Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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lunes, 2 de diciembre de 2013

La noche anterior a la caída

por El Doctor Pluma

¿Dónde están escondidos los secretos de la vida, dónde buscas las respuestas que insistentemente mantienes apartadas en el vacío…?

Las lágrimas al caer se transforman en mil cristales que destilan sufrimiento y dolor, que rompen con la estabilidad de tu corazón que se niega a fallecer…

El camino es otro, muy diferente, difícil de transitar, y no obstante es la única alternativa que te queda; ya no hay más…

¿Quién escuchó las palabras que jamás mencionaste?, ¿quién se dio cuenta de tu dolor antes del parto, antes de perder todo por nada…?
  
Aquello que ves son los mundos que jamás conocerás, los rostros que no mirarás y las mieles de una vida feliz de la que has sido privada por capricho divino…
  
Ahí están, postrados frente a ti, los muros que no te atreverás a saltar, por desidia o por miedo, o simplemente por lo senil de tu rostro…

¿A dónde se dirigen las aves que sigues tristemente con tu mirada y que, al parpadear, se pierden en el infinito…?
  
Las estrellas brillan equivocadamente en tu cielo, otras ni siquiera se dignan a brillar; ya es muy tarde y no vale la pena hacerlo, menos por ti…


El pasado de Cristo nadie lo olvida, el tuyo lo olvidaron hace tiempo, tal vez antes de que nacieras; tú misma no lo recuerdas, no te importa…
  
Ni esa cruz, ni esa hoz, ni esa morbosa forma de mirar la sangre pueden hacerte cambiar y dejar de ser nada frente a los demás…

No muestres tus senos desnudos, el mundo está cansado del mismo espectáculo, ha visto todo cuanto existe, aunque no ha visto más allá…
  
Camina a través de los océanos, rebosando infidelidad, decadencia y algo de aquella belleza que antes se impregnaba en tu piel fehacientemente…
  
Permítele a las agujas penetrar los claveles, a los clavos atravesar la carne sin dolor, a los niños llorar en los vientres antes de perecer…

Cierra las alas y deja de volar, cierra los ojos y no veas más, pues es mejor así, antes de que te des cuenta de lo que ha ocurrido…

Haz un último esfuerzo por dar vida, tensa tus músculos y respira tan sólo una vez, sólo una vez en tu vida hazlo sin sufrir…


No, no lo hagas, prefiero descansar y no vivir. Sólo deja de hacerlo antes de que el llanto se asome y termine por corromper mi alma, antes de que niegue que no se trata de un sueño, antes de que deseche lo que has hecho y me olvide de ti… antes de que mire tu rostro por primera y por última vez.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Voy a huir

Por: El Doctor Pluma.


Un día de estos voy a huir de aquí, pero esta vez iré solo, sin acompañantes; esta vez no pediré que me acompañes, es más, si insistes te diré que no deseo tu compañía, no será como las demás veces. Es un viaje largo que quiero aprovechar de principio a fin, no lo sé, puede que se trate de un viaje sin retorno, y no planeo llevar a alguien que tenga interés en regresar, porque yo no planeo regresar, así como tampoco planeo quedarme por mucho tiempo aquí, ya estoy harto.

A donde voy… bueno, no sé bien a dónde voy, no conozco el lugar, no sé qué tan bien se vive, si es que se vive; sólo sé que es mejor lugar que éste al que ya me he acostumbrado, pero no por ello lo detesto. Lo aborrezco, y ahora más que otras veces deseo estar solo, solo de ti, solo de mí, solo de los demás, de la voz ronca, de los ojos inquisidores, de la contaminación.

Y si me voy no es porque quiera alejarme de ti, aunque un viaje siempre represente un alejamiento, me voy contigo sin llevarte pues me llevo tu recuerdo; desconozco si en aquel lugar al que visitaré me sea permitido entrar con recuerdos, pero lo intentaré, nada pierdo.

Voy a huir no por cobardía, sino porque necesito cambiar de aires y de luces y oscuridades, necesito conocer otras caras y ya no verlas más, necesito sobre todo saber qué se siente partir de este lugar. Tal vez no me guste y me arrepienta, pero ya será el tiempo quien se encargue de recriminarme y hacerme caer en mi error.

No te digo cuándo voy a hacerlo, pero esta vez cumpliré mi palabra y lo haré. No hablaré de fechas ni horas exactas, porque tal vez en ese instante me arrepienta y prefiera la noche, cuando estés dormitando, o el día, cuando tu mirada esté clavada en el televisor; aprovecharé cada uno de tus descuidos y los consideraré como la oportunidad perfecta para dar el paso.

A estas alturas no me interesa tanto que me extrañes, ni que me extrañen los demás; me preocupa tu enojo por no avisarte sobre mi viaje, me preocupa que derrames unas cuantas lágrimas gratuitas e innecesarias; me importa que los demás inventen historias y tergiversen mis razones, pero tú tampoco las conoces; tanto ellos como tú estarán en el completo desconocimiento. Bien por todos.

Para cuando huya no llevaré mucho, lo necesario, lo indispensable: unas cuantas canciones, algunos libros, unas citas célebres, las heridas que provocaste con esas uñas amarillentas, un poco de tu perfume aún pegado a mi piel, pues quizá decida partir segundos después de haberte hecho el amor.

¿Cinismo? Quién no es cínico en este mundo. ¿Que si soy hiriente y la soberbia me caracteriza? Que sirva como mi defensa argumentar que todo lo he aprendido de ti, soy tu reflejo o aprendí a serlo, y también es necesario cambiar y tratar de ser otra persona, más soberbia e hiriente quizás, pero ya muy propia.

Ahora que recuerdo ya sabías de mi plan de viajar, alguna ocasión te lo dije, pero siempre acudiste a ese fútil pretexto de no tener tiempo y carecer de retención para prestar atención y recordar lo que te dije y en constantes ocasiones insistí.

Voy a huir sin que te des cuenta, o, mejor todavía, voy a huir justo en el momento más bochornoso para ti, en medio de una reunión familiar, o cuando la fiesta con los amigos esté en su punto de efervescencia. Por rencor o desidia no intentarás evitar que me vaya y harás bien, te lo aseguro.

Intento concientizarme y tratar de aclimatar mis pensamientos a un cambio rotundo y de esa magnitud. Dicen que los cambios siempre son para bien, yo digo que eso no es más que una frase desgastada para intentar aminorar el miedo que representa el cambio, en cualquiera de sus manifestaciones, en la vida de todo mortal.
Y yo, por mi parte, soy el más temeroso de este mundo, pero voy a arrastrar mi miedo hacia aquel otro lugar, no pienso quedarme aquí por mucho tiempo. Los cobardes y miedosos huyen, yo voy a huir, y un cambio no me hace ni menos cobarde ni menos miedoso. Un cobarde que desea un cambio, qué estupidez.

Lo único realmente válido y cierto hasta el hartazgo es que ya no hay vuelta atrás, lo demás, las palabras, los llantos, las elucubraciones sin sentido, puedes escupirlas y guardarlas en el baúl de los archivos olvidados. Quédate con la idea de que tarde que temprano voy a huir y hagas lo que hagas es imposible que cambies de rumbo los planes.

Que sirva a todos de consuelo que no hay un motivo profundo y real que me lance tanto al vacío y me orille a realizar el viaje, pero que a todos les queme hasta lo más insignificante del alma que no hay una razón verdaderamente importante para anclarme y obligarme a quedarme en éste, su mundo.

viernes, 28 de junio de 2013

Los cómodos

Por: El Doctor Pluma.

Viajan ellos plácidamente por la avenida Tlalpan. El tráfico los mantiene varados bajo el abrazador sol del mediodía.  Su mirada, apuntando hacia abajo,  expresa el repudio que sienten hacia los demás. Así son ellos.

Viajan cómodos, con la cabeza recostada en las manos colocadas detrás de la nuca. Los otros, el resto de la sociedad, nosotros, los de este lado, tenemos que viajar, los que corremos con un poco de suerte, sentados; otros, en cambio, de pie, sin muchas esperanzas de que un lugar en el transporte público se desocupe.

Ellos, por el contrario, se saben afortunados, pues nadie, salvo ellos, en esa avenida y quizás en esta ciudad a esta hora, puede viajar de la forma en la que ellos lo hacen. Ríen, bromean, escupen el asfalto; voltean hacia cualquier lado, en fin, ese mundo, hasta donde alcanza la mirada, en este momento les pertenece.

El tránsito avanza. Se incorporan, pero no dejan de demostrar su comodidad tanto como pueden.

A su lado viaja un Mustang, un Corvette, un Lamborghini, un puto auto de lujo negro, que ruge y desgasta gasolina como ningún otro; pero ellos no le toman en cuenta. A ese bastardo que maneja el convertible seguramente le urge llegar a la oficina para firmar mil y un papeles que irán directamente al sesto de basura de cualquierjefemillonariohijodevecino.

Ellos no se inmutan, ninguna responsabilidad los espera, o quizá sí, pero no es momento para preocuparse. Las responsabilidades son un maldito aguijón clavado, que entre más esfuerzo se haga por sacarlo, más se entierra, así como los dolores del corazón, los de la mente, los de los testículos o los del espíritu.

Miran con morbo a las chicas que se asoman por las ventanas de los autos para desnudarlas y violarlas; por sus mentes (de ellos) pasan infinidad de imágenes, todas éstas soeces e impúdicas, que invariablemente conjugan un par de senos, una vagina, un pene, sexo, orgasmo, y un final que nadie que haya tenido una fantasía de ese calado ha querido o podido si quiera contemplar.

Por su mente (de ellas) pasan una serie de emociones, mezcla de desprecio, indiferencia, interés, rencor, miedo, asco, deseo… en fin, esa serie de emociones que suelen deambular como abeja sin panal por la mente de las mujeres.

Como intentando retar a la autoridad, uno de ellos extrae de su saco una pequeña botella de licor, y sin reparo en las patrullas estacionadas a un costado de la gasolinera bebe hasta que su sed es saciada por completo.

Después de limpiar las gotas que resbalaron por su boca, lanza un escupitajo que cae justo en el parabrisas de uno de los coches que viajan a un costado. Ríe para sí y vuelve a acostarse sin el más mínimo deseo de discutir su acción.

Otro, el más joven, no deja de mirar a los transeúntes, gente apresurada, gente preocupada, ensimismada, inerte, viva pero muerta; cúmulos de carne y hueso que robóticamente se mueven bajo la premisa universal de que ser feliz está prohibido. Los mira con desdén, le produce nauseas el brillo escrupuloso de los zapatos de aquel hombre, o ese perfume penetrante y castrante de la mujer que camina intentando no tropezar sobre sus pasos.

Hipocresía pura, Infelicidad por doquier.

Felices ellos, que viajan cómodos, que no reparan en el chofer, su chofer, que, al igual que los demás, sufre la inclemencia de un clima atroz, de la sequedad del asfalto, del terrible tráfico, de la pinche contaminación muy común en la ciudad de México.

Ellos saben disfrutar ese momento, no como aquella pareja de recién casados que desgastan las horas -que bien podrían invertirse en una buena charla- en hacer mil mierdas con un celular inteligente; en mandar, recibir mensajes; en llamar, recibir llamadas; en dar, recibir señales de vida (si a eso se le llama vida hoy día).

El tumulto de automóviles ha quedado atrás y ahora piden al hombre al volante que acelere hasta donde permita esa máquina de acero. Ellos abrazan como nada se puede abrazar la brisa que corre con el viento. El viaje está cercano a su final, pero no les apura, son dueños del mundo, cómodos como sólo ellos en ese viejo y asqueroso camión de basura.

Descienden, unos con residuos de comida o grasa industrial adherida a la ropa, otros con el cabello lleno de polvo, polvo que se eleva en la ciudad, polvo de años perdidos realizando la misma rutina todos los días, incluido el sábado a mediodía.

Una vez en el basurero, y antes de iniciar la titánica labor de separar la basura y recolectar lo recolectable y desechar lo desechable, giran la mirada y la apuntan hacia lo que aún queda a la vista de ciudad.


Fueron reyes por unos minutos, nadie como ellos. Ahora son la misma mierda que el resto de la gente, pues tienen que bajarse al nivel de los demás para llevar algo de comer a casa.

martes, 19 de febrero de 2013

Odio


por El Doctor Pluma

"All the love turned to Hate, the blade is in too deep and your repentance comes too late"

Hate - London After Midnight



De qué forma ovillar toda clase de pensamientos, aquéllos que resultan contradictorios entre sí y que no tienen razón de ser y que por ende carecen de una justificación de existencia.

No se puede privar a la mente de los impulsos vitales; aun cuando se trata de domarles igual que a una fiera, es imposible hacerlo. Todo cuanto existe dentro de los sentimientos humanos es condenable; la ignorancia (patrona de las acciones humanas) reina sobre toda las cosas, no obstante execra aquello que reconoce como aterrador, lúdico, pueril, sin sentido.

Y qué decir de los dioses de barro que caminan a ciegas, con un puñal en una mano y el crucifijo en la otra, los que esperan el momento idóneo para asestar el golpe. Hipocresía, la obra maestra del ser humano, uno de los patrones de acción de éste, un mundo en llamas.

Ya no hay tiempo para la redención; las puertas del paraíso creado por el hombre están cerradas, al igual que las del infierno; vivirán y morirán en la tierra. Éste será, pues, su patíbulo y su purgatorio, no hay escapatoria.

Pero el ODIO… esa maldita palabra… el odio es acaso el sentimiento más limpio del que se tiene conocimiento, más limpio incluso que el amor y la tolerancia, que el respeto quizás, pero también es aquél que, por el derecho mismo de existencia, es inadmisible pues representa la conjunción de los sentimientos más viles.

 ¿A la vista de quién el odio es un "algo" negativo? Sólo la doble moral lo señala como una aberración, con sus monumentales reprimendas que lo mismo excomulgan que condenan, desechando así el deseo manifiesto de odiar.

Tal vez puedes odiar con fanatismo casi religioso, más de lo que puedes amar siquiera. Seguramente odias a alguien con mayor intensidad de lo que amas a tu propio Dios, tal vez eres un hipócrita escondido en un velo de maya que está próximo a caer. Entonces eres un mentiroso, pues el odio, y no lo que pregonas como “bueno”, es el móvil de tus acciones, el motivo por el cual sigues de pie.

Aunque sólo unos cuantos pueden odiar y estar orgullosos de hacerlo, otros en cambio reniegan hacerlo pues lo consideran anti ético, como si el amar no lo fuera también.

Tú... sé que has odiado, pero ahora lo niegas; crees que no lo sé, que no me di cuenta de la intensidad con la que odiabas en un pasado no muy lejano. Ahora te presentas con ese rostro lleno de sopor que se aferra a creer que nunca en su vida a deseado la muerte de alguien, ni ha ofendido, ni maldecido. 

Fue odio y sigue siendo odio, como el que Dios siente contra nosotros, como el que nosotros sentimos contra él. El odio dirige al mundo y las acciones del hombre, ya no más cuestiones materiales.

Es odio, nada más... lo que está aquí y allá, un sentimiento hilarante, alimentado por el rencor, por la rabia, la fobia, la malevolencia, la acritud, la antipatía, la animadversión, la hostilidad, la aversión y la repugnancia... por eso es que todos odian, nadie se escapa de la red...

Y yo -más que cualquier otro ser en este mundo- odio, odié y seguiré odiando... aquí y ahora odio de una forma inexplicable... los odio a ustedes, a los de ayer, a los de hoy y los de mañana... la odio a ella, te odio a ti.

martes, 29 de enero de 2013

Realidades diferentes


por El Doctor Pluma

Entró al vagón del metro, que en ese momento estaba relativamente vacío. El olor que desprendía su cuerpo era más que obvio: solvente, cemento, droga barata, droga accesible, droga de esquina.

Tan pronto cerraron las puertas, ella cayó al piso, se acomodó como pudo en un espacio y cubrió su cabeza con un suéter delgado que serviría como el único telón que le protegería de las miradas obscenas que la demás gente, el obsceno público, lanzaba como si tuvieran el derecho nato de hacerlo.

Mientras intentaba contener la molestia por esa reacción tan petulante de la gente, mi mente era asaltada por una serie de preguntas, todas ellas estúpidas para una ocasión como ésta.

¿Qué tantas cosas ocurren bajo ese suéter negro en el que la mujer se guarece casi con una desesperación aberrante?, ¿estará llorando porque por fin ha caído en cuenta que su situación es deplorable y triste?, ¿acaso intenta extraer las últimas gotas de aquel vicio que le carcome la garganta?, ¿o tal vez trata de reventarse aquella nariz que está cansada de inhalar cemento, inhalar el aire de los vivos, el aire de esta sociedad donde resulta que nadie se atreve a asumir sus fallos?

Llegamos a la siguiente estación, el vagón ya se llena y ella no se mueve; sé que está viva porque de vez en vez lanza pequeños alaridos, puede que tenga frío, tal vez tiene hambre o sed, o simplemente está cansada, incómoda o le duele saberse y encontrarse en un estado tal.

¿Pero qué diferencia hay entre ella y las demás personas? Tal vez alguien que la observa con desdén tenga la misma sed o sienta de igual forma cómo la crueldad del clima golpetea sus huesos. Tal vez yo tenga más hambre que ella y me sienta igual de cansado de vivir.

Lentamente asoma la cabeza y tan pronto se topa con las miradas de las personas que le rodean, vuelve a ocultarse bajo aquel pedazo de tela que, para complacencia suya, le aísla momentáneamente del mundo.

Trato de apartar mi mirada pero me es imposible, y no es morbo, no estoy a la espera de saber cuál será el desenlace de la escena; sólo observo y trato de entenderla.

Por fin sale de la burbuja en la que se encuentra y arroja de lado el suéter. Ya no le interesa ser observada por todos, la droga quizá haya surtido efecto y es momento de desinhibirse y levantar la mirada como si se tratase de un viaje cualquiera. Pero el viaje no tiene destino y no promete nada halagador; la mirada, por su parte, se concentra en un punto, pero parece no saber diferenciar entre formas, entre colores, entre texturas.

Se pierde en un anuncio publicitario que pasa desapercibido para la mayoría de las miradas en el ir y venir de la cotidianeidad de la vida. El mundo podría derrumbarse y ella no apartaría la mirada, es incapaz de hacerlo.

La mujer intenta incorporarse, pero su cuerpo tambalea con el movimiento del tren. La cabeza le pesa, quizá también el alma, los años, la sangre, los huesos, huesos que tal vez estén apunto de fundirse dentro de aquel cuerpo que muestra desnutrición, carencia, pobreza.

Cae de nuevo y alguien trata de ayudarla; sin voltear a mirar se acomoda en el mismo lugar donde hace un momento y lleva sus manos al rostro. Está aislada de la realidad, pero ¿por qué lo hace?, ¿cuáles son sus razones para mamar de esa droga y no de otra? ¿Por qué no habría de hacer yo lo mismo, si es que es tan fácil poder cortar de tajo con el tedioso confort de una vida normal?

Por un momento la mujer ríe y muestra aquella boca casi desdentada de la que posiblemente alguna vez salieron palabras de aliento, de esperanza, de alivio; quizás cantó alguna canción favorita o más de una ocasión pronuncio las palabras te amo. Cierra los ojos, esconde la sonrisa, recarga su cabeza contra la puerta del vagón y respira profundamente.

Tal vez espere el momento adecuado para levantarse, salir del vagón, cruzar la calle, intentar sortear las inclemencias del clima, llegar a casa, comer algo, beber lo suficiente, abrigar su cuerpo, desearle las buenas noches a sus padres y hermanos, ir a la cama, descansar el alma y enredarse en el formidable universo del sueño… o tal vez nada de eso y sólo espera a que la muerte venga por ella.

Siguiente estación, el vagón está repleto, mas la gente procura no pisarla, no tener siquiera el mínimo contacto con ella; les resulta repulsiva, puede que una mujer en tal situación les provoque nauseas, el rostro de aquellas mujeres perfumadas lo dice todo: hay una enorme diferencia entre el abrigo que les cubre y el suéter negro que ahora sirve como alfombra para aquellos que, inevitablemente, se ciernen sobre él procurando para sí un espacio en el vagón.

¿Cuál será su nombre?, ¿qué edad tendrá? Pese a su terrible estado no parece ser muy grande, pero esas inyecciones de fortuna frustrada que viajan por sus pulmones seguramente le han orillado a perder más que el sentido de la realidad: cabellos, dentadura, peso, imaginación, sueños, anhelos, voluntad.

El cuerpo parece ya no querer responder, ya no se mueve, pero por alguna maldita extraña razón tengo la seguridad de que sigue con vida. El bullicio de la gente comienza. No es que quieran ayudarle, no es que alguien se atreva a extenderle una oportunidad de salir y cumplir con las instrucciones de una vida feliz; ellos sólo quieren saber si en verdad va a morir o sólo finge para que los demás se ocupen de sus asuntos y la dejen envenenarse en paz.

De pronto y de forma súbita abre los ojos y mi mirada se cruza con la de ella. La mujer seguramente no sabe lo que está viendo; yo en cambio sé lo que veo, es hermosa… esa humanidad suya en proceso de putrefacción me resulta atractiva. Sin reparar en mí aparta la vista y deja caer la cabeza sobre su pecho.

Ese ser desterrado por una sociedad que se niega a comprender que los cánones de la felicidad nunca han sido, ni serán los mismos para todos; ese ser ahogado con su propia saliva, que respira sólo como una reacción natural y no porque se sienta convencido de hacerlo; ese ser con hambre, con sed, con frío, con rabia, con impotencia, con lujuria, ese ser sin vida… ese ser que se haya ahí tirado en medio de un mundo que no se detiene soy yo, y aquél que me ha estado mirando durante todo este tiempo es un idiota más que cree que vive mejor que yo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Un viaje cualquiera


por El Doctor Pluma


La pareja aborda el transporte. La gente mira de reojo, nada nuevo, nada que llame mucho la atención, es simplemente una pareja más de las que tanto abundan en esta vida, sin adjetivos, sin palabras de más.

Más por mera tradición social, que por un gesto de caballerosidad, el hombre permite que ella pase, mientras él intenta completar el pasaje de ambos, cuenta con poca atención las monedas que trae en la mano, pregunta si es lo exacto y da media vuelta.

Ella, sonriente, como si jamás hubiera abordado un autobús junto a su pareja, pregunta a dónde quiere que se sienten. Con desatención el hombre responde “donde sea” y comienza a maldecir ese momento incómodo que le produce la estúpida pregunta de su amada.

Qué carajos importa dónde nos sentemos; como si hubiese una diferencia entre estar del lado izquierdo o del lado derecho del autobús.

Al sentarse, ella de inmediato voltea y le dibuja una sonrisa afectuosa y sincera; él, sin mucho afán de entrar en lo que considera el petulante intercambio de expresiones pasionales, la mira y de inmediato aleja su mirada hacia un punto cualquiera en el espacio.

Ella lo abraza, lo besa, o al menos lo intenta; él rehúye, lo único que desea en ese momento es que el viaje sea corto y lo menos soporífero posible.

La mujer intenta crear un ambiente de cordialidad, no quiere perder la oportunidad de demostrarle su cariño a ese hombre con quien se casó hace cinco años. De pronto hace una pregunta cuya respuesta se limita a un “sí” o un “no”. No hay tema de conversación, las palabras de la mujer no encuentran eco en los oídos sordos del hombre.

No obstante lo desdichada que puede sentirse una persona al ver reducida su esperanza de recepción afectuosa, ella se recuesta en él y respira profundamente, al tiempo que observa a través del ventanal, quebrado éste en uno de sus extremos por lo que parece ser un impacto de bala, producto, claro está, de algún asalto a mano armada, de los que tanto abundan en esta ciudad.

Pero ella no se preocupa tanto por ello, como por pasarla bien al lado del hombre que ama. Al fin y al cabo se trata de un escaparate de la tediosa rutina que los obliga a mirarse a diario más como compañeros, que como verdaderos amantes.

Los demás pasajeros duermen, otros escuchan con atención la música de fondo que invariablemente “ameniza” el viaje; otros platican, otros ven, otros leen; otros, como él, no hacen más que buscar un punto en el cual fijar su atención para no sentir la pesadez de abandonar el hogar exactamente el único día en que se puede descansar sin preocupaciones.

La mujer afanosamente busca los labios de su pareja, él evade, no es un beso lo que desea en estos momentos, de hecho no sabe lo que quiere, pero un beso, no, definitivamente no.

“¿Qué tienes?”, pregunta con un tono preocupante aquella mujer rechazada, sin reparar que aquella acción, en cualquier otra especie viva de este mundo, se paga con una reacción de indiferencia generalizada, que inexorablemente termina con toda clase de vínculo sentimental.

Pero ella lo ama, lo ama de verdad; además ha habido momentos más bochornosos que éste a lo largo de su relación, nada lo suficientemente preocupante para armar un drama en estos momentos.

A la pregunta de su amada, él, con una indiferencia que ya se vuelve más palpable, responde con un “nada” a secas. No pasa nada, absolutamente nada, tan no pasa nada que ni las palabras encuentran sentido en los labios de aquel hombre que alguna vez fue (o sigue siendo) el ejemplo de masculinidad que ella siempre buscó.

La mujer agota los intentos por comenzar ese estimulante juego de los besos y las caricias; su hombre no va a responder, no piensa ceder, para qué hacerlo… vaya, menuda pregunta.

Cansada, la mujer prefiere acomodarse en su asiento y cavilar, si puede, con el paso del autobús.

Y comienza así el exasperante ir y venir de ideas, plagadas todas ellas de interrogantes cuyas respuestas se refuerzan con la poca disponibilidad de él para, al menos, responder a aquel fiel y soberano gesto de humanidad que ha sido concedido a la quizá más erógena de las zonas del cuerpo: los labios.

Un beso, ¿qué tenían los labios de la mujer hace cinco años, que no tengan ahora?, ¿juventud, belleza, pasión, deseo, libertad? ¿Acaso ya no besa con amor como lo hacía cuando la relación encontró su punto de partida? ¿Y cómo sabrá él qué es besar con amor y qué no?, ¿será porque tiene un amante, o en más de una ocasión ha probado los labios de otra mujer?

Preguntas que viajan de prisa en la mente de la mujer y que se matizan y acentúan con el paisaje gris que se asoma, con aquellos árboles corroídos a punto de morir, con los lagos que se extinguen en medio de la contaminada ciudad y, peor aún, con el rostro indolente del hombre.

Voltea a verle, quiere encontrar sus ojos para con una sonrisa intentar de nuevo crear ese ambiente decoroso que toda pareja debería crear cuando se encuentran juntos.

Pero nada, no la mira, no la toca, seguramente ni siquiera la piensa; puede que por su mente pasen toda clase de pensamientos (fútbol, cerveza, trabajo, amigos, dinero, autos, fútiles excentricidad típicas de un hombre), menos el de ella, el de la mujer con quien hace cinco años se casó.

“Sé que no me quiere, pero al menos nunca me ha golpeado y hasta donde sé no me ha sido infiel”; ya con la dignidad desmoronada y esfumándose con el humo contaminante de aquel autobús, la mujer justifica el actuar de su hombre. Claro, podría ser peor, mas no lo es y por tanto ha de aguantar hasta llegar a donde deben de llegar.

Un último intento, por qué no, es mujer y puede permitirse el lujo de intentarlo una vez más, incluso a sabiendas de que el resultado  será el mismo. Y lo es.

Ahora viene la molestia de la mujer, demasiado tarde; él ha ganado suficiente terreno, que un dejo de enfado de ella no cambiará en absoluto la situación. Sólo resta esperar, cada cual en su mundo, a que la máquina de acero llegue a donde debe y la historia concluye.

El autobús se detiene, han llegado a donde era necesario (o no) llegar; el hombre estira un poco los brazos, se para de su asiento y espera a que la mujer haga lo propio para permitirle, más por mera tradición social, que por un gesto de caballerosidad, pasar primero.

El rostro de la mujer lo dice todo: otro viaje, como durante los últimos cinco años, plagado de displicencia por parte de él. El rostro del hombre… qué importa, ha llegado a su destino, mejor aprovechar la estancia porque, maldita sea, falta el viaje de regreso.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Passion of Lovers


por El Doctor Pluma

En una de tantas noches en las que desgastaban los cuerpos intentando alcanzar el éxtasis físico al que todo ser humano pretende llegar, él le dijo, un tanto en tono de broma, pero con cierta carga de verdad, que prefería verla muerta antes que en los brazos de otro hombre.

Él sabía que bromeaba, ella no tanto, pero olvidó de inmediato las palabras, pues las pulsaciones carnales impidieron centrar su atención en frases promulgadas de buenas a primeras por su en aquel  entonces amante ideal.

Como tantas cosas en esta vida, y por detestable y petulante que resulte, el amor de ambos tocó su punto final cuando, sin avisar, la muerte, cual perra que es, acarició la delicada mano de aquella joven y sin detenerse a explicar las razones, como si fuese capaz de hacerlo, le arrancó de aquel lecho creado a partir de lo que sanamente podría llamarse afecto y cariño.

Los días que siguieron a aquel desastroso capítulo fueron, usted podrá imaginarlo, un infierno para él. Razones escasas para sonreír, para hablar, para pensar siquiera en un futuro, en ese futuro que se niegan quienes han perdido a algún ser querido, todo ello a razón de que la pérdida humana acaba con el mañana, con el después, con el segundo que viene… no hay futuro para quienes viven la muerte de cerca.

Ello mismo le ocurrió a aquel joven que, inexperto como todos en esta vida, no encontró otra alternativa más que cruzar a aquella habitación donde las penas suelen guarecerse para, de un golpe, arremeter en conjunto y suprimir toda voluntad de salir avante de la misión.

Perdióse, pues, en el mar de la decadencia y dejo que las pirañas le carcomieran la escasa piel que, después de tanto llanto, aún permanecía atada al hueso.

¿Acaso le habían matado sus celos, sus reproches, sus malditas vanidades o sus perversas fijaciones?

Tras mancillarse los intestinos con cualquier cantidad de elixires malignos que un ser humano, producto este pensamiento de las buenas costumbres de la sociedad, no debería ingerir, sentó su visión en aquella escena cuyo diálogo se resumía en simples palabras de adolescente: antes muerta que en los brazos de otro hombre.

¿Había terminado con la vida de su amada sólo por temor a verla, en otro momento y bajo otro contexto, atada en cuerpo y sentimiento a otra persona? Nada más falso.

La vida, con sus caprichos inexplicables y por tanto inexorables, había jugado una vez más con las piezas del tablero y, arrojados los dados al vacío, optó por arrancarle de su lado. Malditas son las reglas de un juego al que ni siquiera fuimos invitados a jugar, pero del cual formamos parte desde que nacemos.

¿Para que mataría, entonces, aquel amante a su amada, si el simple hecho de observarse solitario, ya sin su compañía, ya sin su aroma, ni sus pechos, ni sus muslos, ni ese corazón palpitante lleno de vida, le hacía el ser más miserable de este mundo?

Tras una serie de lucubraciones, todas éstas sin rumbo fijo, cayó en cuenta que la muerte, perra como lo es hasta ahora, no podía separar un amor tan profundo sólo por meras maniobras de estado-espacio-tiempo-forma.

El joven, aún perdido en ese delirio típico de quien se sabe abandonado, decidió lanzar la última moneda al pozo de los deseos y jugar el juego de la muerte.

Sin consideraciones que pudieran llevarlo a un inmediato arrepentimiento, vistióse cual elegante mozo que se mantiene a la espera de la mujer de su vida, ingenió un plan un tanto carente de brillantez y se lanzó, bajo la lluvia torrencial que azotaba a la ciudad, en busca de la lápida donde yacía su amada.

Sin importarle lo enfermo que pudiera verse exhumando un cadáver, desprovisto de toda razón naturalmente humana, se dio a la tarea de escarbar con sus propias manos hasta dar con aquel féretro, ahora seguramente hecho añicos por el tiempo, donde lo esperaban apacibles los restos de aquella mujer a la que alguna vez llegó a desear tanto como a la vida misma.

Llegado el punto donde las manos se encontraron con los huesos carcomidos y putrefactos, ciego tal vez por la adrenalina, tal vez por el amor aún expectante, soltó en llanto al mirar de frente aquel cráneo descarnado de su amante. Claro, la extrañaba como nunca antes.

La tomó en sus brazos y sin esperar a que la muerte se revelase para subestimar sus esfuerzos, de su smoking sacó una daga y penetróse el pecho con tan admirable delicadeza, que sólo un verdadero poeta, y no un escritor de segunda como éste, su servidor, habría podido capturar tan bella escena, matizada ésta con majestuosas palabras.

El cuerpo aún tibio del joven cayó de inmediato fulminado por el dolor del frío acero, mas nunca soltó el cuerpo de la mujer; el sufrimiento le aferró a ella como quien se siente amenazado y se niega a ser separado del regazo de la madre.

Muy a pesar de la tormenta y del desorden en la ahora destrozada tumba, los cuerpos abrazados, sumidos en el sueño eterno de los no vivos, habían logrado revelarse contra las leyes de la vida y la muerte y, de esta forma, también habían violando la lógica del círculo de la vida, trasladando su amor a otro terreno, al inmaterial, a donde los sentimientos, dicen los que saben, jamás perecen.

domingo, 5 de agosto de 2012

De ti

por El Doctor Pluma

Todo habría sido mejor si en lugar de sonreír y fingir tranquilidad, hubiéramos unido nuestras miradas y volverlas una sola para ya no mirar hacia otros horizontes.

Hubiese preferido saber tu historia antes que tu nombre, y probar tus labios antes que escuchar tu voz.

Mas las historias nunca conviven con los deseos, y no podemos disponer del rumbo de las cosas, por desgracia.

Ahora que sé que existes puedo dormir en paz y dejar mi nihilismo mental de lado, para volcarme hacia tu recuerdo cuantas veces sea necesario.

Al menos me basta con el recuerdo, gratuito y garantizado de por vida, pues es quizá lo único de cuanto puedo disponer ahora.

Ahora que estás ahí sé que puedo adjudicarte tu imagen de ayer que me duele en cada parte del alma, en cada latido, en cada suspiro, en cada ir y venir de las manecillas del reloj.

Qué sería de mí sin esa bocanada de sensaciones que anestesian los sentidos y someten a los demonios interiores para evitar una catástrofe generalizada.

Ahora tú eres la culpable de todo esto y tú tienes las fórmulas adecuadas para aminorar el encono que existe entre corazón y alma.

Demasiado tarde llegan las insolentes preguntas que a menudo rondan en la mente del ser humano; la presa se ha desbordado y no hay quién detenga la presión.

Pero observa con cuidado, he dejado de ver con los ojos y ahora te veo con el ama; he dejado las máscaras y los maquillajes y he optado por ser cual soy para verme en tu espejo y descifrar los códigos.

No sé en qué momento pasó, no sé cómo entré y francamente no quiero salir, amén de que dictes lo contrario.

Ayer vi pasar mi vida correr como el agua en el río salvaje; hoy la vida se detiene y espera la señal, para iniciar de nuevo, para enmendar errores, para vivir dos veces, en dos lugares distintos: aquí donde me encuentro varado y allá donde tú encuentras la zona de confort.

Tengo una razón de sobra para volver a abrir los ojos y mirar al horizonte, ahí donde puedo encontrar tu rostro dibujado, rostro que dicta, rostro que invita, rostro que llama, que pide, que alimenta, que siente.

Caminábamos sin la intención de encontrarnos, pero sabíamos que nos tendríamos que encontrar, y ahora es cuando caminamos juntos y caminamos sin rumbo fijo, pero de la mano al fin.

Y ahora llueven pensamientos fugaces que matizan las paredes de mi habitación donde está escrito aquel nombre cuyas cinco letras dan sentido a mi vida.

Por ello es que en la soledad de la vida retomo las palabras una vez utilizadas y valoro los momentos que he compartido a tu lado, mas valoraré los que están por venir, aquéllos que también se extrañan.

Sólo espero impaciente el momento en que el tono de tu voz resuene en éste mi único espacio donde puedo verte y no sentir ese nerviosismo galopante, al menos para sentirme un tanto más vivo de cuando te sabía sin siquiera conocerte.

No quiero dar un paso atrás, prefiero que seas tú la que dicte la sentencia final.

Ahora que ese nombre formará parte de mi glosario cotidiano, ahora que tu mirada me guiará cuando mis ojos se gasten entre la oscuridad, ahora puedo mostrar ese dejo de felicidad impaciente e impaciente espero la respuesta.

Ergo, ¿qué tan inherentes podemos ser el uno del otro?

lunes, 30 de abril de 2012

El hombre que creía estar enamorado

por El Doctor Pluma

Si alguna vez te has detenido a escucharme, sabrás entonces que mis comunes denominadores son la demencia y las obsesiones. Tú, en tu mediana figura e interminable discurso, formas parte del grupo selecto segundo; no recordar que formas partes del segundo… irónicamente te hace formar parte del primero. Demencia y obsesión concebidas ambas en el significado de tu nombre.

El amor… esa palabra, palabra cuyas cuatro letras corresponden a la misma cantidad de clavos que debieron ser colocados en la cruz; cuatro son las palabras que componen la palabra odio. Cuatro manos cuando logramos juntarnos lo suficiente, cuatro ojos que se convierten en un solo si nos permitimos reducir el espacio entre tu cuerpo y el mío.

Ahora que miro cómo tu sombra se desvanece y la manera en que tu voz se vuelve tan ajena, qué otra cosa puedo hacer sino permanecer en vilo hasta que el sueño me arranque de la tierra; insuficiente consuelo el mío dado que acallar en el terreno de las ideas me obliga irremediablemente a volver a ti.

Y por más que evite no tomar en cuenta las señales que el camino recorrido me permite, debo reconocerme aquí, cayendo de rodillas, limpiando mis lágrimas con el viento, desperdiciando horas y horas en vano.

De mi garganta cercenada nacen gritos que aluden a tu nombre, con la intención desesperanzada de que eleves la vela y dirijas el barco hacia tu puerto más cercano.

Demencia cual animal que olvida el nombre de su presa; demencia que desconoce el sabor de los días  e ignora la diferencia entre la vida y la muerte; demencia y olvido las primeras palabras tuyas que me indicaban que todo de principio estaba perdido.

Obsesión… que la agonía del aliento manifieste cuán necesaria es tu presencia justo cuando el corazón se niega a continuar con su fastidioso ir y venir. Mírame aquí varado en medio del mundo que abruptamente gira, donde las aves susurran ambigüedades, donde el sol pide un poco de calma, donde el mar se desborda… observando en silencio el cielo en busca de tu nombre, ora detrás de las nubes, ora detrás del arcoíris, ora alejado del mundo.

Dónde puede encontrar más significado la palabra amor que en este trecho perdido de vida, trecho del cual se desprenden imágenes imborrables. Amor, amor el tuyo, amor el mío; amor el que se congela con el calor y se deshace con el frío; amor mitad demencia, mitad obsesión; amor, tú.

El monstruo de cuatro letras que amenaza con cernir su reino sobre la carne débil; el cirio que finge estar a punto de apagarse; las cuatro líneas de la rosa del viento; el tesoro único que pretende mantenerse adosado al alma para siempre, el tesoro del que seremos despojados tan pronto llegue el verdugo y nos llame a dar el paso hacia el patíbulo.

Como si se pudiera elegir en el amor; no hay reglas claras, ni recetas específicas. Como si fuese tan sincero el corazón para creerse petulantemente fuerte. En el amor la moneda tiene dos caras, pero miles de justificaciones; se mira, luego se observa; se oye y luego se escucha; se siente y más tarde se lamenta.

El amor se piensa, bebe y se fuma y se huele y se vomita; se sufre, se sangra; se penetra, se escupe, se vive, se muere; el amor se ama. El amor y sus cuatro muros que se ciernen cual prisión que te prohíbe pensar, respirar, beber, fumar, oler, vomitar, sufrir, sangrar, penetrar, escupir, vivir, morir; las cuatro dagas del amor que te impiden amar.

Dime, pues, si en tus labios habré de pronunciar la única palabra a la cual me remiten tus ojos y tu boca y tu cuerpo y tu pelo, y de la que echo mano cada vez que mis palabras faltan y tus oídos expectantes buscan justificación.

Eres tú o el amor lo que estoy buscando; busco el amor en ti o te busco en medio de los cuatro pilares que detienen al mundo, que se derrumban sobre mí y me llaman a pedirle respuestas al vacío.

Y la demencia y la obsesión, bajo la etiqueta de tu nombre, tu apellido y la huella de tu pulgar, componen un total absoluto. El castillo cuya bandera lleva, sí, esas cuatro letras. Total el conjunto de dos corazones, total las almas venidas a una sola; total el sol y las mañanas, y el inicio de tus días y el fin de los míos. Total parcial: te quiero. Total general: te amo.

Ahora camino por esta senda, deteniéndome en cada una de las chozas a donde pudiese guarecerse de las miradas obsesivas el nombre que por obligación te han conferido. Cierro los ojos y echo un vistazo (una de mis obsesiones) a cada una de las ventanas que conforman el abanico de fotografías.

No eres tú la que llora, no eres tú la que grita, ni eres tú la que se aferra a vivir en una escena repetida por miles en este mundo. Al fondo de esa vieja habitación (una de mis demencias) te encuentro escribiendo, dejando residuos de ti en cada una de las líneas que conforman las letras que ahora empiezan a tomar sentido.

Puede que no te vea pero te siento y siento tu mirada, y puedo verte desangrando, borrando la tercera letra para empezar de nuevo. Te detienes y, vieja demencia, has olvidado la parte primordial de la magia que enarbola tan fatídico conjunto de letras:

Las primeras dos te corresponden a ti y las últimas dos a mí; se trata de un puente que no puede sostenerse sólo de un lado. No hay ingeniero que se haya atrevido a montar semejante obra con un solo apoyo. Puedo entonces abrir lo ojos e intentar dar el salto a donde me invitas a saltar; atravesar las ventanas y desgarrar mi piel para construir la palabra contigo.

Hagamos, pues, el amor juntos: erige lo que te corresponde que yo me encargo del resto. Intenta darle nuevo sentido a la frase y dale una segunda oportunidad al sol. Dejemos que la demencia se encargue de aislarnos del mundo; orillemos a los corazones y a las almas a la incesante obsesión de sentirse cerca.

El amor… el juego en el que está prohibido jugar a la libre elección; amor que no consiste en elegir de entre el catalogo de miradas y sonrisas, amor porque nadie elige a quién va a amar, amor falso al que le corresponde el mote de mentira, absoluta mentira. Amor el que viene cual lluvia sin previo aviso, como la muerte, como el deseo, como la lujuria y como la soledad; amor que viene y se queda a acampar, amor que toma sus cosas y se marcha con la inconsciente idea de que tendrá que volver algún día.

Amor y las cuatro palabras que conforman el menester de la humanidad: amor-vida; amor-acto; amor-afán; amor-aire; amor-alas; amor-reír; amor-tuve; amor-loco; amor-humo; amor-luna; amor-vilo; amor-bobo; amor-toma; amor-bebe; amor-dice; amor-hace; amor-ateo; amor-rico; amor-tu/yo; amor-amar; amor-solo; amor-todo; amor-nada.


Amor el que respiro y el que se ahoga con la ausencia de tus palabras escritas en la tierra; amor el que se funde con las lágrimas que se niegan a salir; amor con las veintisiete letras del abecedario, amor por cada estrella del universo, por cada latido del corazón, por cada suspiro, por cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo de la historia; amor porque te amo… y te amo porque no sos mía.