa le dijo que no. Él insistió con una leve sonrisa que expresaba sinceridad de ayudar. Al parecer eso la convenció a ella y se fueron a una cafetería mientras sonaba a todo volumen una pegajosa cumbia.

Ya afuera pudo contemplar el maravilloso cuerpo de la mujer. Se parecía de perfil a su esposa, sólo que más joven. Se enteró que era soltera, que había trabajado en un despacho de abogados como secretaria pero que hacía una semana la habían despedido. Era bastante impuntual. Llegaron a la cafetería y luego de ordenar dos capuchinos ella le preguntó sobre su vida. Él respondió que era herrero, que había nacido en la ciudad y que era soltero. También le dijo que toda su familia había muerto. Sólo quedaba él.

Rabiosos les contestó a sus compañeros que ya sabían su vida. Que no necesitaba ser atormentado más de la cuenta. Los que lo conocían ya se habían encargado de correr la verdad en toda la obra. No quería hablar más del tema, no quería saber nada de su vida pasada. Uno de sus colegas lo llamó cobarde. Él, viendo hacia el suelo, repitió que era un cobarde. Se levantó de la mesa y salió del bar. A veces pensaba en su esposa y en su hijo. El pequeño tendría ya nueve años. Se había enterado que su esposa trabajaba en una tortillería por las mañanas y por las tardes y que por las noches planchaba ropa ajena. Su hijo estaba en tercer grado de primaria y decía que su papá había muerto. Le dolió el pecho, sintió que un grito quería salir de sus entrañas. Cerró los ojos, apretó los dientes pero a pesar de ello las lágrimas salieron. Se hincó en medio de la banqueta mientras sentía la tristeza recorrerle el alma. La ciudad gritaba, se movía, lo devoraba de a poco.

Gustavo Y.

jueves, 20 de febrero de 2014

Pueblo, yo te pertenezco

Marcela se empolvaba la cara para salir. Su novio, un estudiante canadiense de intercambio, la esperaría en el auditorio para escuchar a Cristina Morentes, una cantante famosa de fado. Ese tipo de música le era indiferente, sólo deseaba salir a platicar con James. Se puso una blusa color rosa y un pantalón negro. Se amarró el cabello a manera de chongo en la coronilla de la cabeza y antes de salir se echó una última mirada en el espejo. Se vio fea.

Tomó el metro para llegar. En el mismo vagón viajaba una indígena triqui con su niño en las piernas. Su manto colorido le recordaba a Marcela el mantel que una tía le había regalado el día que se fue a vivir sola. Aún guarda ese obsequio y lo saca de vez en cuando, en ocasiones donde no hay invitados importantes.

La tía de Marcela era una antropóloga reconocida en todo el país. Los trabajos de investigaciones que había realizado habían aportado grandes beneficios para la comunidad triqui de Oaxaca. Ángela Marín se caracterizaba por sus bellos ojos verdes y una rubia melena que podía dejar desconcertado a cualquier hombre. Todos, cuando la veían llegar, pensaban de inmediato que su nacionalidad era extranjera; sin embargo, casi siempre al final de la charla, contaba la historia de su padre con lo cual demostraba que era más mexicana que el nopal.

Su padre había llegado en un buque llamado Mexique que lo transportó de España a México. Llegó al puerto de Veracrúz, luego pasó por la Ciudad de México y terminó en Morelia. Estudió, trabajó y luego se casó con una mexicana. Anacleta Ramírez, mujer indígena mazahua, nació en el pueblo Los guajes. Era una mujer de estatura media, de amplias mejillas y unas pantorrillas que volvían loco al rubio Antonio.  

Justo en la entrada del Auditorio Nacional ya se encontraba James. Un joven de veintinueve años. Rubio y ojos azules. Alto y delgado. Ese porte de extranjero dejaba fascinada a Marcela siempre que lo veía. Lo identificaba con un actor estadounidense que había visto en una película cuando tenía ocho años. Lo saludó con un beso cercano a la boca. El canadiense se sonrojó. Juntos entraron a la sala y se sentaron. A su alrededor la gente iba llenando el lugar para escuchar las tristes letras de la fadista. Marcela, con un inglés de muy mala calidad, comenzó a explicarle al extranjero datos esenciales sobre el público mexicano.

Uno de los datos donde más hizo énfasis fue en los tradicionales aplausos mexicanos. Este país, le dijo, se caracteriza por aplaudir por cualquier cosa. Si el evento es pequeño o grande el público aplaude. Si es una mala actuación o un mal músico, aun así aplauden. Al extranjero le hizo un poco de gracia que ella confundió con burla. Guardó silencio y remató con una breve pero fuerte sentencia: no son como tú.

El primer viaje de Marcela al extranjero fue a España. Su madre la llevó cuando tenía quince años, fue su regalo de cumpleaños. Su madre la llevó a museos, durmieron en los mejores hoteles y le inculcó que ese país era su patria. La niña quedó maravillada por la arquitectura de Barcelona y por el acento español. Durante su viaje intentaba imitar ese dialecto característico de los madridista, pero por desgracia nunca pudo hacerlo a la perfección. Cuando algún ibérico le preguntaba por su nacionalidad ella respondió bajito que chilena. Algunos nativos le creían, otros identificaban su acento.

La fadista salió al escenario e interpretó Povo que lavas no rio. Marcela le tomó la mano a James. El canto de la fadista llenó el ambiente del gran recinto. La tristeza se podía percibir en el rostro de la cantante lusa. Ese rostro le trajo un recuerdo a Marcela: la muerte de su madre. Con una leve inclinación del labio, su madre le había pedido que no vendiera la casa de Michoacán. Doña Amalia soltó dos breves lágrimas que Marcela no limpió. Besó su frente y le pidió perdón. Luego de dos meses de la muerte de su progenitora, Marcela vendió la casa.

Con el dinero de esa venta se pagó un mes de vacaciones por Europa. Visitó pocos lugares porque su estadía en Madrid le había consumido todos sus recursos. En ese lapso por fin pudo imitar el acento y comenzó a comportar como una española. Sin embargo, el dinero se esfumó, no encontró empleo y tuvo que volver a su país. Le esperaban deudas y más deudas. Como pudo volvió al trabajo al que había renunciado antes de partir de vacaciones y comenzó nuevamente su vida. El acento madridista no lo dejó en Europa.

James salió en silencio del concierto. Marcela limpiaba sus lágrimas e intentaba mejorar su peinado. Invitó a cenar a James. Él la rechazó. Necesitaba regresar a su hotel porque debía hablar por teléfono con unos amigos. Ella en un español chilango le dijo que no le creía. James no entendió nada. El canadiense tomó un taxi a su hotel y ella regresó en metro. Pocos pasajero. Un olor a mugre invadía el vagón.

Al llegar a su casa puso agua para tomar té. Fue al espejo y comenzó a desmaquillarse. Atenta seguía el desplazamiento de la toalla húmeda por su rostro, la cual dejaba al descubierto su verdadero color. Tanto maquillaje la hacía parecer más enferma que bonita; sin embargo, el rechazo a su tono de piel le había hecho caer en ese exceso. Todos los días se lamentaba no haber tenido el color de su abuelo, el rubio Antonio. Maldecía a su madre y a su abuela, las indias, las negras. Sus rasgos que parecían más de un guerrero azteca que de una princesa europea le repugnaban. Derramaba un par de lágrimas que se llevaban la pintura tras de sí. La poderosa mandíbula estaba tensa. El odio relumbraba por sus ojos. Terminó su labor justo cuando la tetera anunciaba el fin de su labor.  

Gustavo Y.

viernes, 24 de enero de 2014

El otro en el espejo

Los recuerdos de la infancia le provocan acidez. Al llegar de la casa de su tía Elena tomó dos pastillas y se recostó un momento. Le cuesta mucho trabajo visitar a su tía, pero no puede hacer otra cosa. Es el único familiar que tiene, los demás han muerto. Sus padres nunca le interesaron mucho, sus otros tíos le parecían estúpidos e inútiles, sus primos eran lo peor de su familia. La tía Elena le enseñó lo que sabe, ella fue la que se interesó en su futuro. Ahora le agradece por ser un arquitecto renombrado y un hombre de bien para la sociedad.

Se levanta del sillón y enciende la tele. Las noticias anuncian el desastre que ocurre en Filipinas debido a un tifón. Ve las casas destrozadas y a la gente desorientada. No puede comprender cómo es que son tan fuertes. Sólo algunos niños lloran, la demás población intenta salvarse en un silencio que lo deja helado. Pareciera ser que están tan acostumbrados al sufrimiento que ese desastre ya no les causa ningún sentimiento. Cansado de ver la desgracia ajena, apaga el televisor y va a la cocina a prepararse un sandwich.

Cuando Carlos era pequeño la única persona que se ocupaba de él era su tía Elena. Su padres se iban a trabajar y llegaban normalmente muy tarde. Él al inicio los odiaba, los maldecía por la soledad que sentía dentro. Era un sentimiento que poco a poco comenzó a domar y que luego de la llegada de su tía Elena desterró. Su tía se ocupó de él luego de que perdiera su casa. Al parecer, su primo Antonio por enfriar un asunto de deudas de juego dio las escrituras de la casa de su mamá. Así Elenita perdió su hogar y juró por la tumba de su madre que no volvería a ver a su hijo. Fernando y Alma se ofrecieron a ayudar a Elena.

La tía llegó un dieciséis de septiembre. Carlos veía en la tele el desfile militar cuando tocaron a la puerta. Él, con pocas ganas y aún enojado, fue abrir. Sabía que un día de esa semana su tía llegaría, así que le dejó la puerta abierta y regresó a la sala a toda prisa para continuar viendo el desfile. Elena entró despacioó. Dejó sus maletas a la entrada y se fue a sentar junto a su sobrino. En silencio vieron pasar a los soldados. Al terminar el desfile Elena le preguntó a Carlos si quería un sandwich. Él sólo asintió con la cabeza.

Al terminar de comer su sandwich salió de su casa rumbo al centro comercial. Deseaba perder el tiempo, ver qué había de nuevo, pero también comprar ropa. Durante el trayecto escuchó Paloma negra con un grupo chileno. El disco se lo había regalado Renée. Ella es su secretaría y la segunda mujer más importante luego de su tía. Le pareció extraño escuchar una canción mexicana en voz de dos argentinas, pero no le desagradó para nada. Al llegar al centro comercial, se dirigió inmediatamente a la tienda Moda Hoy. Compró un par de vestidos, brassieres, truzas y blusas. La ropa de mujer le parece siempre más bonita que la de hombre. Cuando platica con Renée sobre hijos, él siempre le dice que le gustaría tener una niña porque es más fácil vestirla, es más fácil educarla y al final suelen ser más inteligentes que los varones.  Por eso al pasar frente a una tienda de ropa para niños se queda observando durante un buen rato. Luego se dirige al área de comida y compra una hamburguesa con papas.

Luego de que terminara el sandwich que su tía le hizo, Carlos le preguntó el porqué de su visita. Ella le explicó que necesitaba vacaciones, que deseaba estar fuera de su casa por un tiempo porque la estresaba tener que estar ahí sola todo el día. Él sabía la verdad, pero no contradijo a su tía. Sus padres le habían contado sobre su primo Antonio y desde ese día comenzó a considerarlo como la escoria más grande del planeta. Terminaron de charlas y Carlos le ayudó a su tía a llevar sus maletas a su cuarto. Le ayudó a acomodar su ropa y también a hacer la comida.

Comieron juntos. Platicaron sobre la llegada de los reyes de España a Filipinas porque los dos tenían un enorme interés por esas islas. Carlos le contó el origen del nombre del archipiélago y la tía se sorprendió por tener un sobrino muy listo. Terminaron de comer y juntos lavaron los platos, luego se fueron a sentar frente al televisor y continuaron viendo las noticias. Sus padres llegaron tarde. Para él era normal, para la tía no. Mientras los adultos platicaban Carlos se fue a su cuarto. En silencio dio gracias por la visita de la tía y enseguida se durmió.

Regresó a su casa y dejó las bolsas con la ropa en la sala. Él se fue directamente al baño. Necesitaba refrescarse luego del día que había tenido. Desde muy temprano se levantó para ir a visitar a la tía en la casa que sus padres les habían dejado. Sus padres, por una extraña casualidad, acomodaron el testamento para que los dos se quedaran con la casa. Carlos luego de obtener el trabajo en ICA le dejó todo a su tía. Se mudó y comenzó a vivir por su cuenta. La casa de su tía estaba treinta minutos si no había tránsito, pero en Ciudad de México éste suele ser algo normal. Así que se levantaba temprano para ir a comprar el desayuno y luego llevárselo a la tía. Juntos desayunaban y platicaban. La tía aún le daba algunas noticias sobre España o Filipinas, él le platicaba de los nuevos proyectos en los que trabajaba. La mañana se les iba rápido entre tazas de café, cigarros y palabras. Después, con un poco de tristeza Carlos se despedía para regresar a su hogar.

La tía solía quedarse viendo la televisión o tejiendo. Sus días se le iban en esas dos ocupaciones. A veces iba a comprar la despensa, pero la mayoría de ocasiones, ésta la compraba Carlos y se la mandaba con Trujillito, el empleado del supermercado cercano a casa de la tía. Así que ella no se preocupaba por nada. En ocasiones se sentía sola en ese caserón, pero casi siempre ahuyentaba ese sentimiento al entrar al cuarto de su sobrino. Veía la cama matrimonial pulcramente tendida. Los juguetes en la repisa de la izquierda y las muñecas en la repisa de la derecha.

Carlos salió de bañarse. Se secó, se puso la bata y salió a la sala. Prendió el estéreo y puso Sabor a mí con Bebo Valdés. Comenzó a sacar la ropa de las bolsas. Se probó el primer vestido y se vio en el espejo. Se lo quitó y enseguida se probó el otro. Quedó satisfecho con el resultado y fue a su cuarto por unas zapatillas rojas. Más de treinta pares adornaban una pared de su cuarto. Tomó los rojos y regresó al baño. Frente al espejo se arregló el pelo y se maquilló un poco. Sus rasgos finos le ayudaban a pasar como una guapa mujer adulta. Un poco de rojo en los labios le daba el último toque de perfección. Se vio en el espejo durante un momento. Derramó un par de lágrimas al verse.

Se reconoció, pero a medias. Él nunca se sintió él, siempre quiso ser ella. La tía le ayudó mucho, le aconsejó que hiciera lo que él creyera conveniente. Desde su etapa de secundaria la tía escuchó lo que sentía al ver a otros chicos, al observar a las chicas vestidas con vestidos cortos. Se sentía impotente al ver su cuerpo desarrollándose de una manera que le generaba repugnancia. Sin embargo, la tía la apoyó en todo momento. No dejó que se sintiera menos, pero le recomendó que ocultara a Carla durante un tiempo. Los años pasaron y Carla se ocultó por el día, pero en las noches de fin de semana ella renacía.

Se limpió las lágrimas con cuidado para no estropear el maquillaje. Suspiró. Se cepilló los dientes y salió. Esa noche tenía una cita con una vieja amiga. Juntas saldrían a beber unas copas y platicar sobre las buenas nuevas. Tomó las llaves del coche. Subió y antes de arrancar se vio en el retrovisor. Se reconoció, ella era la única y verdadera Carla. Encendió el motor y arrancó.

Gustavo Y.

jueves, 9 de enero de 2014

Decisiones erroneas


David sale del trabajo a las seis de la tarde. Hoy se dirige a casa de su cuñada para ver si le puede prestar su aspiradora. Sale puntual de la oficina y se despide de sus compañeros. Sube a su auto y sin prisa alguna toma la avenida Reforma. A esas horas el tránsito es insoportable. Él de antemano lo sabía pero hay algo dentro de la larga fila de autos que le gusta. Puede ser el hecho de perder tiempo. En el mundo lo peor que un hombre puede hacer es desperdiciar el tiempo. El hombre verdadero, el hombre trabajador, el buen hombre debe siempre ganarlo sea lo que signifique eso. En cambio, en los embotellamientos todos están detenidos en el tiempo. Avanzando en pequeños movimientos y sentados. El mejor pretexto para no hacer nada es meterse a una de las avenidas más transitadas de la ciudad en hora pico. Por ello, David ama el tránsito. Sabe que es una contradicción del sistema. Una pequeña fuga que le permite realizar un acto prohibido sin culpa alguna.

Una hora tardó en llegar a su destino. No se encuentra ni estresado ni descansado. Al llegar toca a la puerta y Silvia lo deja pasar. Platican un poco antes de pasar al tema central: la aspiradora. Silvia le pregunta por su hermana. Él le contesta que se encuentra de lo mejor. Ahora, Mariana está tomando un curso de macramé lo cual la tiene más relajada. A él le gusta esa Mariana. Una mujer tranquila, que no habla mucho y que sabe mover las manos a un buen ritmo y con precisión. Su cuñada le pregunta sobre su trabajo y él le responde que en la oficina todo va de lujo. Su sueldo ha aumentado, igual que sus prestaciones. Sus compañeros son tranquilos y al parecer pronto habrá despidos que no le afectarán en lo más mínimo.

A Silvia siempre le ha parecido un hombre extraño David. Un hombre más serio de lo normal. Habla muy poco de su vida y cuando lo hace es de una manera muy general que no le permite generar un diagnóstico de la personalidad de su cuñado. Para Silvia su cuñado nunca ha sido de confiar. Ella misma ha hablado con su hermana para que no baje la guardia en cuanto a su relación matrimonial. Mariana le presta poco atención porque a pesar de la poca comunicación existente con su esposo, ella le cree absolutamente todo.

Mariana se ha acostumbrado a la seriedad y discreción de su esposo. Desde que eran novios David se distinguió por ser un hombre elegante y sobrio. Nunca hizo grandes desplantes, tampoco llamaba la atención. Ella creía que ese era su secreto para ser un hombre interesante. Luego de la boda él continuó siendo el mismo. Pocas palabras, muchas miradas y sexo espectacular. A Mariana le encantaba su comportamiento en la cama: hablaba más, sabía moverse y le satisfacía todas sus fantasías.

David tomó la aspiradora que su cuñada le había alcanzado. Le dio las gracias y la invitó a comer a su casa la siguiente semana. Ella dijo que iría, pero sabía perfectamente que buscaría un pretexto para evadir la cita. Se despidieron y Silvia salió a acompañarlo. David subió a su automóvil e inmediatamente abandonó el lugar. En camino a su casa encendió el radio y buscó una estación donde estuvieran dando las noticias. Ya no había tanto tránsito así que llegó en menos de veinte minutos a su casa.

Esa casa la habían adquirido hacía a penas tres años. Se casaron y cada uno vivió en casa de sus padres durante un años más. En ese tiempo juntaron el dinero que ganaban en una cuenta común y gastaban poco, sólo lo necesario. Después de ese año buscaron un departamento. Mariana deseaba pasar el tiempo con su esposo, pero al parecer él no se sentía muy a gusto. Una amiga de Mariana le pasó el dato de un pequeño departamento en la Doctores. A ella le pareció horrible, él no dijo ni un adjetivo. La renta sería de dos mil pesos. Con el tiempo fueron ascendiendo en sus trabajos. Ganaban más, guardaban más y así juntaron para comprarse una pequeña casa en una buena zona.

Bajó la aspiradora de la cajuela y la arrastró hasta su casa. Abrió la puerta y enseguida escuchó la voz de su mujer que cantaba algo de una regiomontano. Hizo una pequeña mueca que parecía una sonrisa. Se adentró en la casa con la aspiradora en mano y se la mostró a su esposa. Mariana le agradeció por haber pasado a casa de su hermana y le dijo que se sentara a comer. David se dirigió al baño y se lavó las manos. Luego cogió un poco de agua y se la echó en el rostro. Vio su rostro en el espejo y vio las gotas descender por su mejillas. Cerró los ojos y enseguida escuchó nuevamente el coro de aquella canción popular. Sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Metió las manos a los bolsillos de su pantalón y apretó los puños tan fuerte que sentía las uñas incrustarse en sus palmas.

David nunca se imaginó una vida como la que llevaba. Él no necesitaba nada para ser feliz. Quería vivir solo, tener un trabajo modesto y pocos amigos. Siempre gritó a los cuatro vientos que el trabajo en una oficina no le interesaba. Deseaba tener tiempo libre para sentirse bien consigo mismo. Le gustaba tomar los libros, sentarse por horas a leerlos o a veces ver las películas que daban en TeleCultura los sábados por las noches. Era muy normal en él cancelar las citas con sus amigos o con Mariana cuando eran novios, para quedarse en casa escribiendo las frases de los libros que había leído durante el mes. Sin embargo, todo cambió el día en que Mariana lo puso entre la espada y la pared. O tomaba en serio su relación o lo dejaba por ser un niño, un hombre inmaduro. David debió elegir.

Salió del baño y se sentó a la mesa. Se sirvió una pieza de pollo, frijoles y arroz. Sirvió dos vasos de agua de piña. Le extendió el vaso a Mariana y le dedicó un pequeña sonrisa. Ella comenzó a hablar de que Doña Mari, la señora que les hacía la comida, les estaba robando. No había azúcar, ni aceite, ni sal. Mariana culpaba a Doña María porque siempre llegaba con su bolsa que parecía vacía y cuando se iba parecía más que repleta. Le pidió a David que hablara sin falta con ella. Si era necesario la despedirían para enseñarle la lección de respetar lo ajeno. David asintió y siguió comiendo. En la mesa estaba el control. Lo tomó y encendió el televisor. Buscó el canal de las noticias. Ninguno de los dos habló. Se concentraron en las imágenes que presentaban a varios seres humanos tirados en el suelo y cubiertos con una sábana blanca. Al parecer alguien los había atacado con arsenal químico. El gobierno o los rebeldes, no se sabía bien.

Terminaron de comer. David recogió los platos y los llevó directo al fregadero. Comenzó a lavar la vajilla mientras su esposa limpiaba la mesa. Al finalizar se secó las manos y se fue directo al baño. Se sentó en la taza y se quedó mirando la ventana. Suspiró, volvió a apretar los puños y golpeó al viento. Soltó varios golpes al aire. Sentía la furia dentro de sus venas. Sabía que había tomado una mala decisión en su vida. Estaba harto de continuar con la farsa de esa vida que no le gustaba, que no había pedido pero era a la que había llegado. Lloraba, sus ojos estaban rojos, era el odio hecho hombre.

Salió del baño. Se puso la pijama y se metió en la cama. Mariana ya lo estaba esperando recostada y leyendo una revista de moda. Al ver que su marido se acercaba, dejó la revista en el buró y le bajó las cobijas. Él se metió y le dio un beso en la frente a su mujer. Ella, al sentir el beso le dijo que lo amaba. Él respondió que ya lo sabía, que también él la amaba. Después, su esposa, posando su vista en los ojos de su esposo le dijo que era la mujer más feliz de la tierra porque tenían todo lo que un ser humano podía desear: trabajo, dinero, amor. David sonrió. Le dio otro beso, ahora en la mejilla. Mariana le preguntó directamente si él era feliz. David volvió a sonreír, tomó la mano de su mujer y le depositó otro beso. Dio las buenas noches y se acomodó para dormir.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Sólo son mentiras

Por: Gustavo Y.

Mi tía Alberta me preguntó el día de ayer por el precio de las tortillas. La pobre ha estado tan enferma que no ha salido de su cuarto desde hace ya varios días. Mi hijita, La Lupe, es la que le llevaba un taquito o los frijolitos. A veces pasaba a verla para platicar y hacerle pasar un rato más ameno. Sin embargo, ayer, al sacar el tema de las tortillas sabía hacia dónde iba.

Alberta era la tía más risueña que mi abuela parió. Mi madre, por el contrario, era una amargada, enjona y neurasténica mujer. Con la tía siempre me llevé mucho mejor que con mi madre. Alberta me enseñó todo lo que se debe aprender: cocinar, limpiar, planchar, coger. Según ella, yo debía conseguirme un maridito de esos trabajadores. Un burrito de carga, el cual se fuera retetemprano y llegara requetetarde. Cansado el hombre, con olor a sudor por tanto trabajo y con unas ganas tremendas de dormir. Éste no debería ser mujeriego o si lo fuera que al menos lo supiera esconder bien. Muchas ideas me regaló mi tía, así que ahora debo estar agradecida por lo que hizo por mí y echarle la mano en sus último días en esta tierra.

Cuando la tía conoció a mi esposo se alegró mucho de saber que estaba metido en la política. Rodrigo era un simpatizante del Partido. Todos los días iba a las juntas y cuando iba a verme le platicaba toditita la reunión a la tía. Ella lo escuchaba atenta y sabía que Rodri era el candidato ideal para casarme con él. Todos los días me decía que aplicara todos mis conocimientos, todo lo que habíamos hablado para retener a Rodrigo. Recuerdo que días antes me había regalado un libro sobre amor. Era un pequeño libro rojo donde decía qué debía hacer para que mi hombre se sintiera más a gusto conmigo. Cómo masajearle los güevitos, cómo gemir para que se calentara más y hasta ejercicios para que me diera por la retaguardia. Según tía, ella había aplicado esas misma técnica con su esposo, tío Pedro, con lo cual lo mantuvo siempre sereno y tranquilo. Le daba su gasto todas las semanas y nunca le pegaba.

Todas las técnicas del libro las apliqué y Rodrigo se quedó conmigo. Los primeros años de matrimonio fuimos felices. Tenía un trabajito en una fábrica de por el norte de la ciudad. Entraba a las seis de la tarde y salía al otro día. Toda la mañana lo tenía dormidito y por las tardes iba a las oficinas de Partido para saber los pormenores. También ahí le daban una despensita porque había hecho bien su trabajo. Nunca me platicó al fondo de sus deberes, pero creo que les conseguía gente para llevarla a los mítines y esas cosas.

El Partido fue su vida durante mucho tiempo. Su gran sueño era llegar a trabajar en un puesto para luego irse haciendo de los centavitos. Me comentaba que el licenciado Rodríguez había comenzado como pepenador en el tiradero, pero que gracias a su esfuerzo y dedicación ahora era diputado. La política era su única esperanza de sobresalir en este mundo. Sabía que si hacía bien las cosas llegaría a un alto puesto y así todos nosotros tendríamos una mejor vida.

Por desgracia las cosas no salieron como él las planeó. En el trabajo sufrió un accidente. No le dieron indeminización, no nos ayudaron con los gastos y el Partido lo botó porque ya no era útil y ya no hacía su trabajo. El pobre Rodri se me murió. De tristeza, de desesperanza o qué sé yo. La pierna mala se le pudrió. Ésta despedía un olor horrible que la Lupe y yo debíamos curar. Por fortuna se nos fue rápido. Siempre hemos creído que se envenenó. Un hombre no puede durar tan poco con una lesión como esa. Cuando llego a pensar a fondo, sólo siento tristeza. Sus ideas se nos fueron por la borda y desde ese momento la Lupe, tía Alberta y yo fuimos una familia.

Los primero días luego del fallecimiento de mi esposo me acerqué al Partido, para ver si me daban el trabajito que él tenía. Los primeros días me hiceron el feo, sin embargo no me di por vencida, ya que como decía mi flaco: todo es cuestión de esfuerzo y dedicación. A la semana el licenciado Granados me dio trabajo. Debía barrer y trapear las instalaciones. No era mucho lo que me daba, pero con eso más con lo que ganaba planchando y lavando pudimos salir adelante. La Lupe dejó la escuela y también nos ayudó mucho. La tía, ella se quedaba en casa haciendo la comida. En las noches cuando cenábamos nos daba una alegría tremenda vernos juntas. Hablar y compartir el pan era nuestra única alegría, aunque también las noticias de la televisión nos hacían saltar de gusto.

Nuestro país pasaba por ciertos problemas cuando Rodri estaba aún vivo. El Partido había perdido la Silla y pues tenía algunos problemas; sin embargo, tres días después de la muerte de Rodrigo, en las elecciones nacionales, el Partido ganó. Se recuperó la Silla y a pesar de que estábamos tristes por la muerte del flaco, la alegría del triunfo no la pudimos esconder. Por eso mismo es que fui a pedir trabajo. Sabía que las cosas iban a mejorar. Que nuestro nuevo presidente haría más por nosotros, pero sobre todo que con la llegada del Partido al poder, nosotras tendríamos mayores oportunidades. Los azules se iban y dejarían los puestos a los rojos. Aquí estábamos nosotras.

Los cambios se anunciaban por la televisión con bombo y platillo. Reformas y reformas para mejorar nuestra situación. La tele lo repetía de día y de noche. Los pobres tendremos más ayudas. La guerra se terminará. Los precios bajarán. Según los comerciales todo estaría mucho mejor con la llegada del presidente. Así que cuando cenábamos y veíamos las noticias las tres saltábamos de la emoción. Se nos vendría un país diferente, el presidente en campaña lo había anunciado y firmado y le creíamos porque en muchas calles se veían pintas sobre lo hecho en su periodo como gobernador.

La gente siempre nos insulta por apoyar al Partido, pero al final son los mismos vagabundos que no desean mejorar al país. Tienen miles de palabras en contra de nosotros, pero la verdad es que no nos importa. Ellos están ardidos por perder, así que nuestro trabajo es trabajar más para continuar ganando más. El licenciado Rodríguez me dijo un día que tendremos mayor presupuesto para mejorar la colonia si seguimos votando por ellos.

Ahora los precios están subiendo un poco, pero es normal, me dicen en el Partido. Por eso tía Alberta está preocupada, pero lo que no me gusta es que esté dudando de nuestro presidente. Su comadre, doña Elvia, le ha metido ideas nada sanas. Son las mismas ideítas que todos repiten por las calles, de esos malos perdedores que quieren tener un país como en Venezuela. A mí me da miedo que lleguen estos personajes y me roben lo poco que tengo. Además eso lo gané con mis centavitos guardados. Por eso le repito a la tía que son cosas normales en la política. Debe creer en el partido y debemos aguantarnos porque si las cosas suben, habrá más dinero para la pobres. Ella no me lo dice, pero sé que no me cree. Uno debe aguantarse y creer en el presidente. Por algo nos da nuestra despensa cuando votamos por el Partido. Si fueran mentiras, si él nos engañara, la vida sería más difícil.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Felices fiestas

Por: Gustavo Y.

I
Adolfo parece estar cansado luego de andar por toda la ciudad. Ha ido a buscar los adornos de navidad que Liliana, su esposa, le pidió. Al salir del trabajo se despidió de sus compañeros y tomó el metrobús para dirigirse al centro. Realizar estas compras le parece insulso; sin embargo las recientes peleas con su mujer le han obligado a aceptar condiciones que le impuso en el último conflicto.

La más reciente discusión nació porque Adolfo no le ayudó a colocar la ofrenda de Día de Muertos. En vez de ello, él salió con sus amigos a ver el futbol. Aquella tarde la pasó muy a gusto comentando los recientes resultados de su equipo mientras su mujer compraba la fruta, cocinaba la comida y colocaba la ofrenda. Al regresar a casa Adolfo no hizo ni un comentario acerca de la labor de su esposa. Se fue directo al cuarto, abrió su libro y continuó con su lectura.

Su mujer se aproximó a él. Le preguntó cómo había estado su día y él le respondió con toda cordialidad. Esa manera de contestar, molestó aún más a su esposa. No pudo pensar sus palabras e insultó a Adolfo. Le recriminó su falta de interés por ella, su escasa disposición para compartir momentos y sobre todo por su frialdad en la cama. Adolfo le pidió disculpas, prefería siempre evitar una pelea que iniciarla. Prometió que cambiaría su comportamientos y desde ese momento intentó ser un hombre diferente.

II
Al bajar del metrobús vio las miles de personas que compraban los artículos navideños. Esferas, luces, árboles, nieve en aerosol y todos esos productos importados. Sintió una fatiga enorme al pensar que debía adentrarse en las sucias calles de la ciudad. Odiaba en general la urbe, pero nada podía hacer. Él vivía ahí desde que había nacido y no tenía el valor suficiente para abandonar su lugar de origen, su trabajo y sus pocas amistades para dirigirse a un nuevo sitio.

Alguna vez pasó por su cabeza salir del país. Buscar un empleo que lo llevara a otra nación donde se hablara español y en la cual pudiera desenvolverse sin dificultad alguna. Sólo lo pensó durante un par de meses, con el tiempo y sobre todo con la carga de trabajo olvidó esa inquietud. Intentaba salir lo menos posible al centro de la ciudad, sin embargo, en esta situación debía hacer un gran esfuerzo por su mujer.

Recorrió las primeras calles sin comprar nada. Ni siquiera se detuvo a preguntar precios o a revisar los productos. Caminó sin sentido, olvidando a cada paso la promesa que había hecho. Olvidando que su relación matrimonial estaba puesta en la lista de productos que su mujer le había dado.

Llegó a una cafetería que tenía mesas sobre la banqueta y se sentó. El joven mesero le llevó la carta, pero no gastó miradas en observar los alimentos. Pidió un café americano y con toda cordialidad le regresó al chico la hoja de papel ya arrugada y manchada de café. Sacó de su bolsillo derecho un cigarro y del otro un encendedor que su madre le regaló el año pasado. Con un ademán pidió, desde su asiento, un cenicero. Al darle la primera calada al cigarro pensó en todo lo que tenía que comprar, en las cajas que debía cargar a su casa y en el mundo de gente que encontraría en el metro a su regreso. No obstante, justo cuando empezaba a sentir desespero, imaginó la cara de su mujer. La sonrisa que tal vez le regalaría al regresar a casa y la taza de café que le prepararía. Su esposa era la única persona en el mundo que le provocaba un sentimiento. El resto del mundo era sólo un lugar donde debía habitar porque era un ser humano. Un sitio, una vida que él no había elegido, pero que debía vivir porque las cosas eran así; sin embargo, su esposa era la única verdadera elección que él había hecho. El amor se encontraba en ese acto y por ello debía seguir las reglas que su mujer le dictaba para ser un hombre normal y común como ella era una mujer normal y común.

III
Apuró su taza de café y enseguida se dirigió a realizar las compras. No comparó precios ni la calidad de los productos. No le importó desenbolsar una suma algo elevada por los artículos, sólo deseaba salir de ese sitio e irse a casa para decirle a su mujer, sin afán de discutir, que lo único verdaderamente hermoso en esta vida era ella.

En el camino hacia el metro compró un ramo de rosas. Con las manos apenas libres introdujo su boleto en el torniquete y con varios esfuerzos subió al vagón. El metro, como él ya lo había imaginado, iba repleto. Los usuarios sudaban y el vagón se llenaba de un olor asqueroso a sudor y mugre. Él, como siempre, no sintió asco ni repulsión.

Luego de ocho estaciones bajó y caminó a su casa. En las calles ya se respiraba ese olor característico de la navidad. Ponche, frutas, pólvora. Las luces ya adornaban las casas y los villancicos salían de los puestos de cidis piratas. Llegó a casa un poco agitado porque en los últimos metros había apurado el paso. Por fin deseaba hablar sinceramente con su esposa, decirle todo lo que se había callado porque pensaba que era demasiado cursi. Peparó un discurso mental donde le agradecía por existir, donde le platicaba que su vida no tendría sentido alguno sin su presencia, que ella había sido su única elección acertada y que él, aun siendo un hombre frío, la amaba.

Abrió la puerta de su hogar. Se escuchaba que su mujer estaba lavando los platos en la cocina. Dejó todas las cosas en la sala y sólo con el ramo de rosas llegó a ella. Liliana, al ver las rosas, corrió hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en la boca. Un beso que duró poco tiempo pero que a la vez aproximó sus cuerpos. Él sintió una erección, ella también la sintió, por lo cual con un movimiento suave restregó sus pechos en el pecho de él.

Después del beso, Liliana abrazó con todas sus fuerza a Adolfo. Él percibió un olor extraño a Liliana, era colonia de hombre. Sin embargo, luego el perfume del cabello de Liliana lo transportó a los primeros días de noviazgo, se sintió sumamente feliz por encontrarse en ese momento. Al separarse luego del abrazo, los ojos de Adolfo se dirigieron al cuello de Liliana que estaba cubierto por una chamarra de cuello alto. Ahí, por un hueco pudo observar una marca morada, roja todavía. Su mujer escondía algo y él sabía qué era. Le dio dos besos, uno en cada párpado. El discurso que había preparado lo dejó para después. Liliana regresó al fregadero y él se fue directo a su cuarto para retomar su lectura.

domingo, 27 de octubre de 2013

No disponible

Gustavo Y.


La imagen de un ya muerte es estremecedora. Qué pasaría por la cabeza de este hombre cuando aún tenía vida. Qué sentía, qué pensaba, qué deseaba cuando lo entrevistaron a las afueras del hospital de Guaymas. El hombre murió ahí. La opinión pública busca culpables. Desde el director del hospital hasta el presidente sonaron como los verdugos de este campesino.

Generar culpables es lo de menos en este caso. Un hombre pierde la vida porque no tiene seguro. Su muerte se debió a no tener ni un centavo en el bolsillo. Muchos periódicos utilizaron la frase “perdió la vida”, pero la verdad es que se la arrebataron.

Las reglas de juego en este mundo indican que el que no tiene no existe. Si no existe, bien puede morirse afuera de un hospital (qué ironía), siendo un ente invisible. Su pérdida no afecta porque muchos como él están aún de pie para seguir trabajando para los otros. José Sánchez Carrasco se fue envuelto en una cobija y en la soledad de este mundo superpoblado.

Los esclavos, los sinnombre, los campesino, los indígenas, las mujeres, los gais; en general, los que llaman “las minorías” aún no ven cambios sustanciales en este siglo XXI. Para ellos, los derechos humanos aún no están cien por ciento disponibles.

domingo, 13 de octubre de 2013

Réquiem por la Patria Grande

Por: Gustavo Y.



El día de ayer, 12 de octubre, fue el Día de la Hispanidad en España, Día de la Raza en México, Día del Respeto a la Diversidad Cultural en Argentina y Día de la Resistencia Indígena en Nicaragua y Venezuela. No cabe duda que la llegada a América, que no descubrimiento, por parte de los españoles ocasionó terribles masacres. Los muertos se han contado a miles, pero no sólo personas sucumbieron al genocidio perpetrado por los europeos en general, sino que tradiciones, ritos e investigaciones desaparecieron en la gran hoguera creada por las naciones invasoras conjuntamente con Iglesia Católica. Muchas personas, me cuento entre éstas, reprueban lo acontecido hace ya, como la imagen lo cuenta, 515 años. Los europeos robaron, saquearon y explotaron nuestro continente para su propio beneficio. Principalmente las grandes potencias de la época gastaron los recursos latinoamericanos en guerras y sobre todo en su crecimiento económico. Este 12 de octubre imágenes recordaron una proclama: No hay nada qué festejar. Y al parecer eso es sólo una media verdad. Los pueblos indígenas siguen desapareciendo. El poder económico continúa matando pueblos enteros a cambio de sus recursos naturales. Las hermosas lenguas de nuestros pueblos, así como sus tradiciones, se venden de manera turística pero nunca se rescatan como orgullo realmente nacional. Sin embargo, por el otro lado sí hay algo qué festejar. Nosotros, los latinoamericanos somos un raza criolla, mestiza e indígena. Sin la llegada de españoles muchos no seríamos lo que somos. Sin la llegada de los españoles y ni de los africanos que trajeron como esclavos, no estaríamos viviendo esta etapa donde los lazos entre las poblaciones de habla española en América se fortalecen día con día. América Latina es una región como ninguna otra, donde todos padecemos de los mismos males y necesitamos una misma cura. Somos parte, aún incompleta, de un gran sueño. Un sueño que sólo puede volverse realidad si se estructuran cambios profundos donde el respeto a nuestro pasado combinado con la acción solidaria en el presente sea un modelo para integrar y fortalecer a la Patria Grande.

domingo, 6 de octubre de 2013

Jodidos contra jodidos

Por: Gustavo Y.



¿Qué defienden unos y que atacan otros?  Podría parecer que los de azul protegen a los indefensos. A aquellos que no tienen posibilidades de sobrevivir en esta sociedad. Sin embargo, ahí, detrás de sus espaldas no hay nadie físicamente, sino un grupúsculo que día a día se come el país.  

Del otro lado, los de negro, ¿qué atacan? Al parecer golpean a aquellos que ostentan el poder. A los que se devoran lo poco que queda del país. Sin embargo, tampoco aquellos sátrapas devoradores de la nación están ahí.

Las verdadera bestias devoradoras del país se encuentran cómodamente en su casa viendo los disturbios. Contando cuántos heridos hay de uno y de otro bando. Ellos ni siquiera se inmutan de que estos “jodidos”, “pobretones”, “nacos” se revienten el alma en un enfrentamiento. Ellos siguen impunes en sus casonas. En el trabajo que tienen gracias a estos dos bando que el miércoles se disputaron las calles.

Hay cifras de heridos y de costos, pero no hay cifras reales de la conmoción por la cual pasa nuestro país. Al parecer esto seguirá ocurriendo en el futuro próximo de la nación: la lucha entre los mismos jodidos a la espera de que exista un verdadero plan de acción para el beneficio de todos y el castigo a los verdaderos culpables.  

Foto:Yadin Xolalpa/ELUNIVERSAL

domingo, 29 de septiembre de 2013

Crueles demonios

Por: Gustavo Y.


Tantos rostros en esta foto. Diferentes miradas con situaciones también diferentes. Por un lado, la mayoría de los ahí presentes están en búsqueda de ayuda. Intentan acercarse a platicar su historia con la finalidad de encontrar una pequeña dádiva, una limosna de aquellos poderosos. Y ahí, sí, junto a todos ellos se encuentra uno de los tantos rostros que representan el poder en México.

Una dama peruana. Una mujer que salió de su país por diversos problemas viene a parar al nuestro con la finalidad de ayudarse. De obtener más recursos, de seguir viviendo de la manera más baja que existe en esta región: lamebotas de un grupo malvado. 

Las televisoras y los políticos se han aliado de tal manera que han llegado a manejar el destino de miles y miles de mexicanos. Aquellos que de verdad sufren. De aquellos que en verdad trabajan y sudan sangre para llevar el alimento a su casa. Esos también que por diversas causas no tienen asegurada la educación ni un entretenimiento sano y se deben de conformar con la basura que trasmiten las televisoras.

En esta ocasión, la señora se apoyó en un corrupto de los tantos existentes en nuestro país para llegar a las zonas devastadas. Helicóptero que se paga con los impuestos de todos se utiliza para llevar a una tipa, pero no para trasportar ayuda realmente necesaria.

Aquí la señora como el gobernador del Estado de México son los culpables. Sin embargo, los mexicanos continuamos como los presentes en la foto, mirando al suelo, observando la nada, sopesando el mañana que cada día se vuelve más pesado y sirviendo de escenario a estos crueles demonios.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Frases sinceras

Por: Gustavo Y.


La semana pasada se cumplió un aniversario más del terremoto que asoló a la Ciudad de México en 1985. No importa en qué año haya nacido uno, siempre lo tiene en mente. Se recuerda la gran ciudad derrumbada, polvorienta y gris. Gente corriendo, rostros de sufrimiento, bebés empolvados, pero también rostros de héroes desconocidos.

Ahora en nuestro país estamos viviendo una situación semejante. Muchos Estados de la República se han visto afectados por las intensas lluvias. Cientos de poblados han quedado incomunicados, inundados, desesperados. Pero por fortuna, aquí vuelven esos rostros anónimos.

Imágenes de personas llevando víveres a los centros de acopio. Otras sacando personas, muebles y animales de casas dañadas. Cada uno poniendo su granito de arena.

Una de las imágenes, a mi parecer, relevante es la que se encuentra arriba. Víveres con mensajes para los damnificados.

En las redes sociales se ha pedido que marquen los víveres para que éstos no vayan a parar al mercado negro. Conozco a mi país y seguro algunos, con leyendas o sin ellas, pararán en manos de aquellos insensibles mexicanos. Sin embargo, lo importante aquí es ese simple mensaje.

Un mensaje anónimo que pueda levantar el ánimo de los caídos en desgracia. Un mensaje que según las circunstancias, les hará saber que no están solos en este terrible momento y que los héroes sin nombre están de vuelta con frases sinceras provenientes del corazón.

lunes, 16 de septiembre de 2013

De qué se ríen

Por: Gustavo Y.

Qué te sorprende, pequeñita. ¿La gente que está gritando como loca? ¿Un pueblo hundido? Esa es mi duda.

Tu hermana que está al lado ya no se sorprende. Voltea y mírale la cara. Está asqueada de la prole que apoya y repudia a tu padre. Porque a favor o en contra, no importa, todos somos prole.

Tu hermano ni se inmuta. Él mira para otro lado. Serio, sin ningún interés por lo que lo rodea. Total, él está ahí y los demás, y los demás no importan. A tus padres ni los mencionamos, por eso del respeto al presidente y a la Dama de Compañía, perdón, la Primera Dama.

Lo más sorprendente es la risa de tus otras dos hermanas. Seré curioso, pequeña, ¿De qué se ríen? ¿De qué se ríen?, diría un grande poeta. ¿De nuestras penas, de nuestra ignorancia, de nuestra necesidad? Estos no son, para muchos de nosotros, tiempos de risa. El hambre, los golpes, el desempleo y la desesperanza no son motivo de risa. Pero me dirás que es una fiesta, que debemos de enorgullecernos por nuestra independencia, sin embargo, no es así. Acá y en muchos lados de nuestro país no hay risas, pequeña.

Tú nos miras desde arriba, nosotros desde abajo. Pero no hay mucha diferencia porque también nosotros los observamos recargando el rostro en la mano, esperando y creando tiempos mejores, donde los tuyos como los nuestros podamos reírnos al unísono por una verdadera alegría compartida.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Los nuevos colonizadores

Por: Gustavo Y.



Qué triste es el panorama de nuestra ciudad. El día gris y lluvioso. Las fuerzas del orden aplicando la fuerza para desalojar a un grupo de inconformes con el gobierno, para llevar a cabo el capricho de un grupo. Políticos que no han mostrado, nunca, interés por el sano desarrollo de nuestro país. 

Hombres que intenta vender espejitos a cambio de oro. Los nuevos colonizadores han llegado. Cuando los españoles desembarcaron en esta tierra también tenían una idea firme de explotar todo un territorio para el beneficio de unos cuantos. Luego de tantas atrocidades cometidas, salieron del territorio. Se habló de independencia, la cual ahora pareciera no existir. Si los europeos colonizaron en nombre de Dios, estos políticos lo hacen en nombre del Dinero. Más para ellos porque los otros no existen o no deberían de existir.

Las nuevas reformas que se intentan aplicar en México al parecer son para el beneficio de unos cuántos. Nunca se ha trabajado para y por la sociedad. Nunca se ha velado por los intereses de una nación.

Aquí vemos a esos nuevos colonizadores. Ya no hay barba, pero sí barbarie. La iglesia de fondo nos recuerda que los años no han pasado del todo. Que la independencia es asignatura pendiente. Y que la bandera a media asta, como en esta foto, seguirá ahí, hasta no se sabe cuándo, en señal de luto de un pueblo entero.   

domingo, 8 de septiembre de 2013

Turismo al infierno

Por: Gustavo Y.




Pocas veces me he sentido feliz a causa de la política. En 2008, cuando supe del triunfo de Barack Obama sentí que en verdad un cambio se avecinaba a nuestro continente. Cambio es la palabra que vendió el demócrata. Cambio fue lo que realmente esperé de su gestión.


En estos días no estoy tan sonriente como él en esta fotografía. Lo estuve tiempo atrás. Ahora, lo veo como su antecesor. El diablo no se ha ido del todo. Al parecer estos hombres, que se autonombran políticos, son los verdaderos agentes de viajes al infierno, es decir, crean los paquetes todo incluido para que la sociedad muera, llore, grite y se desespere a cambio de una cuantas monedas.

En esta ocasión, al paercer Siria dejará su terrible guerra terrenal para convertirse en el nuevo cliente de este sonriente agente de viajes. Siria, gracias a la Agencia Estadounidense del Terror, está a punto de obtener su viaje de ida al infierno, por ello, Obama puede continuar sonriendo. El hombre del cambio está logrando una venta formidable.

sábado, 1 de junio de 2013

La extraña desaparición de Armando

Por: Gustavo Y.

«El camino nunca es como se quiere», decía el imbécil de Julián. Y cómo iba ser así si estábamos pasando por una carretera hecha añicos, destruida, horrible. Íbamos a visitar al buen Armando, el mejor amigo para pasar el rato. En la ciudad no teníamos nada que hacer y por lo tanto una visita fugaz a aquel hombre nos caería bien.

Tomamos la carretera libre para San José. No teníamos mucho dinero para pagar una autopista que nos ahorrara una hora, necesitábamos matar tiempo y una hora en auto era asesinarlo sin culpa alguna. En el trayecto consumimos más cervezas. Charlamos de algunas cosas de interés personal y sobre todo disfrutábamos del ambiente.

Julián se quejaba por la rudeza de la carretera, mas no le prestaba mucha atención. Dejaba que se consumiera en sus criticas, en sus reclamos a todo aquello que le molestaba y eso eran miles de cosas, ya había aprendido a ignorarlo.

Al llegar a casa de Armando nos percatamos que ya no vivía más ahí. Unos niños jugaban en el jardín y Armando nunca tuvo hijos, ni siquiera era bueno con ellos. Recuerdo la vez en que golpeó a un pequeño en la playa porque no lo dejaba escuchar las olas, «Anda, pequeño idiota, lárgate con tu madre y deja de estar molestando a las personas importantes», el pequeño se alejó con lagrimas en el rostro, Armando ni siquiera se inmutó.

Estacionados frente a la antigua casa de Armando, le pedí a Julián que preguntara a la familia sobre el paradero de los antiguos inquilinos. Bajó con desgano, se acercó a la puerta e interrogó a los infantes. Regresó rápidamente y me informó que, según los niños, el señor que vivía ahí había muerto. No le creí, lo mandé al diablo, lo mandé a que fuera directamente con los padres de aquellos mocosos infelices, cómo se atrevían a jugar con la muerte de un ser querido.

Julián volvió a la casa. Pasó el jardín como si fuese el dueño y tocó a la puerta. De lejos vi a un hombre barbudo recibirlo. Después de algunas palabras hizo entrar a Julián. Qué iba a ser ahora aquel mozalbete, pasar a una casa cuando simplemente iba a pedir información sobre el antiguo habitante de ese viejo hogar.

Después de una hora… tal vez dos, vi salir a Julián de la casa. Le pregunte el porqué de la tardanza. Me respondió con una sonrisa en el rostro que Armando había muerto y que los señores Hernández eran buenas personas. No me importaba si los Hernández eran los mejores de la colonia o del mundo entero, quería saber el paradero de Armando para continuar con nuestra fiesta. «Está muerto, Antonio. Entiende. Los señores no dijeron más, ni siquiera la causa. Si no me crees ve y pregunta tu mismo».

No iba a salir del auto, estaba bastante borracho como para caminar hasta aquella puerta. Pensé un momento sobre el verdadero paradero de Armando. Dónde podría estar ese hijo de puta. ¿Cuánto dinero deberá para querer dejar este lugar? ¿Por qué dicen que está muerto?

Arranqué el sucio y viejo carro. Necesitábamos pensar más tranquilamente sobre el paradero de Armando. «Vamos a la playa. De aquí hacemos una hora, tal vez menos» le dije a Julián. Aceptó sin reparo. Ahí íbamos otra vez a la carretera. Con un destino: la playa. Tal vez Armando estuviera viviendo por allá, tal vez era verdad lo de su muerte. Quién podrá saberlo… yo no… bueno, al final, el pendejo de Armando es el que se lo pierdía. 

jueves, 23 de mayo de 2013

Distracciones al volante

Por: Gustavo Y.

Las sirenas de una ambulancia se pueden escuchar a lo lejos de la casa; el triste sonido del blues invade la habitación, y él está recostado sobre el sillón verde, único recuerdo de su madre que falleció hace ya dos años. La lluvia se pega a los vidrios de la ventana y a pesar de tantos sonidos logra escuchar la lluvia fuera. Nunca había estado tan solo. El único compañero es el cigarrillo que sostiene en su mano y estos ruidos tan normales en la ciudad.

Teme dormir temprano, no sabe por qué tiene miedo. El día fue bastante placentero hasta que salió de su trabajo, ya que cuando iba de regreso al hogar, por ir distraído, cambiándole de estación a la radio, atropelló a un perro que se atravesó en la avenida. Era un hombre atento al volante, nunca le había pasado esto, nunca se había distraído tanto como para perder de vista el camino, como para no ver a un animal que cruzaba la calle, y él, que tanto amaba a los animales. Trataba de justificar su miedo dándole un concepto de luto por aquella muerte, a eso atribuía su malestar.

Lo mejor era dormir lo más pronto posible. No esperaba visitas, no esperaba llamadas, no tenía trabajo que finalizar en casa, lo mejor era descansar. De pronto la puerta sonó, un fuerte golpe lo hizo levantarse y preguntarse quién era el sujeto que lo iba a molestar a tan altas horas de la noche; tal vez podría ser su vecina, siempre lo molestaba por una taza de café o por un cigarrillo, pretextos para poder platicar con él. Se encaminó hacia la puerta, la abrió y se percató de que nadie estaba frente a él, se asomó hacia los lados, tal vez un chiquillo estuviera haciendo una maldad, pero no vio a nadie. Su miedo creció o mejor dicho apareció.

Regresó al sillón y se recostó nuevamente, solamente deseaba terminar el cigarrillo que estaba a la mitad y escuchar la canción See see rider interpretada por Helen Humes. Miraba el humo que se deshacía en el aire y las mil figuras que podía crear en él. La puerta volvió a sonar a mitad de la canción; justamente antes de la ultima fumada que le quedaba al pitillo, enojado se apresuró hacia la puerta, estaba harto de su vecina y de los niños de la colonia, aunque pensó que a estas horas lo niños deberían estar dormidos. Se quedó detrás de la puerta y preguntó quién era, nadie le respondió, así que tuvo que abrirla nuevamente y vio una silueta de un hombre a lo lejos, por lo cual desde su posición le preguntó que si no había visto quién había tocado; el hombre no respondió, pero comenzó a caminar hacia él.

Se apresuró a cerrar la puerta. A este punto el miedo lo podía sentir en todo su cuerpo. Se recargó en ella e imploró que fuera un loco o una persona en estado de ebriedad. Cerró los ojos y poco a poco se sentó en el suelo, se tomó la cabeza con las manos; no podía creer esto, era una mala noche, sólo eso.

De pronto escuchó un ruido que venía de la sala, justamente donde estaba el sillón verde, un ruido que parecía ser de alguien que caminaba. Se dirigió apresuradamente hacia la habitación y se percató que era un hombre, estaba parado atrás del sillón; no le podía ver el rostro, estaba de espaldas a él, así que lo interrogó: quién eres, qué quieres. Nuevamente no escuchó respuesta, hasta que de pronto el sujeto se dio vuelta en un movimiento lento. Qué grande impresión se llevó al ver que la cara del sujeto estaba marcada por la huella de una llanta de automóvil, su rostro estaba deshecho, la sangre escurría de él.


Salió despavorido de la casa, su rostro se deformaba por el miedo, las lágrimas salían a chorros. No podía creer lo que había visto. Corrió tan aprisa, lo más rápido que podía, pero cuando volteaba veía al sujeto que caminaba hacia él; su caminar era más rápido, sentía que lo alcanzaba, pero de pronto, en un cruce de calles y cuando regresaba la vista al camino, se percató que una luz brillante se dirigía hacia él. Era un carro con un chofer distraído. Su miedo terminó ahí, con una cara deshecha por las llantas del automóvil, con un charco de sangre que rodeaba su frío cuerpo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Días grises, días tristes


Por: Gustavo Y.

En los últimos días no me he sentido nada bien. Las frías mañanas son más tristes que de costumbre. Ver las gotas de lluvia aún aferradas a los sucios vidrios, el cielo cubierto por una capa grisácea y los transeúntes envueltos en sus ropas más cálidas, me recuerda la cruel realidad que habitamos.

El país colorido que conocía se ha vuelto un lugar extraño pintado de rojo sangre. Los niños cuando juegan con sus pistolas de plástico ya no me hacen rememorar los juegos del viejo oeste o policías y ladrones, ahora hay un rastro de violencia en sus caras, en sus gritos, en su mexicanidad. Al parecer los niños, los jóvenes y los adultos mexicanos ya tenemos siempre días grises y fríos y con este mal clima la situación psicológica empeora.

Trato de no pensar en ello cuando voy al trabajo. Me gusta viajar en el transporte público para sentirme un poco más en comunidad, además siempre es un buen pretexto para leer. Prefiero los escritores argentinos, pero no sabría decir el porqué. No tengo sangre gaucha o bonaerense, aunque tal vez cuente que haya nacido en 1986, el mismo día en que Argentina se llevó la copa del mundo. Conozco un poco de la cultura argentina, del tango, de la historia política de inicios del siglo XX, del lunfardo, del rock argentino, pero sobre todo de futbol o fútbol.

Mi trabajo consiste en recibir los libros en la Biblioteca Nacional. Soy un jodido bibliotecario decía mi padre y no me avergüenzo de ello. Conozco más libros por su portada que por su contenido. Cuando en los cafés escucho a uno de esos intelectuales nombrar cierto libro, lo primero que se me viene a la mente es la portada o portadas, según las ediciones que tengamos en la biblioteca. No sabré a ciencia cierta cuál sea el tema del libro, pero sí que podría describir a la perfección la portada.

Las portadas pueden decirnos mucho sobre el libro que tenemos en la mano, aunque algunas veces pueden darnos sorpresas. Aunque para sorpresas aquel día que salí temprano del trabajo y me fui a dar una vuelta por el corredor de libros usados. En ese sitio que suelo frecuentar de vez en cuando, sólo para otear cuántos libros de la biblioteca hay ahí, me encontré uno con la portada cortada por la mitad. En la mitad restante se podía ver la imagen de un globo terráqueo en rojo y debajo al parecer había un par de espadas o de mosquetes. El agua azul del planeta era de un rojo sangre y por título, encima del globo, tenía El diario de la última especie.

Ese libro lo compré porque la imagen me impactó. Me recordó al país en el cual ahora vivía. En mi país últimamente los diarios se tiñen de rojo y nosotros, los mexicanos, parecemos ser la única especie. Los otros animales los dejamos de lado como si no existieran. Vemos a los perros o gatos callejeros sin sentirnos culpables por su desgracia o les compramos a nuestros hijos mascotas que luego de un par de semanas las enterramos o las mandamos al caño. El diario de la última especie aún no lo he leído porque tengo tanto miedo de encontrarme la historia de mi país escrita por algún viejo loco del siglo pasado.   

No me gustaría abrir un libro que contenga el futuro de mis familiares y amigos, pero sobre todo me enloquece la idea de pensar que nuestro futuro ya está escrito y que todo aquello que podamos hacer o hagamos sirva para nada. Me he puesto a pensar en las historias de las princesas, por ejemplo. Una de esas mujeres seguro que ha existido, ya sea la de la zapatilla de cristal o la de los enanos, lo peor es que ha seguido la historia al pie de la letra, es decir, no intentaron modificar nada para cumplir con lo ya escrito. Qué miedo no poder cambiar su destino, qué miedo el ver y no poder actuar.

Por eso mismo el libro que compré no lo he ni siquiera intentado leer. Lo coloqué en la sección de literatura fantástica de la biblioteca. Si algún aventurado lo encuentra y lo lee que pese sobre él la maldición de conocer el futuro de su país, del mundo, de su especie. Yo no necesito más cargas, ya de por sí todos los días me despierto con un poco de tristeza sobre mi pecho y con algo de desilusión en mis ojos, además estos días grises de invierno no ayudan en nada, como esos cuerpos ensangrentados que justo en este momento transmiten por televisión. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

La partida chilena por el poder



Por: Gustavo Y. Sánchez Marcial

Y los aviones sobrevolaban el cielo, un cielo despejado, azul, azul como el agua de los mares, ahí iban los aviones de fabricación inglesa, los Hawker Hunter, soltando sus cohetes Sura 3, los cuales destrozaban el palacio blanco invierno, el majestuoso templo del poder en Chile, el Palacio de La Moneda.

Era un septiembre de 1973, un 11 para ser más específicos cuando el ejército chileno se pronunció en contra del presidente Salvador Allende, cuando se rodeó el palacio blanco, cuando se escucharon disparos en Santiago, cuando se veía el fin de una aventura que había comenzado apenas hacía tres años.

La apertura

A las 00:30 del martes 11 de septiembre, el presidente Salvador Allende fue informado de que algunas tropas en la Guarnición de Santiago se habían acuartelado, además de la movilización de los regimientos de Andes y Yungay, ubicados en San Felipe, aproximadamente a 70 kilómetros de Santiago. El presidente desestimó lo que acaba de escuchar, pero a pesar de ello trató de comunicarse con el jefe del Ejército, el general Augusto Pinochet, para prevenir sobre lo que estaba ocurriendo, sin embargo, no logró comunicarse y se dirigió directamente al general Jorge Urrutia, el segundo hombre de los Carabineros, pensando que dentro de este grupo podría tener algunos aliados en contra de la sublevación.

Un día antes, aproximadamente a la16:00 horas, varios busques chilenos habían zarpado para participar en la operación Unitas, junto con fuerzas navales de los Estados Unidos, sin embargo, ese mismo día regresaron y se desplegaron desde San Antonio hasta Quintero, sobre el Océano Pacífico, comenzando así la Operación silencio, un plan que tenía por objetivo aislar a las provincias de Valparaíso y Viña del Mar, además de tomar las vías de acceso, los muelles, las compañías telefónicas y las estaciones de ferrocarriles.

Todo se preparaba para que el presidente renunciara a la presidencia, echando en cara los malos resultados que éste había mostrando, ya que el país se veía envuelto en problemas económicos y sobre todo sociales, se temía que hubiese brotes de violencia o creación de grupos guerrilleros, ya que una ala de la Unidad Popular, los socialistas, deseaban formar grupos armados para la defensa del pueblo, mientras los comunistas del partido deseaban llevar un cambio pacífico de transición al socialismo.

A las seis con 15 minutos aproximadamente, la ciudad de Valparaíso fue tomada por los militares, el prefecto, Luis Gutiérrez realizó una llamada telefónica al subdirector de carabineros Jorge Urrutia para explicar lo que estaba sucediendo, esta llamada estaba prevista por los dirigentes de la sublevación, por lo cual habían dejado abierta su línea telefónica. Con dicha información, Urrutia se comunicó inmediatamente con el presidente, que se encontraba en su casa de Tomas Moro, éste en una llamada posterior al Ministro del Interior, Carlos Briones pidió que se reforzara la vigilancia al Palacio de La Moneda, pensando que la sublevación sólo era efectuada por la Armada, dejando fuera a la Fuerza Aérea y al grupo de Carabineros.

El movimiento de ataque

El día ya clareaba en la capital chilena, cuando Salvador Allende Gossen abandonó su casa de Tomas Moro para dirigirse al Palacio de La Moneda junto con su guardia presidencial o GAP, Grupo de Amigos Personales creado en 1970 a raíz del asesinato del general René Schneider por las fuerzas armadas. Partieron en un Fiat 125 propiedad de Allende y cargados con dos ametralladoras, tres lanzagranadas, además de las armas personales de su escolta, pero también con un fusil AK-47, una arma dada como presente a Salvador Allende por su amigo Fidel Castro en su visita en 1971.

A la misma hora en que el aún presidente chileno salía de su casa, el general Augusto Pinochet, Comandante en Jefe del Ejercito, Gustavo Leigh Guzman, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea y el Comandante en Jefe de la Armada José Toribio Merino, además de César Mendoza Durán el nueve jefe de los Carabineros se reunieron en La Cadena Democrática, una estación de radio para emitir la primer proclama militar donde se le exigía al presidente la entrega inmediata de su cargo a la junta de gobierno  integrada por los anteriores generales y dando un ultimátum para que a más tardar a las 11 de la mañana La Moneda fuera evacuada.

Eran las 7:30 de la mañana cuando el presidente llegó a La Moneda por la calle Morandé, se bajó del automóvil y entró por la puerta principal del recinto, ubicada en la calle Moneda. El edificio estaba resguardado por tanquetas y unidades de Carabineros, aún fieles al presidente, sin embargo, al entrar y ver el informe sobre la situación se percató de que Orlando Letelier, general de los Carabineros había sido detenido y que su lugar lo ocupaba ahora César Mendoza Durán. La situación era cada vez más difícil para el presidente, a tal punto que Carlos Altamirano, el presidente del Partido Socialista le aconsejó dejar La Moneda para que se trasladara a un lugar más seguro, no obstante, la respuesta de Salvador Allende fue: el lugar del Presidente de la República es La Moneda y ningún otro.

Al cinco para las ocho, Salvador Allende se dirigió al pueblo chileno por medio de la estación Radio Magallanes, una estación que estaba a favor del gobierno y que aún no era silenciada por la junta militar. Explicó que la situación no era tan grave, confiaba plenamente en las fuerzas armadas, pero sobre todo pidió atención a lo que pudiera suceder. Algunos minutos después, alrededor de las ocho con 20 minutos, Allende habló por segunda ocasión al pueblo para informar sobre la situación, también durante este momento fue enviado un ofrecimiento de las fuerzas armadas para sacar del país al presidente, a lo que éste se opuso rotundamente.

Jaque mate

Allende envió otros dos mensajes al pueblo chileno, ya que la junta militar por medio de las estaciones que ya controlaba también informaba a la ciudadanía de lo que estaba ocurriendo, la guerra se estaba dando por el aire, por medio de las ondas electromagnéticas, todavía no era necesario utilizar las balas para terminar con lo iniciado horas atrás, fue alrededor de las 10 de la mañana cuando los tanques comenzaron a ocupar sus puestos, tres tanques se posaron a las afueras de La Moneda, dirigiendo sus cañones contra ella, la gente ya no pasaba por ahí y los aviones, esos aviones ingleses comenzaban a crear sus melodías rugientes en los aires andinos.

Fue cuestión de minutos y segundos, de ese entramado que forma el tiempo para que todo comenzara, para que el 11 de septiembre fuera una fecha importante, no sólo para los chilenos, sino para todos los latinoamericanos. Los tanques ya afuera, los aviones ya resacaban el cielo, el presidente se dirigía por última vez a su pueblo, por medio de Radio Magallanes, la radio que sufriría la misma historia que La Moneda.

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron 


[…] Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo […] Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos […]


Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria […]

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Diez y media… diez y media, esa fue la hora indicada, la hora impostergable, el tiroteo comenzó. Los tanques y la infantería postrada fuera de La Moneda comenzaron a destruir el edificio diseñado por Joaquín Toesca. El GAP, junto con el presidente respondieron a los disparos, una batalla verdadera entre unos pocos contra unos muchos y la sociedad no llegaba, los trabajadores a los cuales se había dirigido Salvador Allende hacía poco tiempo, continuaban en sus fabricas, nadie se paró por la calle Moneda o Morandé.

Disparos de bazookas y ametralladoras de adentro hacia afuera, fuego de tanques, cañones y ametralladoras de fuera hacia adentro. Un misil de los tanques fue a acabar con el techo del despacho presidencial, mientras el presidente con su casco de soldado se dedicó a contrarrestar el fuego enemigo. Caos en La Moneda, caos fuera de La Moneda y un teléfono sonando, la esposa del presidente, Hortensia Bussi, la cual informa de la situación en Tomas Moro, que pretende dejar la casa para irse a refugiar y pide solamente que cuiden a su esposo, cuídenmelo mucho.

Las aeronaves, a pesar de haber sobrevolado por diversos instantes el palacio de La Moneda, se vieron retrasadas para el ataque, 52 minutos de retraso, las 11 con 52, hasta que de pronto desde el sur se vio a los aviones salir detrás del cerro San Cristóbal. Los aviones realizaron siete pasadas entre las 11:52 y las 12:13, dieciocho impactos recibió el palacio de La Moneda, mientras sus ocupantes resistieron en la planta baja del edificio, pero no sólo la lucha se dio en el centro de la ciudad, ya que a la misma hora otros aviones descargaban sus bombas sobre la casa en Tomas Moro, donde otros integrantes del GAP se encontraban.

El edificio se veía arder, el fuego se dejaba ver por las ventanas, por el cielo, saludaban a los expectantes, a los militares que deseaban entrar y no podían. El recinto de color blanco invierno se vio de pronto de un color obscuro, rastros hechos por las llamas, por las bombas, por la artillería pesada de los tanques y la bandera chilena ondeaba, se deshacía por tantas balas, no obstante, seguía ondeando.

Pasó mucho tiempo, eran pasadas las dos de la tarde cuando el general Baeza dio las instrucciones de irrumpir en el lugar, de aventar gas lacrimógeno para rendir al presidente y su guardia presidencial. Fue un mundo de humo, un aire irrespirable, se necesitaba mascaras de gas para poder ingresar, mientras adentro, un colaborador del presidente pedía una tregua porque la situación era insostenible, a lo que Salvador Allende aceptó, estaba dispuesto a salir nuevamente a la calle.

El plan organizado para salir fue la formación de una fila, encabezada por la secretaria personal del presidente, Miria Contreras, La Payita, y al final Salvador Allende, sin embargo, cuando estaban a punto de salir, unas personas desobedecieron las ordenes de deponer las armas y se atrincheraron en una parte del edificio, todos perdieron de vista al presidente, porque continuaban luchando o porque ya estaban siendo subidos al camión del ejército, todo pasó tan rápido, fue como un abrir y cerrar de ojos, pero cuando se abrieron nuevamente las ventanas del alma, algunos se dieron cuenta de que su presidente, Salvador Allende, el triunfante de la contienda electoral del año 1970, estaba muerto.

Se le encontró sentando en un sillón de su oficina, con la arma que le había regalado su amigo de ideas, de sueños, Fidel Castro, con el cráneo destrozado, con el casco en alguna parte de la habitación, pero con esa arma entre sus piernas, así lo encontró su doctor personal, Patricio Girón, que al regresar por una máscara antigás, antes de salir a la cruda realidad chilena, vio el cuerpo de su jefe, sentado, destrozado, cansado. 

Recojamos las piezas después de jugar

Tiempo después el cuerpo fue sacado por los militares, el silencio rodeaba a toda la ciudad de Santiago, nadie podía salir de su casa porque la junta militar había implementado un toque de queda. Los generales golpistas se reunieron para crear un comité de auditores para constituirse jurídicamente como una junta militar, todo estaba hecho, todo había sido hecho según lo planeado, porque el presidente abandonaría la ciudad al siguiente día, pero no con vida, ni pacíficamente, sus restos fueron llevados a Viña del Mar, porque en Santiago ya no estaría más.

Los aviones cruzaron el cielo, lo desgarraron y se llevaron consigo a un hombre, un edificio colonial y los sueños de un país, esos aviones de fabricación inglesa que surcaron los aires, que volaron por el cielo azul, azul como el océano ya no se vieron igual como aquel 11 de septiembre de 1973, mas las palabras de despedida del presidente, de Salvador, de Allende,  continúan retumbando en cada chileno… en cada latinoamericano.