Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva
"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.
"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."
Jack Kerouac - Página oficial
"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."
H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt
"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."
Fernando Pessoa
"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."
Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva
"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."
Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.
"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."
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sábado, 31 de marzo de 2012
Disertaciones sobre un nuevo trabajo III/III
Martín Soares.
Entre más vueltas le daba, parecía no
encontrar nada nuevo en ese posible trabajo, por eso le habló a su madre. - Los
trabajos siempre traen algo nuevo, hijo- le dijo su mamá. Él le comentó todo lo que
había pensado durante la mañana, desde sus compañeros rechonchos hasta el
escupitajo en la sopa. La madre lo alentó a mantener esa emoción, pero le
previno de seguir pensando tanto en ese trabajo. Era probable que ni siquiera
lo obtuviera mientras él ya generaba un complejo mundo laboral.
Después de la llamada se sintió mejor.
Se recostó en el sillón y apretó el botón de reproducir. “De piedra ha de ser
la cama, de piedra la cabecera” con esa canción recordaba a la difunta y ella
hacía lo mismo con Paloma negra. Con
un nuevo trabajo estaba dispuesto a volver a hablarle, a invitarla a comer con
su propio dinero y no del de la revista. La llevaría al restaurante argentino
que tanto les gustaba, donde ya conocían al mesero y al dueño. Hablarían sobre
su nuevo trabajo y hasta de una posible reconciliación. Un bife de chorizo, un
tango y una jarra de clericot siempre ayudaban a mejorar las relaciones
amorosas.
Cuando se levantaba para pasar de Lila a
Gardel el teléfono sonó. Le hablaban de su antiguo empleo. Le ofrecían de nuevo
su puesto de corrector de estilo más un aumento. Él quedó mudo, no sabía qué
contestar. Era un buen trabajo, no podía negarlo, conocía quién era hijo de
puta y quién no. Tenía buenas amistades en esa revista, sabía perfectamente el
ritmo de trabajo, era retomar su vida de dos meses atrás. Lo esperaba
levantarse tarde, ir a trabajar en bici, regresar tarde, preparar comida
instantánea y luego dormir tarde revisando páginas de internet o leyendo un
libro. Si decía no, su vida podría cambiar. Haría nuevas amistades con los
gorditos que ya sentía como sus mejores amigos. Disfrutaría las comidas nuevas
aunque fueran ensaladas sin sabor. Dejaría de lado la posible popularidad que
tendría con las chicas por invitarlas a cenar. Todo se iba al diablo si
aceptaba su trabajo otra vez. Pero como era un hombre conservador tuvo que
aceptar. Cuando dijo “está bien, mañana mismo nos vemos por allá” toda la nueva
vida se derrumbó. Los compañeros desaparecieron, al igual que el miedo por
ingerir mariscos por error. Toda esa mañana había sido un sueño, un magnífico
sueño, una retahíla de imágenes que no lo llevaron a nada nuevo.
Colgó el teléfono y apagó una vez más el
estéreo. Comenzó a acomodar sus cosas para el siguiente día. Bajó a revisar la
bicicleta y como estaba en perfecto estado salió a caminar por la ciudad.
Caminar entre las calles aromáticas de la Ciudad de México le parecía una labor
necesaria para todo aquel que deseara hacer hambre y lo único que deseaba en el
momento era encontrar a un chef en bicicleta para comprar una orden de tacos de
canasta, lo único que sería verdadero de lo imaginado durante toda esa mañana.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Disertaciones sobre un nuevo trabajo II/III
Martín Soares.
Apagó el estéreo y la casa se llenó de
silencio citadino, es decir, la música del vecino, más el tránsito, más el
ladrido de los perros y los gritos de los niños. Con ese silencio en los oídos
se sentó a devorar su plato de huevos rancheros. Tomó el libro más próximo a la
mesa y comenzó a engullir. El mayor placer que podía tener en las mañanas era
desayunar y leer. La lectura condimentaba todas sus comidas, pero en las
mañanas sentía más el sabor literario en su paladar. La novela era de un
mexicano en la cual el personaje principal es un travesti que transforma un
salón de belleza en un moridero. La historia era bastante buena, tan buena que
podía oler la falta de higiene del sitio, de las peceras, pero para que no se le
revolviera el estómago decidió dejar el libro hasta la noche y mejor se dedicó
a masticar con tranquilidad su desayuno.
Él sabía que no era de las personas
amantes de la comida. Reconocía el hecho de no tener un buen paladar,
exceptuando para lo tacos, ese sí era el único platillo del cual podía opinar a
fondo porque era un fan declarado. Tal vez en su posible trabajo no comería
tacos ni siquiera la verdadera comida mexicana, esa grasosa que se encuentra en
cada esquina de la ciudad. ¿Y si lo enviaban a cubrir las inauguraciones de
restaurantes chic donde menos comida significa mayor precio? Qué podía escribir
sobre un lugar como ese: “la ensalada es de buen gusto como el decorado”. Se
adaptaría a las comidas, les inventaría un sabor para luego mentir en el texto.
Aunque lo esperanzaba el hecho de que con sus nuevos compañeros de trabajo
saldría a comer a algún puesto callejero, por unas gorditas de chicharrón o por
una orden de tacos de canasta con el señor de la bicicleta, olvidando así las
comidas insípidas de los restaurantes costosos.
Terminó con los huevos rancheros justo
cuando deleitaba imaginariamente el picor de los tacos de canasta. Recogió la
mesa, lavó los platos sin tanta atención pero con un cierto disgusto, el mismo
de siempre a la hora de hacer dicha labor. Para él, el trabajo de lavavajillas
era el trabajo más pesado del mundo por tener todo el día las manos y brazos
mojados, oliendo siempre a jabón con cloro y además ver a diario, después del
trabajo, sus manos remojadas, de anciano. Sólo divagaba sobre el tema, nunca
había lavado más de diez platos y cinco vasos.
Pero ya que lo pensaba más a fondo escribir sobre comida era un tanto
semejante que lavavajillas, no lo entusiasmaba mucho, mas la vida es la vida y
uno debe ganársela, sacar dinero para vestirse, pagar la renta, los servicios y
la comida.
Un punto a favor sobre el posible
trabajo era precisamente el comer gratis. La revista se encargaría de todas las
cuentas mientras él comía el menú del día. Al final si el sabor era malo no
importaba porque tendría el estómago lleno. El dinero le rendiría más, mucho
más, desde el día del contrato en adelante debería borrar ese pesado gasto de
su presupuesto. Tal vez si las cosas salían bien hasta podría invitar a alguna
chica a cenar, todo por cuenta de la revista. Se daría vida de rey. Mas todo
rey sufre atentados y él como reciente monarca estaría en la mira de los
envidiosos chefs, meseros y restauranteros. Debía caerles en gracia porque si
no estaría expuesto a escupitajos en la sopa mientras los cabrones se ríen la
cocina.
sábado, 24 de marzo de 2012
Disertaciones sobre un nuevo trabajo (I/III)
Por: Martín Soares.
Al despertarse advirtió
que había un correo nuevo. Lo vio de reojo porque todavía tenía presente el
sueño de la difunta. Pensó que era uno de los tantos mensajes basura que recibía
a diario, pero al no reconocer el destinatario se incorporó de inmediato.
Se restregó los
ojos con fuerza. No importaba en ese momento si quedaba ciego, más bien deseaba
conocer el contenido del mensaje. Acomodó la computadora que había dejado encendida
durante toda la noche y que estaba calentísima. Dio clic sobre el mensaje. El
título no había sido modificado: “Re. Vacante para el puesto de redactor”
Querido
Alfonso.
Hemos
revisado su currículum y nos hemos interesado en usted. Creemos que es capaz de
aportar grandes cosas a nuestra empresa; sin embargo, hay muchas personas en
busca del mismo puesto, así que esperamos su presencia el viernes próximo para
una entrevista con la cual podremos conocerlo más a fondo.
Por
su interés en el puesto muchas gracias. Nos vemos pronto.
Lic. María José
Pérez Zúñiga.
Leyó dos veces
el correo para identificar alguna falta de ortografía además de buscar por ahí
un elogio escondido por parte de la licenciada. Por desgracia ni elogio ni
error. Se recostó otros cinco minutos para despejar su mente y luego se levanto
de sopetón decidido a bañarse.
Se dirigió a la
sala para poner un disco de Lila Downs con la finalidad de cantar Paloma negra mientras se tallaba el
cuerpo en la ducha. Luego de conectar el Ipod y dejarlo en reproducción
aleatoria regresó a su habitación. Apagó la computadora y se regresó a la
sala. Se sentó en el viejo sillón que su madre le había regalado al abandonar
el hogar y comenzó a desvestirse.
Mientras los
calcetines abandonaban sus pies pensó a fondo en el trabajo. Redactor de una
revista de gastronomía lo inquietaba. Sabía comer, hasta lo disfrutaba, mas
nunca había pensado en escribir sobre comida. Tal vez haya escrito algo en una
libreta vieja sobre tortas o tamales… sí, escribió sobre la tan famosa Dieta T
un artículo cuando estaba en la escuela, pero ahora era diferente. ¿Cómo sería
un trabajo de escritor gastronómico? ¿Lo enviarían a un restaurante, a una
lonchería, a un bar elegante? Todas esas dudas lo sobresaltaban cuando se quitó
la playera del piyama.
Desnudo regresó
a su cuarto por la bata y las chanclas. Lila Downs cantaba Un poco más mientras él le seguía dando vueltas al asunto. Se puso
la bata y las chanclas, se metió a bañar. Al enjabonarse el cabello sonrió un
poco al recordar el chiste que Antonio le había contado ya hacía una semana,
por fin lo entendía. Se tallaba los brazos cuando imaginó el trauma que le
podría ocasionar escribir sobre comida. El estar en un restaurante comiendo
unas enchiladas verdes bajo la presión de saborearlas a fondo mas no disfrutarlas.
Tendría que concentrarse en el sabor del chile verde, del tomate, debía captar
la frescura de la crema y el pollo. Su disfrute perdería sentido. Tal vez sería
un mal trabajo ese de escritor gastronómico, se decía, pero Lila desde el otro
cuarto le gritó “estas perdiendo el tiempo pensando, pensando” Perhaps, perhaps, perhaps sonaba. Esa
extraña coincidencia le sacó otra sonrisa, luego se concentró en la ducha.
Al terminar el
baño, ya frente al espejo listo para lavarse los dientes la inquietud nació de
nuevo. ¿Qué tal si sus compañeros de trabajo eran unos reverendo hijos de puta?
Aunque la verdad es que se imaginaba a puro gordito risueño frente a las
computadoras. A personitas agradables que tecleaban una palabra y luego se
chupaban los dedos para recordar el sabor de los chiles en nogada que se
acababan de zambutir. Esos personajes regordetes de su imaginación no podían
ser unos hijos de puta, sería tierno verlos con sus chapitas y sus sonrisas de
satisfacción. Tal vez todos fueran mayores de treinta años y él fuera el más
chico por lo cual le ayudarían cuando debiera entregar un texto sobre sus
archienemigos: los mariscos, ya que era alérgico a ellos y con el mínimo
contacto iría parar al hospital.
Salió del baño y
se vistió rápido. Tanto pensar en comida le había abierto el apetito. Se le
antojaron huevos rancheros con pan y un fresco jugo de naranja. Preparar la
salsa era lo más complicado de la mañana, pero su antojo destrozaba cualquier
dificultad. Ya en la cocina, justo cuando lavaba los jitomates rememoró la
enfermedad que le causó una rica comida de bajo costo. Aquella vez ordenó bistec asado con
nopales, frijoles y un par de quesadillas, toda esa comilona por tan sólo 60
pesos más 12 del refresco. Con esa comida, que más bien era desayuno porque fue
la primera del día a pesar de que eran las dos de la tarde, le sirvió para no probar
bocado, ni siquiera tomar el café de la noche; sin embargo, en la madrugada se
levantó al baño por culpa de la terrible diarrea. Desde las tres de la
madrugada ya no pudo dormir a gusto, cada
media hora debía levantarse a toda prisa para llegar al escusado sin
problemas. El día siguiente se tomó un par de pastillas y sólo comió gelatina
de grosella. Todo el día lo pasó recostado viendo documentales de Geografía
Nacional por Youtube. ¿Qué tal si le pasaba eso mismo en el trabajo? ¿Qué
dirían? ¿Le darían permiso para quedarse en casa recostado viendo documentales
por internet como en aquella ocasión o lo mandarían a cubrir la Feria del Mole?
Abandonó una vez más todas las ideas gracias a la canción Sabor a mí de la Downs.












