Julio Cortázar - Cuentos Ciudad Seva

"No renuncio a nada, simplemente hago lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."

Cuentos de H.P. Lovecraft - Ciudad Seva.

"The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown."

Jack Kerouac - Página oficial

"I saw that my life was a vast glowing empty page and I could do anything I wanted."

H. S. Thompson - The Great Thomspon Hunt

"We were somewhere around Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold."

Fernando Pessoa

"Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo."

Edgar Allan Poe - Cuentos Ciudad Seva

"They who dream by day are cognizant of many things which escape those who dream only by night."

José Saramago - Fundación J.S.

"Dentro de nós há uma coisa que não tem nome, essa coisa somos nós"

Javier Marías - Postales Regiones Inferiores.

"Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos, por muy muertos que estén aquellos."

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miércoles, 9 de abril de 2014

Un rompecabezas nada más


por Pep

Despacio, despacio me matas mientras buscas los lugares precisos del momento. De frente, de frente te tengo y es entonces cuando nada importa y poco nos inquieta lo que pase alrededor nuestro.

Tu mano extendida, como quien presenta una invitación cortésmente, extendida buscando la mía, y una vez que se encuentran tu boca ya está cerca, cerca de la tuya, cerca de sentir tu respiración, cerca de sentir tus besos, cerca de probar tu boca, tu lengua, tus besos; esos besos que te delatan, que me incitan, que me llenan y me dejan con ganas de más, siempre más.

Y es entonces cuando nos quitamos la ropa, y mis manos ya no tiemblan y tus manos ya no temen. Me pegas a ti y puedo sentir lo excitado que te encuentras, y sientes en mi pecho las ganas que provocas. Y queda el cuerpo expuesto a la vista, la ropa en el piso, en el tocador, en la silla, en el sillón… Hemos dejado en el piso el camino recorrido para llegar hasta tenernos de frente y desnudos. No hay frío ni calor, sólo estamos los dos, solos también; hasta las sombras se han ido.

Y pudo ser un evento programado, pero nunca seguimos los pasos ni las órdenes, así de testarudos somos, así de bien nos entendemos. De pie y de frente, ya sin ropa, mi mano se encuentra con tu sexo y entonces juego: juego con tus ganas juego con tus deseos, juego con lo que te hace vulnerable y te gusta… Tú, tú buscas los rincones en donde tus dedos puedan entrar. Quieres hacerme blanco fácil de tus impulsos de tenerme así de cerca, así de natural, y los hallas, y los metes y me tienes, literal, en tus manos, pero yo busco tenerte en algo más, en mi boca, por ejemplo.

Y sigue la lucha de tus demonios complacidos por los míos, y los besos no paran, no queremos que acaben; y tus manos en mi cuello, en la espalda, en el pecho, en las nalgas, tus manos recorren mi cuerpo y quieren más, y yo también. Entonces decides que es el momento en el que tus manos sitúen mi cabeza a la altura de la situación. Bajo poco a poco mientras un camino de besos te recorre el pecho hasta llegar debajo de tu ombligo; “una cuarta más abajo del ombligo”, diría el buen Armando Palomas. Y qué razón tiene, pues es justo “una cuarta más abajo del ombligo” en donde encuentro lo que tanto te gusta y lo que disfruto.

Y sientes cómo siento lo que entra y sale de mi boca, lo que te gusta sentir, lo que te gusta que haga, y es lo que más disfruto, pues si tú eres el que más siente y disfruta, yo me entretengo con el placer que me da el dar placer con la boca, con la lengua, con nuestras ganas.

Y disfrutas y disfruto, de eso se trata, de amarnos y amarnos, con una m al principio; de disfrutar el cuerpo que desnudo aprecias y aprietas, de que no tengamos pudor, de que las normas de lo social no nos impidan llegar al momento especial de tal evento. Me detienes, nos recostamos un poco y seguimos con la boca, la lengua y tu excitación. Es indescriptible lo que siento cada que te contraes al meterlo en mi boca, es incomparable lo que veo cuando levanto la cara, es magnífico lo que tus ojos dicen que estás sintiendo.  

Y viene el momento en el que empieza la función, se abre el telón y con él mis piernas; me coloco de una manera que ambos disfrutemos, pero yo controlo, y te gusta lo que ves, y te gusta lo que hago, pero más disfrutas lo que grito.

Seguimos así hasta que llega el momento de desconectarse, ese momento en el que tu sonrisa confirma lo que siento al tenerte dentro, ese orgasmo impredecible, incluso hasta tierno; y es justo esa ternura la que nos demuestra que hay algo, algo que no se explica, que no se cuestiona, pero que nos hace sentir y pensar, esa ternura de mi edad y esa galantería de la tuya, pero al final no importan las edades, ni los orígenes, importa el tenerte así, el que me tengas ahí, arriba, moviéndome, gritando, sintiendo y, ¿por qué no?, queriendo siempre más.

Entonces el momento de que termines se hace presente. De espaldas a ti ya estoy, empiezas a moverte de manera precisa, y el momento se acerca y lo siento en tus manos, en tus movimientos, en tu respiración, y es lo que me gusta, que sepamos lo que ambos queremos, incluso cuando no lo digamos.

Es parte de lo que implica ser el complemento perfecto, y me atrevo a decir “complemento perfecto” porque no tenemos términos ni condiciones, no hay contratos; lo único que nos tiene ahí es el sentirnos bien, acompañarnos cuando las cosas están difíciles, “querernos” con nuestros tiempos y espacios, con nuestras platicas e incluso con nuestros líos amorosos.

Y llegas y (te) viniste, y me siento bien, porque podrás tener todo y podrán darte mil cosas más, pero esos momentos nadie los iguala, nadie no los quita, nadie los reemplaza. Entonces ya recostados y más relajados hablamos, nos miramos, no decimos nada, sólo risas, las manos inquietas aún, y hablamos, como si nada, como amigos, como si nadie nos esperara.

Y es el momento en que ves de pies a cabeza (literal) mi cuerpo bocabajo, dices que soy pequeña, yo creo que eres más alto de lo que crees. El tema es cualquier niñería que se nos ocurra: hablamos como dos amigos que se encuentran en la calle, que se saludan con un beso en la mejilla, por decir mucho, que se sonríen y que en los ojos se delata el trato.

Llega el momento de salir, de vestirnos, de dejar esos momentos para un café, para una llamada, para un mensaje. Te levantas, me obligas a hacerlo, levanto el camino de ropa que hemos dejado en el cuarto; las piezas de un rompecabezas empiezan a acomodarse, pero siempre faltan dos, las dos piezas para que el cuadro quede completo, formado por todo lo que nos hace, lo que nos tiene y lo que nos completa.

Pero deberán esperar esas piezas, no tenemos prisa ni términos que cumplir, así de libres, así de locos, así de bien estamos.

Salimos juntos. En la calle nos despedimos como dos amigos que se encontraron, la despedida viene acompañada de un beso en la mejilla y una sonrisa indiscreta. No hablaremos en días, semanas quizá, pero es lo perfecto de una amistad a la que a veces le sobra la ropa y le faltan tiempos, es lo inusual de un rompecabezas al que siempre le faltan las mismas dos piezas.



viernes, 3 de enero de 2014

La carestía

Por: Azi/d/

El precio del amor está por las nubes hoy en día, la mayoría de los humanos –incluidos tú y yo, sí- no podemos permitírnoslo y la gente lista sabe que cualquier oferta barata sólo puede ser una falsificación. Así que relájate, somos listos, nosotros no estamos comprando amor, lo nuestro es rebajar la cuota de la soledad.

Así de perra codiciosa es la vida: si no quieres o puedes comprarle su producto maravilla aún debes pagar un precio, no es el mismo para todos, entre menos sufres la soledad menos te cuesta. Uno podría llegar a vivir sin pagar y ser feliz, pero nuestra condición humana hace que apenas el costo llega a cero, corramos a comprar por cuotas el tan publicitado amor; y cuando ese momento me llegue no te compraré a ti –ni tú a mí, hay que admitirlo-. Pero no te ofendas, cariño, mi honestidad es más valiosa y lo mejor que tengo para darte, por eso te lo digo.

No te ofendas, todavía te quiero desde las entrañas, aun así eres y serás mi mejor espejo, teñido de plata, ojitos fulgurantes de luz de luna llena y cuarto menguante a la vez; aun así te quiero desde la pelvis, con mis huesos todos y los músculos y cartílagos que traen pegados; aun así te ofrezco mis nervios enteros en un racimo, en un manojo fresco, recién cortado, con mi piel a modo de celofán; aun así te me cuelas por la nariz y te me vuelves oxígeno; aun así compartiría los gastos contigo. Aún quiero que te quedes.

Es que en estos tiempos todo está tan caro e inaccesible, y mi soledad trae intereses acumulados, quédate y verás, nos conocerás, te reconocerás también, sé que tienes experiencia en tratar con esto; ya te lo decía, eres mi mejor espejo, un reflejo luminoso.

Lo que me gusta mayormente es que podemos estar solos, por eso te quiero a ti, me gusta estar solo contigo. Por eso quiero probar un sistema, esta es la propuesta: juntamos todo en una cuenta y la pagamos juntos, cada quien su parte, pero así entre los dos, tal vez, cada desembolso será menor al anterior.

Pero no quiero que te confundas, cariño, recuerda que eres lista, nosotros no estamos comprando amor, ya caerás en esa trampa, primero hay que pagar las deudas, reducir costos; por eso ayúdame, para eso ayúdate conmigo, junto a mí, quédate acá.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Imperfección

por Amethyst

Marcela caminó entre los pasillos de la tienda un poco más relajada y un tanto pensativa. Ya había reunido en el carrito todo lo que necesitaba para la despensa, sin embargo sabia que le sobraría un poco de dinero, el cual no quería gastar en más “calorías” o en ofertas engañosas de productos que no necesitaba. Se desvió del pasillo de carnes frías y del de galletas y chocolates, caminó deliberadamente por el pasillo de bebés; la ropita y los pañales no le llamarían para nada la atención y sí la conducirían a los de la ropa para “dama”.

Sus ojos se agrandaron cuando descubrió que todos los calzones y sostenes eran de color rojo, amarillo y dorado; un golpecito en el corazón que retumbo hasta su estomago le recordó que estaban próximas las fiestas de fin de año. ¿Cómo lo pudo haber olvidado? Pero si apenas estamos en los primeros días de noviembre.

Desilusionada por comprar algo bonito empezó a descolgar uno y otro para revisarlo. De hecho ya no tenía ganas de comprar ropa, “pero esto duraría toda la temporada, de aquí hasta que termine el año”, pensó para sí, Entonces por qué no comprar algo, por qué no seguirle la corriente a todos, por qué no estar feliz de ponerse “rojo en la Navidad y amarillo en año nuevo”. ¡Qué flojera! Sonrió burlonamente y replico: “lo haría si alguien los admirara y me los quitara”.

Un timbre discreto de su celular la sacó de sus pensamientos perversos, era el número de su madre que ya le había llamado seis veces en una hora de estar en la tienda. Apresuró el paso y buscó la fila menos saturada. Aun cuando quiso poner atención a la empleada en toda la letanía de preguntas que le emitió “¿encontró lo que buscaba?, ¿desea hacer una recarga?, ¿redondea sus centavos?”, se limitó a contestar “no”, pagó rápidamente y tomó las bolsas para dirigirse a su auto. El celular sonó nuevamente y esta vez contestó irritada a la llamada.

Sintió un gran alivio cuando introdujo la llave en la puerta de su apartamento, al fin podría comer algo y descansar antes de volver al trabajo. Con el rabillo del ojo se percató que la vecina de enfrente había colgado ¡ya! una corona con muñequitos y escarchas brillantes con la frase cursi de ¡let it snow! Nuevamente sintió el movimiento del estómago, una especie de cólico repulsivo con un toque de intolerancia.

Puso música como todas las veces que comía, le agradaba disfrutar cada bocado de comida; en realidad se sentía plena y a salvo en ese lugar donde cada detalle, cada mueble, cada utensilio había sido cuidadosamente seleccionado por ella. El trabajo en la Secretaría de Hacienda le había redituado esas comodidades que no cualquiera podía darse; sabía que había vendido su alma a ese empleo, cada día desde muy temprano la absorbía, tres horas para comer y otra vez hasta muy entrada la noche regresaba a su refugio.

Cansada de dar explicaciones de su estado civil “sola”, se limitaba a contestar: simplemente no existe el hombre perfecto para mí. Ya algunas de sus primas y familiares cercanos le habían llamado lesbiana en varias ocasiones, pero eso no le importaba, sabía que la envidiaban y por lo mismo evitaba tener contacto familiar alguno, incluyendo a su madre, que pensaba casi igual. 

El hombre perfecto no existía, aquél a quien amaba era tan imperfecto como la  vida, como la sociedad, como la Navidad. Vivía en cada latido de su corazón, inundaba cada pensamiento en la mente de Marcela, respiraba por cada poro de su piel, cada acción de todos y cada uno de los días del año eran en torno a él.

Y es que era imposible no amar a alguien así, lo había esperado durante tanto, lo había buscado en cada rincón que visitaba. Cuando se conocieron fue un choque de trenes, desde la primera vez que se miraron no dejaron de hacerlo con la misma pasión y deseo siempre. Decidió amarlo porque aquel hombre que pertenecía a una familia, que tenía hijos y una esposa amorosa le desnudaba el alma con sólo mirarla. Sólo él la ponía nerviosa con aquellos ojos claritos como la miel, profundos y seductores, que la hacían perder el aliento.

Tuvieron contacto dos veces por semana durante un año, él proveía los materiales de papelería a la secretaría, con ella tenía que ver lo de los pedidos y recepciones de dichos materiales. La relación comercial permitió que intercambiaran sus historias de vida, ambas rutinarias y vacías, ambos esclavos del capitalismo y la simulación de sentimientos, siempre bajo la mirada atónita de quienes no entendían el porqué de las carcajadas de Marcela con ese hombre. Ella que siempre había demostrado una pulcritud y seriedad inamovible. Nunca se vieron fuera del trabajo, había llamadas, mensajes, promesas y miradas, sobre todo miradas.

Cuando lo removieron del trabajo, Marcela lo buscó desesperada, le mandó miles de mensajes diciéndole que no le importaba que estuviera casado, que… le entregaba su vida. Nunca hubo respuesta.

Es Navidad, se escuchan las risas alegres, la música guapachosa que nunca ponen los del 303 porque ellos compran en “Zara”, pero hoy se lo permiten porque es “Navidad”. Hay que estar alegres, en el teléfono hay cantidad de llamadas de la madre de Marcela. Ni loca iría a cenar con su familia,

Acostada con las luces apagadas, una copa de vino tinto en la mano derecha y la otra acariciando su cabello, suspira, se imagina cómo será la cena de navidad de Enrique; el recuerdo de esos ojos que la seguían cuando ella caminaba hacia el escritorio contiguo, el roce de sus manos cuando intercambiaban documentos, el beso rápido sin cerrar los ojos para ver cuando alguien viniera, todo eso que ella habría escogido minuciosamente para tener una relación.

Hace frio, sin embargo Marcela decide quitarse el fino vestido que compró hace tiempo para una conferencia, lleva los calzones y el sostén rojos que compró; se mira en el espejo, le agrada lo que ve: es una silueta delgada bien proporcionada.


Se acaricia las piernas y luego su cabello, se toca los pezones y lleva su mano a la vagina que esta húmeda y ansiosa de que esa mano fuese de Enrique.  Los movimientos suaves y sensuales le llevan a un orgasmo único. Entre sollozos y gemidos pronuncia un solo nombre. El cansancio y también las varias copas de vino que tomó la llevan a la cama; duerme profundamente y no alcanza a escuchar el teléfono que insistentemente llama, un mensaje aparece en la pantalla: “Feliz Navidad”.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Felices fiestas

Por: Gustavo Y.

I
Adolfo parece estar cansado luego de andar por toda la ciudad. Ha ido a buscar los adornos de navidad que Liliana, su esposa, le pidió. Al salir del trabajo se despidió de sus compañeros y tomó el metrobús para dirigirse al centro. Realizar estas compras le parece insulso; sin embargo las recientes peleas con su mujer le han obligado a aceptar condiciones que le impuso en el último conflicto.

La más reciente discusión nació porque Adolfo no le ayudó a colocar la ofrenda de Día de Muertos. En vez de ello, él salió con sus amigos a ver el futbol. Aquella tarde la pasó muy a gusto comentando los recientes resultados de su equipo mientras su mujer compraba la fruta, cocinaba la comida y colocaba la ofrenda. Al regresar a casa Adolfo no hizo ni un comentario acerca de la labor de su esposa. Se fue directo al cuarto, abrió su libro y continuó con su lectura.

Su mujer se aproximó a él. Le preguntó cómo había estado su día y él le respondió con toda cordialidad. Esa manera de contestar, molestó aún más a su esposa. No pudo pensar sus palabras e insultó a Adolfo. Le recriminó su falta de interés por ella, su escasa disposición para compartir momentos y sobre todo por su frialdad en la cama. Adolfo le pidió disculpas, prefería siempre evitar una pelea que iniciarla. Prometió que cambiaría su comportamientos y desde ese momento intentó ser un hombre diferente.

II
Al bajar del metrobús vio las miles de personas que compraban los artículos navideños. Esferas, luces, árboles, nieve en aerosol y todos esos productos importados. Sintió una fatiga enorme al pensar que debía adentrarse en las sucias calles de la ciudad. Odiaba en general la urbe, pero nada podía hacer. Él vivía ahí desde que había nacido y no tenía el valor suficiente para abandonar su lugar de origen, su trabajo y sus pocas amistades para dirigirse a un nuevo sitio.

Alguna vez pasó por su cabeza salir del país. Buscar un empleo que lo llevara a otra nación donde se hablara español y en la cual pudiera desenvolverse sin dificultad alguna. Sólo lo pensó durante un par de meses, con el tiempo y sobre todo con la carga de trabajo olvidó esa inquietud. Intentaba salir lo menos posible al centro de la ciudad, sin embargo, en esta situación debía hacer un gran esfuerzo por su mujer.

Recorrió las primeras calles sin comprar nada. Ni siquiera se detuvo a preguntar precios o a revisar los productos. Caminó sin sentido, olvidando a cada paso la promesa que había hecho. Olvidando que su relación matrimonial estaba puesta en la lista de productos que su mujer le había dado.

Llegó a una cafetería que tenía mesas sobre la banqueta y se sentó. El joven mesero le llevó la carta, pero no gastó miradas en observar los alimentos. Pidió un café americano y con toda cordialidad le regresó al chico la hoja de papel ya arrugada y manchada de café. Sacó de su bolsillo derecho un cigarro y del otro un encendedor que su madre le regaló el año pasado. Con un ademán pidió, desde su asiento, un cenicero. Al darle la primera calada al cigarro pensó en todo lo que tenía que comprar, en las cajas que debía cargar a su casa y en el mundo de gente que encontraría en el metro a su regreso. No obstante, justo cuando empezaba a sentir desespero, imaginó la cara de su mujer. La sonrisa que tal vez le regalaría al regresar a casa y la taza de café que le prepararía. Su esposa era la única persona en el mundo que le provocaba un sentimiento. El resto del mundo era sólo un lugar donde debía habitar porque era un ser humano. Un sitio, una vida que él no había elegido, pero que debía vivir porque las cosas eran así; sin embargo, su esposa era la única verdadera elección que él había hecho. El amor se encontraba en ese acto y por ello debía seguir las reglas que su mujer le dictaba para ser un hombre normal y común como ella era una mujer normal y común.

III
Apuró su taza de café y enseguida se dirigió a realizar las compras. No comparó precios ni la calidad de los productos. No le importó desenbolsar una suma algo elevada por los artículos, sólo deseaba salir de ese sitio e irse a casa para decirle a su mujer, sin afán de discutir, que lo único verdaderamente hermoso en esta vida era ella.

En el camino hacia el metro compró un ramo de rosas. Con las manos apenas libres introdujo su boleto en el torniquete y con varios esfuerzos subió al vagón. El metro, como él ya lo había imaginado, iba repleto. Los usuarios sudaban y el vagón se llenaba de un olor asqueroso a sudor y mugre. Él, como siempre, no sintió asco ni repulsión.

Luego de ocho estaciones bajó y caminó a su casa. En las calles ya se respiraba ese olor característico de la navidad. Ponche, frutas, pólvora. Las luces ya adornaban las casas y los villancicos salían de los puestos de cidis piratas. Llegó a casa un poco agitado porque en los últimos metros había apurado el paso. Por fin deseaba hablar sinceramente con su esposa, decirle todo lo que se había callado porque pensaba que era demasiado cursi. Peparó un discurso mental donde le agradecía por existir, donde le platicaba que su vida no tendría sentido alguno sin su presencia, que ella había sido su única elección acertada y que él, aun siendo un hombre frío, la amaba.

Abrió la puerta de su hogar. Se escuchaba que su mujer estaba lavando los platos en la cocina. Dejó todas las cosas en la sala y sólo con el ramo de rosas llegó a ella. Liliana, al ver las rosas, corrió hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en la boca. Un beso que duró poco tiempo pero que a la vez aproximó sus cuerpos. Él sintió una erección, ella también la sintió, por lo cual con un movimiento suave restregó sus pechos en el pecho de él.

Después del beso, Liliana abrazó con todas sus fuerza a Adolfo. Él percibió un olor extraño a Liliana, era colonia de hombre. Sin embargo, luego el perfume del cabello de Liliana lo transportó a los primeros días de noviazgo, se sintió sumamente feliz por encontrarse en ese momento. Al separarse luego del abrazo, los ojos de Adolfo se dirigieron al cuello de Liliana que estaba cubierto por una chamarra de cuello alto. Ahí, por un hueco pudo observar una marca morada, roja todavía. Su mujer escondía algo y él sabía qué era. Le dio dos besos, uno en cada párpado. El discurso que había preparado lo dejó para después. Liliana regresó al fregadero y él se fue directo a su cuarto para retomar su lectura.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Tu nombre

Por: Edgar Batrust.

Y te llamaba de muchas maneras, secretamente, con recelo y sin tapujos.

A veces por la madrugada eras un sueño y para cuando trataba de volver a dormir eras ella, cuando estaba a punto de verte y mis pasos se hacían más y más grandes eras Clementina, cuando trataba de pintar tus ojos entre mis hojas blancas siempre fuiste Frida.

A veces entre café y cigarrillos eras Julieta o La Luna, no importaba, cuando iba camino a casa eras Mary o cuando te besaba, secretamente pensaba: mí Gertrude ¿qué haré cuando me falten tus labios?.

A veces, cuando ensayaba las palabras que desearía decirte eras Eva aquella que se interponía entre mis ideas, que me estremecía con los besos en el cuello, ya que eres, todo aquello se quiere a los veinte años, se descubre a los treinta y se ama para siempre .

A veces cuando despertaba volvía a cambiarte de nombre, eras Adele, te metías en mis sueños con vestido blanco y esas florecillas flotantes en aquel fondo sin color, empapada con ese perfume tuyo, el de tus cabellos.

Nunca fuiste una sola, nunca fuiste tan simple como la gente pensaría, al menos para mí fuiste lo más bello de las cuatro estaciones.

lunes, 14 de octubre de 2013

De “amores comprados” y amantes “sin/ceros”

Por: Pep.

Hola Julio, hola mi amor.

Disculpa que lo haga mediante este papel y con éstas palabras, pero creo que todos tenemos un límite, y yo he llegado al mío.

¿Recuerdas que siempre me habías pedido algo? Pues hoy estás de suerte. Hoy te toca saber lo que Ana esconde.

Cierto día conocí a una chica, se llama Elisa, bueno, al menos ese nombre es con el que se presentaba siempre.

Físicamente Elisa es una mujer a la que su cuerpo, medianamente proporcionado, le ha abierto las puertas de muchos lugares (al par de sus piernas, claro). Recuerdo que desde que dejó su casa, Elisa fue lista a la hora de usar su cuerpo para conseguir lo que fuera necesario.

A los 16 años, y con un novio 10 años más grande que ella, Elisa aprendió que cuando se quiere obtener algo, hay que dar algo a cambio. Que la vida puede darte muchas cosas siempre y cuando tú estés dispuesto a dar un poco más.

A los 16 años, Elisa perdió su virginidad, no se sabe a ciencia cierta cuántas personas se quedaron a nada de entrar por primera vez a ese templo que ahora guarda millones de secretos. Pero hubo más de dos o tres intentos hasta que Fabián, tras una noche de alcoholes, música y caricias que se perdían entre tragos de vino, logró convencerla o, dicho de otra manera, sometió a Elisa para que ésta le permitiera hurgar entre sus piernas, bajo su blusa, entre el pantalón y hacer con ella lo que había deseado tres meses atrás, cuando al salir del trabajo le pidió que fueran novios.

Fue una tarde de abril, para Elisa todo era nuevo.

Sí bien antes había estado en situaciones similares, en dónde las manos del tipo en cuestión (generalmente chicos de su edad) bajaban hasta la cintura, mientras la lengua peleaba por permanecer dentro de la boca de ella, para luego dar paso a ir un poco más abajo, sentía como las manos del acompañante se deslizaban hasta llegar a tocarle el trasero; sobarlas nerviosamente mientras ella, muy bien acomodada, pegaba su cadera logrando sentir las reacciones bajo el pantalón de cualquier adolescente.

Elisa siempre supo la importancia de mover las caderas al caminar, al besar a alguien y a la hora de estar encima de alguien. Algo de lo que siempre se aprovecho para un mayor y mejor resultado satisfactorio.

Aquella tarde en la que Elisa se entregó a uno de los grandes placeres de la vida, estaba confundida, tomada y bastante complaciente. Fabián, a quien por fin se le cumpliría el tener a Elisa para él solo y como tanto deseaba, arregló todo. Llegaron a su departamento, en la colonia Estrella, de la Gustavo A. Madero.

Fabián vivía prácticamente solo, su hermano, dos años mayor que él, iba de vez en cuando a dormir a casa.

Entraron al departamento, Elisa se sentó de inmediato en el sofá de Fabián, éste busco en la cocina lo que sobraba de una botella de vino, quizá con restos aún del labial de la chica anterior. Bebió un poco y pasó la botella a ella.

Elisa bebió y de pronto fue como si algo la impulsara sobre Fabián, a quién sentó a su lado, para luego ponerse por encima de él, abriendo las piernas y bajando un poco la cadera. Fabián no dejó pasar la oportunidad, besaba su cuello, pasaba las manos por su espalda, y Elisa besaba su boca.

Un beso de esos que detrás llevan una invitación personal, una invitación a jugar entre besos y caricias, entre sabanas y saliva. Una invitación de esas que no tienen respuesta hablada, pero sí la encuentran cuerpo a cuerpo.

Después de otros tragos a la botella y varios besos en el cuerpo, Elisa se paró frente a él, sin permitirle decir nada, él la despojó de su blusa, se quitó la playera; y comenzó a besarla cerca del ombligo. Subía poco a poco mientras la punta de su lengua guardaba el sabor de la piel de Elisa. Una piel blanca, suave y con un aroma agradable.

Ella no puedo hacer nada, sólo contraerse por la excitación del momento. Una especie de escalofrío le recorría el cuerpo y sólo se dejaba llevar. Al llegar la lengua al pecho, los pezones delataban su excitación; un pecho pequeño, de niña, si así quieres llamarlo, quedó a la vista y deleite de Fabián.

Luego vino el quitarle el pantalón, la tela fina de encaje que cubría su, aún virgen, sexo, que ya se mostraba listo para ser sometido. Él se quitó la ropa solo, mientras ella contemplaba ya un poco más consciente el acto.

Luego él se volvió a sentar en el sillón, la tomó de las manos y pidió separara las piernas, mientras le indicaba se sentara sobre él. Ella, un tanto tímida, atendió a la indicación, justo al sentir que era penetrada por Fabián lanzó el primer grito al aire, su cara mostraba signo de satisfacción ante una nueva emoción.

Entonces él indicó cómo mover sus caderas, a la par de sus manos, ella se iniciaba en esos andares y le había gustado esa sensación que no es ni dolor ni gozo total. Que es un punto medio entre el sentir y estar. Ese vaivén de placeres agrupados en dos personas, en un mismo hecho, una conjunción de cosas, deseos y pensamientos, todo aquello que en una primera vez de alguien se ven reflejados; y que con el paso del tiempo, se van haciendo refinados.

Al término del proceso, Elisa no sabía cómo es que se sentía; pero supo, desde ese momento, que esa sensación era la única que valía la pena sentir.

Entonces se dio cuenta de que su cuerpo, su actitud y la suerte de saberse mover bien bajo las cobijas podrían tener sus beneficios.

Como droga, la primera vez era gratis, bastaba sólo un poco de vino, o algún trago de acuerdo a la ocasión y un lugar donde estar para que los hombres disfrutaran de los secretos del cuerpo de Elisa. Las demás ocasiones tenían precio de acuerdo a lo que se solicitaba.

Unos lo llaman prostitución, ella lo llamaba transacción. Comprar un “algo” y obtener dinero por dar algún servicio. Así llegó a los 25 años. La edad en la que no se es ni muy joven ni muy vieja.

Sus amigas, conocidas y cercanos sabían, a discreción, de cómo es que Elisa se ganaba el dinero que tenía.

Pero llegó el día en que ese ritmo de vida ya no le gustó, quería enamorarse. Ya no más negocios. El dinero que había juntado por tantos años de servicio le duraría para vivir sin preocupaciones por varios años.

Incluso buscó alguna escuela de danza, su sueño desde niña. La halló en Guadalajara, ingresó a la Escuela de Formación Integral de Danza, en aquél estado. Su vida cambio, conoció al que hoy en día es su esposo.

Empezó de cero, se creyó enamorada, tenía una casa, un coche, se convirtió en una gran bailarina. Pero no era feliz. Las nuevas personas de las que se rodeó sabían que sus padres habían muerto, que por esa razón viajó a Guadalajara, que no tenía familia ni pasado. Era como si la tierra la hubiera escupido y no recordara nada de sus ayeres.

Entonces llegó su cumpleaños número 30. No luce ni feliz ni triste, sabe que algo le falta. Sabe que algo no está bien; sabe que va a lastimar a su esposo, pero ya no puede con la culpa.

Su esposo, un bailarín de la compañía, hombre de buenos sentimientos, guapo y dedicado, preparó una cena para la ocasión; velas, vino tinto, el preferido de ella (el que bebió en su primera noche con alguien dentro), y su comida favorita. Una mesa que lucía esplendida, el mantel con detalles violeta y un arreglo de girasoles.

Elisa no pudo llegar a la ocasión, sólo se dedico a dejar un sobre con el portero del edificio en el que vivían. El sobre que contiene la explicación de la infelicidad en una relación de 5 años, tres de novios y dos de matrimonio.

Ahora que sabes lo que siempre habías preguntado pido no guardes rencor, pido no lo tomes a mal. Ha decidido partir lejos y retomar lo que alguna vez dejó, esa sensación de saberse usada, de ponerse precio y venderse al mejor postor.

Le gusta la mala vida, esa en la que sus caricias, como cualquier producto, tienen un precio. Tú ya has pagado mucho por ellas, pero realmente se ha dado cuenta de que más allá del dinero, son las personas. Saber que es una a la vez y será casi imposible volverla a ver.

No tengo más palabras para una despedida de un matrimonio que nunca debió ser; en dónde tú tenías una mujer, y yo, yo las ganas de correr.

Te quiere Ana… Ana Elisa.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Voy a huir

Por: El Doctor Pluma.


Un día de estos voy a huir de aquí, pero esta vez iré solo, sin acompañantes; esta vez no pediré que me acompañes, es más, si insistes te diré que no deseo tu compañía, no será como las demás veces. Es un viaje largo que quiero aprovechar de principio a fin, no lo sé, puede que se trate de un viaje sin retorno, y no planeo llevar a alguien que tenga interés en regresar, porque yo no planeo regresar, así como tampoco planeo quedarme por mucho tiempo aquí, ya estoy harto.

A donde voy… bueno, no sé bien a dónde voy, no conozco el lugar, no sé qué tan bien se vive, si es que se vive; sólo sé que es mejor lugar que éste al que ya me he acostumbrado, pero no por ello lo detesto. Lo aborrezco, y ahora más que otras veces deseo estar solo, solo de ti, solo de mí, solo de los demás, de la voz ronca, de los ojos inquisidores, de la contaminación.

Y si me voy no es porque quiera alejarme de ti, aunque un viaje siempre represente un alejamiento, me voy contigo sin llevarte pues me llevo tu recuerdo; desconozco si en aquel lugar al que visitaré me sea permitido entrar con recuerdos, pero lo intentaré, nada pierdo.

Voy a huir no por cobardía, sino porque necesito cambiar de aires y de luces y oscuridades, necesito conocer otras caras y ya no verlas más, necesito sobre todo saber qué se siente partir de este lugar. Tal vez no me guste y me arrepienta, pero ya será el tiempo quien se encargue de recriminarme y hacerme caer en mi error.

No te digo cuándo voy a hacerlo, pero esta vez cumpliré mi palabra y lo haré. No hablaré de fechas ni horas exactas, porque tal vez en ese instante me arrepienta y prefiera la noche, cuando estés dormitando, o el día, cuando tu mirada esté clavada en el televisor; aprovecharé cada uno de tus descuidos y los consideraré como la oportunidad perfecta para dar el paso.

A estas alturas no me interesa tanto que me extrañes, ni que me extrañen los demás; me preocupa tu enojo por no avisarte sobre mi viaje, me preocupa que derrames unas cuantas lágrimas gratuitas e innecesarias; me importa que los demás inventen historias y tergiversen mis razones, pero tú tampoco las conoces; tanto ellos como tú estarán en el completo desconocimiento. Bien por todos.

Para cuando huya no llevaré mucho, lo necesario, lo indispensable: unas cuantas canciones, algunos libros, unas citas célebres, las heridas que provocaste con esas uñas amarillentas, un poco de tu perfume aún pegado a mi piel, pues quizá decida partir segundos después de haberte hecho el amor.

¿Cinismo? Quién no es cínico en este mundo. ¿Que si soy hiriente y la soberbia me caracteriza? Que sirva como mi defensa argumentar que todo lo he aprendido de ti, soy tu reflejo o aprendí a serlo, y también es necesario cambiar y tratar de ser otra persona, más soberbia e hiriente quizás, pero ya muy propia.

Ahora que recuerdo ya sabías de mi plan de viajar, alguna ocasión te lo dije, pero siempre acudiste a ese fútil pretexto de no tener tiempo y carecer de retención para prestar atención y recordar lo que te dije y en constantes ocasiones insistí.

Voy a huir sin que te des cuenta, o, mejor todavía, voy a huir justo en el momento más bochornoso para ti, en medio de una reunión familiar, o cuando la fiesta con los amigos esté en su punto de efervescencia. Por rencor o desidia no intentarás evitar que me vaya y harás bien, te lo aseguro.

Intento concientizarme y tratar de aclimatar mis pensamientos a un cambio rotundo y de esa magnitud. Dicen que los cambios siempre son para bien, yo digo que eso no es más que una frase desgastada para intentar aminorar el miedo que representa el cambio, en cualquiera de sus manifestaciones, en la vida de todo mortal.
Y yo, por mi parte, soy el más temeroso de este mundo, pero voy a arrastrar mi miedo hacia aquel otro lugar, no pienso quedarme aquí por mucho tiempo. Los cobardes y miedosos huyen, yo voy a huir, y un cambio no me hace ni menos cobarde ni menos miedoso. Un cobarde que desea un cambio, qué estupidez.

Lo único realmente válido y cierto hasta el hartazgo es que ya no hay vuelta atrás, lo demás, las palabras, los llantos, las elucubraciones sin sentido, puedes escupirlas y guardarlas en el baúl de los archivos olvidados. Quédate con la idea de que tarde que temprano voy a huir y hagas lo que hagas es imposible que cambies de rumbo los planes.

Que sirva a todos de consuelo que no hay un motivo profundo y real que me lance tanto al vacío y me orille a realizar el viaje, pero que a todos les queme hasta lo más insignificante del alma que no hay una razón verdaderamente importante para anclarme y obligarme a quedarme en éste, su mundo.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Lo singular de ser plurales

Por: Pep.

Hagamos de cuenta que el tiempo se detuvo.

Hagamos de cuenta que no nos cruzamos, que no pasó nada; que los suspiros nunca salieron.
Enfrentemos esto.                

Hagamos de cuenta que querernos no nos cuesta, y menos duele. Ser plurales a veces afecta.
Detente de frente a mí y pon fin a esto. Arranca de una buena vez los sentimientos; guárdalos en el cajón junto a tu cama, ahí donde debes echar los besos repartidos.

Hagamos de cuenta que no nos deseamos, quédate con mis ganas; yo con las tuyas en mi casa.
Calla hasta los silencios, me quedo con los gritos de tantas noches juntos. Conservo tus manos recorriendo centímetro a centímetro mi cuerpo; tú, reserva tu lengua para otras ocasiones, para alguien más.

Esconde las manos, yo el pecado. Basta de todo si no tenemos nada.

Basta de ti, de tus pláticas, de tus abrazos, de tus besos en el cuello, de tus canciones… de tu amor; basta de mí, de mi búsqueda, de mis ojos en busca de los tuyos, de mis besos, basta de mi amor.

Hagamos de cuenta que no me quieres y que yo a ti tampoco.

Esta noche es de esas en las que necesito tus brazos para poder dormir, tus ojos para poder despertar y tu cuerpo para poder amar.

Hagamos de cuenta que no llamé, que no lo esperabas y que no saliste corriendo a mí. Hagamos de cuenta que no hicimos el amor toda la noche.

Al salir de este cuarto llévate, por favor, tu deseo, tus besos, tus caricias. Tu manía por llevarme contra ti en cada beso; llévate tus ojos posados en mi cuerpo al caminar desnuda por la habitación mientras te leo alguna de mis locuras escritas.

Es importante que te lleves tu aroma, pues es lo que más tiempo permanece en mi cama luego de dormir en ella.

Hagamos de cuenta que no somos una etiqueta más; eres libre para poder hacer lo que quieras, yo un poco más para quedarme cerca.

Hagamos de cuenta que nunca llegaste, por consiguiente no tendrás que marcharte; es ahora cuando te pido me tomes de una vez o me dejes despacio. He decidido que tú decidas, me diste motivos para marcharme, encontrando en ellos una razón para quedarme.

Me pides hablar de lo que sentimos, ¿amor? Quizá, pero no de ese amor que necesita plazos, no de ese amor que caduca o de ese amor que tiene condiciones. No de un amor complaciente, no un amor conveniente, un amor puro, un amor por sentimiento y no por contrato; un amor sin papeles ni religiones, un amor libre, más no libertino, justo como el que sentimos.

Tengamos un amor sincero, sin prisas, sin horarios, fechas o términos; un amor sin sentido, pero con sentimiento.  

Esta noche, en la que tu cuerpo ha conocido el mío; una noche que nadie planeó, que pasó sin pensar, pero si con querer; esta noche hemos decidido hacer de cuenta que no pasó nada.
Mañana te veré y fingiré que no te quiero; tú, harás de cuenta que sólo nos conocemos  como los demás creen, de vista y sin ampliar el saludo. Mentiremos y diremos que nos nos gustamos, que no nos buscamos y que nunca nos tocamos hasta llegar a la combinación perfecta de amor y placer.

Finalmente mañana, si te veo, tenemos que hacer de cuenta que hoy no dormiste conmigo, y que yo jamás he vivido contigo.


lunes, 5 de agosto de 2013

Un buen sabor de boca (II/II)

Comencé a divagar y a viajar a través de años de vida arrojada abruptamente a un charco de lodo. El inicio de la relación, amor puro, desenfrenado, sin preocupaciones, sin necesidades que no fueran las naturalmente sexuales. Ir, venir, conocer gente, conocer mundo, conocer la desesperación que provoca un condón roto, una vez, dos, diez, casi todas las veces que fornicamos. Mierda, nunca he sido bueno para colocar correctamente un condón.

Y ya. Era lo único que podía recordar. Mi relación con ella se resumía en eso. ¿Entonces por qué coños no era tan sencillo olvidarla? La pregunta me dio vueltas alrededor de una hora, hasta que caí en cuenta que lo que estaba haciendo era precisamente con la intención de no pensar en la respuesta y lanzar todo, junto con ella misma, por la borda.

Segundo día. Qué puta madre estaba pensando. Desde el inicio sabía que no lo lograría, pero envalentonado por mi carga de adrenalina entré al ruedo, sin capote, sin armadura, descalzo, sin muchos cigarrillos, sin toro, ni público.

El alcohol era suficiente para la recta final. Mi hígado era el que parecía inservible. Orinaba despacio, el ardor me tambaleaba; el hedor del orín acumulado me distorsionaba el escenario. Más de una vez mojé mi mano pero evité a toda costa el contacto con el agua. Si ya estaba tomándola con licor, sería un descaro lavarme después de orinar o, peor aún, tomar una ducha.

Era un despojo de ser, un cretino. Apestaba a perdición. Pero lo estaba logrando. Si en aquel momento hubiese habido un espejo, seguramente al verme reflejado en él habría caído en un llanto inconsolable. Pero ni en el agua me reflejaba, ni el agua se atrevía a dibujar sobre su superficie mi estampa, raquítica, deplorable.

Me levanté, o eso intenté, y caí como plomo sobre el piso lleno de ceniza, polvo y sudor seco y una serie de sustancias que preferí no averiguar exactamente qué eran. Llevaba horas en la misma posición, sólo me levantaba para orinar, desacomodar un poco más los muebles y de vuelta a mis cincuenta centímetros cuadrados de estancia.

Con el ánimo fulminado y con el lívido en cero, decidí masturbarme. Mano izquierda, miembro de fuera, imposible. Era un genio con mi mano derecha, era muy hábil, orgasmo seguro, pero estaba aún convaleciente de los azotes sádicos que le había propinado un día anterior.

Si tan sólo estuviera ella… no, tendría que levantarme, hablar, explicarle todo el embrollo, excusarme y pedir permiso para ir al baño, lavarme las manos, vaciar mi bebida y hacerme el derrotado, una vez más, frente a ella.

Un día, sólo un día más. Bendito sea el señor que siempre tuve esa manía de apagar los cigarros antes de que se consumieran por completo. Fumé lo que alcancé a rescatar de las colillas, fumé el filtro, y sólo porque la naturaleza sigue tan imperfecta como siempre, pues habría fumado de mis dedos si fuera posible.

Era una locura demencial. Ya no era el efecto del chupe, no era mi intestino retorciéndose de hambre, era el cansancio, del cuerpo, de la mente, del alma. Necesitaba cerrar los ojos, descansarlos un poco. Si lo hacía caería en los brazos de la puta de Morfeo y mi misión habría valido un pinche carajo.

“Se me acabó la fuerza de mi mano derecha”, se acabaron los cigarrillos, el alcohol, el deseo de alimentarme. Era necesario salir y buscar un poco de dinero para comprar más vino. Tarea difícil en una ciudad llena de cámaras de vigilancia, un big brother pequeño y de tercer mundo. Y en estas condiciones hasta las cucarachas huirían de mí antes de siquiera poder acercarme lo suficiente para pescarlas, quemarlas  un poco con mi encendedor y masticarlas para sacarle provecho a su carne tostada.

Regresé a mi habitación, cual atleta que no ha logrado hacerse de una medalla en los juegos olímpicos. Perfume con agua, cloro con agua, orines con agua, agua con agua. Estaba perdido.

Si cambiaba el menú terminaría por abortar la misión. Entre la meta y yo había una brecha de ocho horas. Podía lograrlo, sólo era cuestión de mantenerme despierto, ocupado, fumando, bebiendo y pensando en ella, así el recuerdo y el desprecio hacia su persona avivaría mi escondida voluntad y me empujaría a culminar mis tres días de estupidez.

Fumé (o intenté hacerlo) los restos de periódico, fumé las revistas, los libros, el papel higiénico, parte de un calcetín. No, era imposible, tarde o temprano se secaría mi garganta y me vería en la necesidad de beber algo para calmar la sequedad. Y si bebía agua explotaría y moriría al instante. Y morir no era una salida, quería olvidarla, pero no joder mi vida por completo sólo porque nunca me supe poner correctamente un condón. No era humano hacer eso.

Mordí mi mano izquierda y me encontré con unas uñas largas, delgadas, mugrosas, llenas de no sé qué tanta basura, listas para devorarse. Al menos mi hambre dejaría de ser un problema. ¿Beber? Recordé aquel experimento con un can, que al mostrarle comida de inmediato comenzaba a salivar. No la vi, pero la pensé (la comida), pensé en todo lo que en ese momento sería capaz de tragar: filetes de pescados, cortes de carne, chatarra china, pastelillos, tortas, tacos, hamburguesas, pizzas, un coño, unas piernas.

Eureka, comencé a salivar como nunca y la saliva surgió sin gran problema. Otro problema resuelto. Ahora era cuestión de esperar, gastar unas cuantas horas y dejar que el estado de podredumbre llegara para sentirme miserable y empezar a olvidar.

Después de trituradas mis uñas hasta el límite y succionada hasta la última gota de saliva, y una vez pasadas las horas necesarias para concluir mi campaña de tres días, decidí dar por concluida la labor.

Froté mis manos sobre mi rostro y logré como pude incorporarme. Todo me daba vueltas. Mi cuerpo estaba inservible, ni escupir podía, ni parpadear normalmente, ni pensar; hablar hubiera sido algo extraordinario en ese momento.

Salí de la habitación, apestoso, devastado, con las piernas temblando. La decadencia estaba presente, me inundaba, me abrazaba, me tocaba los huevos. Era ése el momento que estaba esperando, pero ahí, parado frente a mi puerta, el recuerdo de aquella bastarda vino y me inundó. Puedo asegurar que, no me crean, tuve una erección, pero tal vez fue mi imaginación.

Mierda y mil veces mierda. Si mi misión hubiese tenido éxito no habría escrito todo esto. No la olvidé, estuve dos semanas internado en el hospital luego del jueguito ese de beber y olvidar; saliendo del sanatorio me casé con ella.

Ya no bebo, ni fumo; orino y desaguo el escusado como dios manda; las moscas me dan nauseas. Pero sigo, a estas alturas del partido, sin saberme poner un condón correctamente.  

martes, 30 de julio de 2013

Un buen sabor de boca (I/II)

por P.I.G.

Esa noche lo único que quería hacer era olvidarme de aquella bastarda, borrarla, embarrar su recuerdo como se embarra la mierda en el papel una vez que se ha defecado a gusto en un baño público. Para dicha tarea era necesario sentirme completamente mediocre, petulante y nefasto, un despojo de hombre. Y desde que me topé con él, no he encontrado mejor remedio que el alcohol.

Sólo era cuestión de beber tres o cuatro días, sentirme miserable, entrar en un estado de decadencia mental desorbitada, y tan pronto como la resaca se hiciere presente, comenzaría el lento y agónico proceso de olvidar.

Bebí como el joven que sabe que llegando a casa habrán de reprimirlo, lo hice sin descaro, primero con cigarrillos, muchos, luego no tantos. Tampoco mi situación económica me permitía una borrachera de lujo. Mis últimos ahorros me alcanzaron para hacerme de una botella enorme de licor barato y tres cajetillas de pitillos ilegales, hechos exclusivamente para deshacer las gargantas más curtidas que existan en el mundo.

Había que beber rápido, no podía darle tiempo a ella de descolgar el teléfono y en un ataque de arrepentimiento menopáusico llamarme y pedirme perdón por todo, o, en el peor de los casos, implorar por un espacio de tiempo en el que seguramente desahogaría sus penas, me recriminaría, me insultaría y después, como en un principio, concluiría con que aún no era tiempo para terminar definitivamente.

Debía ir un paso adelante. El primer día lo logré. Pude introducirme en el estado etílico con gran facilidad y creía que el resto del recorrido sería pan comido. El único problema era comer. Podía resistir dos o tres días bebiendo y fumando desproporcionadamente, pero la borraches de hambre y cansancio sería un reto un tanto complicado de superar.

Tomé parte del periódico que afanosamente coleccionaba cuando creía ser un periodista responsable, lo mojé con agua con sal y comí un poco. Era asqueroso, casi vomito y estuve a punto de ahogarme con el primer bocado.

Desistí y opté por mantenerme despierto y medianamente íntegro golpeando mi mano derecha contra la pared. Primero eran golpes mínimos, después aumentó la intensidad y con ella el dolor.

Un golpe, un trago, una bocanada de humo. Durante un par de horas ésa fue mi rutina, imparable. Si me mantenía bajo esa constante, o mi mano terminaría por reventar, o los cigarrillos por perecer, o mi botella, considerablemente llena aún, dejaría de serlo y me vería en la penosa necesidad de abandonar mi plan.

Con la mano izquierda todavía servible tomé una cubeta llena de agua, limpia al menos a simple vista, y vacié el licor para hacer una mezcla un tanto lúgubre de agua con alcohol.

El sabor, ustedes lo imaginarán, vomitable.

Tenía que mantenerme alejado del recuerdo, o llamarlo y atarlo a mí, tanto que me resultara execrable y así irlo alejando inconscientemente de mí, mantenerlo atado a una pata de la cama y no dejarlo ir hasta que yo decidiera hacerlo.

Los muebles, el sofá, la mosca volando incesante sobre mi cabeza, todo comenzaba a volverse interesante. Cambiar de lugar los muebles, partir en dos el sofá o partir en dos a la mosca, todo comenzaba a volverse una tarea necesaria.

Debo confesar que fue más fácil hacer lo primero, pues las moscas, mierderas como suelen serlo, son más difíciles de atrapar cuando se saben observadas por un desquiciado que sólo quiere entretenerse con su cuerpo y jugar a ser un hombre maduro que puede olvidar su vida en un lapso de borrachera inclemente.

No lo logré, preferí obsequiarle unos minutos más de vida. Al final, después de llegado el momento de concluir mi labor, ella estaría muerta (la mosca), enroscada en la telaraña de una tarántula de las que suele haber detrás de mi inservible estufa, o acabaría cediendo al humo del cigarrillo, o escaparía por la ventana en la primera oportunidad, o terminaría cortando sus alas y lanzando el último suspiro junto a mí.

Un día completo. Los esfuerzos parecían dar frutos. Pero los cigarrillos escaseaban, el olor del escusado comenzaba a volverse incómodo y encima el alcohol amenazaba con terminarse sin más.

Sobrevivir así cuatro días sería difícil, imposible. Cobardemente decidí reducir a tres días la jornada, con la condición de que acelerara el paso y duplicara las raciones. Bebería el doble, pensaría a la mitad, respiraría menos, y trataría de olvidar más, mucho más.

El ardor estomacal me doblegaba, era urgente un poco de sabor en mi bebida; era urgente también comer algo, engañar al organismo y hacerle creer que lo que ingería era un pedazo de bistec término medio, con aderezo de aceite animal y una guarnición de vegetales frescos. Todo eso parecía aquel pedazo de periódico (creo que era la sección de nota roja). Lo intenté de nuevo; lo probé, engañé a mi mente, pero mi estómago se dio cuenta de la treta y me obligó a escupirlo.

Estaba jodido. Tenía que resignarme a pasar tres días encerrado en mi habitación, solo, sin mucho aire puro, sin cigarrillos, sin alimento, sin mosca, intentando olvidar y con una cubeta llena de agualcohol.


martes, 28 de mayo de 2013

Un poco de romance para el fin de semana

 Por: B. Varglez.

Bueno, y si no tienen nada mejor que hacer y andan girando en algodones, pues deberían de echarse este fin de semana, junto a su peor es nada, un par de películas que ya son algo rucas, una más que otra, pero que las dos nos transmiten un lindo mensaje: “El amor apesta”.

No es ser amargado, sólo realista y, claro, depende la ocasión, pero estén enamorados o no son una buena opción; ya ustedes juzgarán.

Buena opción para los enamorados porque… porque, pues, porque están enamorados y en ese estado se ve todo bonito y pues porque no, también recomendable para los que de amor sólo sabemos el que le tenemos a la mascota.

Ahí les va la primera; “Nace una estrella” con Kris Kristofferson y Barbra Streisand en los papeles principales, he de confesarles que yo cada que veo esta cinta lloro, me es inevitable, pues nos deja ver hasta donde puede llegar uno por salvar a otro, se escuchó muy jalado pero es neta.

Se cuenta la historia de John Norman Howard quien es un famoso cantante de rock, cuya carrera comienza a decaer y Esther Hoffman que es una desconocida dedicada a actuar en pequeños clubes. John la conoce por casualidad, y se esfuerza por introducirla al mundo del gran espectáculo para convertirla en una cantante famosa. 

Aquí la cuestión es que la decadente carrera de Norman aunado a sus vicios de excesos drogas y alcohol puede alcanzar y llevarse entre las patas la de su amada Esther, por lo que después de vivir un hermoso idilio romántico él se da cuenta que es una basura y que necesita dejarla para no afectarla.

Una de las escenas que marcan esta cinta es donde ella tras encontrarlo con una joven en la cama le dice: “Tu puedes estar entre la mierda pero no dejaré que me revuelques a mi en ella”, pero aun y con todo ello el amor puede más y no lo deja aferrada la mujer y él tampoco quiere dejarla. Se aman con locura, así que el gran Jonh Norman tomará una decisión definitiva para que Hoffman pueda seguir en ascenso sin el ancla que él significa para su carrera y para su vida. 

Moraleja de esta peli, no siempre el amor es suficiente, de un modo o de otro hay algo, un pequeño detalle que le viene a dar en la madre ya sea provocado por nosotros o por las pinches circunstancias. 

En fin, la que sigue es nada más y nada menos que “500 días con Summer” o “500 días con ella”, como protagonistas Joseph Gordon-Levitt y Zooey  Deschanel, nos presentan una cinta divertida que entre el drama y la risa muestra que ésta no es una historia de amor aunque parezca, al final de cuentas todo termina siendo lo que no parece, pura expectativa bien alejada de la realidad. 

Y bien, aquí Tom Hansen comete el error de enamorarse de Summer Finn, la nueva empleada de la oficina donde él trabaja como redactor de frases para tarjetas. Summer es bella, inteligente y vivaz, pero no cree en el amor. 

Además, ella tiene una rara mezcla de inestabilidad e independencia que augura problemas y muchos. Tom, deslumbrado y algo atarantado, ignora todo eso y se lanza a un romance que corre desbocado hacia el final agridulce y patético que todos, salvo él, pueden predecir, en lo que a esa relación se refiere.

La cosa es que Tom es un joven brillante pero no lo sabe y es gracias a su desafortunada historia de amor con Summer que logra abrirse a un campo nuevo y así mismo Summer gracias a Tom podrá ver más adelante (obvio sin Tom) que todo lo que ha creído y negado puede cambiar en cualquier momento y ser posible. 

Digo la película no es la gran cosa pero se divierte uno bastante en el conteo de cómo Tom pasa de la felicidad del día uno a ver todo color mierda cuando la pierde y la idea de los 500 días de recuento me parecen perfectos. En verdad uno termina una relación cuando de plano ya no gira en tu espacio ni en tu mente esa persona que te desmadró. 

La moraleja de esta película es que cuando te enamores asegúrate que el otro también esté enamorado, digo nomás para evitar chascos en seis meses o un año si bien nos va. 

Después de haber visto la final del futbol y de cómo le autorizaron el gane a las Aguilas del América y como le perdonan los impuestos a Emilio Azcárraga creo que un desaburre de tanto pan y circo nos vendría bien y que conste que la final del futbol nomás la vi porque la abuela dice que hay que ver de todo para saber de que chingados te están hablando y por morbo también para qué me hago. 

martes, 14 de mayo de 2013

No existe gozo sin pensar


Por: B. Varglez. 

Hoy hablaré de ese sentimiento cada vez más en riesgo de extinción: el amor. Sí, sí, ya sé, a muchos les da pereza el tema, otros creerán que es cosa de mujeres; otros dirán que no creen en el amor, unos más que es una mamada hablar de eso y otros cuantos dirán que si no tengo nada mejor que decir.

Pero la neta me tiene asombrada cómo el común denominador de los seres humanos somos una mierda (y que conste que me incluyo), no tenemos delicadeza, ni tacto con otro cuando se trata de satisfacer a nuestro corazón, nos volvemos egoístas, calculadores y nos vale madre lo que los demás digan, piensen o sientan.

El hambre, la pobreza, los impuestos, el sueldo mal pagado, el final de la “taranovela”, Enrique Peña Nieto en el poder y el mismísimo fin del mundo, vienen valiendo madres y pasan a segundo término cuando se hiere a un corazón; se siente que se acaba la vida, que no se podrá uno volver a levantar, que la vida sin ese ser vale una patada de araña.

Se pierde tiempo y espacio, se añoran las cosas que hacía y hasta un pinche tazo, una envoltura de chicle, una película, un libro o un chiste mal contado te recuerdan a ese humano con el que compartiste un beso, una caricia, un sueño.

Bien lo dice Paulo Coelho “No existe amor en paz. Siempre viene acompañado de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas”. Claro que como dice una amiga “el sufrimiento es opcional”.

Lamentablemente siempre nos tiramos al drama, tal vez por miedo a la soledad, a no encontrar a alguien más, por lo que gusten y manden, pero estoy en la seguridad de que a todos nos ha pasado, de jodido una vez, sentir que el hígado se nos hace nudo cuando vemos a la persona que tanto quisimos en brazos o compañía de otro; ver cómo las atenciones, los saludos, el ronde amoroso en general son para otros y no para uno, pero el que goza de esa felicidad parece no darse o no querer darse cuenta del sufrimiento que provoca.

Yo por eso les aconsejo: “Mamacita, papacito, pero fulano o fulana están felices, yo no los veo llorando, por qué no te secas el moco y las lágrimas y sales a echarte una chela”.

Porque encima de todo se teme a que el que nos dejó nos vea felices y entonces se sienta traicionado y ya no regrese a nosotros. Por favor, si nos dejó, nos dejó y nada lo hará o la hará regresar, a menos que le guste el jueguito idiota de que se sabe seguro de un cariño que puede tomar y dejar, cada que se le da su gana (lo cual sucede con mayor frecuencia).

Hay mucho maltratador porque hay mucho menso y mensa.

Tienen pareja y siguen jorobando a quienes se traen arrastrando la cobija, claro, sin que el cariño nuevo sepa que aún da migajas al amor viejo.

Y ahora que si a todo lo anterior le sumamos que el pop, las telenovelas, los peluches y el 14 de febrero colaboran a que nos tiremos tanto a la tristeza…

Y sin bromear, el amor tóxico nos lleva a la destrucción, muchas veces un amor enfermo asfixia, mata y no permite que se encuentre algo que valga realmente la pena. Hay que saber aceptar cuando alguien no es para ti y dejarlo volar, sobre todo si ese amor era más martirio que gozo.

En ocasiones se debe agradecer que alguien tóxico nos deje, y como dice la canción: “Mi mayor venganza es que te quedes con él”. La neta sí, hay personitas que no saben qué joyas se llevan.

Tan bonita y sencilla que sería la vida si fuéramos honestos y dijéramos A ver tú, me gustas para la cama, tú para mi novia o novio santo, tú para mi amiga o amigo cariñoso y tú para jugar al yoyo”. Ya entonces al que se lo ofrezcan sabrá si lo toma como viene, pero eso sí, si se toma como lo ofrecen no se vale llorar, ni hacer berrinche, corajes y menos tirarse a la tragedia porque de antemano nos están diciendo cómo está el pedo.

Lo que no se vale es ser revanchista y sólo querer que las cosas sean a modo y voluntad nuestra porque no nos fijamos en la gente que vamos dejando, gente que se siente derrotada, que es tan vulnerable, que veía por los ojos del otro, que siente que sin esa persona ya no pertenece a un lugar. Es más juicioso especificar las reglas del juego. El riesgo es que no existe gozo sin pesar.

Este mundo es una revoltura. “El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar”.

Lo que es inevitable es amar. Lo podemos hacer callados, exponerlo, pero el amor y el dinero es algo que no podemos ocultar, se ven, se palpan, sucede y ya. Para ahorrarse amargos sabores de boca dejen ir lo que ya no quieran para que sean felices con lo nuevo que les espera, porque en esta vida todo se regresa y luego la vida da cada cachetadón que puede que si desprecias y te portas culero, te lo cobre el destino con quien de verdad quieres estar.