Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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lunes, 14 de octubre de 2013

De “amores comprados” y amantes “sin/ceros”

Por: Pep.

Hola Julio, hola mi amor.

Disculpa que lo haga mediante este papel y con éstas palabras, pero creo que todos tenemos un límite, y yo he llegado al mío.

¿Recuerdas que siempre me habías pedido algo? Pues hoy estás de suerte. Hoy te toca saber lo que Ana esconde.

Cierto día conocí a una chica, se llama Elisa, bueno, al menos ese nombre es con el que se presentaba siempre.

Físicamente Elisa es una mujer a la que su cuerpo, medianamente proporcionado, le ha abierto las puertas de muchos lugares (al par de sus piernas, claro). Recuerdo que desde que dejó su casa, Elisa fue lista a la hora de usar su cuerpo para conseguir lo que fuera necesario.

A los 16 años, y con un novio 10 años más grande que ella, Elisa aprendió que cuando se quiere obtener algo, hay que dar algo a cambio. Que la vida puede darte muchas cosas siempre y cuando tú estés dispuesto a dar un poco más.

A los 16 años, Elisa perdió su virginidad, no se sabe a ciencia cierta cuántas personas se quedaron a nada de entrar por primera vez a ese templo que ahora guarda millones de secretos. Pero hubo más de dos o tres intentos hasta que Fabián, tras una noche de alcoholes, música y caricias que se perdían entre tragos de vino, logró convencerla o, dicho de otra manera, sometió a Elisa para que ésta le permitiera hurgar entre sus piernas, bajo su blusa, entre el pantalón y hacer con ella lo que había deseado tres meses atrás, cuando al salir del trabajo le pidió que fueran novios.

Fue una tarde de abril, para Elisa todo era nuevo.

Sí bien antes había estado en situaciones similares, en dónde las manos del tipo en cuestión (generalmente chicos de su edad) bajaban hasta la cintura, mientras la lengua peleaba por permanecer dentro de la boca de ella, para luego dar paso a ir un poco más abajo, sentía como las manos del acompañante se deslizaban hasta llegar a tocarle el trasero; sobarlas nerviosamente mientras ella, muy bien acomodada, pegaba su cadera logrando sentir las reacciones bajo el pantalón de cualquier adolescente.

Elisa siempre supo la importancia de mover las caderas al caminar, al besar a alguien y a la hora de estar encima de alguien. Algo de lo que siempre se aprovecho para un mayor y mejor resultado satisfactorio.

Aquella tarde en la que Elisa se entregó a uno de los grandes placeres de la vida, estaba confundida, tomada y bastante complaciente. Fabián, a quien por fin se le cumpliría el tener a Elisa para él solo y como tanto deseaba, arregló todo. Llegaron a su departamento, en la colonia Estrella, de la Gustavo A. Madero.

Fabián vivía prácticamente solo, su hermano, dos años mayor que él, iba de vez en cuando a dormir a casa.

Entraron al departamento, Elisa se sentó de inmediato en el sofá de Fabián, éste busco en la cocina lo que sobraba de una botella de vino, quizá con restos aún del labial de la chica anterior. Bebió un poco y pasó la botella a ella.

Elisa bebió y de pronto fue como si algo la impulsara sobre Fabián, a quién sentó a su lado, para luego ponerse por encima de él, abriendo las piernas y bajando un poco la cadera. Fabián no dejó pasar la oportunidad, besaba su cuello, pasaba las manos por su espalda, y Elisa besaba su boca.

Un beso de esos que detrás llevan una invitación personal, una invitación a jugar entre besos y caricias, entre sabanas y saliva. Una invitación de esas que no tienen respuesta hablada, pero sí la encuentran cuerpo a cuerpo.

Después de otros tragos a la botella y varios besos en el cuerpo, Elisa se paró frente a él, sin permitirle decir nada, él la despojó de su blusa, se quitó la playera; y comenzó a besarla cerca del ombligo. Subía poco a poco mientras la punta de su lengua guardaba el sabor de la piel de Elisa. Una piel blanca, suave y con un aroma agradable.

Ella no puedo hacer nada, sólo contraerse por la excitación del momento. Una especie de escalofrío le recorría el cuerpo y sólo se dejaba llevar. Al llegar la lengua al pecho, los pezones delataban su excitación; un pecho pequeño, de niña, si así quieres llamarlo, quedó a la vista y deleite de Fabián.

Luego vino el quitarle el pantalón, la tela fina de encaje que cubría su, aún virgen, sexo, que ya se mostraba listo para ser sometido. Él se quitó la ropa solo, mientras ella contemplaba ya un poco más consciente el acto.

Luego él se volvió a sentar en el sillón, la tomó de las manos y pidió separara las piernas, mientras le indicaba se sentara sobre él. Ella, un tanto tímida, atendió a la indicación, justo al sentir que era penetrada por Fabián lanzó el primer grito al aire, su cara mostraba signo de satisfacción ante una nueva emoción.

Entonces él indicó cómo mover sus caderas, a la par de sus manos, ella se iniciaba en esos andares y le había gustado esa sensación que no es ni dolor ni gozo total. Que es un punto medio entre el sentir y estar. Ese vaivén de placeres agrupados en dos personas, en un mismo hecho, una conjunción de cosas, deseos y pensamientos, todo aquello que en una primera vez de alguien se ven reflejados; y que con el paso del tiempo, se van haciendo refinados.

Al término del proceso, Elisa no sabía cómo es que se sentía; pero supo, desde ese momento, que esa sensación era la única que valía la pena sentir.

Entonces se dio cuenta de que su cuerpo, su actitud y la suerte de saberse mover bien bajo las cobijas podrían tener sus beneficios.

Como droga, la primera vez era gratis, bastaba sólo un poco de vino, o algún trago de acuerdo a la ocasión y un lugar donde estar para que los hombres disfrutaran de los secretos del cuerpo de Elisa. Las demás ocasiones tenían precio de acuerdo a lo que se solicitaba.

Unos lo llaman prostitución, ella lo llamaba transacción. Comprar un “algo” y obtener dinero por dar algún servicio. Así llegó a los 25 años. La edad en la que no se es ni muy joven ni muy vieja.

Sus amigas, conocidas y cercanos sabían, a discreción, de cómo es que Elisa se ganaba el dinero que tenía.

Pero llegó el día en que ese ritmo de vida ya no le gustó, quería enamorarse. Ya no más negocios. El dinero que había juntado por tantos años de servicio le duraría para vivir sin preocupaciones por varios años.

Incluso buscó alguna escuela de danza, su sueño desde niña. La halló en Guadalajara, ingresó a la Escuela de Formación Integral de Danza, en aquél estado. Su vida cambio, conoció al que hoy en día es su esposo.

Empezó de cero, se creyó enamorada, tenía una casa, un coche, se convirtió en una gran bailarina. Pero no era feliz. Las nuevas personas de las que se rodeó sabían que sus padres habían muerto, que por esa razón viajó a Guadalajara, que no tenía familia ni pasado. Era como si la tierra la hubiera escupido y no recordara nada de sus ayeres.

Entonces llegó su cumpleaños número 30. No luce ni feliz ni triste, sabe que algo le falta. Sabe que algo no está bien; sabe que va a lastimar a su esposo, pero ya no puede con la culpa.

Su esposo, un bailarín de la compañía, hombre de buenos sentimientos, guapo y dedicado, preparó una cena para la ocasión; velas, vino tinto, el preferido de ella (el que bebió en su primera noche con alguien dentro), y su comida favorita. Una mesa que lucía esplendida, el mantel con detalles violeta y un arreglo de girasoles.

Elisa no pudo llegar a la ocasión, sólo se dedico a dejar un sobre con el portero del edificio en el que vivían. El sobre que contiene la explicación de la infelicidad en una relación de 5 años, tres de novios y dos de matrimonio.

Ahora que sabes lo que siempre habías preguntado pido no guardes rencor, pido no lo tomes a mal. Ha decidido partir lejos y retomar lo que alguna vez dejó, esa sensación de saberse usada, de ponerse precio y venderse al mejor postor.

Le gusta la mala vida, esa en la que sus caricias, como cualquier producto, tienen un precio. Tú ya has pagado mucho por ellas, pero realmente se ha dado cuenta de que más allá del dinero, son las personas. Saber que es una a la vez y será casi imposible volverla a ver.

No tengo más palabras para una despedida de un matrimonio que nunca debió ser; en dónde tú tenías una mujer, y yo, yo las ganas de correr.

Te quiere Ana… Ana Elisa.

martes, 16 de abril de 2013

A chingar, a chingar que el mundo se va acabar


por  B. Varglez 

Desde que el hombre existe sobre la faz de la tierra, ha visto el modo de ponerse en la madre solo, es algo en lo que el ser humano no necesita ayuda; siempre busca el modo de acabar con él y con todo lo que le rodea. Tenemos ese sentido de superioridad que nos da tal vez el poder del habla y el raciocinio, con el cual a veces dejamos mucho que desear, pues nos comportamos como verdaderas bestias de siete cabezas descritas en las fantasías griegas más maravillosas.  

Todo lo que se encuentre a nuestro paso y nos estorbe, la solución es arrancarlo de raíz. Uno de tantos ejemplos es la mancha urbana en este país y en muchos otros que cada día crece y crece más, secando lagos, acabando con bosques, áreas de reserva natural y santuarios, para crear enormes complejos habitacionales que en su mayoría carecen de áreas verdes, de agua potable, espacios reducidos mal diseñados donde si metes el closet, te tienes que salir tú, y de pilón mal hechos pues ocupan materiales baratos.

Otra forma que el ser humano ha encontrado para darse en la torre al paso de los años, ha sido a través de las guerras. La Primer Guerra Mundial, donde murieron más de nueve millones de combatientes a causa de la lucha por el poder, por el territorio y por el imperialismo europeo. Ni qué decir de la Segunda Guerra Mundial, donde la humanidad quedó marcada y no me refiero al punto de vista de devastación, me refiero a que nos tenemos que seguir recetando las secuelas del “holoca$h” (como dice un conocido), porque a raíz de ese hecho muchos transformaron el odio, el miedo y la tristeza en redituables ganancias.  

Y ya en el tema de las guerras, qué tal el chiste coreano, donde la novedad no es que las dos coreas estén en pleito, llevan años haciendo su show; el problema generalmente en estos meses es el desarrollo de prácticas militares que Corea del Sur lleva a cabo en conjunto con EU, y Corea del Norte protesta porque las ve como amenazas y reacciona ante esto.

La novedad en este momento es el grado de tensión diplomática generado por lo regular provocada por los “güeros”, que, como acostumbran, tiran la piedra y esconden la mano; aparte de que pues sí hay modo de hacerla de pedo, porque la distancia entre las dos coreas -para darles una idea- es como la que existe entre Jalisco y Vallarta, o sea, nada, y pues qué tal que en una de esas acaben salpicados con un misil de prueba. 

Un detallito más es el terrorismo, donde, como en la guerra, se llevan de paso a personas que ni al caso, a ciudadanos de a pie como ustedes, como yo. El caso más reciente lo vimos ayer lunes con las explosiones en la Maratón de Boston, dejando un par de muertos y como 60 heridos, ¿y todo por qué?, para darle sus estate quieto a un país que se siente el dueño y juez del mundo, Estados Unidos de Norteamérica.

¿Quién fue? ¡Uta madre!, sepa la chingada, son los más odiados del planeta, así que no falta quien les quiera dar una de cal por las que van de arena; el pedo: como siempre, los que ni la deben, ni la temen.  

Es así como el planeta tierra ve en su día a día cómo nosotros, el mayor depredador de la historia, acabamos, como he dicho, con todo aquello que tenga vida. Las armas ya ahora no son solamente pistolas, cuernos de chivo, metralletas, cañones, etcétera, no, ahora hasta bacteriológicas creadas con productos tóxicos o incluso organismos vivos, con la finalidad de matar, "discapacitar" o incluso quién no nos dice hasta llegar a la mutación por muy fantasioso que esto llegará a sonar.  

Tal vez algunos de ustedes, mis estimados, han visto The Walking Dead. Lo aceptó, suena a peyote y una mega-jalada eso del apocalipsis zombie, aunque dándole una analizada, el menos de los problemas, como la misma serie nos deja claro (y que por ello me intereso), son los mentados zombies, a los cuales se les mata hasta de un trompón bien dado en la cabeza; el mayor problema que la humanidad tiene aun en esos momentos de terror, desesperación y muerte es, ¿adivinen quién?, la misma humanidad.  

No se la perdonan unos a otros y terminan matándose por el territorio, por la comida, por el agua, por el poder, y regresaremos a lo que en un principio fue la creación del mundo como lo conocemos, donde el hombre era bárbaro… y aun no ha dejado de serlo, sólo cambió el taparrabos por traje y corbata. Lo vemos hasta en algo tan simple y tonto como en el Metro, donde unos a otros se avientan por ganar un asiento. 

Parece que no podemos entender y aprender de las tragedias que la historia universal nos presenta, seguimos cometiendo los mismos errores. Por eso cuando la tierra se revela ante nosotros con sismos, inundaciones, explosión de volcanes, entre otros cocteles, resultados del calentamiento global, no queda más que aceptar que tiene toda la razón en hacerlo.

Nosotros somos los que hemos alimentado ese dragón que terminará tragándonos y eructándonos, porque vaya que le estamos cayendo de empacho, y merecido lo tenemos.   

miércoles, 1 de febrero de 2012

La abuela contra la obsolescencia programada


Por: Alejandro Badillo 

No sé cuántos habitantes de la tierra tengan el placer de conocer a su abuela o abuelo. Por fortuna conozco a dos de mis viejos, pero he tenido una relación más estrecha con Mamá (odia que le digan abuelita y ya ni siquiera pensar en abuela a secas). Ella es una persona… sencilla y humilde. Una mujer que nació en el campo rodeada de animales, de tierra y sobre todo de pobreza. Cuando llegó a la ciudad se enfrentó a un sinnúmero de problemas relacionados principalmente con el aspecto económico, pero salió adelante junto con sus hijos.

Dichas dificultades la llevaron a crear ciertas manías, por llamarlas de alguna forma. Ella las clasifica como simples precauciones. No sé cuántas hojas me llevaría contar cada una de sus cautelas, además de sus porqués, pero en este texto lo que importa es “el cuarto de las cosas” como ella misma lo llama.

En dicha habitación la abuela conserva todo tipo de objetos. Patines, tocadiscos, sillas, un ropero, jaulas (ya que es amante de la cría de pájaros), lámparas y no sé qué más. Ese cuartito es el Templo de la perdición, sólo basta un látigo para ahuyentar a las arañas y un sombrero para sentirse todo un Indiana Jones. Recuerdo que una vez, moviendo cosas encontré la bicicleta de mi niñez. Todo objeto en casa de mi abuela antes de ser tirado a la basura debe pasar por la famosa habitación, con la finalidad de reutilizarlo en cualquier momento en que la necesidad se manifieste. Y cuando se le cuestiona por qué no tira todos esos cachivaches responde secamente “porque lo de antes sí funcionaba y bien”.

Esa frase se ha escuchado en repetidas ocasiones por todo el mundo y su repetición no se debe al amor ciego por el pasado sino porque es pura verdad. La obsolescencia programada es “el deseo del consumidor de poseer algo un poco más nuevo, un poco antes de lo necesario” así lo explicó en su tiempo Brooke Stevens, considerado por algunos el padre de dicha idea. Los productos actualmente en uso están diseñados para durar cierto tiempo. Los productores utilizan piezas endebles o hasta chips con la finalidad de regular su tiempo de vida, asimismo se rediseña el producto con alguna innovación, por ejemplo un color diferente o un botón más, cualquiera artilugio que lo haga parecer distinto y sobre todo novedoso.

Y todo se debe a la sencilla razón de que si las cosas estuvieran hechas para durar, las empresas tendrían graves problemas económicos y no sólo ellas, sino el mundo entero. El sistema está diseñado para que las personas adquieran productos y servicios ya sea al Estado o a una empresa y de no ser así el juego se acabaría, ya que sin reglas no hay juego.

Entonces ¿debemos comprar para continuar el ciclo? Lo hacemos a diario sólo que con cada nuevo aparato estamos consumiendo una parte de la tierra. Algún recurso utilizado en la fabricación, por ejemplo del celular, pasa una alta factura al planeta y por ende a las generaciones futuras.

Lo curioso del caso es que las empresas no obligan a los consumidores a adquirir los productos, es decir, no ponen una pistola en la sien o una ley que persiga a los no compradores, simplemente crean, valiéndose de innumerable técnicas publicitarias, la necesidad de tener ese oscuro objeto del deseo.

Se ha difundido la idea de que las cosas no pueden ser eternas, es cierto, pero sí pueden ser duraderas y eso lo muestra el documental de Televisión Española: Comprar, tirar, comprar, que puedes ver por Youtube. En él se mencionan los productos que alcanzaron una larga vida útil en el mercado, pero que fueron retirados por eso mismo. También se habla sobre los diversos acuerdos entre empresas que impiden el desarrollo tecnológico sustentable, con el cual se evitarían los paisajes destruidos por toda la chatarra producida en esta incesante vida tecnológica.

El tema de la obsolescencia programada es bastante espinoso. Algunos lo podrán defender a capa y espada y otros lo podrán rechazar y criticar a pesar de estar inmersos en el actual ritmo de vida. No se trata de lanzar acusaciones por parte de ambos bandos, pero sí es justo repensar ese mundo donde los aparatos de uso cotidiano tuvieran la finalidad de ser eficientes y duraderos, además de alejados del lucro, el cual no ha traído grandes beneficios a la población en general.

Por el momento, todos seguimos comprando sin una clara visión a futuro y “el cuarto de las cosas” sigue ahí donde lo rescatable no es la basura misma enclaustrada en el lugar, sino el reconocimiento a los productos de alta calidad que en algún tiempo se produjeron con la finalidad de que el hombre disfrutara sin abusar de las innovaciones tecnológicas.