Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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sábado, 17 de mayo de 2014

Dead Junkie

por Mister Bastard

Un día caminaba por las asquerosas calles de esta ciudad y un vagabundo se me acercó pidiendo una moneda para comprar alimento. No me gusta regalar dinero a los junkies, así que opté por ofrecerle un cigarrillo. El tipo me miró con desdén y me dijo que él jamás había probado un vicio y ése no era momento para iniciar. Dijo algunas otras frases sobre la rectitud de su persona y demás, pero francamente no presté atención.

Después me enteré que a ese hombre le habían acusado de robar un par de botellas de licor de la tienda de ultramarinos y comencé a maldecirle; me había engañado con eso de que jamás había probado esa clase de vicios.

La vendedora de periódicos, a la que siempre hay que visitar cuando esa clase de noticias rondan por la comunidad, me explicó todo: no había robado nada, el joven encargado de la tienda pasó la noche bebiendo y al no tener para pagar las botellas culpó al señor vagabundo de un crimen que nunca cometió. Claro, sin defensa el pobre fue a parar a la cárcel y luego ya no se supo más de él.

Ese junkie, decía la mujer, era un sujeto ejemplar: ayudaba a cruzar la avenida a los ancianos, se ofrecía para cargar las bolsas de supermercado de las señoras que apenas y podían con su alma; no bebía, no fumaba, no inhalaba drogas baratas ni acosaba sexualmente, como muchos otros, a las señoritas que paseaban por el parque.

Maldita sea. El mundo tiene la inexorable misión de acabar con la gente buena.

Nunca me han caído bien los poderosos que ostentan su riqueza y presumen sus joyas y sus autos último modelo. Prefiero a los junkies que huelen mal y apenas y prueban bocado en días. No sé cómo hacen para sobrevivir, pero seguro que en el día del juicio final serán los últimos en irse a la mierda. Los ricos, tan acostumbrados a la comodidad, sentirán el escozor de las llamas y se retorcerán como moscas en el fuego.

Alguna vez pensé en huir de casa, renunciar a mi trabajo y volverme un pordiosero hijo de puta; lo único que necesitaría para sobrevivir serían cigarrillos y eventualmente una botella de alcohol: comería las sobras de los demás, defecaría en las banquetas, dormiría en los depósitos de basura y viviría de la forma más libre que se pueda imaginar. No pude, no soporto beber fuera de casa más de dos días.

Otras veces me rondaba por la cabeza la idea de combatir a los poderosos, escupir sus trajes, ponchar los neumáticos de sus autos, hacer pintas en las fachadas de sus casas, matarlos a todos, acabar con ellos de una vez por todas, pero son igual que los junkies: matas a uno y aparecen diez más y así hasta que al mundo deje de llamarse mundo.

Qué puta flojera. Ni modo, uno no es el juez universal que decide quién sí y quién no puede vivir. La vida es injusta, a los buenos les reserva un lugar primera fila en medio de la miseria y a los malos les provee techo y comida.

Tanta porquería hace daño, pero así funcionan los engranes de este sistema. La vida es una mierda y la mierda es el único platillo del que, a pesar de su sabor, siempre se pide una segunda ración.

Pero tampoco podemos pasarnos la vida lamentándonos de que el creador haya hecho mal su trabajo. Si los junkies sobreviven y la pasan de lo mejor, aunque a veces alguien les propine una patada en el culo enviándolos a la cárcel siendo inocentes, uno puede encontrar la forma de vivir bien unos cuantos años, aunque el desenlace de la vida sea cutre y triste.


Al menos cuando uno bebe y se embriaga, se olvida de toda la porquería que hay allá afuera y el único rincón realmente sano en el mundo es una habitación cuatro por cuatro donde la virtud y la decencia imperan. La resaca es la vuelta violenta a ese mundo de mierda y todo empieza de nuevo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Linda

por PIG

Linda trabajaba en una oficina postal del centro de la ciudad. Era un sitio viejo, rancio, de esos que apestan a color sepia por lo aburrido de su estancia. Pero Linda, ella era la excepción, era el matiz vivo de todo lo medianamente muerto de aquel lugar.

Hacía honor a su nombre, eso era obvio para todos: un lindo rostro, una linda figura (tetas y nalgas duras y firmes), una mirada excitante; la mujer que todo jefe de área quiere llevarse a la cama como trofeo sexual. Y Linda estaba consciente de las erecciones que provocaba en la oficina, lo sabía y se aprovechaba de ello para hacer su trabajo a medias o pedir favores a cambio de sonrisas coquetas.

El contrato decía “Labores generales de oficina”, pero se dedicaba única y exclusivamente a pasar su lengua por los sobres que llegaban y que requerían ser enviados lo antes posible.

Esa lengua era un desperdicio consciente, todo mundo lo sabía; Linda fingía ignorarlo. El jefe la acechaba en busca de un descuido para llevarla a su “despacho” y “despacharla” como, por contrato, era su obligación.

Nadie sabía si alguien había tenido la fortuna de tener un romance o una aventura con ella; muchos se jactaban de haber pasado una noche en un hotel con Linda (falso); otros se creían los elegidos para el acto, pues en repetidas ocasiones recibían miradas insinuantes.

¿Una puta? Jamás, era el tesoro de la oficina a la que todos querían.

Un día, la puta… es decir, el tesoro de la oficina, recibió un paquete de sobres con sus respectivas cartas. Vamos, no era nada fuera de lo común: abrir el sobre, meter la carta, pasar la lengua por encima del pegamento seco y cerrar el sobre. Unas treinta o cuarenta veces.

Acabó exhausta, la lengua y ella, y concluyó la jornada. Un par de besos para dejar la llama prendida en más de uno de sus compañeros, la despedida cariñosa con el jefe y a la mierda el trabajo, al menos ese día.

Días después, Linda llegó, como siempre, tarde a la oficina, pero su rostro no era el de todas las mañanas, el que denotaba belleza y juventud, maquillaje caro y cero imperfecciones: tenía un rostro enfermo, pálido, sucio quizá.

La preocupación (interesada) no se hizo esperar por parte de los hombres del servicio postal. La idea de tomar la mañana libre para llevar a Linda a su casa revoloteaba en la pinga de medio departamento.

¿Qué coño pasaba con ella? El único con autorización para preguntar sin verse como un interesado en busca de sexo casual (aunque así fuese) era el jefe. Linda tenía una infección, pero con un día de descanso o dos sería suficiente, volvería a su rutina, dejando la estela de perfume a su paso y causando infidelidad de pensamiento en todos lados.

Un día, dos, tres, cinco. Linda no se reportaba. El jefe, preocupado porque su personal trabaja sin inspiración y porque, claro, también extrañaba verle las nalgas a la joven rubia, acudió a su departamento para saber qué había pasado con “su” trabajadora estrella y de paso, entre líneas, ofrecerle un aumento a cambio de favores carnales.

No, Linda estaba pudriéndose en vida, ya no era sexualmente atractiva, sus tetas y nalgas, que alguna vez fueron duras y firmes, ahora desaparecían bajo sus ropajes. Su bello rostro ya no estaba donde antes… su lengua, esa lengua que se antojaba toda sexo oral, estaba bastante hinchada, no le cabía en la boca, se desbordaba de forma asquerosa.

Algo había que hacer para que la obviedad sexual no fuera tan obvia. El jefe llamó a una ambulancia, la llevaron a la sala de urgencias y estuvo ahí durante un par de horas.

El parte médico: uno de esos sobres postales contenía huevecillos de cucaracha; al pasar su lengua sobre ellos, los huevecillos se incubaron y encontraron el alimento para desarrollarse a tope con la carne interna de su lengua. Grotesco.


Linda fue despedida antes de morir, así no tenían que pagar gastos médicos y todas esas cosas que el jefe tiene que pagar cuando uno de sus trabajadores se enferma o muere. Muerta ya no era sexualmente atractiva, nadie le lloró. Menos mal que fueron sobres de cartas y no pingas.

miércoles, 29 de enero de 2014

One of these days

by P.I.G.

Fue condenado al encierro durante 40 años en una lejana prisión del condado. Su delito: homicidio y el homicidio fue más que sangriento: asesinó despiadadamente a una mujer embarazada a las afueras de una iglesia, abriendo un canal en su vientre y arrastrando a la criatura de siete meses de gestación a unos cuantos metros del lugar. Sutileza criminal.

Lo demás fue historia. Se encuentra encerrado en una habitación sufriendo el agotador caminar de los minutos, el terrible pesar de la cotidianeidad y la rutina. El ambiente del lugar le impide respirar normalmente, los fantasmas taciturnos de la oscuridad le persiguen a todos lados. Al caer la noche la condena retoma su sentido original.

Pese a la sentencia impuesta, el juez prefirió revocarla y condenarle a morir en la silla eléctrica, debido a las protestas sociales que el caso ha originado.

Naturalmente los segundos corren tan aceleradamente, que el hombre no se percata de ello. Durante la víspera no logró conciliar el sueño, le fue imposible dejar de pensar en el súbito cambio que había experimentado su vida. Tan sólo ideas vagas se reflejaban en las harto contempladas cuatro paredes de la celda, tan sólo el frío aire que envolvía su esquelético cuerpo.

Al salir el sol, dos hombres le levantan de la cama en la que se encontraba reposando hace unos instantes, le llevan hacia el patíbulo donde le espera el juez, un sacerdote y su verdugo. La sala, fría y desolada, está embriagada de ese aroma característico de los cementerios.

El hombre, afable tanto en sus caminar como en sus gestos, no parece dirigirse al doloroso aposento de la muerte, por el contrario; incluso los presentes olvidaron por unos instantes cuál era el motivo de tan fúnebre protocolo.

Pasan unos minutos antes de que el hombre sea llevado a la silla y preparado como comúnmente se hace con los condenados. Al sentir la presión de los grilletes y la húmeda esponja que conecta su cabeza con el casco metálico, el hombre comienza a sentir un temor inusual proveniente de sus entrañas. Su cuerpo tiembla desproporcionadamente y un sudor frío se desprende de su espalda recorriendo todo su cuerpo, lo que le impide mantenerse pasivo.

La tranquilidad se pierde en un segundo. El sacerdote se acerca, le pide mantenga la calma; reza como de costumbre frente al desapacible sujeto, y con unas leves palabras pide por su alma. Posteriormente el juez pregunta sobre su última petición, no encuentra respuesta. Los labios del hombre están completamente contraídos; secos y pálidos se mueven lentamente sin decir palabra alguna. La mirada se pierde en la soledad del lugar.

La rutinaria ceremonia culmina con el pronunciamiento del juez; piden al verdugo iniciar las descargas.

El cuerpo del hombre se mueve con desesperación, intenta escapar de las cadenas que ahora le atan a la muerte. Cierra los ojos fuertemente y de inmediato vuelven a su memoria los recuerdos de aquel asesinato. Ve a la mujer tirada en el asfalto, rodeada de una enorme mancha de sangre, y el cuerpo del feto completamente destrozado cerca de su madre. Puede escuchar los desesperados gritos de la víctima, los gritos del hijo que no nació y sus pequeños ojos puestos en él funestamente.

Siente la muerte cerca, balbucea algunas palabras sin sentido durante algunos segundos… mas la muerte no llega. Lentamente despega los ojos y se encuentra con una habitación vacía. Ni el sacerdote, ni el juez o su verdugo, nadie.

Un extraño alivio se apodera de él, al tiempo que considera inexplicable la ausencia en la estancia. La muerte se ha postergado por unos instantes, pero la idea de que todos regresarán a culminar su labor sorpresivamente le aterroriza.

Es inusual tanta soledad, tanto silencio. Al paso de los minutos la agonía se hace más latente. ¿Cuánto tardarán sus verdugos en volver? La tranquilidad se esfuma y de nuevo la angustia se hace presa del cuerpo inerte que se encuentra encadenado en la silla.  

Los minutos se hacen horas y las horas días, días en vela, a la espera de que la broma termine. ¿Qué será del hombre?

Alguien tendrá que venir para supervisar la zona, tal vez otro como él será condenado y necesario será utilizar la sala y la silla, que poco a poco se encarna con su piel, uniendo la carne con el acero, la vida con la fría pieza inerte.

Sólo se trata de un hombre sin demasiado futuro; quizá la vida no tiene absolutamente nada reservado para él, aun cuando le hubiese permitido un día más de vida allá afuera, pues del otro lado de las paredes todo es movimiento; los niños corren, la gente ríe, el viento sopla, el sol cae, la gente vive, la música suena, las flores crecen y se marchitan, la gente muere, pero no aquí, no en este lugar donde el hombre está solo consigo mismo.

¿A dónde irán a parar las lágrimas derramadas? ¿Quién escuchará sus suplicas? ¿Compadecerá  Dios a este hombre y se permitirá un poco de tiempo para escuchar su última confesión? No.

Vivirá ahí por la eternidad, alejado del mundo, de la vida. La guerra no le tocará de cerca, no sentirá el dolor, ni olerá el aroma de la sangre nunca más. Jamás volverá a probar el pan, olvidará el sabor del agua, olvidará su nombre, su semblante, se olvidará de sí mismo. Jamás recordará por qué está ahí encerrado sin poder moverse.

Nadie se preocupará porque, pese a que aún sigue respirando, ha dejado de existir. El mundo caerá y sobre sus escombros renacerá, y él seguirá en ese lugar, solo. En un principio había sido llamado a la cita con la muerte y ahora, bajo extraños eones, será condenado a vivir atado, aislado, hasta que la sed, el hambre o el cansancio le hagan fallecer, pues nadie vendrá, se ocupará de él y se dignará a apretar el interruptor de descargas.

Uno de estos días

by P.I.G.

Hace días que la calle luce desolada, en ella se puede sentir la penumbra y un ambiente poco común. Huele a muerte, incluso el color amarillento que dibuja el panorama lo corrobora. Las nubes cubren el cielo y lo tiñen con delgadas líneas grises; el horizonte no está demasiado lejos.

Esta tarde los fieles acudirán a la iglesia para venerar a su Dios crucificado, entrarán con la firme intención de purificar su alma; saldrán con un cargo de conciencia que les obligará a regresar una y otra vez hasta que por fin sean redimidos.

Ahí adentro todo es rezos y plegarias, a las afueras de la casa de Dios la vida corre aceleradamente, se vuelca en interminable dolor y sufrimiento. El viento se detiene, las aves no vuelan, sólo reina el silencio y la agonía.

Los restos abatidos por una batalla perdida nunca más ofrecerán diezmo. Frente a la entrada principal una mujer yace muerta con el vientre abierto, luciendo los intestinos y la asquerosa grasa corpórea, como si se tratase de una exposición. Cerca de ella, a unos cuantos metros, bajo una enorme piedra, un feto.

La escena es brutal. Las luces que forman la cruz de la capilla se reflejan en el charco de tibia sangre que cubre el asfalto, el hilo recorre los escalones de la escalera hasta llegar al jardín. Las manos se elevan al cielo pidiendo redención, el agua bendita cae sobre la cabeza de los pecadores; el padre pide por el alma de los mortales. El cuerpo inerte de la mujer se encuentra desecho, las marcas de los golpes se aprecian inmediatamente; imposible reconocerle pues el rostro está deformado, la carne se desprende de éste. Los ojos parecen a punto de reventar, la mandíbula está completamente dislocada, al igual que la nariz.

Quizá se trató de un intento de violación, pues la ropa fue desprendida, mas no hay semen ni alguna señal que compruebe dicha hipótesis. Los senos ensangrentados de la mujer llaman la atención como lo hicieron en vida. El hombre colgado en la cruz mira a sus hijos, sólo siente lástima por ellos, también les espera un funesto destino. Las hostias son tragadas, el cuerpo de Dios es devorado; sabe a carne humana, a sufrimiento, a pena.

El que debía ser el próximo ser en mirar la luz fue sacado de las entrañas de su madre y asesinado antes de nacer. Conoció el dolor sin haber pronunciado palabra alguna, sin haber respirado el contaminado aire de la ciudad, sin haber probado el trago amargo de la vida. Su frágil cuerpo fue aplastado por una roca una tarde en la que el grueso de la sociedad se arrodilla frente a un ser inexplicablemente omnipotente.

El culpable del sangriento homicidio hizo la señal de la cruz después de guardar la filosa arma entre sus ropajes; será aislado en una cárcel con barrotes de hormigón, pero ésa es otra historia.


La paz del señor esté con todos ustedes y que les permita olvidar que allá afuera una mujer ha sido brutalmente asesinada por un ser que, al igual que todos, busca vengarse de los asesinos de su Dios. La ceremonia ha terminado, para los fieles, para ella, para él.

viernes, 24 de enero de 2014

El otro en el espejo

Los recuerdos de la infancia le provocan acidez. Al llegar de la casa de su tía Elena tomó dos pastillas y se recostó un momento. Le cuesta mucho trabajo visitar a su tía, pero no puede hacer otra cosa. Es el único familiar que tiene, los demás han muerto. Sus padres nunca le interesaron mucho, sus otros tíos le parecían estúpidos e inútiles, sus primos eran lo peor de su familia. La tía Elena le enseñó lo que sabe, ella fue la que se interesó en su futuro. Ahora le agradece por ser un arquitecto renombrado y un hombre de bien para la sociedad.

Se levanta del sillón y enciende la tele. Las noticias anuncian el desastre que ocurre en Filipinas debido a un tifón. Ve las casas destrozadas y a la gente desorientada. No puede comprender cómo es que son tan fuertes. Sólo algunos niños lloran, la demás población intenta salvarse en un silencio que lo deja helado. Pareciera ser que están tan acostumbrados al sufrimiento que ese desastre ya no les causa ningún sentimiento. Cansado de ver la desgracia ajena, apaga el televisor y va a la cocina a prepararse un sandwich.

Cuando Carlos era pequeño la única persona que se ocupaba de él era su tía Elena. Su padres se iban a trabajar y llegaban normalmente muy tarde. Él al inicio los odiaba, los maldecía por la soledad que sentía dentro. Era un sentimiento que poco a poco comenzó a domar y que luego de la llegada de su tía Elena desterró. Su tía se ocupó de él luego de que perdiera su casa. Al parecer, su primo Antonio por enfriar un asunto de deudas de juego dio las escrituras de la casa de su mamá. Así Elenita perdió su hogar y juró por la tumba de su madre que no volvería a ver a su hijo. Fernando y Alma se ofrecieron a ayudar a Elena.

La tía llegó un dieciséis de septiembre. Carlos veía en la tele el desfile militar cuando tocaron a la puerta. Él, con pocas ganas y aún enojado, fue abrir. Sabía que un día de esa semana su tía llegaría, así que le dejó la puerta abierta y regresó a la sala a toda prisa para continuar viendo el desfile. Elena entró despacioó. Dejó sus maletas a la entrada y se fue a sentar junto a su sobrino. En silencio vieron pasar a los soldados. Al terminar el desfile Elena le preguntó a Carlos si quería un sandwich. Él sólo asintió con la cabeza.

Al terminar de comer su sandwich salió de su casa rumbo al centro comercial. Deseaba perder el tiempo, ver qué había de nuevo, pero también comprar ropa. Durante el trayecto escuchó Paloma negra con un grupo chileno. El disco se lo había regalado Renée. Ella es su secretaría y la segunda mujer más importante luego de su tía. Le pareció extraño escuchar una canción mexicana en voz de dos argentinas, pero no le desagradó para nada. Al llegar al centro comercial, se dirigió inmediatamente a la tienda Moda Hoy. Compró un par de vestidos, brassieres, truzas y blusas. La ropa de mujer le parece siempre más bonita que la de hombre. Cuando platica con Renée sobre hijos, él siempre le dice que le gustaría tener una niña porque es más fácil vestirla, es más fácil educarla y al final suelen ser más inteligentes que los varones.  Por eso al pasar frente a una tienda de ropa para niños se queda observando durante un buen rato. Luego se dirige al área de comida y compra una hamburguesa con papas.

Luego de que terminara el sandwich que su tía le hizo, Carlos le preguntó el porqué de su visita. Ella le explicó que necesitaba vacaciones, que deseaba estar fuera de su casa por un tiempo porque la estresaba tener que estar ahí sola todo el día. Él sabía la verdad, pero no contradijo a su tía. Sus padres le habían contado sobre su primo Antonio y desde ese día comenzó a considerarlo como la escoria más grande del planeta. Terminaron de charlas y Carlos le ayudó a su tía a llevar sus maletas a su cuarto. Le ayudó a acomodar su ropa y también a hacer la comida.

Comieron juntos. Platicaron sobre la llegada de los reyes de España a Filipinas porque los dos tenían un enorme interés por esas islas. Carlos le contó el origen del nombre del archipiélago y la tía se sorprendió por tener un sobrino muy listo. Terminaron de comer y juntos lavaron los platos, luego se fueron a sentar frente al televisor y continuaron viendo las noticias. Sus padres llegaron tarde. Para él era normal, para la tía no. Mientras los adultos platicaban Carlos se fue a su cuarto. En silencio dio gracias por la visita de la tía y enseguida se durmió.

Regresó a su casa y dejó las bolsas con la ropa en la sala. Él se fue directamente al baño. Necesitaba refrescarse luego del día que había tenido. Desde muy temprano se levantó para ir a visitar a la tía en la casa que sus padres les habían dejado. Sus padres, por una extraña casualidad, acomodaron el testamento para que los dos se quedaran con la casa. Carlos luego de obtener el trabajo en ICA le dejó todo a su tía. Se mudó y comenzó a vivir por su cuenta. La casa de su tía estaba treinta minutos si no había tránsito, pero en Ciudad de México éste suele ser algo normal. Así que se levantaba temprano para ir a comprar el desayuno y luego llevárselo a la tía. Juntos desayunaban y platicaban. La tía aún le daba algunas noticias sobre España o Filipinas, él le platicaba de los nuevos proyectos en los que trabajaba. La mañana se les iba rápido entre tazas de café, cigarros y palabras. Después, con un poco de tristeza Carlos se despedía para regresar a su hogar.

La tía solía quedarse viendo la televisión o tejiendo. Sus días se le iban en esas dos ocupaciones. A veces iba a comprar la despensa, pero la mayoría de ocasiones, ésta la compraba Carlos y se la mandaba con Trujillito, el empleado del supermercado cercano a casa de la tía. Así que ella no se preocupaba por nada. En ocasiones se sentía sola en ese caserón, pero casi siempre ahuyentaba ese sentimiento al entrar al cuarto de su sobrino. Veía la cama matrimonial pulcramente tendida. Los juguetes en la repisa de la izquierda y las muñecas en la repisa de la derecha.

Carlos salió de bañarse. Se secó, se puso la bata y salió a la sala. Prendió el estéreo y puso Sabor a mí con Bebo Valdés. Comenzó a sacar la ropa de las bolsas. Se probó el primer vestido y se vio en el espejo. Se lo quitó y enseguida se probó el otro. Quedó satisfecho con el resultado y fue a su cuarto por unas zapatillas rojas. Más de treinta pares adornaban una pared de su cuarto. Tomó los rojos y regresó al baño. Frente al espejo se arregló el pelo y se maquilló un poco. Sus rasgos finos le ayudaban a pasar como una guapa mujer adulta. Un poco de rojo en los labios le daba el último toque de perfección. Se vio en el espejo durante un momento. Derramó un par de lágrimas al verse.

Se reconoció, pero a medias. Él nunca se sintió él, siempre quiso ser ella. La tía le ayudó mucho, le aconsejó que hiciera lo que él creyera conveniente. Desde su etapa de secundaria la tía escuchó lo que sentía al ver a otros chicos, al observar a las chicas vestidas con vestidos cortos. Se sentía impotente al ver su cuerpo desarrollándose de una manera que le generaba repugnancia. Sin embargo, la tía la apoyó en todo momento. No dejó que se sintiera menos, pero le recomendó que ocultara a Carla durante un tiempo. Los años pasaron y Carla se ocultó por el día, pero en las noches de fin de semana ella renacía.

Se limpió las lágrimas con cuidado para no estropear el maquillaje. Suspiró. Se cepilló los dientes y salió. Esa noche tenía una cita con una vieja amiga. Juntas saldrían a beber unas copas y platicar sobre las buenas nuevas. Tomó las llaves del coche. Subió y antes de arrancar se vio en el retrovisor. Se reconoció, ella era la única y verdadera Carla. Encendió el motor y arrancó.

Gustavo Y.

lunes, 6 de enero de 2014

Fumigadores

Abro el periódico y veo que en la sección de oportunos hay quienes ofrecen sus servicios para fumigar y acabar con toda clase de plagas como cucarachas, arañas, chinches, ratas o serpientes (¿quién coño tiene una plaga de serpientes en casa?).

Me llama la atención que nadie ofrezca sus servicios para exterminar seres humanos. Y si alguien lo ha hecho seguro, o lo tildaron de un asqueroso desequilibrado que pagó un espacio en la prensa sólo para demostrarle al mundo el repudio que le tiene a la raza humana, o la policía dio con él y tuvo que tragarse sus argumentos afirmando que se trataba de una simple broma universitaria.

Se ofrecen servicios de fumigación de seres humanos. Precios accesibles. Viajamos al interior de la república. Resultados garantizados. Si no se convence le regresamos su dinero, pero se queda con los cuerpos.

Señor, requiero sus servicios en la calle tal, número tal, sí, puerta color tal; es cosa seria. Tengo cuatro hijos malagradecidos, un esposo ebrio, una suegra nefasta y un cuñado indecente. ¿Cuánto? La última vez no cobraban tanto, maldita crisis. Claro, ¿a qué hora puede venir? No, está bien si se lleva los cuerpos, me daría asco tener que tirarlos yo misma a la basura. ¿Paquete? No, sólo los quiero muertos, eso es todo. Sí, lo había hecho antes; es la cuarta ocasión que pido sus servicios, por algo le estoy hablando a usted, maldita sea. Claro, tengo mis facturas. ¿Precio especial por Navidad y cliente frecuente? Gracias, no esperaba menos. Ok, ok, ok. Gracias, acá lo espero.

El anuncio destacaría de entre los demás, el salario de quien realizara la labor sería de los más competitivos en el mercado. Crearíamos universidades para que los futuros fumigadores de humanos tuvieran una especialidad y no fueran simples asesinos sin certificados ni estudios.

Claro, seríamos los primeros en el mundo en impulsar una forma de ganarse la vida quitándosela a los demás, pero todo bajo la premisa de la legalidad. Crearíamos juzgados en los que discutiríamos el derecho que todos tendríamos para mandar a fumigar a quienes nos rodean.

Porque seguramente a cualquier hijo de puta se le ocurriría jodernos la existencia y mandarnos a matar con el señor fumigador, y nosotros, en nuestra defensa lo mandaríamos a matar con nuestro fumigador de confianza. ¿A quién se le daría el beneficio inicial?

Habría infomerciales en la TV anunciando productos infalibles para convertirse en un fumigador. No pague esos costosos servicios de fumigación que impactan en su bolsillo, pero no acaban con el problema. Porque usted lo pidió, como lo vio en Auschwitz, marca Muéranse Todos pone al alcance de su mano el poderoso Zyklon-B, capaz de matar al ser humano más aguerrido. Si llama en los próximos minutos, se llevará “completamente gratis” el manual de cómo armar una cámara de gas desde la comodidad se su hogar. Será la sensación del barrio.

Se reducirían los índices de criminalidad, pues al ladrón se lo llevaría la chingada tan pronto cometiera el crimen. Nuestra seguridad no dependería tanto de los policías y el ejército, como de los fumigadores. Se encargarían de exterminar las plagas de nuestra sociedad.

Oh, sería un lindo país y todo sería tan asquerosamente lindo que nos uniríamos en contra de los fumigadores como las ratas se unen para chingar la estabilidad de un hogar.

Nos convertiríamos en los perseguidos y tendríamos como enemigo a los fumigado-perseguidores. En pocas palabras, todo valdría madre y seguiría igual que antes.


Cierro el periódico y volteo a ver a todos esperando que nadie haya escuchado mis pensamientos. Este mundo miserable está lleno de locos que podrían robarme mis ideas y hacerlas realidad.

jueves, 19 de diciembre de 2013

El Tío Ramón

por Mister Bastard

A menudo el ser humano realiza acciones sin pensar en sus consecuencias, de eso estoy seguro. Mi tío Ramón es el botón de muestra de dicha teoría. Sólo actúa, no se detiene a meditar las cosas. No sé qué tan sano pueda ser, pero le ha resultado medianamente favorable, eso creemos todos, eso cree él también. No está muerto y eso es, para él, una absoluta ganancia.

Siempre que nos reunimos en familia encuentra el momento adecuado para recordar esa experiencia, por todos conocida, cuando navajeó a un sujeto en la calle. Conocemos de memoria la historia, pero siempre, sobre todo si hay visitas, agrega nuevos elementos justificando que no los había mencionado antes porque no sabe qué tantas bolas puede tener la familia para guardar el secreto.

En fin. Cada que tenemos la oportunidad de reunirnos es casi una obligación escuchar la historia. “Maldita sea, que no soy cualquier hijo de puta que habla; siéntate y hazme caso”, es el argumento del tío Ramón cuando por mero instinto tratas de abandonar la mesa so pretexto de ir al baño.

Conozco el cuento como las vocales: un día iba caminando por la calle y sintió la necesidad de sonarse la nariz. No llevaba mucho papel, pero aun así logró, según, su cometido. Necio como sólo él, sentía que un moco se le asomaba, así que pidió a un transeúnte -un estudiante de secundaria por lo que se veía, según su atuendo- que verificara si en verdad no había un moco fuera de lugar en su rostro.

El joven concentró su mirada en la nariz del tío Ramón y negó con la cabeza. “Mira bien, no quiero hacer el ridículo”, pidió con rigor el hermano de mamá. Ya con un poco de nerviosismo el joven volvió a negar, y sin más el tío Ramón clavó su navaja en el vientre del pobre chico.

“Maldita sea, claro que tenía un moco. ¿Por qué no se atrevió a decirme que sí? Un moco, hijo, un puto moco le costó la vida. Si hubiera dicho que sí, que ese moco se asomaba con descaro por mi nariz, nada de eso hubiera pasado, pero esos jóvenes de secundaria, creen que pueden engañar a la gente sólo porque van por la vida con su maldita mirada inocente”.

Y vaya que era inocente el chico. No la debía, empezaba a temerla y se topó con la muerte.

El tío Ramón describía su acción con tal detalle, que parecía estar más orgulloso de ello que todo cuanto había hecho a lo largo de su vida, aunque en realidad no había hecho mucho.

“Deberían haber visto su rostro. El tipo ese seguramente nunca había sentido tal clase de dolor y ahora que yo le daba la oportunidad de experimentarlo le resultaba difícil asimilarlo”.

El cuerpo no resistió la embestida, cayó, se desmoronó en el piso y quedó tendido nadie sabe cuánto tiempo. Más tarde la noticia comenzó a circular por el vecindario e incluso algún periódico despistado le brindó un par de líneas en las notas rápidas.

Se creía famoso. Para mí era un cerdo cualquiera. Incluso trataba de no creerle, eso le molestaba más que cualquier otra cosa. “Tú podrías haber sido el chico de secundaria”, pero no lo era y seguía vivo y estorbándole en la mesa.

“Lo volvería a hacer, sólo que mi esposa ha guardado muy bien mi navaja y no pienso comprar otra. Pero si tuviera de nuevo esa bella arma blanca de corte inglés en mis manos, saldría a la calle sin mucho papel y buscaría a quién preguntarle si tengo mocos en la nariz”.


Qué gran mierda, así solemos ser los seres humanos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Imperfección

por Amethyst

Marcela caminó entre los pasillos de la tienda un poco más relajada y un tanto pensativa. Ya había reunido en el carrito todo lo que necesitaba para la despensa, sin embargo sabia que le sobraría un poco de dinero, el cual no quería gastar en más “calorías” o en ofertas engañosas de productos que no necesitaba. Se desvió del pasillo de carnes frías y del de galletas y chocolates, caminó deliberadamente por el pasillo de bebés; la ropita y los pañales no le llamarían para nada la atención y sí la conducirían a los de la ropa para “dama”.

Sus ojos se agrandaron cuando descubrió que todos los calzones y sostenes eran de color rojo, amarillo y dorado; un golpecito en el corazón que retumbo hasta su estomago le recordó que estaban próximas las fiestas de fin de año. ¿Cómo lo pudo haber olvidado? Pero si apenas estamos en los primeros días de noviembre.

Desilusionada por comprar algo bonito empezó a descolgar uno y otro para revisarlo. De hecho ya no tenía ganas de comprar ropa, “pero esto duraría toda la temporada, de aquí hasta que termine el año”, pensó para sí, Entonces por qué no comprar algo, por qué no seguirle la corriente a todos, por qué no estar feliz de ponerse “rojo en la Navidad y amarillo en año nuevo”. ¡Qué flojera! Sonrió burlonamente y replico: “lo haría si alguien los admirara y me los quitara”.

Un timbre discreto de su celular la sacó de sus pensamientos perversos, era el número de su madre que ya le había llamado seis veces en una hora de estar en la tienda. Apresuró el paso y buscó la fila menos saturada. Aun cuando quiso poner atención a la empleada en toda la letanía de preguntas que le emitió “¿encontró lo que buscaba?, ¿desea hacer una recarga?, ¿redondea sus centavos?”, se limitó a contestar “no”, pagó rápidamente y tomó las bolsas para dirigirse a su auto. El celular sonó nuevamente y esta vez contestó irritada a la llamada.

Sintió un gran alivio cuando introdujo la llave en la puerta de su apartamento, al fin podría comer algo y descansar antes de volver al trabajo. Con el rabillo del ojo se percató que la vecina de enfrente había colgado ¡ya! una corona con muñequitos y escarchas brillantes con la frase cursi de ¡let it snow! Nuevamente sintió el movimiento del estómago, una especie de cólico repulsivo con un toque de intolerancia.

Puso música como todas las veces que comía, le agradaba disfrutar cada bocado de comida; en realidad se sentía plena y a salvo en ese lugar donde cada detalle, cada mueble, cada utensilio había sido cuidadosamente seleccionado por ella. El trabajo en la Secretaría de Hacienda le había redituado esas comodidades que no cualquiera podía darse; sabía que había vendido su alma a ese empleo, cada día desde muy temprano la absorbía, tres horas para comer y otra vez hasta muy entrada la noche regresaba a su refugio.

Cansada de dar explicaciones de su estado civil “sola”, se limitaba a contestar: simplemente no existe el hombre perfecto para mí. Ya algunas de sus primas y familiares cercanos le habían llamado lesbiana en varias ocasiones, pero eso no le importaba, sabía que la envidiaban y por lo mismo evitaba tener contacto familiar alguno, incluyendo a su madre, que pensaba casi igual. 

El hombre perfecto no existía, aquél a quien amaba era tan imperfecto como la  vida, como la sociedad, como la Navidad. Vivía en cada latido de su corazón, inundaba cada pensamiento en la mente de Marcela, respiraba por cada poro de su piel, cada acción de todos y cada uno de los días del año eran en torno a él.

Y es que era imposible no amar a alguien así, lo había esperado durante tanto, lo había buscado en cada rincón que visitaba. Cuando se conocieron fue un choque de trenes, desde la primera vez que se miraron no dejaron de hacerlo con la misma pasión y deseo siempre. Decidió amarlo porque aquel hombre que pertenecía a una familia, que tenía hijos y una esposa amorosa le desnudaba el alma con sólo mirarla. Sólo él la ponía nerviosa con aquellos ojos claritos como la miel, profundos y seductores, que la hacían perder el aliento.

Tuvieron contacto dos veces por semana durante un año, él proveía los materiales de papelería a la secretaría, con ella tenía que ver lo de los pedidos y recepciones de dichos materiales. La relación comercial permitió que intercambiaran sus historias de vida, ambas rutinarias y vacías, ambos esclavos del capitalismo y la simulación de sentimientos, siempre bajo la mirada atónita de quienes no entendían el porqué de las carcajadas de Marcela con ese hombre. Ella que siempre había demostrado una pulcritud y seriedad inamovible. Nunca se vieron fuera del trabajo, había llamadas, mensajes, promesas y miradas, sobre todo miradas.

Cuando lo removieron del trabajo, Marcela lo buscó desesperada, le mandó miles de mensajes diciéndole que no le importaba que estuviera casado, que… le entregaba su vida. Nunca hubo respuesta.

Es Navidad, se escuchan las risas alegres, la música guapachosa que nunca ponen los del 303 porque ellos compran en “Zara”, pero hoy se lo permiten porque es “Navidad”. Hay que estar alegres, en el teléfono hay cantidad de llamadas de la madre de Marcela. Ni loca iría a cenar con su familia,

Acostada con las luces apagadas, una copa de vino tinto en la mano derecha y la otra acariciando su cabello, suspira, se imagina cómo será la cena de navidad de Enrique; el recuerdo de esos ojos que la seguían cuando ella caminaba hacia el escritorio contiguo, el roce de sus manos cuando intercambiaban documentos, el beso rápido sin cerrar los ojos para ver cuando alguien viniera, todo eso que ella habría escogido minuciosamente para tener una relación.

Hace frio, sin embargo Marcela decide quitarse el fino vestido que compró hace tiempo para una conferencia, lleva los calzones y el sostén rojos que compró; se mira en el espejo, le agrada lo que ve: es una silueta delgada bien proporcionada.


Se acaricia las piernas y luego su cabello, se toca los pezones y lleva su mano a la vagina que esta húmeda y ansiosa de que esa mano fuese de Enrique.  Los movimientos suaves y sensuales le llevan a un orgasmo único. Entre sollozos y gemidos pronuncia un solo nombre. El cansancio y también las varias copas de vino que tomó la llevan a la cama; duerme profundamente y no alcanza a escuchar el teléfono que insistentemente llama, un mensaje aparece en la pantalla: “Feliz Navidad”.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Felices fiestas

Por: Gustavo Y.

I
Adolfo parece estar cansado luego de andar por toda la ciudad. Ha ido a buscar los adornos de navidad que Liliana, su esposa, le pidió. Al salir del trabajo se despidió de sus compañeros y tomó el metrobús para dirigirse al centro. Realizar estas compras le parece insulso; sin embargo las recientes peleas con su mujer le han obligado a aceptar condiciones que le impuso en el último conflicto.

La más reciente discusión nació porque Adolfo no le ayudó a colocar la ofrenda de Día de Muertos. En vez de ello, él salió con sus amigos a ver el futbol. Aquella tarde la pasó muy a gusto comentando los recientes resultados de su equipo mientras su mujer compraba la fruta, cocinaba la comida y colocaba la ofrenda. Al regresar a casa Adolfo no hizo ni un comentario acerca de la labor de su esposa. Se fue directo al cuarto, abrió su libro y continuó con su lectura.

Su mujer se aproximó a él. Le preguntó cómo había estado su día y él le respondió con toda cordialidad. Esa manera de contestar, molestó aún más a su esposa. No pudo pensar sus palabras e insultó a Adolfo. Le recriminó su falta de interés por ella, su escasa disposición para compartir momentos y sobre todo por su frialdad en la cama. Adolfo le pidió disculpas, prefería siempre evitar una pelea que iniciarla. Prometió que cambiaría su comportamientos y desde ese momento intentó ser un hombre diferente.

II
Al bajar del metrobús vio las miles de personas que compraban los artículos navideños. Esferas, luces, árboles, nieve en aerosol y todos esos productos importados. Sintió una fatiga enorme al pensar que debía adentrarse en las sucias calles de la ciudad. Odiaba en general la urbe, pero nada podía hacer. Él vivía ahí desde que había nacido y no tenía el valor suficiente para abandonar su lugar de origen, su trabajo y sus pocas amistades para dirigirse a un nuevo sitio.

Alguna vez pasó por su cabeza salir del país. Buscar un empleo que lo llevara a otra nación donde se hablara español y en la cual pudiera desenvolverse sin dificultad alguna. Sólo lo pensó durante un par de meses, con el tiempo y sobre todo con la carga de trabajo olvidó esa inquietud. Intentaba salir lo menos posible al centro de la ciudad, sin embargo, en esta situación debía hacer un gran esfuerzo por su mujer.

Recorrió las primeras calles sin comprar nada. Ni siquiera se detuvo a preguntar precios o a revisar los productos. Caminó sin sentido, olvidando a cada paso la promesa que había hecho. Olvidando que su relación matrimonial estaba puesta en la lista de productos que su mujer le había dado.

Llegó a una cafetería que tenía mesas sobre la banqueta y se sentó. El joven mesero le llevó la carta, pero no gastó miradas en observar los alimentos. Pidió un café americano y con toda cordialidad le regresó al chico la hoja de papel ya arrugada y manchada de café. Sacó de su bolsillo derecho un cigarro y del otro un encendedor que su madre le regaló el año pasado. Con un ademán pidió, desde su asiento, un cenicero. Al darle la primera calada al cigarro pensó en todo lo que tenía que comprar, en las cajas que debía cargar a su casa y en el mundo de gente que encontraría en el metro a su regreso. No obstante, justo cuando empezaba a sentir desespero, imaginó la cara de su mujer. La sonrisa que tal vez le regalaría al regresar a casa y la taza de café que le prepararía. Su esposa era la única persona en el mundo que le provocaba un sentimiento. El resto del mundo era sólo un lugar donde debía habitar porque era un ser humano. Un sitio, una vida que él no había elegido, pero que debía vivir porque las cosas eran así; sin embargo, su esposa era la única verdadera elección que él había hecho. El amor se encontraba en ese acto y por ello debía seguir las reglas que su mujer le dictaba para ser un hombre normal y común como ella era una mujer normal y común.

III
Apuró su taza de café y enseguida se dirigió a realizar las compras. No comparó precios ni la calidad de los productos. No le importó desenbolsar una suma algo elevada por los artículos, sólo deseaba salir de ese sitio e irse a casa para decirle a su mujer, sin afán de discutir, que lo único verdaderamente hermoso en esta vida era ella.

En el camino hacia el metro compró un ramo de rosas. Con las manos apenas libres introdujo su boleto en el torniquete y con varios esfuerzos subió al vagón. El metro, como él ya lo había imaginado, iba repleto. Los usuarios sudaban y el vagón se llenaba de un olor asqueroso a sudor y mugre. Él, como siempre, no sintió asco ni repulsión.

Luego de ocho estaciones bajó y caminó a su casa. En las calles ya se respiraba ese olor característico de la navidad. Ponche, frutas, pólvora. Las luces ya adornaban las casas y los villancicos salían de los puestos de cidis piratas. Llegó a casa un poco agitado porque en los últimos metros había apurado el paso. Por fin deseaba hablar sinceramente con su esposa, decirle todo lo que se había callado porque pensaba que era demasiado cursi. Peparó un discurso mental donde le agradecía por existir, donde le platicaba que su vida no tendría sentido alguno sin su presencia, que ella había sido su única elección acertada y que él, aun siendo un hombre frío, la amaba.

Abrió la puerta de su hogar. Se escuchaba que su mujer estaba lavando los platos en la cocina. Dejó todas las cosas en la sala y sólo con el ramo de rosas llegó a ella. Liliana, al ver las rosas, corrió hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en la boca. Un beso que duró poco tiempo pero que a la vez aproximó sus cuerpos. Él sintió una erección, ella también la sintió, por lo cual con un movimiento suave restregó sus pechos en el pecho de él.

Después del beso, Liliana abrazó con todas sus fuerza a Adolfo. Él percibió un olor extraño a Liliana, era colonia de hombre. Sin embargo, luego el perfume del cabello de Liliana lo transportó a los primeros días de noviazgo, se sintió sumamente feliz por encontrarse en ese momento. Al separarse luego del abrazo, los ojos de Adolfo se dirigieron al cuello de Liliana que estaba cubierto por una chamarra de cuello alto. Ahí, por un hueco pudo observar una marca morada, roja todavía. Su mujer escondía algo y él sabía qué era. Le dio dos besos, uno en cada párpado. El discurso que había preparado lo dejó para después. Liliana regresó al fregadero y él se fue directo a su cuarto para retomar su lectura.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La noche anterior a la caída

por El Doctor Pluma

¿Dónde están escondidos los secretos de la vida, dónde buscas las respuestas que insistentemente mantienes apartadas en el vacío…?

Las lágrimas al caer se transforman en mil cristales que destilan sufrimiento y dolor, que rompen con la estabilidad de tu corazón que se niega a fallecer…

El camino es otro, muy diferente, difícil de transitar, y no obstante es la única alternativa que te queda; ya no hay más…

¿Quién escuchó las palabras que jamás mencionaste?, ¿quién se dio cuenta de tu dolor antes del parto, antes de perder todo por nada…?
  
Aquello que ves son los mundos que jamás conocerás, los rostros que no mirarás y las mieles de una vida feliz de la que has sido privada por capricho divino…
  
Ahí están, postrados frente a ti, los muros que no te atreverás a saltar, por desidia o por miedo, o simplemente por lo senil de tu rostro…

¿A dónde se dirigen las aves que sigues tristemente con tu mirada y que, al parpadear, se pierden en el infinito…?
  
Las estrellas brillan equivocadamente en tu cielo, otras ni siquiera se dignan a brillar; ya es muy tarde y no vale la pena hacerlo, menos por ti…


El pasado de Cristo nadie lo olvida, el tuyo lo olvidaron hace tiempo, tal vez antes de que nacieras; tú misma no lo recuerdas, no te importa…
  
Ni esa cruz, ni esa hoz, ni esa morbosa forma de mirar la sangre pueden hacerte cambiar y dejar de ser nada frente a los demás…

No muestres tus senos desnudos, el mundo está cansado del mismo espectáculo, ha visto todo cuanto existe, aunque no ha visto más allá…
  
Camina a través de los océanos, rebosando infidelidad, decadencia y algo de aquella belleza que antes se impregnaba en tu piel fehacientemente…
  
Permítele a las agujas penetrar los claveles, a los clavos atravesar la carne sin dolor, a los niños llorar en los vientres antes de perecer…

Cierra las alas y deja de volar, cierra los ojos y no veas más, pues es mejor así, antes de que te des cuenta de lo que ha ocurrido…

Haz un último esfuerzo por dar vida, tensa tus músculos y respira tan sólo una vez, sólo una vez en tu vida hazlo sin sufrir…


No, no lo hagas, prefiero descansar y no vivir. Sólo deja de hacerlo antes de que el llanto se asome y termine por corromper mi alma, antes de que niegue que no se trata de un sueño, antes de que deseche lo que has hecho y me olvide de ti… antes de que mire tu rostro por primera y por última vez.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La Sonrisa de la Muerte

por Lila Aurora

Cualquiera en “El salto” se hubiera alegrado sobremanera ante la repentina muerte de Don Federico Tovar, dueño de la única tienda de abarrotes en el pueblo. Apenas se supo del hallazgo del cadáver, la noticia corrió como pólvora encendida; todos acudieron a observarlo, parecía como si quisieran que esto no fuera cierto. Ni siquiera sus hijos, que nunca reconoció, se alegraron del hecho.

A todos invadían sentimientos encontrados, era el hombre más odiado, pero también el más solicitado. Robusto, con el pelo cano, apenas unas patas de gallo enmarcaban sus ojos; burlón, grosero , a todas las preguntas o solicitudes tenía siempre una respuesta sarcástica, pero no, nadie dijo una palabra, una maldición o una sonrisa discreta que se tradujera en “qué bueno que se lo llevó la chingada”.

Pasaron sólo unos momentos cuando entre el enjambre de gente el juez del pueblo llegó para dar testimonio del hecho; el padrecito por supuesto ya estaba echando agua bendita y prendiendo unas veladoras, doña Lupita Caballero, la enchiladera del pueblo, era la única que de vez en cuando entre sollozos fingidos decía: “¿ora sí que vamos a hacer?”.

La semana pasada se había festejado, el “doce”, la fiesta de la virgencita, todavía estaban los festones de flores de plástico y los juegos mecánicos no se terminaban de recoger. El juez ordenó que lo trasladaran a la oficina del juzgado, ya que el médico forense llegaría hasta mañana y encima de todo hacía un pinche frio que ni para qué velarlo en la intemperie.

La tienda de “Don Fede”, como le decían todos, era una especie de salón de juego, cantina y verdulería; por las tardes solía sentarse en una mesa de fierro de “la corona”, barajeaba sus viejas y sucias cartas, hasta que llegaran sus oponentes. Le hacían el juego a sabiendas de que él siempre ganaba; a cambio tendrían varias rondas de mezcal gratis, insultos y escupitajos en la cara.

Si se le daba la gana, castigaba a quien perdía, haciéndolo beber sin parar toda la botella de mezcal mientras él reía escandalosamente, o tenía la osadía de disparar balazos en los pies a quien le había hecho trampa según él. Todas las tardes era lo mismo, excepto aquellas en que se fingía enfermo y mandaba llamar a Marinita la enfermera. Ella ya sabía, Don Fede se bajaba los pantalones, se acostaba y justo cuando le enterraría la aguja en la nalga, el se volteaba, la jalaba y la obligaba a tener relaciones sexuales; a cambio Marinita recibía una canasta con víveres y un manojo de billetes arrugados que extraía de una lata de “sal de uvas picot”.

Tenía nueve hijos, no con Marinita, por supuesto, todos eran producto de su abuso y del capricho que en su momento se presentó; nunca los reconoció porque alegaba que él no podía tener hijos, que le querían ver la cara de tarugo. Su difunta esposa, Doña Georgina, no se los había dado, mismo por lo que un día se quitó la vida tomándose un montón de vidrios. A diario la insultaba por no poder embarazarse; muchas veces la dejó afuera de su casa con el puro camisón, aun cuando estuviera lloviendo.

Nunca aceptaba ser padrino de nadie, anteponía su alcurnia, alegaba que no podía rebajarse a decirse compadre con un indio “pata rajada”, mucho menos “a pisar los chiqueros donde viven”. No obstante, el día del festejo mandaba “algo”, para que “mataran su hambre” decía; eso sí, se los recordaba cada que los veía.

“Si no les hubiera mandado esos refrescos y esa comida, ¿qué hubieran hecho?” Y soltaba la carcajada estruendosa, los dejaba sin palabras.

Pero bien, terminemos con la historia de este gandalla. ¿Quién se habría atrevido a darle tan terrible muerte? Nadie, él solo se ahorco, fue sarcástico hasta consigo mismo, una risa diabólica se podía ver en sus labios. La sorpresa fue mayúscula cuando encontraron una carta póstuma y la leyó el cura ante todos:

“Me voy con mi pecho rebosante de alegría. He comido, he bailado, he tomado y disfrutado cuanto se me ha dado en gana, pero también me he cansado de tanta mediocridad, de tanta hipocresía, me he cansado de humillar y no recibir reclamos, me he cansado de golpear y no recibir un solo rasguño; los he maldecido y sobajado con las peores injurias a todos y nadie se ha atrevido ni siquiera a mirarme de frente.

Me voy consciente de que su hambre es mucha, de que su cobardía es inagotable, pero me voy con la miserable esperanza de que un día me odien y se atrevan a vencer no sólo el hambre de sus estómagos, sino el hambre de su podrida alma. Comprueben lo feliz que soy de morir, no habrá rictus de dolor en mi cara, verán qué hermosa sonrisa puede producir un hecho que con valentía es decidido. Sin embargo dispongan de todo lo que dejo…”.


Se fueron retirando uno a uno de los habitantes del pueblo, el cadáver quedó solo, como también sarcásticamente lo habría deseado Don Federico; nadie dijo nada, morían de vergüenza.

Más que muerto

por Manuel Sandoval

El nacimiento estaba programado para semanas después, pero al recién concebido vástago le urgía nacer. Los médicos, tan positivos como siempre, no le daban mucho tiempo de vida. Si nacía bajo esas circunstancias lo más probable sería una vida vegetal o, en el mejor o peor de los casos, según se quiera ver, un mes de existencia y no más.

La madre entró al quirófano obligada por los dolores en el vientre. Pidió la ayuda de su dios y del doctor, que le pedía calmarse y mantenerse concentrada en lo que estaba a punto de hacer.

Recostó su pesado cuerpo en la camilla, colocó ambas manos a sus costados, apretó con fuerza las sábanas blancas y comenzó con esa titánica labor de parto que para ella era una experiencia tan nueva como la primera vez que tuvo sexo sin protección con el padre de aquél que estaba a punto de nacer.

Al abrir sus piernas por instrucciones del médico, recordó cómo, por instrucciones de su amado, había abierto las piernas para entregarse a una pasión obligada por los litros y litros de licor barato.

El dolor que implicaba expulsar a su hijo y los gritos irresponsables del doctor, le aterrizaron de nuevo a la realidad.

Respirar, pujar, comprimir la pelvis, como quien defeca pero bajo otras circunstancias; respirar, pujar, comprimir la pelvis y una y otra vez repetir esa rutina hasta que la tarea fuese completada.

Si sólo estuviera él ahí, tomándola de la mano y dándole palabras de aliento. Pero el muy miserable huyó después de que supo que ella estaba embarazada, consideró todo un error, un malentendido. Se alejó de su vida para siempre.

Para qué traer al mundo a un ser, si éste destacará por su imperfecta naturaleza, por la carencia marcada de su padre y por la inexperiencia de su madre. Para qué tanto empeño en pujar y comprimir la pelvis. Eso en la cabeza de la mujer.

En la cabeza del doctor sólo deambulaba la tediosa idea de hacer bien su trabajo, salir de la sala, dar la noticia a los familiares, cobrar el cheque, ir a cenar a un buen restaurante, llegar a su casa, hacer el amor con su esposa y dormir como quien carece de preocupaciones.

-Bien, ya lo veo venir; continúa, continúa así- dijo el doctor, y a su mente vino la escena de su amado debajo de ella, pidiéndole con la voz ahogada que no se tuviera, ya venía el orgasmo, lo único que importaba obtener esa noche.

La cabeza se asomó, luego una parte del cuerpo; de inmediato los doctores se abalanzaron y detectaron carencia de signos vitales. –Maldita sea, sigue pujando, estás asfixiando a tu bebé- gritó alguien en el quirófano.

Ella estaba exhausta, hizo un esfuerzo último pero no fue suficiente. Su bebé murió, estuvo vivo por escasos diez segundos o menos. Los doctores creían que duraría poco, pero eso era una grosería, y la culpable era esa mujer, inexperta, cuyo frágil cuerpo apenas y pudo soportar llevar a seis meses a cuestas a un ser humano que no quería desde el inicio.

La asistente del médico, su amante de los jueves, tan cínica como sólo ella, pensaba hacia sus adentros: al menos se ahorró tanta mierda de vida acá afuera; sin padre, ni madre. Duró poco y lo suficiente para saber que la vida es tan miserable, que si no hay quién esté dispuesto a empujarte y ayudarte un poco, estás jodido. Al fin y al cabo, desde que aquel sujeto logró su deseado orgasmo, el que sería hijo de ambos ya estaba más que muerto.

Leonora y la muerte

por Uchelo Gómez

Leonora tiene a la sazón 12 años, quizás su percepción de las cosas, de su entorno, de la vida y sobre todo de la muerte no es la de muchos adultos, fría y opaca, más bien triste; es para ella más lúdica y llena de fantasía, en momentos hasta folclórica. 

Lo digo porque a Leonora le ocupan cosas como dibujar, su clase de piano los viernes, la clase de ballet los jueves, jugar con sus amigas Sofía y Agnes los fines de semana, o ir al parque que está cerca de su casa donde van esas señoras gordas con cara de cerditos maquillados a pasear a sus perros todos los domingos.

Todo esto le gusta como a cualquier niña de 12 años de clase media alta que vive en la Colonia del Valle. Leonora, aparte de todo esto, encuentra un particular gusto por las cosas relacionadas con la muerte –como les había mencionado-, cosas raras y hasta ominosas (como esas muñecas de porcelana que abren los ojos como si estuvieran vivas) porque desde pequeña ha tenido una rara relación con la muerte.

Su pequeña perrita Chanela murió un día de una intoxicación cuando ella sólo tenía cuatro años; a los cinco murió su padre al parecer de cáncer de pulmón, del que se encontraba en fase terminal; a los ocho se enteró de la muerte de José María –su vecino del piso de abajo del edificio donde vivía-, quien murió ahogado en una alberca; y apenas hace un año se han marchado su abuela Constanza y un mes después su abuelo Emiliano.

Para Leonora, el estar tan cerca de la muerte desde pequeña fue triste; después se empezó a volver cotidiano, normal, convencionalmente normal.

Los coqueteos de la llamada “flaca” con Leonora la han hecho ver a ésta con naturalidad, hasta con algo de gusto. Todo el tiempo realiza dibujos de calaveras, seres extraños y panteones; tiene muñecas y juguetes que para muchos parecieran horribles, y tiene un par de libros que pide a su mamá le lea todas la noches, libros con relatos de Lovecraft, uno de Sthepen King y sobre todo de su amado Edgar Allan Poe.

Leonora es más normal de lo que se pudiera creer, con todo y este peculiar relato que les acabo de contar, porque, muy a nuestro pesar, la muerte forma parte de la vida y de un proceso natural, que para una niña de 12 años, de clase media alta y que vive en La del Valle, resulta serlo también; ella encuentra en este tema un pasatiempo y una forma muy sui generis de comprender la vida, sí, la vida, a base de regalarle su tiempo y sonrisas a la muerte.

lunes, 14 de octubre de 2013

De “amores comprados” y amantes “sin/ceros”

Por: Pep.

Hola Julio, hola mi amor.

Disculpa que lo haga mediante este papel y con éstas palabras, pero creo que todos tenemos un límite, y yo he llegado al mío.

¿Recuerdas que siempre me habías pedido algo? Pues hoy estás de suerte. Hoy te toca saber lo que Ana esconde.

Cierto día conocí a una chica, se llama Elisa, bueno, al menos ese nombre es con el que se presentaba siempre.

Físicamente Elisa es una mujer a la que su cuerpo, medianamente proporcionado, le ha abierto las puertas de muchos lugares (al par de sus piernas, claro). Recuerdo que desde que dejó su casa, Elisa fue lista a la hora de usar su cuerpo para conseguir lo que fuera necesario.

A los 16 años, y con un novio 10 años más grande que ella, Elisa aprendió que cuando se quiere obtener algo, hay que dar algo a cambio. Que la vida puede darte muchas cosas siempre y cuando tú estés dispuesto a dar un poco más.

A los 16 años, Elisa perdió su virginidad, no se sabe a ciencia cierta cuántas personas se quedaron a nada de entrar por primera vez a ese templo que ahora guarda millones de secretos. Pero hubo más de dos o tres intentos hasta que Fabián, tras una noche de alcoholes, música y caricias que se perdían entre tragos de vino, logró convencerla o, dicho de otra manera, sometió a Elisa para que ésta le permitiera hurgar entre sus piernas, bajo su blusa, entre el pantalón y hacer con ella lo que había deseado tres meses atrás, cuando al salir del trabajo le pidió que fueran novios.

Fue una tarde de abril, para Elisa todo era nuevo.

Sí bien antes había estado en situaciones similares, en dónde las manos del tipo en cuestión (generalmente chicos de su edad) bajaban hasta la cintura, mientras la lengua peleaba por permanecer dentro de la boca de ella, para luego dar paso a ir un poco más abajo, sentía como las manos del acompañante se deslizaban hasta llegar a tocarle el trasero; sobarlas nerviosamente mientras ella, muy bien acomodada, pegaba su cadera logrando sentir las reacciones bajo el pantalón de cualquier adolescente.

Elisa siempre supo la importancia de mover las caderas al caminar, al besar a alguien y a la hora de estar encima de alguien. Algo de lo que siempre se aprovecho para un mayor y mejor resultado satisfactorio.

Aquella tarde en la que Elisa se entregó a uno de los grandes placeres de la vida, estaba confundida, tomada y bastante complaciente. Fabián, a quien por fin se le cumpliría el tener a Elisa para él solo y como tanto deseaba, arregló todo. Llegaron a su departamento, en la colonia Estrella, de la Gustavo A. Madero.

Fabián vivía prácticamente solo, su hermano, dos años mayor que él, iba de vez en cuando a dormir a casa.

Entraron al departamento, Elisa se sentó de inmediato en el sofá de Fabián, éste busco en la cocina lo que sobraba de una botella de vino, quizá con restos aún del labial de la chica anterior. Bebió un poco y pasó la botella a ella.

Elisa bebió y de pronto fue como si algo la impulsara sobre Fabián, a quién sentó a su lado, para luego ponerse por encima de él, abriendo las piernas y bajando un poco la cadera. Fabián no dejó pasar la oportunidad, besaba su cuello, pasaba las manos por su espalda, y Elisa besaba su boca.

Un beso de esos que detrás llevan una invitación personal, una invitación a jugar entre besos y caricias, entre sabanas y saliva. Una invitación de esas que no tienen respuesta hablada, pero sí la encuentran cuerpo a cuerpo.

Después de otros tragos a la botella y varios besos en el cuerpo, Elisa se paró frente a él, sin permitirle decir nada, él la despojó de su blusa, se quitó la playera; y comenzó a besarla cerca del ombligo. Subía poco a poco mientras la punta de su lengua guardaba el sabor de la piel de Elisa. Una piel blanca, suave y con un aroma agradable.

Ella no puedo hacer nada, sólo contraerse por la excitación del momento. Una especie de escalofrío le recorría el cuerpo y sólo se dejaba llevar. Al llegar la lengua al pecho, los pezones delataban su excitación; un pecho pequeño, de niña, si así quieres llamarlo, quedó a la vista y deleite de Fabián.

Luego vino el quitarle el pantalón, la tela fina de encaje que cubría su, aún virgen, sexo, que ya se mostraba listo para ser sometido. Él se quitó la ropa solo, mientras ella contemplaba ya un poco más consciente el acto.

Luego él se volvió a sentar en el sillón, la tomó de las manos y pidió separara las piernas, mientras le indicaba se sentara sobre él. Ella, un tanto tímida, atendió a la indicación, justo al sentir que era penetrada por Fabián lanzó el primer grito al aire, su cara mostraba signo de satisfacción ante una nueva emoción.

Entonces él indicó cómo mover sus caderas, a la par de sus manos, ella se iniciaba en esos andares y le había gustado esa sensación que no es ni dolor ni gozo total. Que es un punto medio entre el sentir y estar. Ese vaivén de placeres agrupados en dos personas, en un mismo hecho, una conjunción de cosas, deseos y pensamientos, todo aquello que en una primera vez de alguien se ven reflejados; y que con el paso del tiempo, se van haciendo refinados.

Al término del proceso, Elisa no sabía cómo es que se sentía; pero supo, desde ese momento, que esa sensación era la única que valía la pena sentir.

Entonces se dio cuenta de que su cuerpo, su actitud y la suerte de saberse mover bien bajo las cobijas podrían tener sus beneficios.

Como droga, la primera vez era gratis, bastaba sólo un poco de vino, o algún trago de acuerdo a la ocasión y un lugar donde estar para que los hombres disfrutaran de los secretos del cuerpo de Elisa. Las demás ocasiones tenían precio de acuerdo a lo que se solicitaba.

Unos lo llaman prostitución, ella lo llamaba transacción. Comprar un “algo” y obtener dinero por dar algún servicio. Así llegó a los 25 años. La edad en la que no se es ni muy joven ni muy vieja.

Sus amigas, conocidas y cercanos sabían, a discreción, de cómo es que Elisa se ganaba el dinero que tenía.

Pero llegó el día en que ese ritmo de vida ya no le gustó, quería enamorarse. Ya no más negocios. El dinero que había juntado por tantos años de servicio le duraría para vivir sin preocupaciones por varios años.

Incluso buscó alguna escuela de danza, su sueño desde niña. La halló en Guadalajara, ingresó a la Escuela de Formación Integral de Danza, en aquél estado. Su vida cambio, conoció al que hoy en día es su esposo.

Empezó de cero, se creyó enamorada, tenía una casa, un coche, se convirtió en una gran bailarina. Pero no era feliz. Las nuevas personas de las que se rodeó sabían que sus padres habían muerto, que por esa razón viajó a Guadalajara, que no tenía familia ni pasado. Era como si la tierra la hubiera escupido y no recordara nada de sus ayeres.

Entonces llegó su cumpleaños número 30. No luce ni feliz ni triste, sabe que algo le falta. Sabe que algo no está bien; sabe que va a lastimar a su esposo, pero ya no puede con la culpa.

Su esposo, un bailarín de la compañía, hombre de buenos sentimientos, guapo y dedicado, preparó una cena para la ocasión; velas, vino tinto, el preferido de ella (el que bebió en su primera noche con alguien dentro), y su comida favorita. Una mesa que lucía esplendida, el mantel con detalles violeta y un arreglo de girasoles.

Elisa no pudo llegar a la ocasión, sólo se dedico a dejar un sobre con el portero del edificio en el que vivían. El sobre que contiene la explicación de la infelicidad en una relación de 5 años, tres de novios y dos de matrimonio.

Ahora que sabes lo que siempre habías preguntado pido no guardes rencor, pido no lo tomes a mal. Ha decidido partir lejos y retomar lo que alguna vez dejó, esa sensación de saberse usada, de ponerse precio y venderse al mejor postor.

Le gusta la mala vida, esa en la que sus caricias, como cualquier producto, tienen un precio. Tú ya has pagado mucho por ellas, pero realmente se ha dado cuenta de que más allá del dinero, son las personas. Saber que es una a la vez y será casi imposible volverla a ver.

No tengo más palabras para una despedida de un matrimonio que nunca debió ser; en dónde tú tenías una mujer, y yo, yo las ganas de correr.

Te quiere Ana… Ana Elisa.