Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva
"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.
"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."
Jack Kerouac - Página oficial
"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."
H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt
"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."
Fernando Pessoa
"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."
Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva
"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."
Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.
"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."
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lunes, 6 de enero de 2014
Fumigadores
Abro el periódico y veo que en la sección de oportunos hay
quienes ofrecen sus servicios para fumigar y acabar con toda clase de plagas
como cucarachas, arañas, chinches, ratas o serpientes (¿quién coño tiene una
plaga de serpientes en casa?).
Me llama la atención que nadie ofrezca sus servicios para
exterminar seres humanos. Y si alguien lo ha hecho seguro, o lo tildaron de un
asqueroso desequilibrado que pagó un espacio en la prensa sólo para demostrarle
al mundo el repudio que le tiene a la raza humana, o la policía dio con él y
tuvo que tragarse sus argumentos afirmando que se trataba de una simple broma
universitaria.
Se ofrecen servicios de fumigación de seres humanos. Precios
accesibles. Viajamos al interior de la república. Resultados garantizados. Si
no se convence le regresamos su dinero, pero se queda con los cuerpos.
Señor, requiero sus servicios en la calle tal, número tal,
sí, puerta color tal; es cosa seria. Tengo cuatro hijos malagradecidos, un
esposo ebrio, una suegra nefasta y un cuñado indecente. ¿Cuánto? La última vez
no cobraban tanto, maldita crisis. Claro, ¿a qué hora puede venir? No, está
bien si se lleva los cuerpos, me daría asco tener que tirarlos yo misma a la
basura. ¿Paquete? No, sólo los quiero muertos, eso es todo. Sí, lo había hecho
antes; es la cuarta ocasión que pido sus servicios, por algo le estoy hablando
a usted, maldita sea. Claro, tengo mis facturas. ¿Precio especial por Navidad y
cliente frecuente? Gracias, no esperaba menos. Ok, ok, ok. Gracias, acá lo espero.
El anuncio destacaría de entre los demás, el salario de
quien realizara la labor sería de los más competitivos en el mercado.
Crearíamos universidades para que los futuros fumigadores de humanos tuvieran
una especialidad y no fueran simples asesinos sin certificados ni estudios.
Claro, seríamos los primeros en el mundo en impulsar una
forma de ganarse la vida quitándosela a los demás, pero todo bajo la premisa de
la legalidad. Crearíamos juzgados en los que discutiríamos el derecho que todos
tendríamos para mandar a fumigar a quienes nos rodean.
Porque seguramente a cualquier hijo de puta se le ocurriría
jodernos la existencia y mandarnos a matar con el señor fumigador, y nosotros,
en nuestra defensa lo mandaríamos a matar con nuestro fumigador de confianza.
¿A quién se le daría el beneficio inicial?
Habría infomerciales en la TV anunciando productos
infalibles para convertirse en un fumigador. No pague esos costosos servicios
de fumigación que impactan en su bolsillo, pero no acaban con el problema. Porque
usted lo pidió, como lo vio en Auschwitz, marca Muéranse Todos pone al alcance
de su mano el poderoso Zyklon-B, capaz de matar al ser humano más aguerrido. Si
llama en los próximos minutos, se llevará “completamente gratis” el manual de
cómo armar una cámara de gas desde la comodidad se su hogar. Será la sensación
del barrio.
Se reducirían los índices de criminalidad, pues al ladrón se
lo llevaría la chingada tan pronto cometiera el crimen. Nuestra seguridad no
dependería tanto de los policías y el ejército, como de los fumigadores. Se
encargarían de exterminar las plagas de nuestra sociedad.
Oh, sería un lindo país y todo sería tan asquerosamente
lindo que nos uniríamos en contra de los fumigadores como las ratas se unen
para chingar la estabilidad de un hogar.
Nos convertiríamos en los perseguidos y tendríamos como
enemigo a los fumigado-perseguidores. En pocas palabras, todo valdría madre y
seguiría igual que antes.
Cierro el periódico y volteo a ver a todos esperando que
nadie haya escuchado mis pensamientos. Este mundo miserable está lleno de locos
que podrían robarme mis ideas y hacerlas realidad.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Más que muerto
por Manuel Sandoval
El nacimiento estaba programado para semanas después, pero al recién concebido vástago le urgía nacer. Los médicos, tan positivos como siempre, no le daban mucho tiempo de vida. Si nacía bajo esas circunstancias lo más probable sería una vida vegetal o, en el mejor o peor de los casos, según se quiera ver, un mes de existencia y no más.
La madre entró al quirófano obligada por los dolores en el
vientre. Pidió la ayuda de su dios y del doctor, que le pedía calmarse y
mantenerse concentrada en lo que estaba a punto de hacer.
Recostó su pesado cuerpo en la camilla, colocó ambas manos a
sus costados, apretó con fuerza las sábanas blancas y comenzó con esa titánica
labor de parto que para ella era una experiencia tan nueva como la primera vez
que tuvo sexo sin protección con el padre de aquél que estaba a punto de nacer.
Al abrir sus piernas por instrucciones del médico, recordó
cómo, por instrucciones de su amado, había abierto las piernas para entregarse
a una pasión obligada por los litros y litros de licor barato.
El dolor que implicaba expulsar a su hijo y los gritos
irresponsables del doctor, le aterrizaron de nuevo a la realidad.
Respirar, pujar, comprimir la pelvis, como quien defeca pero
bajo otras circunstancias; respirar, pujar, comprimir la pelvis y una y otra
vez repetir esa rutina hasta que la tarea fuese completada.
Si sólo estuviera él ahí, tomándola de la mano y dándole
palabras de aliento. Pero el muy miserable huyó después de que supo que ella
estaba embarazada, consideró todo un error, un malentendido. Se alejó de su
vida para siempre.
Para qué traer al mundo a un ser, si éste destacará por su
imperfecta naturaleza, por la carencia marcada de su padre y por la
inexperiencia de su madre. Para qué tanto empeño en pujar y comprimir la
pelvis. Eso en la cabeza de la mujer.
En la cabeza del doctor sólo deambulaba la tediosa idea de hacer
bien su trabajo, salir de la sala, dar la noticia a los familiares, cobrar el
cheque, ir a cenar a un buen restaurante, llegar a su casa, hacer el amor con
su esposa y dormir como quien carece de preocupaciones.
-Bien, ya lo veo venir; continúa, continúa así- dijo el
doctor, y a su mente vino la escena de su amado debajo de ella, pidiéndole con
la voz ahogada que no se tuviera, ya venía el orgasmo, lo único que importaba
obtener esa noche.
La cabeza se asomó, luego una parte del cuerpo; de inmediato
los doctores se abalanzaron y detectaron carencia de signos vitales. –Maldita sea,
sigue pujando, estás asfixiando a tu bebé- gritó alguien en el quirófano.
Ella estaba exhausta, hizo un esfuerzo último pero no fue
suficiente. Su bebé murió, estuvo vivo por escasos diez segundos o menos. Los
doctores creían que duraría poco, pero eso era una grosería, y la culpable era
esa mujer, inexperta, cuyo frágil cuerpo apenas y pudo soportar llevar a seis
meses a cuestas a un ser humano que no quería desde el inicio.
lunes, 21 de octubre de 2013
Nos caga que nos cague
por P.I.G.
Nos caga que algún funcionario en alguna oficina de alguna
instancia gubernamental nos pida dinero para saltarnos los lugares de la fila y
realizar antes que todos los trámites correspondientes; nos caga la corrupción,
pero no nos gusta formarnos.
Nos indigna que una mujer y su niño en brazos mueran
atropellados por un asqueroso inconsciente detrás del volante, pero más de una
vez hemos salido de una fiesta ebrios hasta el recto y nos hemos cruzado los
semáforos rojos porque nos parece un claro ejercicio de rebeldía.
Nos perturba que ese hijo de vecino no le ceda el asiento a
una mujer en el transporte, pero el día que nosotros somos ese hijo de vecino
que tiene el privilegio de ir sentado, pensamos: “Total, no está tan grande,
puede ir parada y no creo que vaya muy lejos”. Ja, nos caga la discriminación,
pero peyorativamente usamos el término “hijo de vecino” con ese sujeto que va
sentado.
Odiamos que los políticos desfalquen y roben a sus anchas,
pero si se presenta el caso no diremos nada al señor de la tiendita que nos ha
dado cambio de más. Robamos a nuestra manera, y eso ya nos hace cómplices.
Nos cagan los legisladores que duermen sin descaro en sus curules,
pero “la semana laboral debería durar sólo tres días”.
Odiamos el machismo, pero “que no vayan viejas a la fiesta,
que vaya puro cabrón para que se ponga mejor el asunto”. Odiamos el feminismo,
pero “pinches hombres”, cuando un pinche hombre y una pinche mujer es también un
pinche papá y una pinche mamá.
Nos encabronamos con los “pinches encapuchados” que pintan y
dan mala imagen a la ciudad, pero si ya no hay remedio orinamos en los parques
y muy a menudo tiramos basura; al fin sólo es una colilla de cigarro.
Nos caga la propiedad privada de los poderosos, pero que no
se atrevan a ensuciar “mi auto”, que no peguen estampitas en “mi casa”, que nadie
venga y coma en “mi mesa” o que ni se les ocurra tomar prestado “mi celular”,
porque eso es mío y sólo yo puedo hacer uso de ello.
Nos caga la forma cruel y despiadada como matan a los
cerdos, pero esos tacos seguramente te hacen olvidar que ya eres parte del círculo
de la tortura.
Nos caga la apatía de los futboleros y sus dos horas de
alienación, pero las ocho horas de embrutecimiento etílico nos parecen
razonablemente aceptables.
Odiamos la hipocresía y el fanatismo de las iglesias, y por
eso hay que quemar iglesias y crucificar cristianos, eso no es ni hipócrita, ni
fanático. “Qué bueno que hayan crucificado a Cristo”, pero qué pinche indignación
por la manera en que crucificaron inocentes durante las purgas soviéticas.
Me cabrea el racismo en todas sus manifestaciones, pero “ese
indio apesta a campo y esos pinches blancos hijos de papi deberían largarse del
país”.
Me caga la xenofobia, “pero pinche Laura Bozzo, que se
regrese a su país, aquí no la queremos”.
Al diablo con las trasnacionales, “pero la cerveza sale más
barata en Walmart”.
Odio a los burgueses, pero “si tuviera su dinero ya me
hubiera largado de este país y terminaría mis días viajando alrededor del mundo”.
Me cagan los productos de farándula de Televisa, “pero qué
rica está Galilea Montijo”.
Estoy en contra del aborto, pero “a ese pinche Loret de Mola
no le hubieran permitido nacer”. Sí, aunque sea sólo sentido figurado, igual se
piensa con bastante entusiasmo.
Odio la represión, “pero que se madreen a los maestros por
pinches güevones”. Odio que las marchas obstaculicen la ciudad, pero “si le
suben un peso al precio del refresco sí salgo a las calles a protestar por mi
derecho a la libre compra” (sic).
Me caga que el sistema desplace y reduzca al mínimo mi
libertad, “pero quiero que mi pareja esté siempre aquí y que no se le ocurra ir
a donde yo no vaya sin que me entere”.
Nos caga la hipocresía, pero siempre viajamos a todos lados
con nuestro espejo, con la moralina, con la doble personalidad, con el
claroscuro de la personalidad humana, con los principios fundamentales
aprendidos a través de tantos años, pero con el cesto de basura para cuando los
valores estorben y poderlos mandar a la mierda por un rato.
Nos cagan las medias tintas, pero el ser humano siempre
camina sobre la línea media que divide los polos, los extremos, las aristas
opuestas de la vida.
Al humano le caga la humanidad, pero ha hecho un (semi)esfuerzo
malogrado para acabar con ésta, y se ha conformado con repetir una y otra vez
que le caga y le caga y le caga, pero siempre termina limpiándose la suciedad,
duerme tranquilamente y al día siguiente todo le parece un poco más normal.
martes, 30 de julio de 2013
Un buen sabor de boca (I/II)
por P.I.G.
Esa noche lo único que quería hacer era olvidarme de aquella
bastarda, borrarla, embarrar su recuerdo como se embarra la mierda en el papel
una vez que se ha defecado a gusto en un baño público. Para dicha tarea era
necesario sentirme completamente mediocre, petulante y nefasto, un despojo de
hombre. Y desde que me topé con él, no he encontrado mejor remedio que el
alcohol.
Sólo era cuestión de beber tres o cuatro días, sentirme
miserable, entrar en un estado de decadencia mental desorbitada, y tan pronto
como la resaca se hiciere presente, comenzaría el lento y agónico proceso de
olvidar.
Bebí como el joven que sabe que llegando a casa habrán de
reprimirlo, lo hice sin descaro, primero con cigarrillos, muchos, luego no tantos.
Tampoco mi situación económica me permitía una borrachera de lujo. Mis últimos
ahorros me alcanzaron para hacerme de una botella enorme de licor barato y tres cajetillas
de pitillos ilegales, hechos exclusivamente para deshacer las gargantas más
curtidas que existan en el mundo.
Había que beber rápido, no podía darle tiempo a ella de
descolgar el teléfono y en un ataque de arrepentimiento menopáusico llamarme y pedirme
perdón por todo, o, en el peor de los casos, implorar por un espacio de tiempo
en el que seguramente desahogaría sus penas, me recriminaría, me insultaría y
después, como en un principio, concluiría con que aún no era tiempo para
terminar definitivamente.
Debía ir un paso adelante. El primer día lo logré. Pude
introducirme en el estado etílico con gran facilidad y creía que el resto del
recorrido sería pan comido. El único problema era comer. Podía resistir dos o
tres días bebiendo y fumando desproporcionadamente, pero la borraches de hambre
y cansancio sería un reto un tanto complicado de superar.
Tomé parte del periódico que afanosamente coleccionaba
cuando creía ser un periodista responsable, lo mojé con agua con sal y comí un
poco. Era asqueroso, casi vomito y estuve a punto de ahogarme con el primer
bocado.
Desistí y opté por mantenerme despierto y medianamente
íntegro golpeando mi mano derecha contra la pared. Primero eran golpes mínimos,
después aumentó la intensidad y con ella el dolor.
Un golpe, un trago, una bocanada de humo. Durante un par de
horas ésa fue mi rutina, imparable. Si me mantenía bajo esa constante, o mi
mano terminaría por reventar, o los cigarrillos por perecer, o mi botella,
considerablemente llena aún, dejaría de serlo y me vería en la penosa necesidad
de abandonar mi plan.
Con la mano izquierda todavía servible tomé una cubeta llena
de agua, limpia al menos a simple vista, y vacié el licor para hacer una mezcla
un tanto lúgubre de agua con alcohol.
El sabor, ustedes lo imaginarán, vomitable.
Tenía que mantenerme alejado del recuerdo, o llamarlo y
atarlo a mí, tanto que me resultara execrable y así irlo alejando
inconscientemente de mí, mantenerlo atado a una pata de la cama y no dejarlo ir
hasta que yo decidiera hacerlo.
Los muebles, el sofá, la mosca volando incesante sobre mi
cabeza, todo comenzaba a volverse interesante. Cambiar de lugar los muebles,
partir en dos el sofá o partir en dos a la mosca, todo comenzaba a volverse una
tarea necesaria.
Debo confesar que fue más fácil hacer lo primero, pues las
moscas, mierderas como suelen serlo, son más difíciles de atrapar cuando se
saben observadas por un desquiciado que sólo quiere entretenerse con su cuerpo
y jugar a ser un hombre maduro que puede olvidar su vida en un lapso de
borrachera inclemente.
No lo logré, preferí obsequiarle unos minutos más de vida.
Al final, después de llegado el momento de concluir mi labor, ella estaría
muerta (la mosca), enroscada en la telaraña de una tarántula de las que suele
haber detrás de mi inservible estufa, o acabaría cediendo al humo del
cigarrillo, o escaparía por la ventana en la primera oportunidad, o terminaría
cortando sus alas y lanzando el último suspiro junto a mí.
Un día completo. Los esfuerzos parecían dar frutos. Pero los
cigarrillos escaseaban, el olor del escusado comenzaba a volverse incómodo y
encima el alcohol amenazaba con terminarse sin más.
Sobrevivir así cuatro días sería difícil, imposible.
Cobardemente decidí reducir a tres días la jornada, con la condición de que
acelerara el paso y duplicara las raciones. Bebería el doble, pensaría a la
mitad, respiraría menos, y trataría de olvidar más, mucho más.
El ardor estomacal me doblegaba, era urgente un poco de
sabor en mi bebida; era urgente también comer algo, engañar al organismo y
hacerle creer que lo que ingería era un pedazo de bistec término medio, con
aderezo de aceite animal y una guarnición de vegetales frescos. Todo eso
parecía aquel pedazo de periódico (creo que era la sección de nota roja). Lo
intenté de nuevo; lo probé, engañé a mi mente, pero mi estómago se dio cuenta
de la treta y me obligó a escupirlo.
Estaba jodido. Tenía que resignarme a pasar tres días
encerrado en mi habitación, solo, sin mucho aire puro, sin cigarrillos, sin
alimento, sin mosca, intentando olvidar y con una cubeta llena de agualcohol.
sábado, 20 de abril de 2013
Plato fuerte
por P.I.G.
Cuando comenzamos la relación le prometí que la llevaría a
conocer a mis cerdos que viven en aquella granja alejada de la ciudad donde
acostumbraba ir a descansar de la
rutina.
Cuando terminó la relación, aunque en pedazos, conoció de
cerca a mis cerdos, y puedo asegurar que aún en estos momentos su cuerpo sigue
enclavado en los intestinos de mis mascotas, ocho mascotas para ser exactos.
No pueden recriminarme que no cumplí mi promesa. Se
conocieron tan de cerca y puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que mis
cerdos disfrutaron de ella; les cayó bien mi ahora ex mujer.
Podría presumirles que la nuestra fue una relación
monumental, llena de altibajos como todas las que conozco, pero tan disfrutable
como el mejor de los orgasmos.
Compartíamos gustos, tendencias, fantasías. Pero había una
diferencia que marcó el rumbo de la relación y la llevó al peor de los
desenlaces: ella quería un auto, una lujosa casa en una zona “bien”, rodeada de
gente de elevada alcurnia que la hicieran sentirse en un cuento de hadas.
Quería una vida, pues.
Yo sólo quería tener lo suficiente para vivir bien, para
comer, para beber, para tener tiempo de disfrutar del amanecer y no maldecirlo
cada que saltara de mi cama para ir al trabajo.
Se empeñó tanto en hacerme cambiar de parecer, que día a día
cambiaba las técnicas tan suyas para convencerme de que lo que estaba haciendo
con mi vida, y de paso con la de ella, terminaría en una completa mierda.
Con sus acciones cutres y con mi determinación cuasi militar
de no moverme de lugar, supe que mi diagnóstico era sencillo: no tenía remedio.
Si la maté fue por la simpe razón de que me había engañado,
sí, como lo han leído, me engañó con un joven bonachón de su universidad, un
hombre inteligente, guapo, extremadamente carismático, con dinero, con buen
porte, bueno mozo, seguramente con buen futuro y además de todo un demócrata a
ultranza, una puta intelectual, pues. Y si supieran cómo me cagan las putas
intelectuales.
Sé que al ochenta por ciento de las mujeres les encantan los
tipos así, ¿pero a ella?, no, a ella no le gustaban esa clase de productos
comerciales que se venden por montones en escaparates. Tan es así que me amaba,
y sé que me amaba porque nunca me lo decía, pero siempre lo hacía saber.
¿Qué por qué diablos me engañó entonces?, porque, muy
ensimismada en su anhelo de hacerme cambiar, quiso poner a prueba mis celos. Y
sépanse todos que quizá soy el hombre menos celoso de este mundo. Es más, y lo
digo seriamente, pude haber tolerado ese acto de infidelidad (porque en
realidad eso es lo que fue), pues entiendo que el ser humano lleva esa
partícula de infidelidad clavada muy en el fondo del trasero, o del corazón, o
del cerebro, o del alma, o en los putos riñones, o en los testículos de mierda,
y no soy nadie para juzgar eso.
¿Qué por qué putas la maté entonces?, porque se atrevió a
decir que él era mejor en la cama, y no, señores, en eso puedo asegurarles que
se equivocaba. Y ella estaba consciente de su mentira atroz, pero, sólo por
joderme la existencia, o quizá para engrosar la lista de razones para matarla,
aseguraba casi con lágrimas en los ojos que era cierto.
Lo único que se me ocurrió fue comprobarlo, y no porque
dudara de mis habilidades, si no para tener pruebas suficientes para recriminarle
a mi ahora ex mujer que el macarra de trajes finos no podía llegar a excitar ni
siquiera a una ninfómana. No fui a violarle, por supuesto, ni mucho menos. Simple:
busqué, abordé, intimidé, emborraché y luego pregunté a las mujeres que, una
vez metidas hasta el hoyo de drogas, caían en sus redes. Y no, como temía, no
era un gran amante.
Cuando mi ex mujer se enteró de lo que había hecho, cayó en
cuenta de que mi moral no tenía muchos fundamentos para defenderse. Tomó sus
cosas y se fue de la casa. Y estúvole presumiendo a su familia, amigos, nuevos
amantes y comunidad en general que yo era un patán, un desagradecido, un mal
esposo; si hubiésemos tenido un hijo bien podría haber sido un mal padre (eso
decía ella); era un mal ejemplo para el país, un alcohólico, un drogadicto, un
mujeriego, un sexualmente precoz, un leproso, un maldito traidor, un terrorista
y desertor de las filas rojas de la KGB. En fin, merecía la muerte.
¿Cómo me enteré de todo ello? Sus primas, mis nuevas amantes
en ese entonces, se esforzaron en endulzar las palabras que de la boca de mi
ahora ex mujer salieron tan pronto llegó a casa de su madre. Dulce o amargo, me
enteré de la verdad que soslayaba por todos los rincones donde se paraba. Pero
no fue por eso que la maté.
Y tampoco fue por envidia, aunque después de que mis cerdos
devoraron su cuerpecito de modelo telenovelesca, pude comprender que los cerdos
comemos los despojos del mundo, mientras que las clases sociales “avanzadas”,
las que van por arriba de la pirámide y a las que les toca ir sentados en el
transporte, siempre se alimentan bien, hasta el hartazgo, hasta que la palabra
gula cobre sentido. La envidiaba, pues, porque comía mejor que yo…
Seré sincero. La maté porque era fea*, y cuando la cité para
que conociera, ya sin relación de por medio, a mis mascotas, me maldije por haber
desaprovechado tantas noches a su lado y no haber tenido el arrojo épico de tomar un cuchillo y
matarle en esos momentos.
Es que era fea, muy fea, y no es que tenga algo contra las
feas o los feos, me da igual su existencia, pero ella, oh mierda, era mi mujer,
algo tenía que hacer con ella, ¿no?
*Tomado de la canción de Eyaculación Post-Mortem
sábado, 30 de marzo de 2013
Un podrido concepto acerca de la lujuria
por P.I.G.
La lujuria es muchas de las cosas que vemos y que ni
siquiera reparamos de qué se trata. Lujuria es más que el residuo de semen que
camina lenta y tibiamente por los sexos de la pareja, recién ha venido el
orgasmo (hombre-mujer), o es el fluido vaginal que, húmedo, sirve como muestra
de que el placer no se detiene a pensar en esa vulgaridad acerca de los géneros
humanos (mujer-mujer).
La lujuria es más que un soplido en el pubis, más que
escupir los sexos para acelerar la entrada; es saliva y es aire y ambas cosas,
pues la lujuria también se transforma, mas nunca se crea ni se destruye.
La lujuria toca a la puerta y es bien recibida; es la bien
recibida visita que ese hogar llamado cuerpo pide a gritos que vuelva, hoy,
mañana, el próximo fin de semana, o en unas cuantas horas, después de ir a
vomitar el resto del licor.
La lujuria se traga, tan magnificente como es, como las
palabras, como el sexo del opuesto, como la vida, pero también como la hostia consagrada
que el sacerdote empuja a la boca del confieso, cual pene en busca de una boca
para desvirgar.
La lujuria eres tú esperando a que la lluvia te bañe por
fuera y no por dentro, para sentir el vesicante alivio de seguir siendo tú y no
alguien más. Dentro de la lujuria no se permiten las obscenas apologías que infringen
en ese afrentoso delito llamado respeto.
La lujuria es el monstruo que camina solo y que sabe cuál es
su destino; es, a diferencia del amor, un cúmulo de palpitaciones corpóreas y
mentales que conocen el resultado antes de iniciar el juego.
Lujuria es tu madre y tu padre fornicando, es el bello
retrato de los humanos trascendiendo, aunque sea por un segundo, a terrenos que
ni el clero, ni el cielo, ni el celo paternal pueden gobernar a sus anchas.
Lujuria es saberse del contrario pero no de sí, de una, de
dos, de la orgía completa; es olvidarse de el nombre y apellidos; es el alcohol
derramado a propósito en los senos de aquella mujer ebria, es el cigarrillo que
con nostalgia se apaga entre los dedos del idiota que siempre se pierde de la
mejor parte de la fiesta.
Lujuria son miradas lascivas por encima y por debajo de la
mesa; es corromper el inapetente estereotipo de “la prueba del amor”; lujuria
es sexo salvaje, es una violación consentida y consensuada.
Es tu falda que se niega a ser levantada porque más de uno
ya cayó en cuenta de mi imperiosa necesidad de sentirme dentro de ti.
Lujuria es tomarnos de la mano y que el sudor haga su
aparición triunfal, es ese deseo de que todos se vayan al carajo y reventar los
sexos con cada grito de los niños en el parque; es esperar a que regreses a
casa para preguntarle a tu cuerpo cómo ha estado sin siquiera hablar.
La lujuria es ese beso de despedida, esa maldita expresión
tuya al recibir un “no” tras una propuesta indecorosa; es saber hacerse a un
lado cuando no es tu piel la que se busca, pero es también no quitar nunca el
dedo del renglón.
Lujuria es aquella vagina cubierta de una corona de espinas,
y eres tú lanzándote sin dejo de preocupación; es tu ego lanzado al cesto de
basura y es acercar sin cuidado la cabeza de Cristo para ser flagelado noche y
día.
Lujuria es tu sombra cuando abandonas la habitación después
de una erección fallida; son mis manos que piden a gritos volver a dar vida a
ese olor penetrante que me dura años en los dedos; lujuria es haberte
arrebatado todo, menos tu ego de mujer absorta en imágenes de revista.
Lujuria, señores, no se lee, se vive, se experimenta, se
vomita en las etéreas tardes de resaca, se cura con la masturbazione proprio y se reafirma con un deseo incontrolable de
buscar carne nueva o usada que calme la temperatura del alma.
La lujuria es la habitación maloliente tras una orgía tristemente
realizada; es la iglesia llena en los días donde todos deberían estar
presumiendo que están vivos gracias a que a alguien se le ocurrió ser
medianamente (o completo en lo absoluto) lujurioso, para ir corromper el candoroso
lecho de los padres y fornicar y fecundar y procrear previo al eterno lamentar
de una vida echada a perder.
Lujuria es darse la vuelta después del acto, cerrar los ojos
y dormir y soñar con la pareja que ahora ya no lo es; es saberse atado de por
vida a una mujer que quizá nunca fue lo que en verdad se quiso, es morder las
sábanas con las manos, es tragar saliva, voltear de nuevo, besar esos labios
que apestan a alcohol y llevar la mano a la entrepierna de aquélla.
La lujuria es ser partícipe del acto, aun cuando no se haya
sido convocado al casting.
La lujuria son esos ojos salvajes que a gritos piden ver
todo lo que el resto del mundo se ha negado a ofrecer; es la claridad de tu
mirada, es la suavidad que caracteriza esos labios que no se cansan de probar
un poco de libertad en cada beso.
La lujuria se mama, se traga con asco, se acumula en el estómago
y se transforma en ese deseo inexorable de vomitar sangre.
La lujuria vive contigo y te acompaña al colegio, al
hospital, al supermercado, a la iglesia; está a tu lado mientras alimentas a quien dices es el único hijo que quisiste
tener; es el platillo de entrada y el postre.
Mierda, que si la lujuria fuera la cruz, todos seríamos Cristo.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Bragas rojas
por P.I.G.
Odio las bragas rojas, las detesto, podría decir que hasta
ronchas me salen en la piel cuando estoy cerca de ella, y, créanme, no es
casual ni gratuito mi desprecio a ese color.
Por principio de cuentas, y para que no empiecen a formarse
ideas desequilibradas, debo dejar en claro que no tengo nada en contra de la
ropa interior femenina, al contrario; es más, podría tolerar, con sus
considerables reservas, un sostén rojo… al fin y al cabo lo que cubre (o trata
de ocultar) no es sino el primer alimento de todo ser humano, y francamente los
senos de una mujer me son imprescindibles hasta cierto punto; no así lo que
cubre (o trata de ocultar aún más) una braga.
Y es que ya lo decía el primer diálogo de la gran Taxidermia:
“la vagina mueve el mundo”; la vagina le da movimiento y suerte a este apuntodeextinguirse
planeta, y por ello una braga bien podría considerarse la puerta de entrada a
este apuntodeextinguirse planeta, es la llave que echa a andar el motor con el
cual el apuntodeextinguirse mundo es capaz de moverse.
Pero una ropa interior, justo en ese lugar, color rojo, es
por principio de cuentas un "detente y piénsalo dos veces". Llámenle manía,
fijación, anti-fetiche, carencia de raciocinio sexual, lo que sea, pero la vida
me ha colmado de tan malas experiencias con las bragas rojas (quizá a ello se
deba mi repulsión), que toda clase de momentos sexuales se desploman tan pronto
hurgo debajo del pantalón de una mujer y me encuentro… ¡oh, Dios santo!... con
ellas, las jodidas bragas de color rojo.
Y vaya que el destino te jode cuando así se lo propone, pues
en mi vida me he topado con muchas de ellas, aunque al decirlo se me tilde de presuntuoso,
lo cual en mi estado ya me importa un carajo.
La primera vez que vi un calzón femenino rojo fue cuando
niño, en la casa de mis tías; calzones rojos por todos lados: en el tendedero,
en las llaves de las regaderas, sobre la mesa, en la tabla de planchar, ¡arriba
del televisor, puta madre!, o en la cama perfectamente doblados y bien
acomodados, eso sí, al lado del bra rojo, que, repito, ni me viene ni me va.
Pensar en los viajes que mis tías hacían para surtirse de
una línea completa de trusas rojas, me hacía pensar en sus rostros degenerados al observarlos
en el aparador, al medírselos sobre la ropa frente al espejo, al comprarlos y,
una vez en casa, sin descaro alguno, ponérselos para ver “qué tal quedan”, situación
que, estoy seguro queda de manifiesto, a más de uno dejaría perplejo.
Esas cuatro situaciones me tocó vivirlas, las primeras dos
porque acompañé a las hermanas de mi padre de compras a una boutique
exclusivamente para mujeres, y las segundas dos porque (la aversión siempre va
acompañada del morbo) se me ocurrió asomarme justo cuando se las medían en su
habitación. Sí, lo sé, tan pronto asomé la vista aprendí la lección.
A partir de aquel momento el rojo dejó de ser un color
significativo para mí; no representaba el amor, ni el respeto, la abundancia o
el erotismo, sino la sangre, pero no la sangre de las banderas, ni esa sangre
que abunda en el mundo gore, no… sino la sangre de la feminidad...
Mi primer contacto sexual (a los pocos años de edad, para no
entrar en detalles), además de todo lo aparatoso que pudo ser, se vio eclipsado por una eyaculación obligada, por una cuasi violación de la niñera y por ese
maldito calzón rojo (grande como un mantel de comedor), que si bien no dejó de
pasar a segundo término (porque lo importante era mi inmediata entrada a las
filas de los no vírgenes), sí provocó que más que recordarla con beneplácito,
la recordara con tristeza y aversión… o con nostalgia infantil tal vez.
Conforme fui creciendo, mi hostilidad no hizo más que
crecer, ora porque las vecinas colgaban sus ropajes interiores a la luz del
mundo en la azotea de sus casas, como si de izar una bandera se tratase; ora
porque mis compañeros de escuela decían que quien utilizaba bragas rojas era
para evitar que “esos días” se evidenciaran con manchitas incómodas; ora porque
la maestra de Historia de México llevaba bajo sus sábanas en forma de falda
unos horribles calzones rojo carmesí, que no me pregunten cómo es que alcancé a
ver en más de una ocasión.
Al pasar los años me topé con que en Navidad y Año Nuevo las
personas acostumbraban hacerse de unos buenos calzones rojos, dizque para
atraer la abundancia con el año entrante o sólo para hacerle segunda y juego a
las flores de Noche Buena.
Imaginarme que en esas fiestas más de uno de mi familia portaba
orgulloso su trusa, comprada horas antes con absoluta desesperación en el tianguis,
me obligaba a abandonar la reunión y encerrarme en el baño o en mi habitación,
eso sí, con unas cubas y los cigarrillos de papá ilegalmente adquiridos… era un
rebelde medianamente pendejo, pues.
Muchas de las novias a las que tanto quise, dejé de querer
al enterarme que al menos entre su colección de calzoncitos había un incómodo
color rojo. Ni modo, era una manía obsesiva que no dejaba de causarme
conflictos cuasi existenciales.
Al entrar en el mundo del alcohol y las drogas agresivas y
los días de jüerga consecutivos, conocí a muchas mujeres, de las cuales no
tengo malos recuerdos. Tal vez el alcohol y las sustancias nocivas
desprendieron poco a poco esa hostilidad mía hacia tan peculiar complemento
femenino, no sé.
Pero como nada dura para siempre, ni las drogas, ni el
dinero, ni el olor de los hoteles, había que ingeniárselas para seguir la
diversión sin dar marcha atrás. Mis dotes improvisados de amante me permitieron
hacerme de una enriquecida lista de admiradoras que cambiaban el sexo por unas
cuantas dosis de pastillas que seguramente los médicos y las dependientas de
farmacias comerciales conocían a la perfección. Es cuestión de decir que se trata de drogas
europeas o asiáticas y traerlas siempre en bolsas de plástico metalizado; todo
lo ilegal viene en bolsas de plástico metalizado, sino vean los condones.
Dada mi repulsión por las trusas rojas, me vi en la
necesidad de buscar mujeres ahí donde sabes que jamás una mujer puede utilizar
calzones rojos: en los hospitales y escuelas de enfermería. Claro, sabes que ni
por dinero lo harían a menos que quieran evidenciar el color de su ropa
interior, y esas situaciones, hombre, se deben aprovechar al máximo.
Conciertos de rock, antros, bares, puteros, funerales,
iglesias, retiros, partidos de futbol, óperas, teatros, cines, etcétera,
etcétera, etcétera, completamente descartados. Prefería perderme la oportunidad
de dormir acompañado, antes que encontrarme con ese vomitivo color en medio de
las piernas de mi acompañante.
Mi escasa buena suerte (como muchas cosas que escasean en mi
vida) terminó cuando me topé con una mujer, que al principio parecía serlo, con
calzones rojos. El elevado nivel de anfetaminas me impidió hacer uso de mis
facultades al cien por ciento, por lo que una vez entrados en calor no me
importó toparme con una braga roja, muy roja… mierda, es que en verdad era roja.
Al tratar de ir más allá de lo que alcanzaba a ver, debajo
de la cremallera me topé con un miembro descomunal, con proporciones nada
humanas, muy bien disimulado, eso sí, por la liga que lo mantenía fijo al
cuerpo, lo que en un principio me impidió
advertirlo a distancia.
El trauma fue tal que las drogas perdieron su efecto para posteriormente
bajarme de la nube y hacerme entrar en razón nuevamente y toparme con esa
estampa desagradable, no el miembro descomunal (que, insisto, vaya que lo era),
sino con el calzón rojo… rojo como la sangre que recorría aceleradamente mi
cuerpo y me subía a la cabeza, inyectaba mis ojos y me llenaba de ira.
Lo que ocurrió con la mujer (que no era) sólo lo sabe quien
encontró el cuerpo casi desfallecido por lo golpes que le propiné, lo mismo con
las armas que a mi paso encontré, que con mis propias manos…
El trauma volvió, se metió en mí, me hizo recordar mi odio
hacia el rojo en la ropa interior femenina; volvieron a mi mente mis tías en el
espejo, las niñas con rojos calzones, la niñera depravada, la bandera
comunista, cuya hoz y martillo fueron bordadas sobre una braga roja… ja ja ja no
tanto, pero nada más faltaba.
Desde entonces no he vuelto a saber de las drogas, ni del
alcohol, ni de las mujeres por temor a encontrarme con mi rival. He buscado
ayuda profesional, y ni el señor psicólogo, ni el sacerdote, ni el rabino, ni
los chamanes de la sierra han podido arrancarme esa repulsión.
Ahora pues estoy aquí en la habitación que me corresponde en
este hospital; no es una galantería, pero las paredes acolchonadas vaya que
son suaves como la piel de una ninfa. He procurado hacer un espacio entre
ellos para que, tú sabes, necesidades fisionómicas.
Es lindo estar aquí,
aislado de ese puto mundo que cada vez huele peor… lo único malo de mi estancia
aquí es cuando viene esa gorda y asquerosa enfermera que me alimenta y que (sé
que lo hace muy a propósito) siempre usa tanga roja.
lunes, 11 de febrero de 2013
Herejía fraternal
por P.I.G.
Hubo un momento en mi vida en el que fui un gran hombre,
padre de familia, honrado, un ciudadano plenamente dedicado a su trabajo, a su
hogar y a las más estrictas responsabilidades que una vida normal exige. ¿Dije
normal? Muy normal para ser precisos.
En la vida caminaba con mis prioridades prendidas a la piel:
el trabajo, el estudio, mi esposa, mis hijos. Mi mirada estaba centrada de
lleno solamente en ello, en nada más; no había distracciones, no tenía porqué
haberlas.
Parecía un caballo cuya mirada no pudiese ampliar su mirada
hacia los lados, sólo hacia el frente. No necesitaba más, no era necesario más.
¿Feliz? Pero quién lo es en este mundo.
Quizá para muchos fui un hombre ejemplar, ejemplar en
exceso, como sólo una persona de una naturaleza tan burda puede serlo; aunque
en esos instantes ya estaba un tanto harto de aquella situación,
inconscientemente tal vez, pues no hacía nada en absoluto para cambiar mi forma
de ser. Usted sabe, conformismo que se disfraza de confort y que obliga al ser
humano a dejar de hacer a cambio de no perder todo cuanto se tiene.
Un día, ese día menos esperado en el que te levantas, te
cepillas los dientes, te aseas, desayunas, das las gracias por todo lo que dios
te ha socorrido y sigues caminando, sin cuestionar, por el monótono camino de
la vida… ese día, señores -y he ahí una frase petulante, por todos recurrida-
los colores de mi existencia se invirtieron y con ello todo cambió.
Perdí el gusto por el trabajo, el estudio, mi esposa, mis
hijos, perdí el gusto por aquel ir y venir que hasta entonces me había
mantenido satisfecho, si la palabra cabe en este engranaje de conceptos cuyo
significado no explica el sentir de un ser humano “aburrido” de todo.
Opté, como lo hace la oveja que detesta seguir al rebaño,
salir de ese círculo que, incansablemente y sin quejas, había recorrido una y
otra vez, día y noche, con hambre o sin ella, con lágrimas en los ojos o con
una sonrisa dibujada en los labios; inmerso en la invencible tristeza o inundado
por dentro de esa felicidad que se alcanza rara vez en la vida.
Colgué en el guardarropa aquel viejo y hediondo traje de
hombre responsable, y opté por el de cínico, sin vergüenza y despilfarrador.
No me di cuenta de aquel cambio, hasta el momento justo en
que la primera bocanada de aire, aire impuro y atroz que secó de una bocanada
mis pulmones, me hizo reparar en el suelo que ahora pisaba, uno donde caminar
dolía y donde el fin, lejano él, no parecía muy prometedor.
Lo extraño era que mi vida, muy a pesar de lo que venía,
continuaba lo suficientemente normal como para no alterarse. ¿He vuelto a decir
normal? Vaya palabra, se usa cuando no se sabe explicar aquello rutinario,
repetitivo, enfermizo, patético y paulatinamente muriente.
Ustedes deben conocer mejor que nadie el concepto, seguro lo
usan tanto como aquellos anteojos que nos les permiten ver más allá de lo que
tienen enfrente, asquerosas sanguijuelas…
Bien, al verme al espejo, miraba a aquél que, sin mucho
esfuerzo, devino en alguien todavía peor, más libre, sí, pero más enfermo y
conformista.
Tal vez quería ser como él, con su semblante macabro que
denotaba absoluta despreocupación, pero, era cierto, ése no era yo; él era un
hombre que había invadido la intimidad de mi hogar, y fornicaba explosivamente
con mi mujer, y besaba con indiferencia las mejillas de mis hijos, y hacía todo
cuanto estaba a su alcance para corroer desde los cimientos el castillo que con
esfuerzo “yo” había construido.
Y qué si no volvía a ser el hombre responsable que siempre
tenía una respuesta para todo, qué si ya no era más el padre ejemplar, el
amante perfecto, el trabajador por excelencia y el ciudadano que todo mundo
aspiraba a ser.
Lo deseaba, deseaba a ese hombre quizá con una vulgaridad inexplicable.
Había vivido mucho tiempo así sin darme cuenta que en
realidad nada de lo que había hecho era lo que en verdad quería hacer.
Sabía que esa nueva vida no era en absoluto lo que hace
algunos años consideraba como una vida plena; mentiría si les dijese que no
ansiaba, más que otra cosa, retornar en el tiempo y volver a ser quien era
antes, pero ese yo me gustaba más que cualquier otro yo que hubiese conocido
nunca.
Por esa razón, señoras y señores, maté a mi mujer, por esa
razón me ofrecí para bañar a mis hijos y ahogarlos en la bañera, con un poco de
miedo y asco (claro, no soy un asesino), pero eso sí, sin mucho reparo.
¿Quieren saber la verdad?
No, nadie opuso resistencia; yo era el padre, el esposo, el
señor de la casa, el ejemplo de la familia. Un cuchillo en mi mano no
espantaría a nadie; hundir las cabezas de mis hijos en agua hirviendo… por
favor, creyeron que se trataba sencillamente de un juego.
Sus cuerpos eran frágiles, livianos, tan livianos como
cuando salieron a flote, hinchados ellos de tanta agua que ya entonces corría
dentro de sus pulmones; eran como los peces que suben a la superficie del mar
cuando, después de hacerlo en innumerables ocasiones, se han cansado de nadar.
A mi mujer, sencillo, le partí el vientre en dos y esperé a
que dejara de sangrar para ir a tomar la cena. No quería correr el riesgo de
que despertase y arruinase mi último alimento de aquel día.
Después de ocultar los cuerpos de mis hijos, y de colocar en
una cómoda posición el de mi mujer en nuestra cama (no pensarán que pese a todo
iba a dormir solo), ocupé mi tiempo en vaciar aquella cantina que jamás pensé
poder siquiera abrir; no era un hombre que acostumbrara a beber en casa, menos
aún con la familia presente, pero, señoría, estaban muertos, ya no había a
quién explicarle la razón de por qué no se debía beber y por qué no había que
fumar, o inyectarse sustancias nocivas, o…
Una noche -otra frase recurrente en los absurdos cuentos de
ficción- repentinamente me invadió el arrepentimiento, y creí que después de
todo lo que había hecho con mi vida, con mi familia, seguía siendo un ser
humano, lo supe porque sentía y me dolía en lo más profundo su pérdida.
Luego caí en cuenta que era ésa la primera reacción de mi
nueva forma de vivir. Uno sabe cuando ha cometido un error, en ese momento lo
supe y lo agradecí a dios, porque cometer errores a veces resulta divertido, si
hay sangre y cuerpos hinchados de por medio.
Lo lamento, señores. No supe hasta qué altura logré volar
sin poner los pies en la tierra un solo segundo. Sólo sé que fue mucho tiempo.
Cuando el cuerpo de mi esposa comenzó a descomponerse y por
ende resultaba imposible dormir a su lado, cuando la sangre del piso había
cicatrizado lo suficiente, cuando el cuchillo que utilicé se oxidó al grado que
no podía cortar pan para el desayuno con él, en este entonces fue cuando decidí
matar (ya era una asesino en aquel entonces) al individuo extraño del espejo.
¿Cuántas víctimas? Fueron 16 exactamente, mujeres y niños todos
ellas. Puedo detenerme a detallar cada uno de los asesinatos, si usted quiere…
Entiendo… Pues después de todo ello había envejecido y antes
de que me fuese arrancada la vida de forma arbitraria, quería darme el gusto de
arrebatármela yo mismo antes que alguien más… claro, hasta que ustedes,
desgraciados infelices, llegaron a mi puerta y evitaron mi suicidio.
Ya que preguntaron insistentemente, he ahí la razón de por qué
debería recibir como sentencia la horca o la silla eléctrica. Pero dudo que
ustedes, hipócritas de mierda, quieran hacerlo.
Su señoría, es cuanto respecto a mi vida; puede hacer de
ella lo que le complazca.
martes, 22 de enero de 2013
Conflictos humanos
por P.I.G.
Verenice (V): Oye, ¿estás bien?
Eduardo (E): Lo siento, me perdí por un segundo; es sólo que
no puedo dejar de pensar de qué color es tu brasier.
V: ¿Qué diablos estás diciendo?
E: Lo siento… lo que pasa es que no me he sentido bien últimamente.
V: ¿No te sientes bien?, ¿te pido que me cuentes de tus
problemas y lo único en lo que piensas es en el color de mi brasier?
E: Y el de tu tanga también.
V: Eres un pinche cerdo, Eduardo. ¿Qué te ocurre? Te noto
tan cambiado. Antes eras más cariñoso, más detallista, más atento; ahora sólo
piensas en sexo y en drogarnos y ver ese cine asqueroso con el que logras
erecciones que conmigo casi nunca.
E: Oye, no te pongas así. Es que… vamos, quería hacerte una
pregunta.
V: ¿De verdad? ¿Cuál?
E: ¿Quieres ser mi novia?
V: ¿Tu novia? Cabrón, llevamos tres años de novios, no
jodas.
E: Lo sé, lo sé, nada más quería emocionarme como la primera
vez que lo pregunté.
V: ¿En verdad te emocionó preguntarme si quería ser tu novia?
E: No hablaba de ti, pero ése no es el punto. Es que… hace
mucho que no hacemos el amor.
V: Y dale, pinche Lalo; te digo que no sales de entre mis
piernas y extrañas “hacer el amor”.
E: Pues nunca hemos hecho el amor… digo, casi…
V: ¿Nunca, cabrón?, ¿o sea que sólo ha sido sexo y ya?
E: Me refería a que hace mucho… hace mucho que no lo hacemos
más bien. ¿Te gustaría ir por un helado y de paso dar una visita al hotel
donde…?
V: Hotel, madres, pinche Lalo. En serio que no te entiendo.
Me hablas para decirme que salgamos y luego vienes con esta sarta de
pendejadas…
E: ¡Ey! Bájale a las palabrotas, no estás hablando con
cualquier güey.
V: Pues pareciera que sí estoy hablando con cualquier güey,
no te comportas como mi novio.
E: Lo sé…
V: ¿Qué sabes?
E: ¿Qué?
V: Eduardo, puta madre, deja de mirar mi pecho.
E: Disculpa. Entonces, bueno… sabes que te quiero, ¿verdad?
V: Creo que no.
E: Pues te lo estoy diciendo, deberías creerme.
V: Ya no puedo creerte, mis amigas dicen que…
E: Tus amigas son unas putas.
V: Oye, ¿cuál es tu problema con mis amigas?
E: Pues son unas putas, me di cuenta de ello en la fiesta de
Erika; no dejaban de mirarme lascivamente.
V: Güey, todo mundo sabe que tú fuiste quien intentó besar a
Elba.
E: Da igual.
V: No da igual, Eduardo, me pones en ridículo y ahora todos
saben la clase persona que eres.
E: ¡Pues que chinguen a su madre! Me importa una mierda el
concepto que tengan de mí, tú sabes que no es cierto.
V: Tal vez sí tengan razón.
E: ¿En verdad lo crees? ¿Crees que soy como dicen que soy?
V: Puede que sí.
E: No te culpo. Oye, vamos a comer, me muero de hambre.
V: Oye, esto es cosa seria, preocúpate por un segundo por tu
relación, Eduardo.
E: Me preocupo por mi relación teniendo la brillante idea de
ir a comer.
V: ¿Esa es una brillante idea?
E: ¿Tienes una mejor, Ve-re-ni-ce?
V: Sí, que te vayas a la mierda.
E: Mmm… pero que conste que te dije que fuéramos a comer.
V: Cabrón, a ti no te importa nada, ni la relación, ni yo…
E: Claro que me importas y quiero estar cog… quiero estar bien
contigo, pero es que no sé qué me está pasando.
V: Pues es que dime, ¿qué sientes, qué piensas, qué crees
que te pueda estar pasando?
E: No sé, no importa. ¿Vamos o no a comer?
V: ¡Vete al diablo!
E: Oye, no es para tanto. Mira, no puedo pensar con el
estómago vacío, pero quiero dejar las cosas en claro y quiero estar bien
contigo.
V: Eres un cínico, Eduardo, lárgate a comer y déjame sola.
E: Perfecto, pero promete que me esperarás.
V: ¿Qué?, ¿esperarte?
E: Oye, no tardo, de verdad.
V: Púdrete, no quiero volverte a ver.
E: Verenice, amor, tranquila. Mira, te seré sincero, no
sabes por la clase de cosas que he pasado estos últimos días y no es fácil
vivir así.
V: ¿Así cómo?, ¿sin sexo, sin pornografía, sin drogas ni
alcohol?
E: Y sin comer.
V: Eres un patán, ¿sabes?
E: Pues no lo sabía, pero ahora lo sé ya que mi novia me lo
dice.
V: Ya no soy tu novia, Eduardo, terminamos. No puedo seguir
con esta farsa, me lastima, me cansa.
E: Por favor, sólo bromeaba. Sabes que en el fondo de tus…
en el fondo te amo más que nadie.
V: No puedo creerte, ya no es como antes cuando…
E: Ya lo sé, ya lo sé; pero, mira, se puede solucionar.
V: ¿Ah sí? Cómo según tú.
E: Oye… ¿no traes ropa interior?
V: Maldito imbécil, no se puede hablar contigo seriamente.
Me largo y no quiero verte jamás.
E: No, Verenice, espera… ¿quieres casarte conmigo?
V: ¿Casarme? Después de todo lo que has dicho, ¿quieres
casarte conmigo?
E: En verdad no tanto, pero pues hay posibilidades de que
obtenga un mejor trabajo si me caso.
V: Qué estupideces estás diciendo.
E: De verdad, lo presiento. Bueno, en verdad lo leí en mi horóscopo.
V: Dios, eres petulante.
E: Eso lo sé, pero por un momento lo había olvidado...
Gracias… gracias por recordármelo y hundirme todavía más.
V: Oye, lo siento, no quería hacerte sentir mal. Tal vez sí
estás pasando por algo realmente grave y necesites ayuda, Eduardo.
E: Lo que necesito es comer…
V: Hijo de puta.
E: Oye, no te metas con mi madre.
V: Si tu madre fuera puta, créeme que tendría más principios
que tú.
E: ¡Pues es lo que he intentado decirte todo este tiempo!
V: ¿Qué?, ¿que tu madre… es una… puta?
E: No, que no tengo principios ja ja. ¿Vamos a comer ahora
sí?
V: Púdrete.
E: Está bien. Yo voy a comer, tú haz lo que quieras. Te veo
en casa.
V: ¿Cuál casa? No vivimos juntos en una maldita casa.
E: Obvio no, te veo en tu casa en la noche para cenar.
V: Bastardo hijo de…
E: Te amo, yo igual te amo, Verenice.












